Capítulo 50
Llovía sobre Nueva York como si el cielo quisiera lavar la ciudad de cabo a rabo antes de que Amelia Rourke se casara.
Y aun así, la iglesia de la Gracia estaba llena a rebosar.
Los bancos se habían ocupado una hora antes de la ceremonia, y los que habían llegado tarde se apretaban de pie en los pasillos laterales, con los paraguas goteando sobre las losas y los abrigos humeando en el calor de cientos de cuerpos.
Por las vidrieras entraba una luz gris que los relámpagos encendían de vez en cuando con un resplandor incandescente.
Y cada vez que un trueno sacudía los muros, decenas de cabezas miraban hacia arriba al mismo tiempo, y después lo comentaban como si fuera la primera vez que habían visto un estruendo así.
Estaban todos.
En la primera fila del lado de la novia, Dorothea Rourke, vestida de seda lavanda, con un sombrero coronado por tantas plumas de avestruz que la señora Livingston, sentada detrás, había tenido que inclinarse hacia un lado para ver el altar.
Lloraba desde que había bajado del carruaje y no tenía intención de parar.
A su lado, un hueco vacío para Franklin, que llegaría con Amelia del brazo en unos minutos y que, según Sullivan, llevaba tres días sin dormir de pura felicidad.
En la segunda fila, las mejores amigas de la novia: Violet, duquesa de Ashford, de terciopelo verde, con los ojos ya húmedos.
Trix, condesa de Clancare, que había jurado que no lloraría y que llevaba varios pañuelos en el bolsito por si acaso.
Y Clara, con el pequeño Robert dormido en brazos a pesar de los truenos, y su otro hijo muy erguido a su lado, como un diminuto caballero.
Detrás de ellas, una fila entera de caballeros británicos que se habían conocido en Eton y que seguían, quince años después, cruzando océanos los unos por los otros.
Samuel, que miraba con la frente fruncida a cualquier caballero que dirigiera la vista a su esposa.
Elliot, con un chaleco color frambuesa que había provocado un desmayo discreto en la sacristía, y su hermano Tom a su lado, que se sentía incapaz de dejar mirar a su hijo, en brazos de la mujer que amaba.
Y entre ellos, sentado muy recto, pálido todavía, con un vendaje invisible bajo la levita, Gabriel Shaw.
A su lado, con su mejor vestido de domingo y un sombrero nuevo, Prudence Mahoney.
En el lado del novio, menos gente, pues Escocia estaba demasiado lejos.
Murdo, con el traje negro de las ocasiones solemnes y la paciencia infinita de quien ha servido a demasiados McGomery para sorprenderse de nada, aunque aquella mañana se le había visto sonarse la nariz dos veces.
Un puñado de socios del whisky que habían descubierto, de repente, que los McGomery hacían el mejor licor de malta del mundo.
Y una carta. Una carta de Glenmara que Ewan llevaba en el bolsillo interior del chaleco, junto al corazón, escrita con una letra inclinada y anciana que se negaba a temblar, y que decía que los bisabuelos no podían cruzar el Atlántico a su edad, pero que estarían en la capilla del castillo a esa misma hora, rezando en italiano y en gaélico, y que más le valía regresar a Escocia cuanto antes del brazo de su preciosa esposa.
Y en una esquina de la iglesia, en un banco que nadie había asignado y que nadie se había atrevido a ocupar a su alrededor, vestida de seda gris perla, sin una sola joya y con un abanico de marfil cerrado sobre el regazo, la señora Astor.
Había venido, sí. Toda Nueva York la había visto entrar con los ojos como platos. Y Dorothea, cuando la saludó desde lejos, había estado a punto de desmayarse dentro de su sombrero de plumas.
*****
Ewan esperaba en el altar.
Llevaba el kilt de los McGomery, verde oscuro y negro, con la escarapela de plata del clan prendida en el hombro y la faja cruzada sobre el pecho.
Tenía el pelo peinado hacia atrás, todavía húmedo por la lluvia que le había caído al bajar del coche, y la cicatriz de la ceja se había convertido ya en una línea blanca y fina, gemela de la de la sien.
No se movía. Estaba allí de pie, con las manos a la espalda, la mandíbula apretada y los ojos clavados en la puerta del fondo de la iglesia, como un hombre que vigila una colina.
—Respira, McGomery —le murmuró Sebastian a su lado.
El duque de Ashford ejercía de padrino con la serenidad de quien ya ha sobrevivido a su propia boda en mitad de un temporal y sabe que el mundo no se acaba por un poco de agua. Llevaba el anillo en el bolsillo del chaleco y la mano apoyada en él, por si acaso.
—Estoy respirando.
—Llevas cuatro minutos sin hacerlo.
—No va a venir.
—Ewan.
—Hace cinco minutos que debería estar aquí.
—Las novias siempre llegan tarde, amigo mío. Es una ley de la naturaleza. —Sebastian sonrió—. Violet llegó con un cuarto de hora de retraso y con el vestido empapado. Creí que me moría.
