11. #2
Entiendo por qué se ha enfadado cuando me cuenta la historia de cómo terminó quedándose con Patán.
Hace unos diez años se murió el perro que cuidaba del taller en el que Din trabaja. El dueño quería adoptar un perro grande, para que estuviese allí todo el día y toda la noche. Vio un anuncio que decía regalar cachorros de pastor alemán y se llevó a Patán a su casa.
Cuando lo llevaron al veterinario para ponerle el chip, su jefe se enteró de que el cachorro no era de raza, era un chucho y tenía pinta de que no iba a crecer mucho.
No podía devolverlo, pero tampoco se lo quería quedar y Din terminó adoptándolo mientras su jefe optó por adoptar de una perrera un pastor alemán adulto.
—Le puse Patán, en lugar de Pulgoso para que la gente no lo llamase pulga si resultaba ser de tamaño pequeño, como el veterinario sospechaba...
La verdad es que mi jefe salió perdiendo y yo, ganando.
Patán no es solo el mejor despertador del mundo, también es la mejor alarma antirrobos.
No veas la capacidad pulmonar que tiene y cómo taladran el tímpano sus ladridos cuando se me acerca alguien que no le gusta.
Me manda un archivo y Wilson me anuncia lo que es, como siempre antes de abrir cualquier cosa que recibo.
—Es un video de un perro en brazos de un hombre.
Oh, dios mío.
¿Voy a verle la cara a Superheterodino, por fin?
No pierdo un segundo, abro el video con la esperanza de resolver el misterio de la apariencia de Din y lo único que veo es un pecho masculino, tapado por un mono azul con manchas de grasa y un apacible perrito canela.
De repente, se escucha un ruido lejano de petardos y el perrito se transforma en un sabueso del infierno. Patán patalea en el aire, ladra con rabia y furia, gruñe y parece dispuesto a saltarle a la yugular al que está grabando.
Ni siquiera veo las manos de Din, no se distinguen en el cuerpecito del perro poseso.
Me gustaría verle bien, pero no se lo digo, solo elogio a su chuchillo.
—Tu jefe se equivocó al no darle empleo para cuidar del taller por las noches. ¡Es una fiera menuda, pero MENUDA FIERA!
Din se ríe con mis tonterías y escuchar su risa me hace reír a mí también.
—Tú tienes pinta de ser una fiera menuda también, señorita Mojama.
—Como suele decir mi madre, que es igual de bajita: cuidado conmigo que los mejores perfumes se venden en frascos pequeños, como los venenos más potentes.
—Y el café solo se toma en taza pequeña cuando es de los buenos y está concentrado… Por cierto, me gustaría invitarte a tomar un café algún día, uno que no sea virtual. ¿Te parece una idea horrible o nos lo podemos plantear con el tiempo?
No me lo esperaba, pero no me parece una idea horrible y no me asusta del modo en que lo ha planteado.
—Algún día, con el tiempo, a lo mejor acepto ese café. Ahora me conformo con vernos en foto.
—¡Oído cocina! —bromea, entre risas—. Si alguna vez te haces premium y cumples tu promesa de vernos en foto, te enviaré una mía que se me vea mejor… para que juzgues si realmente soy Pedro Bello o Pier Nodoyuna.
Mi amiga Soraya tiene un mastín y se me ocurre que podría mandarle una foto que me hicieron hace un par de años, en la que apenas se me ve porque estoy agachada y detrás del perro de Soraya.
Busco en la galería del móvil, la encuentro e intento enviarla.
—No puedes enviar archivos —me recuerda Wilson—, solo las cuentas premium pueden hacerlo. ¿Deseas convertir tu suscripción gratuita en una premium?
Gruño de impotencia.
Estoy tan enfrascada en la conversación que se me había olvidado ese pequeñísimo detalle. Podría subir la foto en mi perfil, como un avatar temporal.
Eso sí podría hacerlo.
