19.
Me levanto de la silla tan deprisa que la hago caer hacia atrás con un golpe seco, brutal, que retumba en la oscuridad como un disparo.
Miguel es el nombre que me atenaza la garganta, pero no es el que grito con desesperación.
—¡Susanaaaa! ¡SÁCAME DE AQUÍ!
No sé dónde está la salida, solo sé dónde está él porque le sigo enfocando con la luz de la pantalla y le oigo disculparse y ya no susurra, ¡¿para qué?!
Sí, es su voz y es su cara y ahora le veo y le escucho mejor porque se ha puesto de pie y viene hacia mí.
—Ana, por favor. No grites, escúchame…
La pantalla del móvil sigue encendida en mi mano y su luz corta la oscuridad lo justo para delatar mi posición.
Entonces, hago lo único que se me ocurre: bloqueo el móvil.
Miguel desaparece.
También la mesa.
Mi propia mano.
Yo misma...
No le veo, pero él a mí tampoco.
Sin embargo, su voz llega desde demasiado cerca.
—Ana, por favor. Déjame que te lo explique.
Me agacho sin pensarlo, por puro instinto. Me apoyo en una mano, luego en la otra, y me meto debajo de la mesa a gatas como si volviera a tener seis años y estuviese escondiéndome de un monstruo.
Solo que este monstruo conoce mi nombre.
Y mi voz.
Y mis canciones preferidas.
Y mis puntos débiles.
La mesa cruje y algo cae al suelo por el otro lado. Podría ser mi bolso que ya no sé dónde demonios está, pero por el ruido que hace debe de ser solo un tenedor.
Escucho sus pasos ir hacia allá y podría aprovechar para salir corriendo en sentido contrario, pero ¿hacia dónde?
—Por favor, escúchame, lo siento, ¿vale? ¡LO SIENTO MUCHO!
De repente, se me queda el cuerpo helado, como si toda mi sangre se concentrase en la nuca y en la boca del estómago.
Aunque estoy de rodillas, noto cómo me tiemblan las piernas.
Oigo sus pasos y lo imagino buscándome a tientas por todas partes.
Yo contengo la respiración.
—Solo quiero hablar —dice mi ex, con el tono más dulce de todo su jodido repertorio de excusas—. Lo siento, por favor, déjame que te lo explique todo, ¿vale?
Oigo pasos distintos.
Firmes.
Seguros.
Apresurados.
—¿Ocurre algo? —pregunta Susana, alarmada.
Su voz llega desde algún punto de la oscuridad que no me queda demasiado lejos, pero no me atrevo a contestar.
—Mi mujer tiene un ataque de pánico —dice mi ex, mintiendo con soltura—, le he gastado una broma y creo que me he pasado. Lo siento mucho, lo siento de verdad.
¿Una broma?
Su puta madre, eso es lo que me dan ganas de contestar, pero no lo hago.
De algún modo, Susana debe de notar que la historia no cuadra, quizá mi silencio es elocuente por primera vez en todas las mentiras que he vivido con Miguel.
No decir nada cuando él les mentía a los demás nunca me había funcionado… hasta ahora.
—¿Señora, está bien? ¿Quiere que llame a seguridad?
—Sí —logro decir, aunque me sale un hilo de voz roto—. Por favor, sáqueme de aquí.
—Ana... —interviene Miguel y escucho que se acerca de nuevo hacia la mesa—. No hace falta, yo solo... Por favor, escúchame.
—No quiero que se acerque —digo más alto—. ¡No quiero estar aquí con él!
Hay un silencio brevísimo, tan breve como tenso.
—Señor —dice Susana, muy seria—, por favor, déjeme que lo acompañe a la salida.
—¡No! —replica Miguel enseguida—. ¡Es mi mujer y está nerviosa, no voy a dejarla aquí sola!
Respiro hondo y grito:
—¡Que se vaya!
Mi voz rebota entre las cortinas y las plantas, reverbera con el agua de la fuente y se mezcla con los pasos que siento demasiado cerca de mí.
Sabe dónde estoy.
—Ana, por favor —reitera Miguel, tratando de sonar calmado—. Solo necesito que me escuches un momento. He hecho todo esto por ti, ¡porque no me dejabas otra opción!
Se me escapa todo el aire de los pulmones y salgo a gatas por el otro lado de la mesa, avanzo y avanzo alejándome de su voz y perdiendo la mía, esforzándome por no hacer ruido, apenas respirando.
—Necesito apoyo en el reservado siete —tercia Susana y no entiendo que ha usado una radio hasta que oigo el ruido de la señal.
—¿Qué pasa? —le pregunta su compañero.
—Hay un hombre y una mujer. Ella ha pedido ayuda para salir, pero ahora no sé dónde está… Y creo que tiene miedo de él.
