La Reina de los Mares (Anclados 1) 17. #2
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17. #2

—Eso solo me da una idea: bajarte el volumen a cero y ponerte en modo vibración.

Wilson hace caso omiso de mis amenazas e insiste:

—Prueba, Hannah , tienta a la suerte y di en voz alta que vas a ganar uno de los cincuenta camarotes.

—Vale, lo diré, pero solo para que me dejes en paz. ¡Me va a tocar el sorteo del crucero, yuju!

Lo grito sin entusiasmo alguno y con toda la ironía del mundo. Igualmente Nando, que ha estado observando mis idas y venidas con el móvil, se me acerca con una sonrisa burlona.

—¿De verdad crees que te va a tocar algo? —pregunta mientras me ayuda a recoger los trozos de la taza que se ha roto.

—Me va a tocar pagar esta taza, ¿verdad? —repongo, rápida, adelantándome a su chiste.

—Pues sí, te la voy a descontar del sueldo, hermanita.

—Descuéntame esto también —lo increpo, metiéndome en la boca una magdalena entera y sirviéndome un café en otra taza.

Es mi descanso y pienso merendar a gusto, bebiéndome el café a sorbitos, aunque la magdalena me la tengo que tragar a la fuerza.

Salgo de la barra y me siento en uno de los taburetes con el teléfono en la mano. Me permito soñar con la idea del crucero por el Mediterráneo, hasta que por fin Wilson me avisa de que ha llegado el momento de la revelación y un mensaje sale a flote en la parte superior de la pantalla.

«¡Felicidades, Hannah Mojama! Tenemos una noticia increíble para ti. Abre el mensaje para descubrir más».

El corazón se me acelera.

—Wilson —digo en un susurro sostenido—, ¿me ha tocado?

—No puedo confirmarlo ni desmentirlo hasta que abras el mensaje.

Trago saliva y toco la pantalla. La botella virtual se abre lentamente, como si estuviera disfrutando al hacerme sufrir, y entonces aparece el mensaje en letras doradas.

«¡Has sido seleccionada para una experiencia única! Responde a este mensaje en las próximas 24 horas para confirmar tu interés y recibir los detalles».

La euforia me golpea con fuerza.

Me quedo mirando la pantalla, incapaz de procesar completamente lo que estoy leyendo.

—¡Me ha tocado! —grito al fin, levantando los brazos.

Nando, que está sirviendo una cerveza en la barra, gira la cabeza hacia mí con los ojos como platos.

—¿En serio? —deja la jarra a medias y se acerca de inmediato—. ¿Me estás diciendo que te vas de crucero?

—Eso parece. —Mi voz suena temblorosa, todavía asimilando la noticia—. Bueno, dice que he sido preseleccionada y ahora tengo que respond…

—¡Pues responde ya! —me interrumpe, riendo—. Venga, ¿a qué esperas?

Con un temblor en los dedos, escribo que quiero más detalles y envío el mensaje.

Apenas unos segundos después, recibo la respuesta… Sin embargo, no es lo que esperaba.

«Querida Hannah, enhorabuena. No has sido seleccionada para el crucero, pero hemos identificado tu perfil como uno de los más carismáticos de Ancla2.

Nos gustaría convertir tu isla en una de nuestras islas patrocinadas y monetizar tu experiencia isla con anuncios personalizados que te reportarán grandes beneficios».

Se me congela la sonrisa.

—Oh, mierda.

—¿Qué pasa? —pregunta Nando, todavía feliz por mí.

—No me ha tocado el crucero —gruño, mirando la pantalla con incredulidad—, lo que quieren es pagarme por meter anuncios en mis botellas.

—¿Y cuánto te van a pagar?

—Mucho —arguyo, viendo los números que se despliegan en la pantalla.

Nando suelta una carcajada.

—Pues a mí eso me suena mejor que el crucero.

Dejo el teléfono en la barra y me cubro la cara con las manos.

—Por un momento, pensé que me había cambiado la suerte... Qué mierda.

Noto la mano de mi hermano, apoyándose en mi hombro y escucho su voz, sin atisbo de risa ya, preocupado de verdad.

—Afortunada en el juego, desafortunada en amores. ¿O era al revés? —intenta bromear Nando—. Da igual como sea el puñetero refrán, mañana vas a triunfar en tu cita a ciegas.

—Con la suerte que tengo, el pulpo me deja plantada y ni se presenta. Hemos hablado muy poco estos días, no sé si...

—A lo mejor no quiere cagarla contigo —me interrumpe de nuevo—, a lo mejor él está manteniendo el contacto al mínimo porque le da miedo decir algo que no te cuadre y que haga que te arrepientas de haber quedado.

—¿Crees eso de verdad, Nando?

—Lo que creo es que te voy a llevar yo al restaurante, hermanita. Y si quieres pescar al pulpo o comértelo, luego te recojo después. No se te ocurra ir a su casa a tomar el postre. Si te gusta y te quieres acostar con él, te vas a un hotel y me avisas primero.

Niego con la cabeza y bajo la vista a la taza de café.

—No pienso irme a casa de nadie ni a ningún hotel. Es una cena y ya está.

—Eso dicen todas las protagonistas de los True Crime .

Levanto la vista, descolocada.

—No sé de qué me hablas…

Nando apoya las palmas de las manos en la barra y baja un poco la voz.

—Escúchame bien, mañana quedas con un tío al que no conoces de nada. Solo sabes de él lo que te ha querido contar y podría ser un puto psicópata.

Resoplo.

—Nando...

—¿No viste lo de las cámaras ocultas en el Airbnb?

—¿Qué dices?

—¿Y lo de las drogas que se meten en las bebidas?

—Para ya...

—¿Y lo del caníbal?

No puedo evitar reírme.

—¡Nando, deja TikTok!

—No lo vi en TikTok, eso salió hasta en las noticias. El caso es que hay mucho zumbado suelto... —Se queda callado unos segundos y luego añade, ya sin dramatizar—: Y tú eres demasiado buena.

Eso sí consigue desarmarme.

—No soy demasiado buena —lo contradigo.

—Sí que lo eres. —Mi hermano sonríe de medio lado—. Y no digo que el pulpo sea un asesino en serie, a lo mejor resulta ser un tío estupendo... Lo único que digo es que no lo sabes porque no lo conoces.

Bebo un trago de café y sopeso todo lo que me ha dicho.

—El restaurante está en el centro, Nando.

—¿Y?

—Y hay gente. Deja de mirarme como si me estuviese metiendo en la boca del lobo.

—¡Precisamente! Vais a cenar a oscuras y eso me hace menos gracia todavía.

No puedo evitar sonreír.

—Eres un exagerado.

—Puede. —Nando hace una pausa y resuelve—: Pero mañana te llevo yo.

—No hace falta.

—Sí que hace falta. Te llevo en la moto, te dejo en la puerta y me voy. No voy a dejar que vayas sola.

—Que no hace falta.

—Y cuando termines de cenar, me llamas —insiste, pasando de todas mis negativas.

—¿Para qué? ¿Me quieres ir a buscar también?

Lo miro con desconfianza y hastío porque odio que me trate como a una niña.

—No es eso, Ana. Si el pulpo ese te gusta y quieres seguir la noche, es cosa tuya. —Nando frunce el ceño, traga saliva y continúa—: Pero antes de salir del restaurante me llamas y me dices dónde vas a ir, para que yo sepa que estás bien.

Suspiro.

—Eres muy pesado.

—Soy tu hermano, ser muy pesado es mi obligación —asegura, arqueando una ceja, y al momento añade con malicia—: Y ahora, que soy tu jefe, también es mi trabajo.