10.
Desde la noche del polizón, han pasado un par de semanas, mi amistad con el pulpo se afianza y la de Din, se resiente. Él apenas interactúa en las botellas en las que entro y yo, sabiendo que me ve, dejo de colarme tanto en las suyas.
La situación no parece que vaya a cambiar hasta que un sábado por la noche me vuelve a atacar el insomnio.
No tengo que madrugar porque no trabajo al día siguiente, pero igualmente me agobio al no conseguir conciliar el sueño y ver cómo se me escapan las horas de descanso.
Me remuevo en la cama, trato de ver algún capítulo de las muchas series que tengo empezadas y ninguna me engancha ni me aburre lo suficiente como para dormirme.
Enciendo el libro electrónico e intento leer algún cuento corto, de esos que suelen funcionarme para desconectar mi cabeza inquieta, pero ni por esas.
Nada funciona.
Las palabras del libro pasan delante de mis ojos y no dejan poso alguno. Mi mente salta de un pensamiento a otro y no estoy leyendo con atención. No me concentro en el texto, sigo subida a la rueda de molino de mis pensamientos y hacen papilla mi sentido común.
¿En qué pienso? ¡En gilipolleces!
Me viene a la cabeza errores del pasado que cometí hace mil años y también los que he cometido recientemente, que están casi todos relacionados con mi ex.
Pienso en lo tonta que fui, en todos los años que he perdido y me siento como si en la partida de la vida, después de pasar mucho tiempo en la casilla de la cárcel, me hubiesen mandado a la salida para empezar de nuevo otra vez.
No tengo dinero para emanciparme, no puedo pagar yo sola un piso en mi barrio y paso de compartir un cuchitril a precio de oro para vivir con extraños, prefiero seguir con mis padres mientras ahorro.
Supongo que la falta de sueño, los nervios y mi estupidez natural, que no puedo achacar a ninguna otra cosa, hacen que vuelva a encender el teléfono y termine abriendo Ancla2.
Es como si mis dedos actuasen por sí solos, abro la app por inercia y entro en los mensajes de audio de Superheterodino .
No es algo nuevo lo que busco, sino la tranquilidad de lo conocido, el timbre oscuro de esa voz tan bonita que tiene, por poco que me gustase lo que le escuché decir al final.
Reproduzco su último mensaje de nuevo y decido responder.
A lo mejor, si zanjo uno de los temas que mi cerebro considera abiertos, me entra sueñito y puedo descansar.
Son las tres de la mañana, pero la otra noche también era tarde y no dejo que eso me frene… Le mando un audio.
—Espero no despertarte, solo quería decirte que no me gustan los audios porque me siento un pez fuera del agua, pero te mando uno porque esta conversación no terminó bien, así que… Buenas noches.
Apenas unos segundos después, recibo su respuesta.
Pensaba que se entendería con mi mensaje que no quiero seguir hablando, pero él me contesta y me habla en susurros, lo que me sigue pareciendo sospechoso.
—Señorita Mojama, pensé que me dejarías en visto para siempre y me alegro de haberme equivocado. La otra noche me interrumpió mi hija y tuve que atenderla, es lo que tiene ser padre. Ahora puedo hablar, si quieres. ¿Te apetece?
Podría no contestar, pero me parece feo.
Además, quiero enterarme bien de eso de que tenga una hija y, de paso, enterarme de si la madre de la niña está durmiendo a su lado.
Por hablar con él, no estoy faltándole el respeto a nadie. Que quede claro que mi intención no es liarme con un hombre casado y no lo pienso hacer.
En realidad, mi intención es no liarme absolutamente con nadie, pero igualmente saco el tema para que quede clarísimo.
—¿A tu mujer no le molesta que hables con alguien a estas horas? Lo digo por el ruido, no porque yo pueda molestarla por el simple hecho de que estés hablando conmigo… A lo mejor ni existo y solo soy una IA.
—La que no existe es mi mujer —responde él, con una risa ahogada que no desmerece en nada a la de Wilson—.
No me malinterpretes, la madre de mi hija existe, pero ya no es mi mujer…
Nos divorciamos hace un año y tenemos custodia compartida.
Mi hija no cambia de casa, somos mi exmujer y yo los que nos turnamos para cuidarla por quincenas. Ahora mi hija está con ella.
