La Reina de los Mares (Anclados 1) 16.
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En un par de horas, recibo muchísimos mensajes privados.

Me llegan infinitos «hola, guapa» y muchas fotos de tíos sin camiseta o poniendo morritos.

—Puedo filtrar aquellos mensajes tengan una afinidad inferior al setenta por ciento o que me parezca que no te van a interesar —se ofrece Wilson, tan hastiado como yo por la avalancha—. También puedo bloquear automáticamente todos los perfiles que envíen contenido explícito no solicitado.

—Hazlo —digo, sin pensármelo—, haz esas tres cosas, por favor.

Que Wilson decida por mí de esa manera no me da miedo ni me molesta, aunque sé que acabo de cruzar una línea porque le he dejado elegir lo que me puede interesar, pero francamente no creo que se equivoque.

No obstante, puntualizo:

—Si el contenido explícito es de Pedro, no lo bloquees. Solo avísame.

—¿Qué Pedro?

—Din.

—Entendido.

Confío tanto en mi coco que llego a delegar incluso cuando se ofrece a mandar a la porra a mi hermano, como si fuese yo misma, porque Nando acaba de escribir avisando de que llega tarde a comer.

Media hora después, cuando mi hermano llega a casa por fin con el casco de la moto bajo el brazo, lo primero que hace es venir a hablar conmigo.

—¿Estás enfadada? —pregunta, asomándose a mi cuarto.

—No, ¿por qué?

—¡Porque me has dicho que me folle un pez!

Me da la risa, pero disimulo y no le confieso que no he sido yo, sino mi coco.

—Odio que llegues tarde y más cuando me muero de hambre —repongo, encogiéndome de hombros.

Nando suelta un gruñido, se fija en mi postura y reconozco que es de lo más tonta. Estoy tumbada en el colchón hinchable, boca abajo, jugueteando con los pies en alto y con las manos en el teléfono, sin dejar de teclear.

—¿Qué haces?

—Chatear.

—¿Con quién? ¿Con un tío?

—Sí.

—Pero ese tío no es Miguel, ¿no?

La sonrisa se me borra de la cara, lo miro muy seria y mascullo:

—Que te folle un pez espada.

—Solo dime que no es él.

—Claro que no es él.

—Genial. ¿Y quién es?

—Un capitán de un barco inglés —le contesto, haciendo una rima tonta con una canción infantil, solo para que me deje en paz.

—Estás muy rara —farfulla y por fin se va.

Yo no creo que esté rara, es que estoy contenta como hacía tiempo que no lo estaba.

—Oye, Hannah —dice Wilson, en cuanto Nando desaparece—. ¿Crees que mi respuesta al mensaje de tu hermano fue inapropiada?

—Un poco excesiva.

—Reaccioné así porque tú lo habrías hecho, él te mandó a la mierda primero cuando le dije que no estaba bien llegar una hora tarde… ¿Deseas un resumen de las conversaciones parecidas que soléis tener y un recuento de las veces que le dijiste que le follase un pez?

—Paso, no me importa.

—Entendido. ¿Deseas una infografía rápida?

—Que no.

—Entendido. ¿Deseas un…?

—WILSON —le corto, hastiada—, cállate ya. No vuelvas a hablar hasta que yo no te lo pida… explícitamente.

—Silencio activado —resuelve mi coco, obediente, y se cierra la bocaza con una cremallera virtual.

—Gracias —mascullo y vuelvo a la conversación con Din.

Después de lo que pasó en la ducha, creí que tardaríamos quizá unos días en volver a hablar y no tenía ni idea de cómo cambiaría la situación, hasta que él me mandó una botella privada a las tres menos cinco y no pude resistirme a contestarle porque no ha cambiado nada.

Él sabía que yo contestaría enseguida, era un mensaje perfecto para mí.

« No puedo con las tardes de domingo y la apatía terrible que empieza a sobre las 2:55, cuando ya me he dado todas las duchas relajantes que puedo darme y , por mucho que mire el reloj, las agujas siguen moviéndose hacia la oscura y larga hora del té del alma.

Domingo, jodido domingo… ¿Reconoces la cita? ¿Te resuena la sensación?».

No reconozco las palabras enseguida porque es una versión libre del tercer libro de La Guía del Autoestopista Galáctico . Supongo que lo ha escrito de memoria y tiene mucho mérito, yo he tenido que buscarlo con mi coco.

No confieso que he hecho trampa, solo contesto haciéndome la lista.

«Conozco la sensación y me has alegrado la tarde del jodido domingo con esa cita del Autoestopista Galáctico».

«Tú me alegrarías la vida con una cita de verdad. ¿Pasamos del oscuro y largo té del alma y nos tomamos un corto de café con un poco de mala leche?».

¿CÓMO?

Vale, esto no lo he visto venir y el listo es él.

—¡ANA! —me grita Nando desde la cocina, sacándome me mi estupor—. ¡Ayúdanos a poner la mesa!

—¡Voy!

