11.
Me despierta el olor a café recién hecho. Solo he dormido unas cuatro horas, pero tengo más hambre que sueño y me levanto.
Mi padre ha salido a pasear y mi madre está desayunando en la cocina mientras escucha la radio. Me sonríe y me pone un café con leche, de la comida me encargo yo.
Tenemos una tostadora que entran cuatro piezas de pan, así que meto dos y le pregunto a mi madre si le apetecen tostadas.
Ella niega con la cabeza y se apoya en la isla de la cocina, observándome atentamente mientras bebe de una taza humeante.
—¿Tú duermes bien últimamente? —me pregunta, enarcando una ceja.
—¿Por qué lo dices? —respondo con otra pregunta, sin soltar información.
—Porque te oí hablando con alguien de madrugada. Hablabas muy bajito, pero las paredes de la casa son de papel.
—Estaba rezando —bromeo, seria. Me rasco un párpado somnoliento con disimulo y contengo la risa para rematar, diciendo —: ¿No sabes que todas las noches le pido a dios que mi madre sea menos cotilla?
Ella se ríe a carcajadas y repone:
—¡Tú eres más cotilla que yo, Anita!
—Por culpa de tus genes y de los de Papá, la combinación es mortal... Por cierto, ¿dónde fuisteis anoche?
—Al cine, con tu tía Nines. Ha venido a pasar unos días, se está quedando en casa de una de sus amigas porque tú te has hecho la dueña del colchón hinchable.
—A la espalda de la tía no le viene nada bien dormir en el suelo. Por cierto, ¿qué tal está?
—¡Está estupenda! En el pueblo se vive muy bien, mejor que aquí.
—Pero no hay cines ni museos ni teatros —puntualizo, recordando lo mucho que me aburría allí de niña cuando me mandaban a veranear con la tía y yo solo podía leer, porque no había nada más que hacer—. No hay hospitales…
—Hay un autobús que llega al centro en una hora y media —me corta mi madre.
—¿Por qué me estás vendiendo ahora lo buena que es la vida en el campo? —inquiero, todavía medio adormilada—. ¿No querrás mandarme de vacaciones con la tía como cuando era pequeña?
Lo he dicho en broma, pero mi madre achica la mirada y se lo piensa.
—No te vendría mal.
—Estoy bien, ¡te juro que no necesito vacaciones! Y mucho menos en mitad de la nada.
—Bueno, a mi hermana le vendría bien la compañía y que la cuiden un poco.
Las tostadas saltan y las pongo en un plato para echarles un poco de aceite y tomate triturado. Todo lo hago de manera mecánica, porque estoy centrada en otra cosa. Esa última frase me ha preocupado bastante.
—Me acabas de decir que la tía Nines está estupenda —refunfuño, untando las tostadas—, ¿por qué crees que necesita que la cuiden?
—Tiene setenta y siete años. Ella está bien, pero me da miedo que le dé un jamacuco como al padrino de Miguel y no nos enteremos.
—Os llamáis todos los días, nos enteraríamos.
Mi madre se bebe el café de un trago, lo deja en el fregadero y me lanza la bomba sin más:
—La verdad es que estamos pensando en mudarnos al pueblo.
Se hace un silencio.
—¿A vivir con la tía? —farfullo, completamente anonadada.
—No, con ella no, a tu padre le daría algo... Hemos visto un chalet que nos gusta y con lo que tenemos ahorrado, y lo que nos va a dar tu tía, podemos pagarlo.
—¿En serio?
—Sí, no tiene hijos y soy su única hermana, soy su única heredera y dice que prefiere darme el dinero en vida.
—No me refería a eso. ¿Va en serio lo de que os queréis ir a vivir al pueblo?
—Muy en serio.
—Es que no me lo puedo creer, ¿qué vais a hacer allí, Mamá?
—¡Disfrutar de la vida! Hay un centro social, hacen tertulias y bailes… Yo quiero meterme en un club de lectura y tu padre quiere aprender a hacer ganchillo. Además, los dos queremos poder echar un polvo de vez en cuando, sin miedo a que nos oiga la cotilla de nuestra hija.
—¿Qué?
Casi me atraganto con un mordisco que le acabo de dar a mis tostadas, mi madre se ríe otra vez a carcajadas y contesta:
—Lo que has oído.
No quiero pensar en mis padres teniendo sexo. Uf, cambio de tema al momento.
—¿Tenéis pensada una fecha para jubilaros?
Ella se encoge de hombros.
—Antes de que acabe el año —responde, dubitativa—. Lo llevamos pensando ya un tiempo. Tu hermano y tú estaréis bien aquí, pero… Bueno, hay un problema y por eso te lo quería comentar.
Se me quita el hambre de golpe y me dejo una tostada entera en el plato.
—¿Queréis vender la casa? —aventuro, con un hilo de voz.
—Sí. —Mi madre sonríe exageradamente, se cruza de brazos y agrega—: Te la vamos a vender a ti. ¿Qué opinas?
—No puedo pagar esta casa.
—Ya, pero es tu herencia y te la damos en vida. El bar se lo dejamos a tu hermano y todo solucionado. ¿Qué te parece?
Mi madre espera mi reacción con infinita paciencia, yo no sé qué decir y tardo en replicar:
—Nando va a ponerse muy contento, ¡el muy cabrón al final va a ser mi jefe de verdad!
Mi madre se ríe a carcajadas y asiente.
—Todavía no se lo hemos dicho, pero creo que le parecerá justo... Tu padre se lo ha comentado en broma y, cuando venga luego tu hermano a comer y estemos todos juntos, se lo vamos a decir en serio. ¿A ti te parece bien?
