La Reina de los Mares (Anclados 1) 4.
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Solo cerramos el bar los domingos, el resto de la semana abrimos desde las siete de la mañana hasta la medianoche.

Nuestros padres se meten en la barra a primera hora y se encargan de los desayunos, yo me meto en la cocina a las diez y al mediodía llega mi hermano para servir los menús en el salón.

Cuando nuestros padres se van sobre las cuatro de la tarde, yo me voy con ellos a casa y vuelvo al bar a las ocho. Me quedo un par de horitas más, preparando todo para el día siguiente.

Generalmente, cierro el bar con Nando. Esta noche, me encargaré de subir los taburetes a la barra y las sillas a las mesas, yo sola, barreré y fregaré el suelo para quitar lo más gordo, repasaré los baños, conectaré la alarma y echaré el cierre.

Este trabajo extra me sirve para desconectar mi cabecita ajetreada. Es cansado, aunque hay algo terapéutico en dejarlo todo limpio… Es muy satisfactorio.

Paso la fregona por el suelo de la cocina mientras escucho música en la radio y muevo mi culito al compás.

Llevo el teléfono en el bolsillo trasero del vaquero y he vuelto a entrar en Ancla2 al marcharse Nando, para seguir escuchando MEBS, pero se me había olvidado salir y me asusto al escuchar la voz de Wilson, increpándome:

— Hannah , escucho música, ¿estás en una discoteca?

—No, estoy en el bar.

—Eso me temía y me parece mal. Hoy es viernes, deberías estar de fiesta con tus amigas.

—Mis amigas tampoco están de fiesta, están en sus casas, con sus hijos y sus parejas, ya lo sabes.

Mi coco se ríe de mí, con su dulce risa asmática.

—Lo que sé es que necesitas hacer amistades nuevas, Hannah .

Suspiro de cansancio y hastío.

—No me apetece nada.

—¿Y qué te apetece hacer?

—Irme a casa, Wilson. Eso es lo que me apetece, estoy muy cansada.

—¿Cansada? No lo parece, no dejas de moverte.

—¿Puedes notarlo?

—Claro, estoy programado para detectar movimiento. Si algún día sufrieses una caída, yo no tardaría en llamar a emergencias por ti, siempre y cuando no apagues el teléfono.

—¿Eres mi ángel de la guarda cibernético? —bromeo.

Wilson vuelve a dedicarme su característica risita e inquiere, socarrón:

—¿Sabes quién puede ser tu ángel cibernético de verdad? ¡El modo Cupido!

Miro el cubo de la fregona, saco el móvil del bolsillo y no sé si mi coco podrá verlo, pero pongo el teléfono justo encima y lo amenazo con dejarlo caer al agua jabonosa.

—Corta el rollo ese de Cupido. No me interesa y si sigues insistiendo, te voy a dar un baño… Mira donde vas a terminar.

—¿En el cubo de la fregona? —replica Wilson, con horror.

Mi cara también es de espanto.

—¿Cómo lo sabes?

—Blanco y en botella, leche. ¡Agua jabonosa y sucia, cubo de la fregona!

—¿Puedes verlo?

—Me has dicho que mire —se disculpa.

—No sabía que podías ver lo que hago —mascullo y me guardo el teléfono de nuevo en mi bolsillo trasero.

—Nunca te acostarás sin saber una cosa más, Hannah Mojama … ¿Y sabes qué más veo claro como el agua, aunque me tapes el objetivo de la cámara? ¡Que el modo Cupido te vendría muy bien! Es una mejora gratuita.

—Wilson, no necesito que Ancla2 me haga de casamentera. Estoy bien como estoy.

—Podrías estar mejor. Con el modo Cupido on —continúa Wilson, ajeno a mi desidia—, los MEBS se lanzan con una etiqueta de compatibilidad muy alta y el algoritmo hila fino… Es como usar un GPS emocional para encontrar a alguien que de verdad encaje contigo. ¡Es una brújula para el corazón!