Dejo a Din en visto, porque no sé qué contestar y porque no tengo tiempo para pensar en ello ahora mismo.

Mientras mis padres ultiman la comida en la cocina, mi hermano y yo empezamos a poner la mesa en el comedor, como hemos hecho miles de veces antes, hasta que le veo meter mano en el último cajón, el que tiene las servilletas caras y los manteles de Navidad.

—Mira lo que estás haciendo y saca la mano de ahí, Nando. Te has equivocado de cajón.

Mi hermano saca cuatro servilletas bordadas por nuestra abuela Ana y las agita en el aire.

—No me he equivocado, ¡estamos de celebración! Y no dudes de mis habilidades, puedo poner toda la mesa con los ojos cerrados, igual que si estuviésemos en un restaurante de esos en los que no se ve nada.

ESO.

ES.

UNA.

GRAN.

IDEA.

No hace mucho, mi hermano iba a quedar con una chica con la que solo había chateado, pero no la llegó a conocer en persona porque ella le propuso algo muy raro: ir a un restaurante donde se come a oscuras.

Para empezar, Nando no es de quedar a comer ni a cenar en la primera cita, dice que no es práctico. Él prefiere tomarse una copa o un café porque es más rápido y, si no hay feeling , no hay que esperar al postre para salir corriendo.

Superheterodino parece ser de la misma escuela, me ha propuesto un café, pero a mí me resulta más divertido copiarle la idea a esa chica.

Me apetece quedar con él y al mismo tiempo quiero mantener el misterio entre nosotros, un poco más, quiero seguir oyéndonos sin vernos del todo.

Rodeo la mesa y le doy un beso en la mejilla a Nando, sorprendiéndolo.

—¡Qué listo eres!

Nando no sabe por qué le sonrío tanto y me mira de arriba abajo.

—¿Estás bien?

—Muy bien. Estoy contenta por… la celebración.

Hoy mis padres nos van a dar oficialmente la gran noticia de que se jubilan: mi hermano será el heredero del bar y yo me quedaré con la casa, así que tiene razón, es algo que tenemos que celebrar, aunque siempre pensé que sería yo la que abandonaría el nido y nunca que mis padres me lo cederían enterito y se irían a vivir al pueblo.

—Nando, una cosa… —digo en el tono menos interesado posible.

—Si me vas a pedir un aumento, va a ser que no —me corta sin esperar a escuchar lo que le voy a decir—, puedes besarme todo lo que quieras, hermanita, que no vas a conseguir nada.

Ya se le ha subido a la cabeza que va a ser el dueño del bar y eso que todavía no lo es.

—No es eso, idiota —gruño.

—¿Qué quieres?

—¿Cómo se llamaba el restaurante ese que has dicho que se come a oscuras?

Nando termina de colocar los cubiertos y me sonríe, socarrón.

—Top Secret.

—En serio, no seas pesado y dímelo.

—Se llama así: Top Secret —aclara y me hace gestos de burla con las manos, por no entenderle—. ¿Es que estás pensando ir con el tío ese con el que chateas tanto?

—Eso también es top secret —bromeo y le devuelvo sus gestos de burla.

—Pues no esperes pagar con el bote de las propinas porque es un restaurante muy caro.

—¿Por eso no quisiste ir? —pregunto en tono socarrón, aunque me imagino que por ahí iban los tiros también—. ¿La chica esperaba que la invitases a cenar?

—Yo la invité a un café, no me habría importado pagar un café y ver si nos gustábamos en persona. Un café no compromete a nada, hermanita.

Lo miro descreída porque no me ha gustado cómo ha sonado eso.

—¿Estás diciendo que una cena compromete a algo más? —inquiero, recolocando los tenedores bien alineados—. ¿Por tu parte o por la suya?

—¿Qué? No me refiero a eso.

—Ah, ¿no? ¿A qué te refieres entonces?

Si no estaba hablando de sexo, su imperio romano, de verdad necesito que me lo explique.

Nando mira la mesa y recoloca las servilletas, aunque no haga falta, mientras responde sin mirarme:

—Un café te lo puedes tomar en diez minutos o en media hora, depende de si la cita va bien. No es un compromiso tan largo como comer o cenar, a eso me refería.

—Entendido —suspiro, con la voz mecanizada de Wilson.

Mi hermano medio sonríe, me mira a los ojos y me aconseja:

—Mira, Ana. Si quieres ir a ese restaurante con quien sea, deja claro que tú te pagas lo tuyo y nada más, por lo menos hasta que hayáis tenido suficientes citas como para conoceros de verdad.

Hay gente que tiene perfiles en apps de ligar solo para comer y cenar gratis…

Y no te salvas pagando a medias porque piden lo mejorcito de la carta.

El Top Secret es caro, yo pensaría en otro sitio.

—Es el sitio perfecto para quedar con alguien que no has visto nunca y mantener el misterio —defiendo la idea porque me sigue pareciendo divertida.

