La Reina de los Mares (Anclados 1) 18. #2
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18. #2

—Porque no estás acostumbrada y eso no me parece bien a mí… Vamos a echarle la culpa a tu ex, ojalá te hubiese tratado mejor. Seguro que te lo merecías de sobra.

Me quedo alucinada y aclaro, sin susurrar:

—Prefiero no hablar de mi ex.

Él espera unos segundos y contrarresta:

—Lo dices como si no lo hubieras superado.

Sigue susurrando, así no sé si el tono de sus palabra muestra preocupación, duda o si está constatando un hecho, como si estuviese en comisaría rellenando un informe.

—Lo tengo más que superado —afirmo, aunque he vuelto a bajar la voz y no ha sonado tan convincente como yo lo siento.

—¿Segura?

—Sí.

—Qué suerte, yo no he superado a mi ex.

No sé qué decir, no me lo esperaba porque nunca hemos hablado de sus relaciones pasadas.

Se hace un silencio y escuchamos pasos. Se aproximan a nosotros con una seguridad fascinante.

—Buenas noches. Soy Susana otra vez y traigo la primera degustación de vino, para que lo prueben e intenten adivinar el color.

—Creo que acaba de dejar algo en la mesa y supongo que serán copas o vasos.

Ella prosigue—: Esta noche probarán un menú sorpresa de tres platos.

Nos indicaron en la reserva que ninguno padecía alergias o intolerancias alimentarias, ¿es así?

Yo niego con la cabeza y supongo que el pulpo estará haciendo lo mismo.

—Por favor —insiste Susana—, necesito una confirmación.

—Oh, sí, perdón —incido, con voz normal, aunque azorada—. Por mi parte, no hay problema.

—Por la mía, tampoco —susurra el pulpo.

—Perfecto, empecemos por el vino.

Oigo cómo Susana sirve primero una copa y después la segunda. Me ayuda a sostener la copa en mis manos y después hace lo mismo con el pulpo.

—¿Preparados? Primero, huelan el vino.

Levanto mi copa despacio y me la acerco a la nariz.

Huelo.

Cierro los ojos por puro reflejo y me entra la risa porque no noto diferencia alguna. El pulpo también se ríe y no sé si será por lo mismo, así que se lo pregunto:

—¿Tú también has cerrado los ojos para concentrarte?

—Llevo concentrado todo el rato —bromea, la última palabra se le quiebra la voz con una carcajada. Toma aire y sigue susurrando—: No he abierto los ojos desde que salí del ascensor.

Doy un pequeño sorbo. El vino es fresco. Tiene un puntito ácido y otro afrutado que no sabría describir porque no entiendo de vinos.

—Vale... —susurra otra vez el pulpo—. Creo que ya lo tengo.

—¿Tan rápido?

—Sí, es tinto.

No le contradigo porque pienso igual.

—¿Es un tinto afrutado? —pregunto y no recibo respuesta directa.

Susana nos deja debatir un poco y, cuando ella interviene, resuelve el misterio:

—No ha ganado ninguno. Permítanme que llene un poco más sus copas, por favor, y vuelvan a probar, pero no piensen en blanco ni en tinto, ni siquiera en vino. Es cerveza.

Me atraganto de la risa.

—¡No puede ser! —Vuelvo a beber—. ¡Madre mía! ¡Es cerveza!

—A la Flanders Red Ale —explica Susana— se le llama la borgoña belga porque su sabor afrutado y su suave regusto amargo recuerda al vino tinto, así que no iban tan desencaminados.

Los tres nos reímos y yo me siento más calmada, no creo que sea por los tragos de cerveza.

Susana se retira un momento y regresa con una bandeja de picoteo. Nos coloca la mano sobre el borde y nos insta a olvidarnos de los tenedores, comer con las manos e intentar adivinar lo que es.

Palpo despacio y encuentro algo redondo. Me lo llevo a la boca y cruje.

—Esto es... —Mastico—. ¿Calabacín en tempura? Lleva alguna salsa, pero no sé de qué.

El pulpo lo prueba y tampoco acierta a decir lo que es.

—Tú eres la cocinera, yo no tengo ni idea, pero está bueno.