Sé que eso se hace, pero nunca había conocido a nadie que lo hiciese y los amigos que conozco con custodia compartida se quedan cada uno en su casa, son los hijos los que van cambiando.
—Si tu hija no está y tu exmujer tampoco, ¿por qué susurras?
Seguro que me ha mentido, a ver cuánto tarda en buscar una excusa que suene creíble.
Din no tarda nada.
—Estoy en casa de mi padre, no quiero despertarlo y duermo en el sofá del salón. Sigo pagando la mitad de la hipoteca de la casa en la que vive mi hija y el taller no me da para pagar mucho más en este barrio.
Eso puedo entenderlo y empatizo con él enseguida.
Podría decirle que yo duermo en un colchón hinchable en lo que era mi cuarto, porque se ha convertido en el gimnasio de mis padres.
Nos parecemos mucho más de lo que yo pensaba, pero no se lo digo.
—Suena difícil, ¿lo llevas bien?
—Sí, ya me he acostumbrado. Al principio se me hizo raro: la mitad del mes yo soy el padre y tengo que encargarme de todo; la otra mitad, soy el hijo ¡y tengo que encargarme de todo también! —Se ríe, con resignación—. Mi padre no está para cuidarme, está para que lo cuide yo… Y eso intento.
Me río con él, porque eso también lo entiendo.
De pronto, escuchar su voz en la oscuridad de mi habitación no es nada raro, es como si estuviese a mi lado y me gusta.
Lo que se me hace raro es que no poder verlo ni tocarlo.
A Din lo había imaginado distinto, afilado y frío. Tiene una risa sarcástica a tope, pero suena sincera, apurada y sobre todo contagiosa.
—Yo también vivo con mis padres —confieso finalmente.
—Lo sé, lo has comentado en algún MEB. A mí me cuesta hablar de mi vida personal en las redes, soy muy reservado. No pensé que le hablaría de mi hija a nadie… y aquí estamos.
—Te guardaré el secreto.
—¿Quieres contarme algún secreto tú? —lo pregunta con voz juguetona tan sugerente que escucho el audio tres veces seguidas… y, sí, aquí estamos.
Estamos aquí a las tantas de la madrugada, compartiendo confidencias y hablándonos a oscuras.
Él en un sofá; yo, en un colchón hinchable.
Y los dos extrañamente cómodos.
Dejo el teléfono sobre la almohada, me recuesto de lado, cierro los ojos y, en lugar de contestar, pregunto:
—¿Cuántos años tiene tu hija?
—Once. Se llama Laura.
Mi visión de él cambia otra vez. Ya no es solo un tipo ingenioso con respuestas mordaces, de pronto tiene responsabilidades y una personita en el mundo que depende de él.
—Laura es un nombre muy bonito.
—Era el nombre de mi madre, pero… Coño, ¿cómo lo haces? Te sigo contando secretos y tú no sueltas prenda.
—Siento tu pérdida —digo, respetuosa, dejándome llevar por sus palabras, aunque no ha sonado especialmente triste al usar el tiempo pasado para hablar de su madre.
—No lo sientas —corrobora, con deje resentido—. Quiero pensar que mi madre está viva, en alguna parte, pero ni mi padre ni yo sabemos nada de ella desde hace muchos años… Joder, ¿ahora te estoy contando mis traumas? Sí, ¡te estoy contando mis traumas! Cuéntame alguno tuyo, para compensar.
—No, de eso nada. ¿No has visto mis MEBS? Nunca me meto en aguas profundas, prefiero hablar sobre cosas sin importancia, que sean muy superficiales… Cosas divertidas que me den ganas de vivir, ¡no que me las quiten!
—Tú no eres nada superficial.
—Bueno, me gusta escuchar y sé hacerlo, ¡trabajo en un bar! Estoy acostumbrada a que la gente me cuente su vida, así que cuéntame lo que quieras, traumitas incluidos.
—Entiendo. —Se queda un momento en silencio, sigue grabando y escucho su respiración hasta que se atreve a preguntar—: No sé si me vas a querer contestar a esto. No es nada profundo, divertido tampoco, pero… ¿Por qué no me bloqueaste al principio?
—¿Cuándo exactamente? —bromeo, sin acritud, casi con cariño—. Ha habido muchas veces que he estado a punto de bloquearte, ¡eres muy pesado!
