La Reina de los Mares (Anclados 1) 12.
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Wilson reaparece en la pantalla al instante.

—¡Felicidades, Hannah Mojama ! Has desbloqueado funciones exclusivas. ¿Quieres que te guíe en el proceso para descubrirlas?

—Paso.

—Lo dejaremos para más tarde, aunque sería buena idea reiniciar el teléfono.

Reinicio para aplicar los cambios, con cierta emoción contenida, y me quedo sin aliento al ver el resultado.

Sabía que la interfaz de Ancla2 cambiaría, pero no estaba preparada para lo que aparece ante mis ojos.

Un mapa se despliega con una fluidez asombrosa, revelando un enorme archipiélago que rodea mi islote y que jamás había visto en la versión gratuita. En lugar del fondo azul, con un par de islas cercanas y borrosas, veo islas por todas partes y los avatares de sus dueños flotando sobre ellas.

Por primera vez, entiendo cómo funciona realmente Ancla2.

Las cuentas gratuitas, como lo fue la mía hasta hace unos minutos, lanzan sus mensajes en botellas para que alguien las recoja al azar en el vasto océano digital.

Las cuentas premium pueden dejarlo en manos del destino o elegir a qué orilla arribarán sus botellas.

Ahora puedo marcar una isla en el mapa y enviar un MEB directamente, buscar por el apodo y por coordenadas de GPS, es decir, ¡puedo interactuar con usuarios cercanos en la cartografía de la vida real!

Con un resquemor incipiente, ordeno que salgan a flote solo los usuarios que estén cerca de mí, en un radio de quince kilómetros.

Las islas se reconfiguran en el mapa, algunas desvaneciéndose, otras acercándose.

Y entonces lo veo.

Superheterodino y David Jones viven en mi ciudad, a menos de quince kilómetros. Es un margen amplio para evitar darnos de bruces en la misma acera.

Yo vivo en el centro y ellos podrían ser mis vecinos de enfrente o estar en la periferia. Lo único seguro es que estamos a menos de veinte minutos en coche.

—Oye, Wilson, ¿las cuentas premium podían ver mi ubicación antes?

—Sí, es una de las ventajas de la configuración de pago.

—¡Pero yo nunca he dado mi consentimiento para que otros usuarios me localicen!

—Lo hiciste al crear la cuenta, cuando aceptaste los términos y condiciones del servicio. La localización exacta no es accesible para nadie, si eso te preocupa. El margen mínimo es de cinco kilómetros a la redonda.

Reduzco a cinco kilómetros y Din y el pulpo siguen a la vista.

Podrían entrar un día por la puerta del bar, pedirse una cerveza y reconocerme por la parte de la cara que no me tapa la loncha de mojama.

Sonrío a todos los clientes, ellos verían mi sonrisa de Hannah Montana y yo no tendría ni flowers de quiénes son ellos.

Uf, qué miedito.

Yo no sabría quién es el pulpo ni aunque se afeite la barba y de Superheterodino no sé absolutamente nada de cómo es su cara ni su aspecto físico.

Se me seca la boca por los nervios.

Hasta este momento, había asumido que mis contactos provenían de cualquier parte del mundo. Tenía la sensación de estar en un espacio sin fronteras, donde la distancia entre usuarios es irrelevante y el plano de la fantasía, ilimitado.

Me da igual de dónde sea la gente, no suelo prestar atención a eso y, en cuanto a la localización, mi perfil no es nada específico y no tengo marcada ni mi ciudad. ¡Solo soy la Reina de los Mares!

David Jones es menos general y se decanta por Europa.

Superheterodino dice estar «en algún lugar del tiempo», lo que me encanta porque es una novela de ciencia-ficción romántica de uno de mis escritores favoritos, Richard Matheson, el de Soy Leyenda .

Y para final inesperado, al estilo de Matheson, menudo es el que se ha marcado Ancla2 conmigo. No tenía ni idea de que vivía en una pecera también en la app y no solo en la cocina del bar.

Aprieto el zoom sobre el mapa del archipiélago, observando los detalles cercanos a mi isla. Veo que Din aparece al norte y el pulpo barbudo, al suroeste.

Decido explorar otras funciones y accedo al modo Polizón.

Efectivamente, ahora puedo leer conversaciones y MEBS en modo oculto, sin que mi nombre aparezca en la lista de lectores activos.

Mi presencia se hace notar mediante una sombra obtusa y poco más.

Me gusta este anonimato total y seguro que lo activaré pronto, así me sentiré un poco menos expuesta al menos mientras navego.

Otra de las funciones que llama mi atención es el modo pirata, que me permite copiar botellas ajenas y hacer acopio de cuantas quiera, guardándolas en mi inventario como si fueran tesoros enterrados.

No puedo modificar su contenido ni enviar sus mensajes como propios, pero puedo conservar esas botellas para siempre y no desaparecerán ni siquiera si el usuario propietario las borra o elimina su cuenta.

Esto último me parece de lo más intrusivo y me pregunto si Miguel será premium y si tendrá enterradas todas esas conversaciones que tuvimos y que yo creía hundidas en el fondo del mar de Ancla2.

