La Reina de los Mares (Anclados 1) 7.
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De haber sabido que estaba cocinando para Miguel, quizá habría dejado subconscientemente que la tortilla se quedase seca o resultase demasiado salada.

Habría cometido un pequeño error , que fue lo que él dijo cuando le pillé poniéndome los cuernos.

Su presencia al fondo de la barra me resulta tan molesta como le resultaría a él encontrarse una cáscara de huevo en mitad de mi deliciosa tortilla, pero los únicos huevos que me apetece cascar ahora son los suyos ¡y de una buena patada!

Lo miro de reojo a través de las cortinas de abalorios y me dan ganas de saludarle con el cuchillo en la mano.

¿Me estoy pasando? Sí, soy consciente, pero no lo digo de verdad, solo en broma y me río sola, como una locatis.

No obstante, me cabrea mucho que Miguel se presente en mi trabajo y con mis padres todavía en la barra.

Esto es un golpe bajo.

No puedo decirle que se largue, no quiero armar un escándalo y que se entere todo el barrio de que soy una cornuda, aunque seguramente la última en saberlo fui yo.

Ahora el bar está medio lleno, hay alguna mesa libre y toda la barra está ocupada. A él le ha dado lo mismo, ha metido medio codo y se ha acomodado al fondo.

Mi padre se le acerca, sonriendo. No lo reconoce al principio, veo cómo le cambia la cara en cuanto Miguel lo saluda como si no hubiese pasado nada, como si se hubiesen visto ayer. Después, le pide la tortilla para llevar y una cerveza en jarra, a ser posible fría.

—La tortilla ya está lista —se limita a decir mi padre y le ladra el precio, pero no se acerca al grifo de la cerveza y no se la sirve.

Aunque Miguel se da cuenta y frunce el ceño, no pierde la sonrisa e insiste:

—¿Me pones una cerveza? —grita, llamando la atención y pone un billete sobre la barra—. Cóbrate todo y lo que sobre, de propina.

Mi padre gruñe algo ininteligible y no creo que haya sido un agradecimiento. Lo veo meter el billete en la caja registradora, sacar el cambio y tirarlo al bote de las propinas.

Miguel ha dejado más de propina que lo que cuesta la tortilla. Si se piensa que con eso se va a ganar a mi padre, va listo.

Y conmigo tampoco le servirá de nada.

Antes de que mi padre venga a la cocina a por la tortilla, salgo yo con el pedido en las manos.

—No te preocupes, Papá, yo me encargo —decido, pasando a su lado.

Mi padre se pone a atender a otros clientes, pero estoy segura de que no nos quita ojo en ningún momento.

Cuando le doy el pedido, mi ex me la juega.

La tortilla va en su caja, bien envuelta en aluminio y metida en una bolsa de papel, está muy bien protegida y yo me habría protegido las manos con guantes de hierro si hubiese sabido que Miguel aprovecharía el gesto de coger la bolsa para rozarme los dedos con los suyos.

—Que te aproveche —mascullo, sin mirarlo.

—¿Le has echado cebolla? —inquiere, para retenerme en la barra y tocarme las narices un poco más.

—La pediste sin cebolla —contesto, poniendo los ojos en blanco de un modo muy exagerado.

—Solo quería asegurarme —carraspea y no tarda en agregar—: Y, bueno, también quiero asegurarme de que tú estás bien, Ana. ¿Lo estás? ¿Estás bien?

Enfrento su mirada.

—Estoy perfectamente. Estoy mejor que nunca, que tengas un buen día.

—¿Me pones una cerveza? —insiste, con media sonrisa apurada—. Creo que tu jefe no me ha oído pedírsela antes.

—Tenemos latas de tercio y de medio litro —respondo, insinuando que se la tome en cualquier otra parte—. Te la pongo para llevar, ¿cuál prefieres?

—Prefiero que me tires una caña.

Este quiere tirarme la caña como sea, no de cerveza, una de pesca para ver si pico, pero no voy a picar.

Lo único que se me ocurre es tirarle la cerveza a la cara y, con esa alegre fantasía en mente, le sirvo una jarra fría.

Él bebe un sorbo y, con el labio superior cubierto de espuma blanca, vuelve a la carga:

—¿Cómo estás de verdad?

Me río, sin ganas.

—Estoy muy bien, ya te lo he dicho. Te dejo, que tengo curro…

Miguel deja el vaso en la barra, girándolo lentamente entre sus dedos y me corta:

—¿No quieres saber cómo estoy yo?

—Pues no, por eso no te lo he preguntado.

Se hace un silencio tenso y pesado.

—Creía que podríamos hablar. —Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz y repone—: Porque necesitamos hablar, tenemos que hacerlo. ¿Por qué le dijiste a todo el mundo que te puse los cuernos con una de mi curro?

Yo también bajo la voz.

—No se lo he dicho a todo el mundo, solo a Soraya... Es mi mejor amiga y necesitaba contárselo.

—¡Pero no es verdad!

—¿Quieres que les cuente la verdad?

Él aprieta los labios, baja la vista y murmura:

—No… Lo siento, ya sé que te lo he dicho muchas veces, pero…

—Yo soy una cornuda y tú eres un cabrón —le interrumpo, bajando todavía más la voz y, asegurándome de que nadie nos escucha, agrego—: Esa es la verdad.

Cierro los ojos un momento, intentando despejarme. Cuando los abro, Miguel levanta la mirada y busca la mía con nerviosismo.

—Estoy aquí porque no estoy bien, Ana… Estoy muy jodido.