Él envía otro audio, que empieza con su risa y es una risa distinta. Me suena dulce, reconfortante.
—Me refiero a cuando nos conocimos. Estuviste a punto de bloquearme, estoy jodidamente seguro, pero al final no lo hiciste. ¿Por qué?
Sonrío y respondo con sinceridad:
—Me hizo gracia lo que me dijiste. Un fan de La Guía del Autoestopista Galáctico se merece siempre una segunda oportunidad… o quinientas, que ya no sé las que van contigo.
—Cuarenta y dos —precisa, serio, y vuelve a usar un chiste del libro, arrancándome otra carcajada.
Le copio la idea y empiezo a grabar el audio mientras me río.
—Cuarenta y dos es la respuesta a todo —afirmo, satisfecha, mientras me estiro en las sábanas como un gatito somnoliento, relajándome poco a poco.
—Necesito una respuesta más, señorita Mojama. ¿Vas a bloquearme ahora que sabes que tengo una hija? ¿Desapareciste del mapa por eso?
Su tono es ligero, aunque dolido.
Puedo entender su punto de vista, quizá pensó que saber que tenía una hija me había hecho correr en la dirección contraria y tiene sentido, pero no para mí.
Contesto como si fuese la idea más loca del universo:
—¿Por qué iba a hacer eso?
—No sé. Muchas mujeres lo hacen... Una hija complica las cosas.
Bostezo y bajo la guardia, sorprendida por su reflexión.
—No estamos en una relación, Din. Tu hija no nos complica nada.
Él deja de susurrar y se arriesga a despertar a su padre cuando su voz se eleva y se agudiza para preguntar:
—¿Din? ¿Quién cojones es Din?
Me da la risa, ni me había dado cuenta de que le he llamado así. Tomo aire y respondo:
—Tú eres Din, te llamo así... porque Superheterodino es demasiado largo.
—Me llamo Pedro, puedes llamarme Pedro... ¿Tú te llamas Hannah de verdad?
—Ostras, Pedrín —lo increpo, con malicia—. No voy a contarte todos mis secretos de golpe y, además, lo de tu nombre ya lo sabía. Lo pone en tu perfil.
—No me parece justo.
—Tienes una cuenta premium, Don Pedrín-Din —sigo probando variantes de nuevos motes—. Seguro que sabes de mí mucho más de lo que pueda saber yo de ti.
—Eso tiene fácil solución: mejora tu cuenta —propone, imitando casi a la perfección la voz de las promos de Ancla2.
Casi me creo que el que me ha hablado es mi coco, pero Din se sigue riendo y la risa suena cascada, luego cavernosa y termina en una carcajada—: ¿Te he engañado?
Solo quería que volvieses a pensar que soy un bot y que estoy ofreciéndote un servicio de primera calidad, a un precio imbatible.
—¿Cómo sabes que esa es la voz que usa mi coco? —inquiero, vacilante, temiéndome que las islas premium no tengan catalejos, sino telescopios potentes como el Hubble de la NASA, capaces incluso de escuchar.
—¿Tú también usas esa voz? No lo sabía, la elegí porque la risa suena como el perro Patán de Los Autos Locos . Es mi favorita.
Eso podría haberlo adivinado.
—Me está entrando sueño —confieso, con un bostezo—. Lo has conseguido con ese soniquete que has puesto para imitar la publicidad, así que gracias. Aquí va un secreto personal… Me llamo Ana y te confesaré algo que poca gente sabe: de pequeña me dormía viendo la teletienda.
—Entendido, me lo apunto y te guardo el secreto. No se lo diré a nadie… Ahora cierra los ojitos, Señorita Mojama. Como dice mi hija, es hora de mimir. Buenas noches, Ana.
—Buenas noches, Din.
Pasan unos segundos y escucho una voz que se empeña en tener la última palabra.
—Ese Superheterodino es un máquina —resuelve Wilson—, pero no es una máquina de verdad. Solo te ha dicho que el servicio premium es de primera calidad y que tiene un precio imbatible, se le ha olvidado recomendar el modo Cupido, que es completamente gratis y…
No le dejo terminar su promoción, extiendo una manita, tanteo la almohada hasta dar con el móvil y lo apago.