—Tú no tenías mi mala suerte.
—Ni tú tampoco. Te casas con la reina de la Quinta Avenida. —El duque le dio una palmada en el hombro—. Y ahora cállate, porque ahí llega.
El órgano empezó a sonar.
Toda la iglesia se puso en pie con un rumor de sedas y de bancos de madera. Un relámpago iluminó las vidrieras. Y las puertas del fondo se abrieron.
Ewan dejó de respirar.
Amelia avanzaba por el pasillo central del brazo de su padre, despacio, al compás del órgano, y la iglesia contuvo el aliento al verla pasar.
No llevaba el vestido de encaje recargado que Dorothea había soñado durante meses ni el velo de tres metros que madame Fontaine había jurado que estaría de moda en París aquella primavera.
Llevaba un vestido de Worth de seda marfil, sencillo, de líneas limpias, con el corpiño bordado de pequeñas estrellas de hilo de plata que solo se veían cuando la luz de un relámpago las encendía, un velo corto de tul, y en el pelo, sujetando el velo al recogido, una pequeña rueda de plata con ocho radios finos como hilos y una estrella en el centro.
En la mano izquierda, un anillo de oro toscamente repujado, con una piedra azul.
En la derecha, un ramo de rosas blancas. Rosas de invernadero, traídas aquella misma mañana desde Long Island, porque en Nueva York, tan temprano en primavera, no había otras.
Franklin Rourke la llevaba del brazo con la cabeza alta y los ojos brillantes, saludando a derecha e izquierda con una sonrisa que no le cabía en la cara, el mismo hombre ruidoso y feliz de la noche de la inauguración.
Cuando llegaron al pie del altar, se detuvo.
Besó a su hija en la frente. Y después, sin decir nada, puso la mano de Amelia en la de Ewan y la cubrió un momento con las suyas, enormes, como quien sella un contrato.
—Cuídamela —le dijo en voz baja.
—Hasta el último día, señor.
Franklin asintió y se fue a sentar junto a Dorothea, que ya había agotado su segundo pañuelo.
Amelia levantó la vista hacia Ewan. Él la miraba como la había mirado la noche de la nieve, la noche del baile, la mañana del puente. Como si en aquella iglesia no hubiera nadie más.
—Pensé que te lo habías pensado mejor —murmuró él, con una tenue sonrisa pícara.
—Y lo he hecho. —Ella le guiñó un ojo—. Por eso estoy aquí.
*****
El reverendo era un hombre mayor, de voz pausada, y no pareció inmutarse lo más mínimo cuando, a mitad de la homilía, un trueno hizo temblar las vidrieras con tanta fuerza que Elliot soltó una exclamación y Dorothea se aferró al brazo de su marido.
Se limitó a esperar a que pasara, sonrió y dijo que el Señor, sin duda, también quería decir unas palabras.
La iglesia entera se echó a reír.
Después llegaron los votos.
Ewan los había escrito él mismo. Se lo había advertido al reverendo, y el religioso, que había oído votos de todas clases en cuarenta años, le había dicho que no se preocupara, que lo importante era decirlos de corazón y no tartamudear.
Ewan los llevaba ensayados en su cabeza desde hacía días, pero cuando el reverendo le hizo una seña para que hablara, se dio cuenta de que se le habían olvidado.
Se quedó callado un instante. Amelia le apretó la mano.
Y entonces los soltó, despacio, con aquel acento de las Tierras Altas que convertía cada palabra en un sonido grave y armónico.
—Cuando era niño, mi bisabuela me llevó a Londres a ver una exposición de cuadros de un pintor llamado Turner.
Yo tenía nueve años y me aburría. No entendía nada de aquello.
Eran cuadros de barcos y de tormentas y de puestas de sol, y todo estaba borroso, como si los hubieran pintado bajo la lluvia.
—Hubo una risa breve entre los bancos—. Le pregunté por qué la gente pagaba tanto dinero por cuadros que no estaban terminados, y ella me dijo que Turner no pintaba barcos ni tormentas, que pintaba la luz.
Esa luz que aparece un instante, a veces solo unos segundos, cuando el sol rompe las nubes después de un temporal. Esa luz que casi nadie llega a ver.
Ewan tuvo que detenerse porque aún se emocionaba cuando Amelia le mantenía la mirada.
—Yo esperé mucho tiempo para ver de nuevo esa luz.
Incluso llegué a pensar que jamás volvería a mostrarse para mí.
—Le tembló la voz, pero no la dejó romperse—.
Y entonces una noche, en una fiesta a la que no quería ir, levanté la vista y la vi.
La descubrí en tus ojos, y desde entonces sigo deslumbrado.
Amelia tragó saliva para no llorar.
—Tú eres mi luz. —Le apretó la mano—. Y yo pienso deslumbrarme con ella todos los días, el resto de mi vida.
En la segunda fila, Trix sacó el primer pañuelo.