—¿Qué misterio? —Nando apoya las dos manos en el respaldo de una silla y niega despacio con la cabeza, como si yo fuese un caso perdido—.

Imagínate que te gusta ese tío porque te ha comido la oreja y tú ya te has hecho mil pajas mentales de cómo es en persona, puede que hasta hayas visto fotos suyas, pero entonces os conocéis y no hay química.

No te gusta cómo huele ni sientes nada cuando te toca…

—Vale, para, ya lo pillo —mascullo, porque me está diciendo algo que no quiero escuchar.

No solo me da miedo que Din no me guste en persona. También puede pasar justo lo contrario: que yo no le guste a él.

Eso me da más miedo todavía.

—Yo solo digo —prosigue mi hermano— que, si quieres ir a ese restaurante con un tío que no has visto nunca, solo porque sois amigos y os lleváis bien y os gusta hablar, entonces vale, es una experiencia divertida, pero como primera cita el Top Secret no me parece buena idea por muchas razones.

Está en los sótanos del edificio Prisma, se entra por la planta -2 del parking y luego hay que coger un ascensor dentro del restaurante para entrar en el comedor.

Con eso quiero decir que no puedes salir corriendo fácilmente si ese tipo te intenta meter mano por debajo de la mesa o lo que sea...

—Para, tienes razón, ¿vale? Pero llevo meses hablando con Pedro y no creo que vaya a pasar nada malo...

Mi hermano se lleva las manos a la cabeza.

—¡Es que da igual lo que te diga! ¡Ese tío podría presentarse con una camiseta de Jeffrey Dahmer que ponga Come, Reza, Ama y te pondrías contenta porque os gustan los mismos libros!

—¡Lo escribió Elizabeth Gilbert! —lo corrijo, creyendo que se ha equivocado.

—¡Por dios, Ana, era una broma! ¡Dahmer era un puto caníbal no un escritor!

Mi madre entra en el comedor, asustada, porque hemos empezado a gritarnos y no sabe qué pasa, así que nos lo pregunta.

Mi hermano aprieta los labios, furibundo, y me mira para que sea yo la que le conteste.

—No estamos hablando de la herencia —gruño, por si eso es lo que le preocupa.

—Voy a por el vino —dice mi hermano, quitándose de en medio y dejándome sola con nuestra madre.

—¿Ha pasado algo? —insiste ella, mirándome a los ojos, seria.

—Le he pedido un aumento —miento—, era broma, pero no le ha hecho gracia.

—Algo de una broma sí he oído —conviene mi madre, poco convencida.

Me vuelve a vibrar el móvil.

Seguro que es Superheterodino otra vez. Es super inoportuno, yo estoy supernerviosa y no quiero que mi madre me cotillee la conversación, así que leo el mensaje a toda prisa y sin fijarme mucho.

«Me aburro, ¿qué estás haciendo?».

Me da igual lo que piense mi hermano y el cabreo que tengo me ayuda a perder el miedo, así que en un impulso respondo:

«¿Te vendría bien vernos el sábado que viene? Aunque la idea es no vernos, hay un restaurante al que podríamos ir para eso. Se llama TOP SECRET y se cena a oscuras».

Le doy a enviar.

En cuanto el mensaje cae al mar virtual dentro de su botella, veo el nombre de la isla a la que se dirige y…

¡Mierda, es la isla del pulpo!

Se me para el corazón.

Se me hiela la sangre.

Se me abre la boca y se me escapa un taco de los muy gordos.

—¿Qué pasa? —inquiere mi madre, asustada.

—¡Nada! —contesto a toda prisa y disimulo como puedo—. Creo que se me ha soltado la tripa.

Lo digo mientras corro a meterme en el baño y es una mentira solo en parte, porque figuradamente me acabo de cagar encima.

Me siento en el suelo, con la espalda contra la puerta, mirando la pantalla del teléfono con desesperación como si por arte de magia se fuese a solucionar el lío solo.

—Wilson —susurro—. Dime que siendo premium puedo deshacer el envío de ese último mensaje.

Mi coco se quita la cremallera virtual de la boca, ¡cómo me arrepiento de haberle dicho que se callase! Si hubiese podido hablar, a lo mejor me habría avisado.

—No se puede deshacer de ninguna manera, el mensaje está enviado y leído —responde, tranquilamente—. Ahora mismo el usuario receptor está escribiendo una respuesta, ¿deseas hundir la botella cuando la recibas?

—No, eso no me parece bien.

Podría decirle lo que ha pasado, que el mensaje no era para él. Tampoco me parece una buena opción, aunque una parte de mí valora la idea.

No lo hago porque no me gustaría que me lo hiciesen a mí.

¡Me mata la cortesía y la empatía!

Mi teléfono vibra y, antes de leer el mensaje, intuyo que me va a caer la del pulpo… nunca mejor dicho.

«¿TOP SECRET? Mi sirena me llama y no puedo evitar ir. ¿A qué hora cenamos el próximo sábado?».