Apenas se me distingue detrás del mastín. Mis brazos y las mangas del jersey aparecen un poco, porque estoy abrazando al perro, y también se ve que soy rubia porque mi pelo cae sobre su lomo.
No se me ve la cara, nadie me reconocería y dudo que alguien pueda reconocer al perro de Soraya, excepto mi amiga.
Finalmente, no lo hago.
Sin embargo, me gustaría poder mandarle a Din lo que me dé la gana, cuando me dé la gana y sin pensar si lo va a ver alguien más.
Y quiero mandarle cosas al pulpo y a otras cuentas con las que me escribo regularmente privados.
No sé si es porque de repente me siento limitada, pero me molesta por primera vez tener restricciones en Ancla2 y siento que realmente estoy limitada en la app, limitada en mi casa, limitada en el bar… Siento que todo lo que hago depende de lo que otros decidan.
Mis padres decidirán cuándo mudarse y mi hermano, el rumbo que llevará el negocio.
Wilson me repite su pregunta, porque no llegué a contestarle:
—¿Deseas convertir tu cuenta gratuita en una premium, Hannah ?
—¡Cállate ya! —le espeto, con la rabia de un chuchillo encabronado.
Mi coco hace un sonidito de disculpa, el clásico plop de una burbuja al explotar, se cierra la bocaza con cremallera y ya no dice nada más.
Me quedo un rato con el móvil en la mano, bloqueada, y hasta la pantalla se bloquea conmigo, entrando en modo ahorro de energía por la inactividad.
Me siento incapaz de tomar decisiones y el corazón me va a mil.
¿Tengo un ataque de ansiedad? No sé, puede que sí.
No me falta el aliento como otras veces, lo que tengo es ganas de morder a alguien, a quien sea, ¡al mundo mismo! Y no para comérmelo, solo para que se acabe con un sonido satisfactorio, ¡con un pum de balón reventado!
Uf, soy una exagerada, ya lo sé.
Tardo en darme cuenta de que en realidad estoy enfadada y tardo todavía más en percatarme de que no me he cabreado con la app ni con Wilson, que es un plasta, tampoco con mis padres o con mi hermano, ni siquiera conmigo misma.
¡Estoy enfadada con la vida!
A lo mejor Din tenía razón cuando me llamó amargada y tacaña.
¿Cuánto vale la suscripción premium? Mucho menos que un café al día y en mi caso el café me sale gratis... Me viene a la cabeza la dichosa frasecita de que cada uno es muy quien de tomarse el café como más le guste y por dónde quiera.
No quiero ser premium, me molesta pagar por algo que ya tengo gratis, solo por cuatro ventajas absurdas.
Tras mucho pensar en pros y contras, se me ocurre que mis padres van a pagar un pastón por una casa que está en el culo del mundo y a eso lo llaman mejorar su calidad de vida.
Bien, pues seguiré su ejemplo y pagaré por mejorar la calidad de mi vida virtual sin ir más lejos, convirtiendo mi isla básica en una de lujo.
Va en contra de mis principios, pero estoy más que harta y termino por claudicar, aunque solo sea por probar algo diferente, aunque solo sea por decidir por mí misma alguna de las cosas que me están pasando.
Entro en los ajustes de la app y le doy al botón de suscripción.
No es especialmente barato, cuesta lo mismo que una suscripción de televisión, pero en mi caso paso más horas navegando en Ancla2 que viendo series o películas, así que me parece justo.
—¿Deseas confirmar el paso de tu cuenta gratuita a una Premium? —reitera Wilson—. Este paso no se puede deshacer y se cargará el importe íntegro de la primera mensualidad.
—Ya, ya, venga. Sí, hazlo —refunfuño.
—¿Deseas mejorar la experiencia al máximo sin coste, con el paquete de todos los extras en promoción de bienvenida, Hannah ?
—Que sí, no seas cansino.
Suenan trompetas de triunfo… y está hecho.
Ahora soy Premium.