La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 51
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Capítulo 51

La multitud se abrió a su paso y Amelia cruzó el atrio de la iglesia, con el vestido de seda marfil recogido en una mano para no arrastrarlo por los charcos, hasta la cancela.

Al otro lado de los barrotes de hierro estaba Sofronia Perkins.

Llevaba bajo el brazo un paraguas cerrado que no había tenido la precaución de abrir en toda la tarde y estaba empapada.

—No debería haber venido —dijo la anciana antes de que Amelia pudiera hablar—. Una invitación así no se le manda a una vieja como yo. Su madre se habrá santiguado un puñado de veces.

—Más de diez —dijo Amelia—. Sobre todo, cuando le dije que le había reservado asiento en la tercera fila.

Sofronia soltó una risa ronca que terminó en un ataque de tos.

—He preferido quedarme aquí fuera. —Se encogió de hombros—. La gente como yo no entra en las iglesias como esa, pero quería verla salir, quería ver si…

No terminó la frase. No hizo falta.

Amelia se quitó el guante, despacio, para mostrar apretada en su palma un trozo de cartón doblado.

Deshizo los pliegues, lo alisó con cuidado y selo enseñó.

La figura caída, las diez espadas, la carta funesta que había marcado su vida… hasta ese momento.

Se lo tendió a través de los barrotes.

—Le devuelvo su carta —dijo—. Ya no me pertenece.

Sofronia no la cogió enseguida. Se quedó mirándola, observando el naipe en la mano enguantada de la novia, con la boca entreabierta.

Después alargó una mano, una de aquellas manos torcidas como raíces que apenas podían cerrarse, y la tomó entre dos dedos con una delicadeza extraña, como quien recoge un pájaro caído del nido.

La observó durante unos segundos y Amelia vio, con asombro, que a la vieja le temblaba la barbilla.

—Tanto tiempo —murmuró Sofronia—. Tantos años pensando en usted cada vez que barajaba, o cada vez que salía una espada en la tirada. Me preguntaba si habría muerto, si estaría encerrada en algún manicomio, si se habría tirado al río. —Levantó la vista—. Y mírela, vestida de novia.

—Y empapada —replicó Amelia, y se le escapó una sonrisa.

La vieja se guardó el naipe en el bolsillo del abrigo, junto al pecho. Después carraspeó, como si quisiera cambiar de tema antes de que se le notara algo que no estaba dispuesta a mostrar ante nadie.

Amelia se adelantó.

—¿Está bien en su nueva casa?

—¿Bien? —Sofronia la miró como si le hubiera preguntado una tontería—. Tiene tres habitaciones. Tres. Para mí sola. Y una estufa que funciona. Y una ventana que da a un manzano. —Bajó la voz, escandalizada—. Y una criada que viene los martes y los viernes a fregar, como si yo fuera una señora.

—¿Y la asignación? ¿Le llega puntual cada mes? Mi padre me prometió que Sullivan…

—Me llega. Puntual como un sacristán. —La vieja hizo una mueca—. Demasiado dinero para una vieja. No sé en qué gastarlo. El otro día le compré al gato un collar de terciopelo, fíjese usted. Un collar. Al gato. Los vecinos piensan que me he vuelto loca.

Amelia se echó a reír.

—Y este abrigo —añadió Sofronia, pellizcándose la manga con orgullo—, me lo compré para venir aquí. Es nuevo, ¿sabe? De una de esas tiendas que tienen hasta escaparate.

—Le queda muy bien.

—A las viejas ya no nos queda nada bien.

Se quedaron un momento en silencio, una a cada lado de la verja. La lluvia había dejado de caer casi por completo. Solo quedaba una llovizna fina, tan fina que casi no se veía, que flotaba en el aire como polvo de plata.

Detrás de Amelia, en el atrio, se había hecho el silencio.

Algunos de los invitados la miraban sin entender nada.

Su madre, con el pañuelo a medio camino de la boca.

Su padre, con una mano en el hombro de Dorothea.

Las tres amigas, juntas, al pie de la escalinata, con el arroz todavía en las manos.

Prudence, con el ramo contra el pecho. Shaw.

Sebastian. Samuel. Elliot. Tom. Y Ewan, de pie en el último escalón, con su kilt y su faja, sin acercarse, pero sin perder detalle de todo aquello.

Sofronia los miró a todos por encima del hombro de Amelia. Después se metió la mano torcida en el otro bolsillo del abrigo y sacó algo envuelto en un pañuelo de seda descolorido.

Una baraja.

Vieja, sobada, con los bordes blandos de tanto manosearla.

—Hace doce años le eché la buenaventura por cinco dólares —dijo la vieja—. Y me equivoqué. O no me equivoqué, pero no supe leer bien esa carta. —Desenvolvió la baraja con dedos torpes—. Así que hoy le debo una tirada, y esta no se la pienso cobrar.

Amelia se volvió. No tuvo que llamarlo. Ewan ya estaba bajando el último escalón.

Cruzó el atrio con aquel paso amplio de las Tierras Altas, se colocó a su lado frente a la verja y le cogió la mano sin decir nada.