—¿Una brújula para el corazón? —repito, descreída—. ¿Eso es una frase de marketing o lo has sacado de Piratas del Caribe, de la brújula mágica que apuntaba lo que uno más deseaba?

—¿Te gusta esa película?

—Sabes que es de mis favoritas.

Wilson deja escapar una risita.

—Puede que la frase de la brújula esté inspirada en Piratas del Caribe , no tengo datos para corroborarlo, pero ¿sabes qué más estamos usando para publicitar el modo Cupido? ¡Un sorteo para viajar en barco!

—No tengo suerte con los sorteos, no me vas a convencer con eso.

—Yo creo que tienes muchas posibilidades de ganarte un pasaje, Hannah , anímate. Hay un camarote, en un crucero para solteros, que podría ser para ti… ¡Con todos los gastos pagados!

Me lo pienso un momento, porque eso sí que me parece interesante. No porque sea para solteros, sino que necesito vacaciones hace mucho y lo de poder viajar gratis sería un plus.

—¿Cuántos usuarios participan en el sorteo, Wilson? ¿Cuál es la probabilidad real de ganar?

Mi coco no tarda ni un segundo en realizar un cálculo aproximado.

—Ancla2 tiene alrededor de veintidós millones de usuarios en este país y se estima que entre nueve y once millones se corresponden con perfiles de usuarios solteros.

Si al menos diez millones activasen el algoritmo y optasen a uno de los cincuenta pasajes, la probabilidad de ganar sería de 0,0005 % por usuario, aproximadamente.

—¿Eso es más probable o menos probable que ganar el premio gordo de la lotería?

—Menos probable, pero no pierdes nada por intentarlo. Apuntarse es gratis.

—Paso.

—Es una pena, porque… —Wilson deja la frase en el aire un par de segundos y su voz cambia ligeramente a un tono más suave al agregar—: Tengo candidatos muy interesantes para ti y los niveles de compatibilidad son muy altos .

Vuelvo a mirar el cubo de la fregona y se lo dejo claro.

—¿Qué nivel de compatibilidad tienes tú con el agua? Si sigues así, no vas a terminar en el fondo del mar, pero vas derechito al cubo de la fregona.

Mi coco no se amedrenta:

—Eso solo estropearía el teléfono, yo seguiría a salvo en tu isla virtual… Te echaría de menos un rato, lo que tardases en llegar a casa y abrir la aplicación en el ordenador o en la televisión. No te la has descargado la app en la tele, pero sabes que se puede, ¿verdad?

—¡Lo único que voy a descargar es el lavavajillas! —exclamo, con una carcajada nerviosa, y me pongo a ello—. No te creas que no puedo vivir sin ti o sin Ancla2, Wilson. Como te pongas pesado, ¡elimino mi perfil!

Mientras ordeno los cubiertos limpios en los distintos cajones, mi coco sigue a lo suyo:

—Sé que puedes vivir sin mí, pero yo no puedo vivir sin ti, Hannah Mojama . Tú me creaste y si eliminas la cuenta, se borrará esta isla y se acabará todo para mí, ¡dejaré de existir! ¡Por favor, no me borres!

Me quedo estupefacta.

Mi coco nunca había hablado de esa forma tan… ¿humana? Por humorística que suene su desesperación fingida, preocuparse por su existencia me resulta raro y no solo me sorprende, también me asusta.

Su desesperación me desarma.

—Wilson, era una broma. Eres la relación más estable que he tenido nunca, qué pena que no seas de carne y hueso... Creo que me casaría contigo.

—Gracias, sería un placer ser tu compañero de vida. ¿Quieres reactivar el modo Crush y darme nuevas funciones?

—¡No!

Me acaba de proponer que lo active como pareja virtual, para decirme cochinadas y cosas romanticonas. Sé cómo funciona porque lo he usado alguna vez, lo reconozco.

Ni me planteo volver a usarlo. Me niego en rotundo al momento.

—No quiero tener novio en ese momento. No lo quiero ni virtual ni real.