Empieza a decir verduras al azar hasta que Susana me da la razón y él produce un sonoro golpe de frustración y resopla cómicamente. No sé si ha dado en la mesa con la cabeza o con las manos.

Susana añade que la salsa era un vinagre de arándanos y miel, que yo elogio, ella se retira y promete regresar pronto con el primer plato.

En cuanto nos quedamos solos, escucho al pulpo lamentarse:

—Voy a perder, esto se me da como el culo.

—No pierdes nada —trato de animarlo— porque no nos jugamos nada.

Error mío, decir eso lo anima demasiado.

—Tienes razón, sirenita. Una apuesta lo haría más interesante, ¿qué nos podríamos jugar? Y no digas que pagar la cuenta, ya te he dicho que yo invito. ¿Qué quieres que nos juguemos? ¿Un beso?

—No —digo rápidamente y para suavizar mi negativa tan rotunda, agrego—: Como mucho un abrazo.

Tamborileo con los dedos sobre el mantel y lo único que me viene a la cabeza es completamente injusto para él.

No me importa ganar el juego de las adivinanzas y no me importa perder la oportunidad de verle la cara porque no volvamos a quedar nunca, es una experiencia divertida, pero cambiaría todo el lujo de este jardín secreto por tomarme un café en un vaso de plástico, sentada en el bordillo de una acera… con Din.

Esa es la verdad.

He tenido que quedarme a oscuras para que en mi cabecita se encendiese esa luz y ahora eso es todo lo que veo.

Meto la mano en el plato para atrapar otra bolita de calabacín y, sin querer, mi mano roza algo distinto.

Retiro los dedos de golpe.

—Perdón —se disculpa el pulpo—, ¿te he asustado?

—No pasa nada.

Según lo digo, sé que he mentido. Todo resulta sorprendentemente fácil y sin embargo...

Hay algo.

No sé explicar qué, es una sensación pequeñita, como una piedra dentro del zapato o como un guisante debajo de veinte colchones, que no debería notarlo, pero lo noto.

Algo no encaja.

El pulpo es divertido. Es atento. Es educado. No intenta acercarse más de la cuenta. Me pregunta mil cosas y me escucha con atención.

Y aun así...

Aprieto la servilleta entre los dedos, sintiéndome fatal, porque él no está haciendo absolutamente nada mal. Todo lo contrario. La cita está saliendo mucho mejor de lo que imaginaba, pero entonces... ¿por qué estoy deseando que se acabe?

Me dan ganas de abrir el bolso, hacer trampas y encender el teléfono solo para ver qué hora es y, bueno, para ver si alguien me ha escrito.

Alguien no, Din.

Echo de menos su voz, que no me habla en susurros y que no me pide que le hable en susurros porque quiere que yo sea tal y como soy.

Y le gusto tal y como soy.

—¿Te has quedado muda, sirenita? —bromea el pulpo.

—Eso sería otra nueva experiencia para mí —digo sin susurrar— y todo un reto. La gente dice que hablo hasta debajo del agua, como las sirenas de verdad.

Él se ríe como si hubiese hecho el mejor chiste del mundo.

—Hablas hasta dormida, Ana.

Yo también me estaba riendo, pero dejo de hacerlo al momento porque lo que ha dicho es verdad y yo nunca se lo he contado, ni eso ni cómo me llamo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Me lo dijiste tú.

De repente, sus susurros ya no me producen complicidad, me resultan inquietantes.

—No, nunca te he dicho eso.

—Pues lo he adivinado, lo más parecido a Hannah Mojama es Ana.

Me cuesta respirar, pero mantengo la calma como puedo y abro el bolso al tiempo que pregunto:

—¿Tú te llamas David?

Escucho que se ríe, nervioso.

—Nunca he dicho eso —repite mis palabras.

Yo ya tengo el teléfono en las manos y los dos escuchamos el bip que produce a encenderse. No escribo la clave, no tengo tiempo, enfoco hacia el otro lado de la mesa en cuanto se ilumina la pantalla y veo cómo él se tapa la cara con las manos.

No es que la luz le deslumbre, aunque el cambio repentino nos afecta a los dos.

Se tapa la cara porque cree que me va a seguir engañando, pero no.

Sé quién es.

El pulpo es Miguel.

Mi ex está sentado enfrente de mí y ha estado jugando conmigo todo el tiempo.