La Reina de los Mares (Anclados 1) 7. #2
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7. #2

Sigo cocinando y pongo mi atención en los mensajes de la última botella en Ancla2. Se han multiplicado y los utilizo como distracción.

Me quedo asombrada al descubrir que David Jones ha pedido perdón por la broma del Kraken y por la pregunta sobre la longitud de los espárragos.

Se le han echado encima un montón de usuarios y puede que se haya disculpado por eso, pero me sorprende que recule. Normalmente, este tipo de personajes no se desdice, solo se exalta más y termina por decir cosas peores.

Con la disculpa, el pulpo me ha preguntado si todavía está a tiempo de que yo lo acepte como animal de compañía, en plan amistad, o si prefiero echarlo troceado a los tiburones.

Entierro el hacha de guerra mandando un gif de la película Buscando a Nemo , el del tiburón que dice que «los amigos no son comida».

Miro de reojo a mi ex y él me sonríe. Ahora mismo, realmente me recuerda al tiburón del gif, así que me desahogo, escribiendo un mensaje muy personal.

«Para tiburón el que tengo delante, mi ex se acaba de presentar en mi bar. Le he dicho que se vaya y no se va. No sé qué hacer, ¿alguien recuerda qué hacía Will Smith en El espantatiburones ?».

Agrego un emoticono con risas, para restarle tensión al asunto, y enseguida recibo un montón de mensajes de apoyo.

«No le hagas caso, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio».

«No recuerdo que Will Smith saliese en El espantatiburones , pero no se me olvida lo que hizo en los Oscars: dale una hostia a ese hijo de puta y sácalo del bar».

«La violencia no es el camino, pero un buen sopapo le pondrá en marcha».

«No me lo creo nada, nadie la está acosando, las hay que dicen de todo por conseguir MEBS».

Hay mensajes de apoyo, pero también me llegan insultos y acusaciones de que me estoy inventando un drama para llamar la atención.

David Jones pasa de todo y me contesta solo a mí.

«¿Qué clase de tiburón es tu ex, Hannah Mojama ? ¿De los que dan vueltas en círculos en la superficie mientras esperan a que te canses de nadar o de los que atacan sin avisar desde las profundidades? Fuera de bromas, si te sientes en peligro, llama a la policía».

«Gracias, no me da miedo, solo me hace sentir incómoda. Mi ex no es nada peligroso, es imbécil».

Me siento genial al llamar imbécil a Miguel y me contengo las ganas de describirle mucho mejor con más adjetivos, con una colección de insultos que harían enrojecer a un marinero.

Lo miro de reojo y casi sonrío.

Mi ex se bebe la cerveza sin prisa y también revisa su teléfono mientras bebe. Estoy segura de que, si supiese que estoy hablando de él ahora mismo, se sentiría muy halagado, aunque no le haría gracia que esté hablando con otro tío que me acaba de tirar la caña.

Me llega otro mensaje del pulpo.

«Cuidado con los imbéciles, que pueden ser muy peligrosos».

Sonrío al leerlo y Miguel también sonríe.

Me da un escalofrío al pensar que el pulpo pueda ser Miguel desde un perfil falso… ¡Me está volviendo loca! Ahora estoy paranoica.

Reacciono al comentario con un corazón, dejo el teléfono a un lado y me pongo a emplatar unos dados de mojama que están para chuparse los dedos.

Miguel no es peligroso, pero es realmente imbécil.

Yo solo quiero que se vaya del bar y de mi vida, de una vez por todas… Pero no se va.

Al cabo de un rato, mi padre vuelve a entrar en la cocina y agarra una jarra helada, de las que guardamos en los congeladores.

—Ese tonto del culo ha pedido otra cerveza, una bien fría.

—Genial —mascullo.

Aunque mi padre no le ha dicho su nombre, sé de quién habla. Nunca le gustó Miguel, fue el único de mi familia que no se rindió a sus encantos.

Mi madre lo adoraba y mi hermano se iba de cañas con él. Nando se divorció justamente porque su mujer le pilló con apps de citas, así que en ese sentido es tan cabrón como mi ex, eso lo tienen en común, pero a él se lo perdono porque es mi hermano.

Mi madre entra en la cocina desde el salón, hasta ahora lo estaba recogiendo y no se ha enterado de nada.

—¿Qué hace Miguel aquí? —me pregunta, sorprendida y lo mira sin disimular, a través del cristal.

Le explico la situación de su padrino, porque es lo más fácil y el gesto de mi madre se vuelve compasivo. Sale de la cocina y se va directa hacia él.

Mi padre y yo nos envaramos a la vez y nos inclinamos hacia delante.

Me apoyo en la encimera y agudizo el oído, a sabiendas de que es inútil esforzarme porque hay demasiado ruido y, a no ser que griten, no les oiremos hablar.

No sé qué le dice mi madre, pero Miguel se levanta, asiente y enfila hacia la salida. Me mira una última vez, apretando los labios y derrotado.

Yo también aprieto los labios y mi padre suspira mientras guarda la jarra escarchada otra vez en el congelador.

—Pues ya está —resopla, aliviado—, parece que por fin ese idiota se ha enterado de que aquí sobra… Si te vuelve a molestar, dímelo.

Le aseguro que no me ha molestado, pero no se lo cree.

Me gustaría saber qué le ha dicho mi madre y cuando se lo pregunto, se encoge de hombros y repone que solo se ofreció a acompañar a Miguel al hospital en mi lugar.

Mi madre parece decepcionada de que a él no le haya parecido buena idea, pero de un modo u otro ha funcionado.

Para distraerme, vuelvo a Ancla2 y actualizo el chisme.

«Mi ex se acaba de marchar. Echaba de menos mi tortilla de patatas y le he vendido una. La historia no termina conmigo lanzándole un arpón ni cocinando sopa de aleta de tiburón. Hemos mantenido una conversación civilizada. #Cuentasaldada».

Al rato, llega mi hermano y lo veo cuchichear con mi padre.

Nando deja sus cosas detrás de la barra y lo primero que me dice es que me lleva él en moto, si de verdad quiero ir a ver al padrino de Miguel.

No me enfado porque se lo hayan contado, solo le agradezco que se ofrezca y acepto que me lleve al hospital.

Nuestros padres nos cubren el turno y llegamos juntos al San Carlos. Miguel no me ha querido decir el número de habitación en la que está su tío, pero en cuanto pregunto por Agustín Oliver en la recepción, lo obtengo sin problemas. Está en la 312.

Subimos en el ascensor hasta la tercera planta y nada más salir veo a mi exsuegra, que nos agradece la visita y nos pone al día. Así me entero de que todos han comido en la cafetería del hospital. Mi ex estuvo con ellos hace un rato y no trajo la tortilla.

Otra de sus mentiras.

Cuando entro sola en la 312 para ver a Agus, parece en paz. Igualmente es un momento muy triste.

Por si puede oírme, le pido que se recupere y le digo que echo de menos nuestras charlas de los domingos. Algo se me abre por dentro y le confieso en susurros que no echo de menos a su ahijado ni la vida que llevaba con él.

No sé por qué se lo digo, pero es cierto.

Le doy un sentido beso en la frente, le deseo que se ponga bien pronto y salgo de la habitación, extrañamente serena.

Mi hermano me abraza nada más verme, así que debo de llevar un careto de espanto.

Nos despedimos de la familia de mi ex y regresamos al bar en la moto de Nando.

De algún modo, al salir de allí siento que algo se ha cerrado y recolocado dentro de mí, como si hubiese soltado amarras en este mismo instante o resuelto la situación sin dejar un cabo suelto.

Realmente, estoy pasando página.