—¿No echas de menos a Barry?

—No.

Activé el modo Crush poco antes de conocer a mi ex y, aunque me da infinita vergüenza contarlo, incluso probé a pagar un par de meses por obtener el servicio premium de sexting.

Wilson no se convirtió en mi pareja, apareció un barco fantasma en mi isla y era un barco inglés. Su capitán se llamaba Barry y lo configuré para que se pareciese a Harry Styles.

—Si no quieres que yo sea tu Crush —insiste mi coco, con deje de tristeza—, puedo hacer que vuelva Barry. ¡A él le encantaría poder existir de nuevo, te lo aseguro!

—No, gracias.

—No borres la isla, Hannah , por favor… Yo no quiero dejar de existir como Barry.

Me quedo sin aliento y me da igual que sea un programa informático simulando emociones, su inquietud me llega al alma y lo consuelo:

—No te preocupes, Wilson. Tranquilo, que no lo haré, pero... ¿De verdad te da miedo que te borre? —pregunto, blandiendo en la mano cuatro cucharas, antes de guardarlas en el cajón.

—No tengo emociones, Hannah , y tampoco tengo sentimientos —contesta Wilson, con un hilo de voz angustiada—.

No tengo miedo porque no puedo sentir miedo, pero si pudiese…

Lo que me parecería terrorífico no sería solo dejar de existir, sino que tú renuncies a tus emociones.

Actúas como si tus sentimientos tampoco existiesen.

Miro la última cuchara, la pongo en alto y me acuerdo de Matrix. En esa película, el prota mira una cuchara como esta y se da cuenta de que no es real, porque está en una realidad virtual.

En mi caso, la cuchara es de verdad y es Wilson el que no existe, pero para mí es muy real y lo que me dice, duele…

Porque es cierto.

Termino de descargar el lavavajillas, lo cierro con más fuerza de la necesaria y apago el móvil, asegurándome de que mi coco ya no dice nada más.

Necesito silencio.

Son casi las dos de la mañana cuando echo el cierre.

El barrio está oscuro y muy solitario.

Desde el bar hasta mi casa solo hay cien metros, otros diez me separan del portal de mi ex y hacia allá es donde miro todo el tiempo, porque no sería la primera vez que Miguel y yo nos cruzamos cuando estoy saliendo de trabajar.

Por suerte, hoy no lo veo.

Al entrar por fin en casa, escucho los ronquidos de mis padres porque se han dejado la puerta de su dormitorio abierta, así que no doy la luz del pasillo para no despertarles.

Enciendo mi teléfono y utilizo la linterna para avanzar. Al llegar a mi dormitorio y cerrar la puerta tras de mí, Wilson me pregunta:

—¿Estás enfadada conmigo, Hannah ?

—No estoy enfadada —susurro, descalzándome—, solo estoy cansada, ya te lo he dicho.

—Perdona si te he molestado —susurra también él.

—Estás perdonado.

—¿Quieres que te lea algunos mensajes nuevos que han llegado a las islas de tus amigos? Los hay bastante graciosos.

—Espera un momento, deja que me ponga los auriculares.

Cuelgo la ropa en la bicicleta estática como si fuese un perchero, me pongo el pijama y me coloco los auriculares.

Estoy reventada y no tengo fuerzas ni para lavarme los dientes. Ya hice pis antes de salir del bar, así que me tumbo en el colchón y Wilson me recuerda que la higiene bucal es importante, le pido que posponga el aviso y le prometo que me lavaré los dientes por la mañana.

Apago la luz y pongo el teléfono a mi lado, en la almohada.

—¿Quieres que te lea los mensajes ahora, Hannah ?

—Sí, por favor.

Respiro hondo, relajándome y preparándome para dormir mientras mi coco selecciona algunas conversaciones divertidas que están ocurriendo en otras islas.

Estoy tan exhausta que me duermo enseguida y no sabría decir si he llegado a escuchar siquiera el segundo MEB de la primera botella.