Asiento a regañadientes e incluso tengo la lucidez de agradecérselo, pero no me gusta nada la idea.
A pesar de que un piso en el centro de la ciudad sea un regalo inconmensurable, no me imagino viviendo sin mis padres aquí. Me gusta verlos todos los días y esta casa se me va a caer encima.
Muchas de mis amigas llaman a sus padres una vez al mes o como mucho los ven en navidades, pero yo nunca he sido así.
Yo estoy acostumbrada a trabajar con ellos y ahora a vivir con ellos, no quiero que se vayan ni necesito que mi vida cambie tanto por mucho que me haya caído una casa del cielo.
Mi madre se pone a fregar la taza y se hace un silencio más largo.
—¿No crees que a Nando le vendría mejor quedarse con este piso? —inquiero, pensativa—. Así podría pasar más tiempo con las niñas.
Si mi hermano tuviese una casa grande, en lugar del loft, podría pedir la custodia compartida de sus hijas. Ahora mismo solo las ve una hora por las tardes y algunos fines de semanas alternos, porque la custodia la tiene su exmujer.
—Quiero mucho a tu hermano —asegura mi madre—, pero las dos sabemos que a él le gusta su vida de soltero, le gustaba incluso cuando estaba casado… Él preferirá quedarse con el bar, pero se lo preguntamos luego si te quedas más tranquila.
Los fines de semana que Nando tiene a las niñas, mis padres se las llevan con ellos al pueblo los viernes por la tarde y cuando cerramos el bar va Nando.
Todos hacen noche en casa de la tía Nines hasta el domingo.
Algunos fines de semana, Nando pone la excusa de tener que cerrar el bar más tarde y luego me pide que lo cierre yo y se va de fiesta.
Mi madre tiene razón, mi hermano no necesita la casa.
No tengo argumentos para discutir ni tampoco ganas.
—Vale, por mí, no hay problema. Gracias, Mamá.
Eso es lo que finalmente digo y ella se pone muy contenta. Me abraza con fuerza y me promete que nos va a ir muy bien con el bar, a mi hermano y a mí.
Me jura que están muy orgullosos de ver cómo nos apoyamos el uno en el otro desde pequeños y asegura que ellos siempre van a estar para nosotros, sin importar que vivan lejos.
—En unos meses, ya no tendrás que guardar tus cosas en el almacén del bar —aduce mi madre, como si fuese algo maravilloso—. En cuanto nos mudemos, tendrás toda la casa para ti, cariño.
—Estupendo —murmuro con ironía y me quedo mirando la tostadora con cara de idiota, pensando que no necesito una que haga cuatro tostadas a la vez si vivo sola.
¡Cuatro tostadas, me las voy a comer por pura ansiedad y aburrimiento!
De repente, la vida se me está solucionando de un modo que no habría querido nunca y va a ser verdad eso de que hay que tener cuidado con lo que se desea.
Yo quería tener una casa propia, pero no esta casa.
Y quería que mis padres se jubilasen y disfrutasen de la vida, pero no que se fuesen tan lejos de mí.
Nunca he vivido sola y la idea me aterra. Creo que hablaré con Wilson más que nunca y a lo mejor adopto un perro o cuatro gatos, no sé… No quiero ni pensarlo.
Recojo los restos del desayuno y me llevo mi taza, para tomarme el culo de café que me queda en el balcón.
Me apoyo en la barandilla, me asomo y miro hacia el bar.
Sé que está cerrado, pero lo imagino abierto y lleno de gente. No sé si mi hermano y yo podremos llevarlo solos tan bien como lo han hecho mis padres hasta ahora.
Es una enorme responsabilidad y me da incluso más miedo que vivir sola.
Enciendo mi teléfono y abro Ancla2 para distraerme un poco.
Me he acostumbrado a que el pulpo barbudo me de los buenos días en primer lugar; sin embargo, el primero que me saluda hoy es Din.
Escucho su voz en un audio privado, que me ha mandado hace una hora.
—Buenos días, señorita Mojama. Espero que hayas dormido bien después de nuestra charla nocturna... Yo he madrugado mucho, necesito un café intravenoso.
—Marchando un chute de café virtual, aquí tienes —contesto y le envío una foto de lo que me queda de café. Se ve parte de mi calle, pero no lo suficiente como para que la encuentre con Google Maps. El letrero del bar solo sale a medias y tendría que ser vecino del barrio para reconocerlo.
—Eso es un café muy corto, no te va a quitar el sueño. ¿Qué haces despierta tan pronto?
—Disfrutar de mi día libre al máximo. ¿Tú qué haces?
—Estoy sacando al perro. A Patán le da igual que yo haya dormido mal o que sea domingo, él me levanta todos los días a la misma hora. Este cabroncete peludo es el mejor despertador del mundo.
Recuerdo el perrito súper enano y feo de las fotos que tiene en su galería. Lo imagino ladrando y dando saltitos para que lo saquen a la calle y me da la risa floja.
—Es el mejor despertador, pero en tamaño reloj de bolsillo, ¿no?
A Din no le hace tanta gracia como a mí.
—¿Te metes con mi perro por ser pequeñito? ¿Cuánto mides tú?
—Lo mismo que Ariana Grande —confieso y que lo busque si quiere—. Su nombre lo dice todo, se puede ser GRANDE siendo bajita.
—Yo pienso lo mismo de mi perro. Patán es pequeño, pero no tanto como para metérmelo en un bolsillo —responde Din, a la defensiva—. Aunque de pequeño sí que me cabía.