Amelia tardó en hablar porque le costaba encontrar la voz. Cuando lo hizo, sonó en un tono bajo, pero claro, y llegó hasta el último banco de la iglesia.
—Yo no he preparado nada —sorbió por la nariz, algo que Dorothea en otra ocasión habría reprendido—.
Me he pasado toda la vida convencida de que nunca tendría que pronunciar unos votos, así que...
—Hubo risas, y alguna lágrima—. Solo sé una cosa: que contigo tengo la absoluta certeza de que venceremos al destino.
Ewan tuvo que bajar la vista un momento.
En uno de los bancos, la señora Astor abrió su abanico de marfil y se lo llevó a la cara con mucha discreción. Nadie, en toda Nueva York, la había visto nunca hacer algo parecido.
—Lo que Dios ha unido —dijo el reverendo, después de los anillos, de los sí, quiero, del trueno que coincidió exactamente con el beso y que hizo que media iglesia gritara y la otra media se echara a reír—, que no lo separe el hombre. Ni el clima.
*****
El ramo lo lanzó en el atrio, antes de salir.
Fue idea de Dorothea, que había leído en una revista francesa que en París ya no se esperaba al banquete para hacerlo, y que no estaba dispuesta a que la tormenta le estropeara aquel momento.
Las solteras de la boda se colocaron en un semicírculo bajo el pórtico, protegidas de la lluvia, entre risas y codazos.
Primas de Pittsburgh, las hijas de los Livingston, dos muchachas Van Rensselaer y una Merrit que no se llevaba bien con Aldous.
Amelia se colocó de espaldas en lo alto de la escalinata, miró una vez por encima del hombro y no pudo evitar reírse.
Porque en el centro exacto del semicírculo, justo detrás de ella, en el lugar donde cualquier ramo lanzado por una mano de estatura media iba a caer sin remedio, se había colocado Prudence.
No, no disimulaba. Ni siquiera lo intentaba.
Estaba allí plantada con los pies separados, el sombrero bien sujeto con una mano y la otra extendida hacia delante.
Al verla mirar, su doncella le guiñó un ojo.
Una de las Van Rensselaer intentó colocarse delante, pero Prudence le dedicó una mirada de Five Points y su oponente se retiró.
Amelia se volvió de nuevo, cerró los ojos y lanzó el ramo por encima de la cabeza.
Oyó un grito, un empujón, un sombrero de plumas cayendo al suelo, y después un silencio, y una carcajada general.
Cuando se volvió, Prudence tenía el ramo apretado contra el pecho con las dos manos, como un trofeo de guerra, y las mejillas rojas como amapolas. Al pie de la escalinata, Gabriel Shaw se reía tanto que tuvo que sujetarse el costado vendado.
—Nadie ha dicho que hubiera que ser discreta —se defendió Prudence, alzando la barbilla.
—Nadie —concedió Amelia, y la abrazó con ramo y todo.
*****
Salieron del templo bajo una lluvia de arroz.
El temporal empezaba a amainar. Todavía llovía, pero ya era una lluvia fina, cansada, que caía en hilos plateados, y por el oeste, sobre el Hudson, el cielo negro empezaba a abrirse en jirones.
Al pie de la escalinata esperaba el coche, con los caballos enjaezados de blanco.
Y detrás de la verja de hierro de la iglesia, en la acera de Broadway, se apretaba una multitud.
No eran invitados, eran curiosos, gente de la calle que se había enterado de que se casaba la reina de la Quinta Avenida, la joven de la maldición, la del baile de los Merrit, y había venido a verla, a pesar de la lluvia.
Dependientas con el delantal debajo del abrigo, vendedores de periódicos, niños subidos a las farolas, un organillero, una lavandera con un cesto en la cadera.
Gente de la otra Nueva York, la que en los salones ni siquiera sabían que existía.
Amelia bajó las escaleras del brazo de su marido. Sonreía y saludaba a todos, y no le importaba lo más mínimo que el arroz le cayera sobre el pelo o el vestido.
Y entonces, entre el gentío de la verja, lo vio.
Un pañuelo de colores demasiado vivos para una tarde de lluvia.
Rojo, amarillo, verde, púrpura, con flecos, anudado sobre una cabeza pequeña, apretada entre los hombros de dos estibadores al fondo de la multitud.
Debajo del pañuelo, una cara arrugada como una manzana de invierno y unos ojos negros, brillantes, de pájaro, que la miraban fijamente desde el otro lado de los barrotes.
Amelia se detuvo en el último escalón.
El ruido de la multitud se apagó a su alrededor.
El arroz siguió cayendo, pero ella ya no lo sentía.
Solo veía aquel pañuelo de colores, aquellos ojos negros, aquella figura diminuta que no debería estar allí, que había huido de Nueva York al alba, que se había jurado no volver nunca, y que, sin embargo, había regresado.
Así que había recibido la invitación…
Ewan sintió que su flamante esposa se paraba en seco.
—¿Amelia?
Ella no contestó.
Y por primera vez desde que había salido de la iglesia, soltó el brazo de su marido.