Se me escapa una sonrisa amarga, no le voy a decir que me alegro de oírlo, pero me alegro.

—Eso ya no es asunto mío —digo, sin más—. Tienes que pedir ayuda, ir a terapia o lo que sea…

—No estoy bien porque mi tío Agus no está bien —me dice de corrido—. Vengo del hospital, Agus lleva unos días ingresado y está… bastante mal.

Pierdo la sonrisa al instante y mi ánimo se ve arrastrado por una oleada de pena inmensa.

Agustín es el padrino de Miguel y me trató siempre con muchísimo cariño, yo lo aprecio mucho. Aunque tenga casi ochenta años, su salud es de hierro y me cuesta imaginarlo postrado en una cama de hospital.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, acongojada, y aventuro—: ¿Ha tenido un accidente?

Miguel me cuenta que su tío se cayó en la ducha y se dio un tremendo golpe en la cabeza.

Perdió el conocimiento y lo encontraron unas doce horas después, porque no contestaba al teléfono.

Su familia dio la voz de alarma y fue el propio Miguel quién entró en la casa de Agus y lo descubrió en el suelo del baño, desnudo e inconsciente.

—No ha vuelto a abrir los ojos —dice, apesadumbrado—. Los médicos no nos pueden asegurar que vaya a recuperarse. Es posible que no se despierte nunca.

—No digas eso.

—Es la verdad —me devuelve la frase con tristeza y me explica que ha pedido la tortilla para llevarla al hospital y comerla allí con su familia.

También reconoce que necesitaba verme y contarme lo de Agus, porque sabe lo mucho que quiero a su padrino.

—Si le pasa algo —incide, encogiéndose de hombros—, nos quedamos sin padrino.

Sé a qué se refiere y no quiero hablar de eso ahora. Agus iba a ser el padrino de nuestra boda y yo espero que se ponga bien pronto, pero no porque piense que vaya a haber boda.

Miguel intenta bromear, diciendo que a lo mejor Agus se despierta del coma con el olor de la tortilla; después, remata confesando que toda su familia echa de menos la comida de los domingos.

—Me odian por haberles dejado sin la mejor cocinera del mundo.

—Pueden venir a comer de lunes a sábado —le devuelvo la broma—, pero ahora los domingos libro y la verdad es que estoy muy feliz de no tener que cocinar para nadie.

Lo suelto como lo pienso y me quedo a gusto. No entro en detalles y no le digo que yo no echo de menos tener que servir a sus padres, a sus tíos, a sus primos y a su padrino cada domingo.

En lugar de descansar, en mi día libre tenía que cocinar para doce personas que venían a mesa puesta. Tampoco echo de menos tener que recoger todo y limpiar la cocina mientras ellos se la pasaban de sobremesa. El único que siempre me ayudaba era Agus y en él pienso cuando pregunto:

—¿En qué hospital está?

—En el San Carlos —responde Miguel, esperanzado—. ¿Quieres ir?

Mi corazón no duda, contesta por mí:

—Claro que quiero.

—¿Quieres que te lleve? —me interrumpe, poniéndose muy feliz de repente—. Tengo el coche fuer…

Lo miro a los ojos, seriamente, cortándolo antes de que termine la frase.

—No voy contigo a ninguna parte. Iré a ver a Agus yo sola, en cuanto pueda... ¿Cuál es el número de habitación?

—No me acuerdo —responde al momento y sé que está mintiendo, por bien que lo haga.

—No importa, preguntaré en la recepción.

—Ana, por favor. Lo estoy pasando muy mal, me gustarí…

—Siento que lo estés pasando mal —le corto—, pero eso ya no es asunto mío.

—Por favor, no seas así. Después de todo lo que hemos pasado juntos, yo… No sé qué más decir, te prometo que haré todo lo que tú quieras, solo perdóname, por favor.

Se le ve infinitamente triste, así que dejo de mirarlo.

No voy a ceder esta vez, no volveré a ser la tonta que perdona y olvida. Además, me asquea que utilice la salud de su familia como un medio para llegar a mí.

Niego con la cabeza y, sin más, regreso a la cocina.

En lugar de largarse como haría cualquier persona medio decente, mi ex le da un sorbo a su cerveza, agarra la bolsa de la tortilla y se viene detrás de mí, caminando en paralelo desde el otro lado de la barra.

Mientras yo me coloco en mi puesto y sigo a lo mío, él se sienta en una de las mesas vacías, justo en la esquina, y gira su silla para tener una vista perfecta de la cocina mientras se bebe a sorbitos su cerveza.

No deja de mirarme.

Finjo que no lo veo y me concentro en lo que estoy haciendo. Preparo unas raciones de calamares, otra de dados de mojama y aprovecho la salsa especial para echársela a los mejillones tigre, rebajándola con el caldito de los propios mejillones. Delicioso.

—¿Estás bien? —pregunta mi padre, entrando en la cocina.

—Sí, no te preocupes —lo tranquilizo.

—Voy a decirle a Miguel que se vaya y que se lleve esa puñetera caña de cerveza si quiere.

Sonrío como puedo y apunto:

—No hace falta que hagas nada, papá. Se aburrirá y se irá, más tarde o más temprano. Si no, yo misma me encargaré de echarlo.

—Y yo me encargaré de llamar a la policía como ese empiece a presentarse aquí a menudo —decide mi padre, mirando a Miguel a través del cristal, con cara de sabueso.

—No creo que haga falta... Hoy tiene un mal día, su padrino está en el hospital.

Mi padre sale de la cocina gruñendo:

—A hospital lo mandaba yo a él.