2.
Intento no hacerlo, pero sigo pensando en mi ex y ahora me pregunto si tardará mucho en darse cuenta de que lo he bloqueado.
Reconozco que, por mi parte, he estado usando el catalejo de la app para vigilar su actividad de vez en cuando, aunque soltase amarras en todo lo demás.
Cuando rompí con él, lo bloqueé para no recibir mensajes suyos ni llamadas. Tomar esa decisión me llevó casi un año de los cinco que estuvimos juntos.
Desde el primer momento fue realmente complicado y vi muchas banderas rojas, pero el amor es ciego y no hay mayor ciego que el que no quiere ver.
Por cada una de sus banderas rojas, yo lo quería tanto que sacaba una blanca y me la ponía en los ojos y me rendía.
Ese era el pañuelito de la reina de los mares, me limpiaba las lágrimas con él y lo guardaba hasta la próxima discusión.
Y siempre había otra, por mucho que Miguel prometiese que no la habría.
Tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger, eso decía la canción.
Lo tiré y lo recogí infinitas veces hasta que el pañuelo, las banderas y hasta las sábanas se quedaron demasiado pequeñas para tapar el inmenso daño que Miguel me hacía. Entonces, me hundí del todo, toqué fondo y se acabó.
Tuve el peor naufragio de mi vida; de ahí, no salvé ni los muebles.
El piso de alquiler en el que vivíamos estaba a nombre de los dos, pero Miguel dejó claro que no tenía intención de irse a ninguna parte y prácticamente me marché con lo que llevaba puesto.
Fue la única manera de salir de allí y de la relación.
Miguel siempre decía que no le gustaba vivir en mi barrio, pero se quedó con el piso igualmente y no importó que me viniese mejor a mí, porque está muy cerca del bar de mi familia, que es donde trabajo, y de la casa de mis padres, donde vivo ahora.
No he vuelto a por mis cosas, de eso se está encargando mi hermano mayor, Nando.
Nando hace de intermediario con mi ex y me va trayendo cajas con cosas mías, poco a poco. Las guardamos en el almacén del bar, porque en la casa de mis padres ya no caben y en el miniapartamento de Nando tampoco.
Mis padres tenían más fe en nuestras relaciones que nosotros mismos. Cuando mi hermano se casó, tiraron la pared de su habitación e hicieron un salón más grande. Cuando yo me mudé con Miguel, convirtieron mi dormitorio en un gimnasio.
No pensaban que ninguno de los dos fuésemos a volver al nido, pero ahora estamos los dos solteros.
Nando se compró un loft, a dos calles del bar, y yo he vuelto a lo que fue mi dormitorio de niña, para dormir entre una bici estática y una cinta de correr. Tengo un colchón hinchable que no es mucho más grande que uno de playa, pero no me quejo.
Pienso en el Titanic otra vez, por el naufragio de mi vida y porque duermo en mi tabla de salvación y, como la de la prota, no hay sitio para nadie más.
Prefiero no acomodarme, así me buscaré algo pronto, como hizo Nando cuando se divorció.
Mi hermano durmió en casa de mis padres apenas un mes, pero yo ya he superado su récord, muy a mi pesar.
No tengo ahorrado lo suficiente como para dar la entrada de un piso y los alquileres en el centro de la ciudad son demasiado caros.
No quiero irme a la periferia y tardar una hora en venir a trabajar.
Tanto Nando como yo trabajamos en el bar de nuestros padres: él de camarero y yo de cocinera.
Es precisamente mi hermano quien me saca de mis pensamientos en este momento, aparta con una mano las cortinas de abalorios, que separan la cocina de la barra, y me grita:
—¿Estás bien, hermanita?
—Perfectamente —miento, levantando la barbilla y evitando su mirada.
—¿Seguro? —insiste—. Ana, ¿qué pasa?
Puede que me haya visto palidecer de lejos, me he quedado muerta al ver el nuevo estado de Miguel y su foto con esa rubia. A lo mejor incluso ha notado que se me han caído las lágrimas al bloquear a mi ex en Ancla2.
Mi hermano me puede haber visto llorar porque la cortina de abalorios no me esconde mucho y el muro de la cocina es de cristal. A mi familia le gusta que se vea lo bien que cocinamos y lo limpio que tenemos todo, así que trabajar aquí es como estar dentro de una pecera.
Cuando los clientes se dedican a observarme, me siento la presentadora de un canal de cocina. Si me apetece, me pongo un poco teatral y actúo para ellos.
Hago cositas que llaman la atención, como flambear postres o lanzar bolitas de masa al aire. Suelo hacer malabares con la masa de las pizzas y con la de las croquetas; en este momento, los malabares los tengo que hacer para que mi hermano no se dé cuenta de que me voy a echar a llorar otra vez.
—Estoy haciendo una de tortilla de patatas —digo, resuelta, y me pongo a pelar cebollas para justificar las lágrimas.