Miguel reacciona como si le hubiesen clavado uno de los tenedores:
—¡Eso no es cierto!
La mujer no se molesta en discutirlo y se dirige a mí, aunque no sabe dónde estoy y eleva bastante la voz.
—Señora, ¿puede caminar hacia mi voz? Le voy a ayudar a salir aquí, no le pasará nada.
Querría ir hacia ella, pero si lo hago… Quizá si voy hacia su voz esté yendo también hacia Miguel. Quizá él ya esté junto a la mujer, esperando.
No puedo arriesgarme.
Sigo avanzando hacia el lado contrario y como no contesto ni hago caso de lo que ella me ha dicho, la mujer prueba de nuevo con mi ex.
—Señor, por favor, acompáñeme. No me haga llamar a la policía para sacarle de aquí.
—No, por favor —dice él, perdiendo por fin el control—. No llame a nadie. No hace falta. ¡Ana, no me hagas esto! ¡Solo quería otra oportunidad!
Mis dedos encuentran tela suave.
Terciopelo.
Es una de las cortinas y la levanto y me meto por debajo, pero no tardo en darme con una pared de cabeza. Voy tan despacio que solo me asusto, no me hago daño. Repto por la pared hasta ponerme en pie.
Avanzo por detrás de las cortinas, pegada a la pared, siguiéndola con los dedos hasta que noto que se acaba. No, no se acaba, es una esquina.
Giro y me separo de la cortina. Desbloqueo el teléfono y veo que estoy en un pasillo de hormigón y que hay algunas cortinas a los lados. Dejo la voz de mi ex y la de Susana detrás, cada vez más lejos mientras avanzo por el pasillo.
Mi respiración sale muy fuerte y me da miedo que él me pueda escuchar y venir detrás de mí. No sé si es posible, pero la idea me aterra.
Me obligo a respirar por la nariz.
Uno.
Dos.
Tres.
Exhalo por la boca.
El pasillo vuelve a girar, se bifurca y voy hacia el lado más despejado, el que tiene menos cortinas.
Pared.
Suelo.
Terciopelo.
Me falta el aire.
Y Miguel sigue hablando en algún lugar, aunque apenas distingo su voz de las otras. Hay más voces, serán del personal del restaurante, de seguridad o de los otros camareros.
Me da igual, yo solo quiero llegar al ascensor.
Y según lo pienso, lo veo.
Casi me echo a llorar de puro alivio. No aguanto más la tensión, me voy a romper en mil pedazos... Llego a las puertas metálicas, busco el botón y lo pulso varias veces.
—Vamos —susurro—. Vamos, vamos, vamos.
Las puertas hacen amago de abrirse y se cierran, un par de veces.
Mierda.
MIERDA.
Respiro hondo y pulso el botón una sola vez, las puertas se abren.
Me meto en el ascensor y las puertas no se cierran detrás de mí. Apunto con la luz del teléfono y veo dos botones.
Tienen dos marcas distintas en braille, pulso los dos a la vez.
Las puertas que tengo delante se abren y las de detrás se cierran, pero ni me paro a comprobarlo porque estoy viendo el mismo pasillo por el que entré en la oscuridad, con sus lámparas de led tenues.
Ahora sí, ahora echo a correr con todas mis fuerzas y, cuando llego al mostrador y veo al recepcionista, respiro como si hubiese estado bajo el agua demasiado tiempo y acabara de salir a flote.
Respiro como si hubiese vuelto a nacer y, del mismo modo, comienzo a llorar.
La voz de Wilson emerge desde el teléfono en mi mano.
— Hannah, he detectado una situación de emergencia. ¿Quieres que contacte con los servicios de emergencia? Si no contestas, lo haré dentro de diez segundos.
Me quedo paralizada.
No se lo he pedido, pero al mismo tiempo siento un alivio porque de un modo extraño no estaba sola ahí abajo.
—No… llames… a nadie —logro decir. El encargado venía hacia mí y no sé si cree que se lo he dicho a él, así que señalo el teléfono y lo aclaro, con voz temblorosa—: Mi asistente… virtual… quería llamar a emergencias.
El encargado me tiende un pañuelo, me recoge en sus brazos y asiente.
—¿No necesita asistencia sanitaria? —inquiere, consternado. Yo niego y él sigue probando—: ¿Quiere que llamemos a la policía?
Vuelvo a negar con la cabeza.
—Quiero… llamar a mi hermano… Por favor, él… vendrá a buscarme.
Sigo sollozando, pero Wilson está activo y me ha entendido perfectamente. Inicia la llamada y la pone en altavoz, de modo que escucho los tonos al momento y sonrío de puro nervio cuando mi hermano responde:
—¿Qué pasa, hermanita? ¿Todo bien?
—No… Nada va bien… Por favor, ven a buscarme.