La Reina de los Mares (Anclados 1) 18.
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Nando se empeña en acompañarme hasta la puerta y para la moto justo delante.

—Llámame si quieres que venga a buscarte —insiste, aunque le he dejado clarísimo que acepto que me traiga y nada más.

—Luego te llamo, pero para que te quedes tranquilo, no para que vengas.

—Me vale.

Me quito el casco y lo meto en una de las alforjas laterales de la moto. Después, le doy un beso a mi hermano en el casco cómicamente, porque él no se lo ha quitado.

—Llámame —gruñe.

—Buenas noches, jefe.

Le hago un saludo militar y él sigue sin arrancar la moto, así que entro en el restaurante para que se vaya de una vez.

Las luces son muy tenues y hay cortinas de terciopelo por las paredes, como si lo hubiese decorado un fanático de David Lynch.

Al fondo, veo un mostrador y un hombre vestido completamente de negro me sonríe. Le saludo y le digo que tengo una reserva a nombre de Hannah Mojama y David Jones .

Teclea un momento en el ordenador y comprueba que efectivamente hay una mesa para dos en uno de los jardines secretos, el reservado número siete.

Uf, eso es imposible.

No puede ser, convine con el pulpo que pagaríamos a medias la experiencia más económica: el menú de dos platos, un vino y postre, que viene a costar aproximadamente como comer el menú del día durante toda la semana en el bar de mi familia.

Una de las últimas advertencias de mi hermano resuena en mis oídos: no vaya a ser que el pulpo se ponga las botas a cuerpo de rey y, aprovechando la oscuridad, se vaya sin pagar su parte.

—Tiene que haber un error —carraspeo—, pedimos una mesa en el salón comedor general, no en un reservado.

El recepcionista no tiene duda alguna y me repite la información, así que no me queda otra que decirle de buenas maneras que debe de ser algún tipo de malentendido porque mi presupuesto no alcanza para pagar la experiencia del jardín secreto.

Es entonces cuando su sonrisa se vuelve apurada.

—El señor Jones facilitó una tarjeta de crédito para garantizar la reserva. El importe íntegro de la cena se cargará al finalizar el servicio. Si hay algún malentendido, deberían hablarlo entre ustedes.

—Eso voy a hacer y esperaré aquí mismo para hacerlo antes de entrar. Gracias.

Él niega con la cabeza.

—Bueno, si desea que demos aviso para que su acompañante regrese a recepción…

—¿Cómo? ¿Ya ha llegado?

Se me acelera el corazón.

¡El pulpo está aquí! Mierda, yo creía que sería de los que llegan tarde y él ha llegado incluso antes que yo y quiere pagarlo todo.

—Sí, el señor Jones le está esperando. ¿Quiere que de aviso para que le guíen de vuelta hasta aquí o prefiere acudir al reservado y hablar sobre su malentendido en privado?

No me considero fácil de convencer, pero tal y como lo ha dicho ir con el pulpo me parece lo más lógico y accedo.

—Necesito saber si quiere dejar sus pertenencias en una taquilla, por favor. —Hace una pequeña pausa y agrega—: Es un servicio gratuito.

—¿El bolso entero? —inquiero, sin llegar a salir del desconcierto absoluto que siento casi desde que llegué—. Creía que bastaba con apagar el teléfono móvil.

—No le vamos a mirar el bolso con rayos X —bromea, amable, restando tensión—.

No está permitido pasar al restaurante con posibles fuentes de luz: ni teléfonos, ni relojes, ni mecheros, ni esas linternitas que llevan a veces los llaveros…

, pero en el caso de los reservados conservar los objetos personales es una opción del cliente, ya que no hay posibilidad de estropear la experiencia a otros comensales.

—Entonces, me quedo con mis cosas.

—Bien, le agradecería que al menos apagase su teléfono móvil.

Asiento y obedezco, pero antes compruebo por última vez que no tengo mensajes nuevos. Siento una pequeña punzada de decepción al ver solo hay notificaciones de extraños en Ancla2.

Esperaba tener algún mensaje de Din porque le he contado una mentirijilla piadosa: que voy a ir con un amigo a un Escape room y por eso no tendré conexión durante unas horas.

Él no me ha contestado.

Y yo no he tenido que mentir más sobre el tema, aunque lo del restaurante a oscuras sí podría pasar por una experiencia de Escape room porque me van a ayudar a entrar y también a salir, solo estoy decorando un poco la verdad y poniéndole al pulpo la etiqueta de amigo, como decía el viejo anuncio del Scattergories , aceptándolo al fin como animal de compañía.

El recepcionista toca una campanilla y se despide indicándome que una de sus compañeras me acompañará hasta la sala.

Una mujer de unos cincuenta años aparece por el pasillo. Lleva unas gafas oscuras y un bastón blanco en la mano.

—Buenas noches. Soy Susana. Si le parece bien, apoye suavemente una mano en mi hombro y sígame.

Hago lo que me dice y ella me guía por un pasillo iluminado por falsas lámparas de velas led, que cada vez dan menos luz.

—La mayor parte del personal tenemos alguna discapacidad visual —me explica Susana con naturalidad—. Para nosotros, la oscuridad no supone ningún problema y podemos facilitar y acompañar mejor a los clientes en su experiencia sensorial.

Paramos delante de las puertas metálicas de un ascensor.

