La Reina de los Mares (Anclados 1) 1.
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La Reina de los Mares (Anclados 1)

La Reina de los Mares (Anclados 1)

Por Laila Aramunt

© inepub.com

1.

Soy la reina de los mares y ustedes lo van a ver.

Tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger.

(canción popular infantil)

«¿Desea activar el modo Cupido?».

¿Modo Cupido?

Uf, ¿esto a qué viene?

¿Ancla2 se va a convertir en una app de citas ahora?

Pues parece que sí, resulta que mi red social favorita está probando una nueva interfaz para ligar y esa dichosa pregunta acaba de salir a flote en la pantalla de mi smartphone, dentro de una botella de cristal virtual.

Por curiosidad, hago clic y un pergamino se despliega por toda la pantalla. No lo leo, solo me fijo en que el nuevo servicio Cupido es gratuito y promete emparejar usuarios por afinidad, basándose en el historial de uso y unos cuestionarios especiales.

Cierro el pergamino y dos burbujitas salen de la botella para que yo elija: en una se ve un «sí» muy grande y rosa; en la otra, un «no» pequeñito y grisáceo.

Me quedo tan indecisa como sorprendida y me dan ganas de pedir que añadan una tercera opción que diga: «no sé, dime tú si quiero».

Seguro que el sistema lo sabe mejor que yo, igual que sabe que estoy soltera otra vez, aunque yo no haya actualizado mi perfil en ese sentido. Mi estado civil sigue varado en un ambiguo: «es complicado», con el bonito icono de un nudo marinero.

Debería cambiarlo y puede que lo haga ahora mismo, pero no voy a activar el modo casamentero ese.

Conocí a mi ex en Ancla2 sin Cupido de por medio, no nos hizo falta.

Miguel llegó a mi isla virtual por casualidad, empezamos a hablar de música y terminamos yendo juntos a un concierto de un grupo rock que a mí no me gustaba, pero a Miguel sí y como a mí me gustaba él, pues para allá que fui.

Podría decirse que toda la relación fue así: hacíamos lo que él quería porque yo le quería.

¿Y ahora qué quiero? Solo estar tranquila.

Exploto la burbuja del «no» y me olvido del modo Cupido, aunque busco el perfil de mi ex para ver si él ha cambiado su estado.

Cuando empezamos a salir, Miguel se empeñó en que los dos pusiésemos un alegre «levando anclas» en el estado civil de Ancla2, que significa que el usuario está conociendo a alguien.

Al irnos a vivir juntos, propuso cambiarlo a: «viento en popa a toda vela», el de estado de las relaciones consolidadas, y yo lo hice.

Los días pasaban y él no lo cambiaba, así que le pregunté por qué. Pensé que se le habría olvidado, pero me dijo que era una tontería y que no podía complacerme en todo, que me iba a malacostumbrar.

Me quedé desconcertada. La idea había sido suya y se lo dije. Entonces, me contestó que no intentase liarle, porque yo había insistido en lo de «ir viento en popa» y no él, porque para él en realidad todavía era «complicado».

Y por si me quedaba duda, se puso ese estado y añadió el nudo marinero. Me dijo que lo del nudo era un símbolo de unión difícil de deshacer, que lo viese de ese modo.

Me convenció, me pareció bonito lo del nudo e incluso le copié la idea.

Ahora lo veo de otra manera: estar con él era complicado, era complicado de narices y el nudo que se me forma al recordarlo lo tengo en la garganta y también es difícil de deshacer.

No puedo evitar entrar en su perfil y comprobar qué tiene puesto en su estado civil.

Sorpresa, tiene uno nuevo: «a la deriva».

El icono es un barquito de papel.

Yo también debería cambiar mi estado y estoy a punto de copiarle la idea otra vez, pero termino marcando: «soltera y entera». Y selecciono como icono una naranja redonda y feliz.

La naranjita optimista me pega. Desde la ruptura, estoy un poco ácida y más curvy porque me ha dado por comer para calmar la ansiedad. En cuanto a lo de ser feliz, no sé, pero estoy mejor que antes. Eso seguro.

