6. #2
En otras redes sociales, me llegan muchas fotos guarras, pero en Ancla2 la IA distingue lo que hay en cada foto y no solo eso, si alguien pagase para mandármelo por privado, Wilson pixelaría el contenido y me preguntaría primero:
—¿Quieres ver este triste penecillo, Hannah?
—No, tíralo por la borda —le contestaría yo—, pezqueñines no, gracias.
Fin del drama.
Podría bloquear a David Jones ahora mismo y sus tentáculos nunca volverían a alcanzar mi isla, pero se me ocurre una idea tonta mucho más efectiva.
Wilson me ha dado mucha info sobre pulpos y recuerdo cómo se llama el más pequeño del mundo. En contra de mi buena costumbre de no alimentar a los trolls, respondo.
«Muchos dicen tener un Kraken y lo que tienen es un pigmeo chupa-estrellas. Van de Jack Sparrow, pero no llegan ni a ser Jack Espárrago y Ancla2 debería cerrarles la cuenta por fantasmas, no por escándalo púbico» .
Mi comentario obtiene muchas reacciones positivas, risas, aplausos y una respuesta concisa por parte del aludido.
«No soy un pulpo chupa-estrellas, soy un funcionario chupatintas; en cuanto a lo de Jack Espárrago, tú eres cocinera y sabrás que los espárragos suelen medir entre quince y veintidós centímetros. ¿Eso te parece poco?».
Uf, esto no me lo esperaba.
Yo sola me he metido en este jardín y los pulpos saben de jardines más que las cocineras.
Este pulpo chupatintas seguro que colecciona conversaciones privadas picantes y, como buen cefalópodo, tendrá cierta pericia a la hora de camuflarlas en su perfil y encontrar huecos por los que escapar de todo lo que yo le diga.
Sin embargo, a mí me va a costar salir airosa de esa pregunta. Cualquier respuesta solo empeorará la situación: seré una mojigata o una guarra, siempre es así.
¿Me parece poco quince centímetros?
No lo sé, no he visto tantos penes en mi vida como para sacar una media. El que mejor conocí fue el de Miguel y, bueno, él decía que eran quince centímetros y presumía de ello a menudo, pero tomando como referencia mi dedo índice, debían de ser unos once o doce.
Barajo varias opciones para contestar al pulpo y le pregunto a Wilson por el tamaño normal de los espárragos y, de paso, por el de los penes humanos.
Mi coco me suelta datos sobre espárragos verdes, morados, blancos y trigueros. También me comenta que el pene de mi ex está en la media mundial tirando por lo bajo, porque en erección suelen medir entre doce y catorce centímetros.
¿Podría usar esas cifras para hablar de tamaños sin aludir a mi experiencia directa?
No me parece conveniente e igualmente desecho la idea de contestar que el tamaño del espárrago depende del color, porque no es lo mismo uno verde que uno morado.
Algún comentario diría que el color depende del pintalabios que yo use y otros me preguntarían si me van los morenos, que suelen ser más grandes.
La conversación desembocaría en un millar de comparaciones racistas, estereotipadas y guarrindongas.
Sigo preparando la tortilla y finalmente contesto, cambiando de tema y sin mojarme en absoluto.
«No sé si desearte buenos vientos o mandarte a tomar viento, David Jones. Si me lanzas otra pregunta como esa, hundo el barco».
Echo las patatas en el aceite y disfruto del chisporroteo, un sonido que también me resulta muy satisfactorio.
Saco unos huevos de la nevera y los rompo en un bol, para poder batirlos. Por cada huevo que rompo, echo un vistazo al móvil y veo cómo una infinidad de mensajes se cuelan en la botella.
Llegan muchísimos, pero ninguno es de David Jones .
—¿Ha vuelto a escribir el pulpo? —le pregunto a mi coco, batiendo los huevos con energía.
—No, pero tengo noticias de Superheterodino.
No sé por qué sonrío, pero lo hago y decido deprisa.
—Ay, ¿sí? Léelo.
—No tengo nada que leer todavía —replica Wilson—, la noticia es que le ha gustado tu último comentario y ahora está escribiendo en la botella de David Jones .
Se me corta la respiración.
Si hubiese estado batiendo mayonesa, se me habría cortado también.
—Léeme su mensaje en cuanto llegue —decido, con incipiente curiosidad, batiendo los huevos cada vez más deprisa, de puro nervio—. Y avísame si contesta el pulpo.
Pasan las horas y Superheterodino no llega a mandar nada, por lo que supongo que habrá tocado el teléfono sin querer y puso una sola letra o algo así.
Su mensaje se quedó sin enviar y es algo que puede pasar fácilmente, a mí me ha pasado alguna vez y también he reaccionado a comentarios por error mientras los leía, al intentar deslizar la pantalla hacia abajo para leer los siguientes.
No obstante, si Superheterodino está en esta botella tiene que ser por algo… Me pregunto si será porque está pendiente de mi actividad.
Yo también he mirado varias veces la suya, por curiosidad.
Entretanto, las patatas están listas y las saco de la sartén, las escurro y las echo en el bol con los huevos batidos.
Mientras caliento otra sartén con menos aceite, entro en mis mensajes de voz y mantengo una conversación con Nymph Tale , una amiga de Ancla2 que es premium y sí puede mandar privados .
—¿Quién es ese tío del buque acorazado que te ha salido en la isla, Hannah ? Estoy llorando de risa con el drama. Necesito más.
—¿Más? Hay tres mil mensajes para leer y siguen llegando.
—Pero no hay más de él, ni tampoco tuyos. ¿No le vas a contestar?
—No.
Cierro la conversación y la burbuja de mi último audio se queda flotando en el aire, alrededor de la palmera de mi isla.
La tortilla de patatas está casi lista y, cuando llega el momento crítico de darle la vuelta, cojo un plato liso y grande, lo pongo sobre la sartén y la vuelco encima del plato.
Con un giro rápido, logro que la tortilla quede perfecta en el centro y sonrío por el triunfo. Vuelvo a echarla a la sartén para dorarla por el otro lado y reviso mi teléfono una vez más.
—¿Por qué no le contestas? —insiste Nymph Tale .
—Paso —miento.
En realidad, no paso.
No se me ha ocurrido nada ingenioso para darle la vuelta a esa tortilla figurada que tengo con Superheterodino y me da igual que él se vaya a quedar con la última palabra. Esa botella se ha convertido en la más popular de mi isla, pero yo ya me he despedido.
Y no sé qué más podría decir.
Saco la tortilla de la sartén y la coloco amorosamente en una caja de papel de aluminio. Pesa poco más de un kilo, se ve toda dorada y esponjosa, tan jugosa que me llena de orgullo y me dan ganas de sacarle una foto y ponerla en Ancla2.
Si hubiese sabido quién se la iba a comer, a lo mejor habría grabado un video en el que se me viese escupiendo dentro de la caja, justo antes de cerrarla.
Es broma, yo jamás haría algo así porque soy muy respetuosa con la comida y tengo educación, pero ganas de escupir no me faltan cuando aparece el dueño del pedido y resulta ser… mi ex.