Miró a la anciana y la anciana lo miró a él, de arriba abajo, desde las botas hasta la escarapela del clan.

—Así que usted es el escocés.

—El mismo, señora.

—Hum. —Sofronia entornó los ojos—. Tiene cara de no saber bailar.

—No se equivoca.

—Bien. Los que saben bailar son peores maridos. —Barajó. Las manos torcidas se movían despacio, con esfuerzo, pero con una destreza antigua que la artritis no había conseguido borrar del todo.—. Corte usted, niña. Con la izquierda. La del anillo.

Amelia lo hizo.

Sofronia juntó el mazo. Lo sostuvo un instante en la palma de la mano, a la altura de los ojos, y Amelia vio que cerraba los suyos, que respiraba hondo, que se quedaba muy quieta, como si escuchara algo que nadie más podía oír.

Después volvió la primera carta y la lanzó al aire.

La carta subió girando por encima de la verja, por encima de las cabezas, dando vueltas en la llovizna, lenta, casi suspendida, como una hoja que se resiste a caer. Amelia la siguió con los ojos. Todo el atrio la siguió con la mirada, una multitud de curiosos.

La carta cayó boca arriba sobre el último escalón de piedra, a los pies de los novios, sobre el arroz mojado.

El as de copas.

El mismo que le había salido a Violet aquella tarde de 1871. La carta del amor, la copa llena hasta rebosar.

Amelia esperó el trueno.

Lo esperó sin dudarlo, con los hombros tensos, con la mano apretada en la de Ewan… pero no estalló.

Por el oeste, sobre el Hudson, las nubes negras del temporal se abrieron de repente, como un telón que se rasga, y por entre ellas apareció el sol.

Un sol de primavera, dorado, que cayó sobre Broadway como una bendición, encendió los charcos, iluminó los tejados mojados, las cornisas, los cristales de las ventanas.

Atravesó la llovizna y la convirtió en polvo de oro.

Cayó sobre la fachada de la iglesia, sobre el arroz del atrio, sobre el velo de la novia, sobre la rueda de plata de su pelo, que brilló como una estrella.

Durante un instante, solo un instante, todo Nueva York pareció pintado con una luz que no era de este mundo, la luz que aparece cuando el sol rompe las nubes después de una tormenta y que casi nadie ve, porque casi nadie tiene paciencia para esperarla.

Ewan contuvo el aliento a su lado.

—Turner —murmuró.

Amelia no dijo nada. No podía. Lo miró a él, y la carta a sus pies, y después miró a la anciana del pañuelo de colores, al otro lado de la verja, que sonreía con su boca casi sin dientes, con los ojos brillantes, y que por primera vez en su vida no parecía tener miedo de lo que acababa de ver en las cartas.

—Ahí lo tiene, niña —dijo Sofronia—. Ahora sí sé leerla.

*****

Fue Trix quien empezó a reírse.

Estaba al pie de la escalinata con un puñado de arroz en la mano, el sombrero torcido y de pronto soltó una carcajada que le salió del fondo del pecho, imposible de contener.

Violet la miró, y se echó a reír también.

Y Clara, con el pequeño Robert en brazos, que miraba la luz dorada con su ceño de pequeño sir .

Y Amelia, que había soltado la mano de Ewan para correr hacia sus amigas, que se dejó abrazar por las tres al mismo tiempo, en un círculo de sedas mojadas, de lazos y arroz, y que se rio con ellas, las cuatro juntas, bajo el sol de primavera.

Alguien volvió a lanzar arroz, que cayó sobre las muchachas como una lluvia blanca, mezclada con la luz, y la multitud de la verja aplaudió, y el organillero empezó a tocar un vals que nadie le había pedido, y Dorothea Rourke lloró en brazos de su marido diciendo que era el día más feliz de su vida, y la señora Astor, en lo alto de la escalinata, abrió de nuevo su abanico de marfil y lo cerró otra vez, despacio, sin decir nada, que en su idioma era lo mismo que aplaudir.

Ewan esperó a que su mujer volviera. No tardó, por supuesto. Amelia cruzó el atrio corriendo, con el vestido recogido y el velo al viento, y se arrojó a sus brazos con tanto ímpetu que él tuvo que dar un paso atrás para no caerse. La levantó del suelo y ella se rio contra su cuello.

—¿Ves? —le dijo él al oído—. Vamos a tener la fortuna de nuestra parte.

—Sí —dijo Amelia—. Esta vez sí.

Al otro lado de la verja, Sofronia Perkins se agachó con esfuerzo, metió la mano entre los barrotes y recogió el as de copas del suelo. Lo limpió de arroz con la manga de su abrigo nuevo. Después se lo guardó en el bolsillo, junto al diez de espadas, uno al lado del otro, contra el pecho.

Se ajustó el pañuelo de colores. Abrió por fin el paraguas, aunque ya no llovía, y se alejó calle abajo, despacio, entre la multitud, una figura diminuta envuelta en una luz dorada que no duraría nada.

Nadie la vio marcharse. Todos miraban a los novios.

Gracias por leer esta novela y esta serie completa.

Espero que te haya hecho tan feliz como a mí escribirla.

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