Me siento una naranja completa, no quiero buscar medias naranjas porque solo me encuentro limones o me dan calabazas, así que prefiero estar soltera y entera. No tengo intención de partirme por la mitad otra vez. Paso de que me hagan pupa o pulpa.

¿Modo Cupido? No, gracias.

Y a mi ex, que le folle un pez.

Perdón, no suelo hablar mal, pero esa expresión es muy mía, me ha salido del alma y ahora mismo tengo alma de marinero borracho. Me toca seguir capeando el temporal y achicar las penas para mantenerme a flote, ¡qué mala suerte tengo con los hombres, me cago en la mar salada!

Para colmo, acabo de ver en el perfil de mi ex que hoy lo han etiquetado en una foto nueva y ¿qué he hecho? Cotillear, no lo voy a negar.

Uf, en la foto Miguel sale muy sonriente, abrazando por la espalda a una rubia que se me parece un poco. Ella no marca tantas arruguitas en los ojos al sonreír como yo, debe de tener veintipocos años. Si yo le saco diez, Miguel por lo menos le sacará veinte.

Si a mí me llamaba niña e inmadura, por la diferencia de edad, a esta la tendrá que llamar bebé como poco. Al pensar que pueden estar juntos, el nudo en la garganta regresa.

Soy idiota.

Debería bloquear a Miguel en Ancla2. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Lo tengo bloqueado en todo lo demás, pero hasta ahora no he sido capaz de hacerlo aquí.

Es la única escotilla que le queda a mi cotilla interior para mirar lo que pasa en su vida.

Quizá esta foto sea la gota que colma el vaso, no necesito ver dentro de unos meses en su estado que va con la rubia de la foto viento en popa, a toda vela…

Mientras yo me quedo a dos velas.

Debería bloquearlo, ¿lo hago?

No me lo pregunto en voz alta y no me salen burbujitas en la pantalla con la opción del «sí» o el «no».

Finalmente, me decido y lo hago por mí misma.

Entro en mi red de amigos en mi isla virtual de Ancla2, bloqueo a mi ex y observo cómo todas las conversaciones que teníamos juntos se hunden en la pantalla del teléfono, guardándose en lo más profundo de la app.

Esos chats nunca saldrán a flote y él tampoco podrá recuperarlos si yo no los desbloqueo. Nuestra historia se quedará en el fondo del mar virtual de Ancla2, con otros profundos secretos de mi corazón, como decía la protagonista viejecita de Titanic .

«Este mar cada vez guarda más barcos hundidos», eso lo dice una canción de Fito y Los Fitipaldis, uno de los grupos de rock favoritos de Miguel.

Fito sí que me gusta, aunque yo soy más de pop y, por eso, también me viene a la cabeza una canción de Pereza: «no dejo de pensar que aquí no hay sitio para los dos».

Y como soy una romanticona empedernida, me imagino diciendo adiós a Miguel en un puerto o una estación, agitando un pañuelo blanco en mi mano.

Uf, eso me recuerda otra canción, una infantil que me va al pelo.

«Soy la reina de los mares y ustedes lo van a ver, tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger. Pañuelito, pañuelito, ¡quién te pudiera tener, guardadito en el bolsillo como un pliego de papel!».

Yo no puedo tenerlo guardado, lo saco cada dos por tres.

Mi pañuelo es mi corazón.

Y es mi orgullo.

Y mi ilusión.

Siempre que lo tiro al suelo, espero que lo recoja algún caballero como en Orgullo y Prejuicio , como si yo fuese una dama inglesa de época esperando a conocer a un lord o al menos a un capitán, pero ninguno recoge mi pañuelo.

Todos los que pasan cerca me lo pisan y, al final, termino levantándolo del suelo yo misma, ¡pero con mucho orgullo!

Lo levanto, lo limpio y me lo guardo.

Ahora me voy a meter el pañuelito en el bolsillo otra vez y ojalá pudiera decir que se va a quedar ahí, quietecito, pero soy tan enamoradiza como la reina de los mares.

Mi pobre corazón, cómo lo maltrato.

A ver si de esta, aprendo.