Nando no tarda en entrar en la cocina y me pregunta, suspicaz:
—¿Vas a hacer una tortilla a las siete de la tarde?
Las tortillas las solemos hacer por la mañana, la mayoría las vendemos en bocatas y lo poco que queda después lo servimos en tapas. Como hoy no ha quedado nada, esa es la excusa que pongo.
—Quiero poner tortilla de aperitivo, a la gente le gusta mucho.
—Tenemos boquerones en vinagre —repone mi hermano, repitiendo lo que yo misma dije hace un rato—. Hay que darles salida a los boquerones, ¿no?
—No a todo el mundo le gustan.
Nando me mira con sospecha, achicando los ojos mientras yo achico las lágrimas en los míos y me los limpio con el delantal.
—Ana, ¿estás bien?
—Perfectamente —repito y sonrío a duras penas—. Lloro porque estas puñeteras cebollas son muy peleonas y me pican los ojos un montón.
—Ya lo veo.
Nando aprieta los labios, asiente despacio y regresa a la barra. Poco después, su mano atraviesa la cortina de abalorios y me ofrece una jarra de cerveza.
—Toma, hermanita, que no te deshidraten esas puñeteras cebollas.
Se lo agradezco, acepto la cerveza y, cuando le doy un trago, estoy a punto de escupirlo al fregadero.
—¿Estás tonto? —grito, dejando la jarra a un lado. Bajando la voz, añado—: ¿Me has puesto una Dogfish Head ?
Es la cerveza favorita de mi hermano, la traemos de importación y está muy rica, pero es muy fuerte. Tiene tantos grados como un buen licor.
A veces, cuando tenemos un día largo y difícil, los dos nos tomamos una después de cerrar.
—No puedo beberme esto —refunfuño—. Yo con una me emborracho.
A Nando le da la risa, asoma la cabeza entre los abalorios y me increpa:
—Tranquila, ¡que no te voy a despedir porque te pongas un poco contenta!
Nuestros padres están a punto de jubilarse y le van a dejar a él de encargado, así que lleva como dos semanas tocándome las narices con el tema.
Él no puede despedirme porque no puede desheredarme, pero a Nando le gusta presumir de sus nuevas funciones y me las echa en cara en cuanto puede.
—Si me despides —me defiendo, con una sonrisa ácida—, me llevo el libro de recetas de la abuela Ana.
Mi hermano levanta las manos en señal de rendición.
—Eso son palabras mayores.
—Pues a callar.
En realidad, de la abuela Ana solo heredé el nombre y no me dejó ningún libro de recetas, pero sí que me enseñó a cocinar.
Cuando empecé a estudiar un grado superior de cocina en la escuela de hostelería, yo ya sabía mucho del oficio, pero nunca me saqué el título.
La abuela Ana falleció antes, por culpa de un cáncer, y yo ocupé su lugar en la cocina del bar.
Y aquí sigo.
Ahora soy la única de la familia que sabe cómo se hace la salsa especial que le ponemos a las patatas bravas, a los mejillones tigre y a los daditos de mojama con almendras. Esa salsa es el buque insignia del negocio.
Nuestro bar lleva más de cincuenta años abierto en el barrio. A pesar de la gentrificación, nos mantenemos a flote porque el local es nuestro y no pagamos los alquileres desorbitados que están proliferando en la zona.
Además, tenemos una clientela fija y fiel, gracias al menú del día que servimos de lunes a viernes.
No somos tan ricos como para abrir una franquicia, pero el negocio es rentable.
Hasta las tres de la tarde, siempre tengo mucho ajetreo en la cocina y no me da tiempo a pensar en nada; después, solo vienen los cuatro gatos jubilados de siempre, para tomarse sus cervezas y unos chatos de vino mientras juegan a las cartas.
Les dejamos que se sienten en las mesas del comedor y les servimos aperitivos con cada ronda de bebidas. Estoy segura de que muchos cenan solo las tapas que les damos, así que cuido de ellos en ese sentido.
La tortilla que estoy haciendo ahora les va a encantar a mis cuatro gatos y a mí me viene de perlas, porque cocinar me tranquiliza.
Cuando enciendo los fogones, mi cabeza se centra en la elaboración del plato, en los olores y en los sabores, el resto del mundo se queda al otro lado del cristal.
En esta pecera soy feliz.
Aquí tengo el timón en las manos y siempre sé qué hacer, la cocina me da una calma maravillosa frente a la tormenta de incertidumbre con la que brego a diario.
He cocinado mucho en estos últimos meses para relajarme, he comido muy bien y me he entretenido con Ancla2, tanto que ahora tengo más contactos que nunca.
No me hace falta encender el modo Cupido. Si quisiera, podría ligar con la app, es como pescar en un barril.
Pero lo repetiré una y mil veces: yo solo quiero estar tranquila.
Mar en calma, calma chicha…
Y por mi parte, ni chicha ni limoná, soy una naranja entera y que me dejen todos en paz.