Susana pulsa un botón, escucho un clic y las puertas se abren al instante. Dentro, no hay luz. Ella pasa primero y me pide que le siga como hasta ahora, diciéndome que lo estoy haciendo muy bien.

Las puertas del ascensor se cierran detrás de nosotras y la oscuridad total nos traga. Yo estoy poniéndome más y más nerviosa a cada segundo que pasa y más cuando no noto que el ascensor se mueva en absoluto.

Ni sube ni baja.

No ocurre absolutamente nada y, cuando voy a preguntar si el chisme está averiado, Susana suelta una risa bajita como si lo estuviese esperando. Me lee el pensamiento.

—Ya hemos llegado —asegura, aunque no nos hayamos movido.

Escucho otro clic, como si ella hubiese presionado algún botón, y escucho que se abren otras puertas delante de mí.

Mi cerebro intenta encontrar una referencia, una pared, una mesa, una sombra... Y no encuentra nada más que oscuridad completa.

—Bienvenida al Top Secret —dice la mujer y empieza a caminar con seguridad, por lo que la sigo como puedo, muy despacio—. A partir de aquí no se preocupe, que yo miro por las dos.

Su broma no me hace gracia y no sé si me va a dar un ataque de ansiedad, aunque huele a comida y huele muy bien. Sin darme cuenta, mi nariz empieza a trabajar en el lugar de mis ojos.

Giramos o eso creo, un par de veces. Vamos por un pasillo estrecho, de un laberinto formado por pesadas cortinas de terciopelo. Lo sé porque ella me apremia a tocar y me explica lo que estoy tocando.

Las cortinas se convierten en hojas de plantas y me advierte que sea cuidadosa porque son naturales.

Susana avanza un par de metros mientras me describe el reservado.

—Estamos en uno de nuestros jardines secretos más hermosos. Imagínelo como una pequeña glorieta rodeada de vegetación. Tiene árboles, helechos, trepadoras y muchas plantas en flor, poco aromáticas para que el perfume no interfiera con el de los platos... Deme su mano y estírela un poco.

Ella no espera a que le dé la otra mano y toma entre sus dedos directamente la mano que tengo en su hombro, llevándola hacia delante.

Mis dedos rozan unas hojas largas y frescas. Al moverlas, desprenden un olor muy suave, casi húmedo, como el de un bosque después de la lluvia.

—Delante de usted hay una pequeña fuente y voy a ayudarle a lavarse las manos.

Al decirlo ella, me doy cuenta de que hay un murmullo de agua que ya no puedo dejar de oír. Es relajante.

—Muchos de los platos se disfrutan mejor comiendo con los dedos, aunque pueden usar los tenedores si lo desean... Permítame ayudarla con el jabón.

El agua está tibia y la dejo correr entre los dedos. Susana se encarga de todo y me describe una fuente de piedra al tiempo que me lava las manos y me las seca con un paño aterciopelado, que bien podría ser una de las cortinas.

Después, me guía de la mano muy despacio, unos metros hacia atrás.

—Su mesa está justo aquí —me dice y acerca una silla hasta tocar la parte trasera de mis piernas—. Puede sentarse, con cuidado… Así, muy bien.

—Gracias —musito, anonadada por toda la parafernalia.

—Con gusto.

Me coloco el bolso en el regazo y me aguanto las ganas de sacar el teléfono y apuntar con su luz a mi alrededor para saber dónde estoy en realidad.

Decido comprar lo que me han vendido, el jardín secreto exclusivo y perfecto.

Es una sensación rarísima, estoy calmada y expectante a la vez.

—Que disfruten mucho de la experiencia —se despide Susana.

La oigo alejarse y ya no oigo nada más.

Se hace un silencio que se me antoja eterno.

Sonrío, nerviosa, aunque nadie pueda verme y me atrevo a decir:

—Hola…

El pulpo no me contesta.

Carraspeo, me remuevo en mi asiento y me centro en lo que escucho, buscando una respiración o algo que me indique que no estoy sola.

—¿Hola? —repito.

Estoy a punto de preguntar si hay alguien ahí, como en las películas de terror, cuando por fin alcanzo a oír una voz que susurra desde el otro lado de la mesa:

—Hola, mi sirena.

—¿Pulpo, eres tú? —digo en tono normal, aunque le sigo la broma de usar nuestros apodos cariñosos.

—Sí, soy yo, perdona —susurra de nuevo, hace una pequeña pausa y continúa susurrando—: Soy bastante tímido y nunca me ha gustado mi voz.

No puedo evitar sonreír de nuevo.

—Pues en eso te entiendo —convengo susurrando—, a mí tampoco me gusta mi voz.

Él deja escapar una risa suave.

—Tenemos muchas cosas en común… Me gusta hablar en susurros, estamos en un jardín secreto y pega más susurrar, es más íntimo.

—Podríamos chatear —aventuro y me doy cuenta de lo enganchada que estoy al teléfono y las ganas que tengo de revisarlo.

—Yo no tengo mi móvil, ¿tú sí?

—Sí, me han dicho que era una de las ventajas del reservado y la he aprovechado, por cierto —aprovecho también para sacar el tema—, no entiendo qué hacemos aquí. Esto es muy caro y yo no…

—No tienes que pagar nada —me corta, adivinando mi miedo—. Tranquila, soy un pulpo caballeroso y yo me encargo de la cuenta.

—No me parece bien.