Recuerdo especialmente una de nuestras primeras conversaciones subidas de tono, yo misma hundí esa botella porque empezó a tener mucho tráfico y me cortó el rollo de cuajo.

Al principio, me daba cierto morbo que los desconocidos nos viesen flirtear, pero se me pasó rápido en cuanto empezaron a opinar.

Ahora me pregunto si esa conversación puede estar escondida en la isla de mi ex y en otras islas de usuarios premium. Pienso que puede estar marcada con una X, como en los antiguos mapas piratas y por su contenido para adultos.

Después de esa conversación, Miguel y yo fuimos a un concierto, nos conocimos en persona y todos los mensajes subidos de tono que nos enviamos después fueron privados a través del WhassApp y no de la app.

Hacíamos mucho sexting para mantener la llama encendida porque mi ex viajaba mucho por su trabajo.

Cuando le pregunté de qué trabajaba, Miguel me contó que era un roadie . Usó esa palabra en inglés porque en castellano suena muy mal según él.

Ahora creo que en castellano le define mejor: si Miguel me hubiese dicho al empezar a salir que era un pipa y un plomo se habría definido perfectamente.

Él me tuvo que explicar entonces tanto lo de roadie como lo de pipa y plomo , es como se les llama a los que forman el equipo técnico que acompaña a los músicos en las giras: preparan los conciertos, montan el escenario, ponen a punto el sonido, se ocupan de la seguridad, etc.

Cuando lo dejamos definitivamente, le pedí que borrase todos nuestros mensajes de sexting y Miguel se negó en rotundo, me dijo que los releía a menudo y tuvo las narices de justificar sus infidelidades con ellos.

Dijo que él se ponía cachondo al releerlos o al recibirlos y que era culpa mía, porque si le pillaba trabajando lejos de casa y de mí, como no podía acostarse conmigo, acudía a una profesional para aliviarse.

¿En serio? Me dieron ganas de estrangularlo allí mismo mientras él intentaba convencerme de que pagar a una prostituta era como ir a una masajista o al gimnasio con una entrenadora personal, decía que no sentía nada con esas mujeres y que pensaba en mí todo el tiempo.

Terminó diciendo que solo se había enamorado una vez en toda su vida y que no creía que le volviese a pasar… Y que yo también tenía la culpa de eso, porque me quería más que a nadie y no se veía capaz de dejar de quererme nunca.

Para mí, sus palabras no hablaban tan alto como sus acciones.

Le dije que yo no me veía capaz de acostarme con alguien a quien no quisiese y que éramos muy distintos y eso no podríamos superarlo. Añadí, como los famosos en los divorcios de la tele, que teníamos diferencias irreconciliables.

Miguel siguió excusándose y aseguró que, para él, tener una infidelidad habría sido estar en otra relación y que él no tenía ninguna conexión emocional con otra persona que no fuese yo.

Me pidió perdón mil veces, pero no parecía arrepentido de lo que había hecho, solo de que yo lo hubiese pillado.

Por cierto, fue de la manera más tonta.

Me puse un DIU y llevábamos meses sin utilizar condones, así que un día cuando estaba tendiendo su ropa en el balcón y, del bolsillo de uno de sus vaqueros nuevos, vi caer un trocito de funda de preservativo… Supe que no lo había usado conmigo.

Cuando volvió a casa, le enseñé la prueba de su infidelidad y al principio lo negó. Me dijo que podía llevar meses en el bolsillo, pero esos vaqueros se los acababa de regalar yo, por lo que no cedí e insistí hasta que él terminó confesando.

Así me enteré de que mi ex tenía una cuenta bancaria online secreta con la que pagaba en los prostíbulos y llevaba años haciéndolo.

Incluso me confesó que creía que era una enfermedad mental y me juró que, si le perdonaba, iría a terapia e intentaría superar su adicción al sexo.

Me dolió tanto su traición que ni me lo planteé. Sentía pena por él y de verdad creía que podía ser un adicto, pero eso no era excusa y me fui de casa con lo puesto, en ese mismo instante.

Después, le conté a mi mejor amiga que Miguel me había puesto los cuernos con una compañera de trabajo. Me pareció más fácil que contarle eso a Soraya que la verdad.

Luego, Miguel se hizo el ofendido porque, según él, eso jamás lo habría hecho.

En fin, para mí una mujer de su trabajo no era peor que un montón de mujeres sin nombre. Las dos opciones dolían por igual.

Esa herida me arrastró al fondo de mí misma y me acomodé en las profundidades de la soledad, donde la calma es adictiva de otra forma.

Me ha costado mucho salir a flote, así que ahora pensar siquiera en arriesgarme a confiarle a otra persona mi corazón… Ni de coña, no estoy preparada, pero tengo cierta ilusión por conocer a alguien nuevo.

No sé, quizá algún día me atreva a tomarme un café con Din o con el pulpo, ya que resulta que vivimos tan cerca.

No me pongo fecha, pueden pasar meses o años o puede que ese día no llegue nunca.

Ya lo veremos.