Capítulo 49
Cuatro meses después.
Fue Trix quien robó el vino.
Nadie se sorprendió. Trix había robado vino de las despensas ajenas desde que tenía nueve años, cuando se coló en la bodega de los Van Alen durante un baile infantil y salió con una botella de jerez bajo el delantal de encaje, y no había perdido la costumbre ni siquiera después de convertirse en condesa.
Apareció en el dormitorio de Amelia pasadas las once de la noche, en camisón, descalza, con una botella de burdeos en cada mano y una expresión de absoluta inocencia.
—La señora Jefferson estaba dormida —anunció—. O quizá haya tenido la delicadeza de fingirlo.
Violet se tapó la boca para no reírse. Clara, sentada en la cama con el bebé dormido sobre el pecho, puso los ojos en blanco. Había dejado a su otro hijo con su padre.
—Vas a despertar a Robert.
—Robert es un Van Alen —replicó Trix, descorchando la primera botella con los dientes, cosa que ninguna condesa debería saber hacer—. Los Van Alen no se despiertan por un poco de ruido. Su abuelo durmió durante el pánico del setenta y tres.
Amelia se echó a reír.
Estaban las cuatro en su dormitorio. Las cuatro por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Clara había aparecido aquella misma tarde en la estación de la calle Cuarenta y dos con su marido, Tom, una niñera escocesa, tres maletas, un bebé de pocos meses envuelto en encajes que miraba el mundo con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido, y su otro hijo de poco más de un año agarrado a su falda.
Las cuatro juntas la víspera de la última boda.
Se sentaron en el suelo. Trix se dejó caer sobre la alfombra con la botella entre las rodillas, Violet se sentó a su lado recogiéndose el camisón, Clara bajó de la cama con el bebé en brazos y se acomodó frente a ellas, y Amelia completó el círculo.
Y cuando se miraron, las cuatro en camisón, con el pelo suelto, a la luz de una sola lámpara, se quedaron calladas al mismo tiempo.
—Doce años desde aquella maldita tirada de tarot —murmuró Violet.
—Trece —corrigió Clara—. Acabamos de entrar en el ochenta y cuatro.
Trix sirvió el vino en los vasos desparejados que había logrado afanar de la cocina y alzó el suyo hacia el centro del círculo.
—Por el as de copas —dijo, mirando a Violet—. Que te dijo que encontrarías el amor y lo encontraste en una vieja mansión inglesa.
Violet sonrió y alzó su vaso.
—Por el as de oros —continuó Trix, volviéndose hacia Clara—. Que te prometió fortuna, y te la dio en forma de un hombre que te quiere tanto que todavía se sonroja cuando lo miras.
Clara se rio, besó la cabeza del bebé y levantó su vaso con la otra mano.
—Por el tres de bastos. —Trix se señaló a sí misma—. Que me dijo que mi barco llegaría a puerto y llegó con un irlandés de dos metros que no cabe por las puertas.
Las cuatro se rieron. Después Trix se volvió hacia Amelia y se quedó callada un momento. En la penumbra, a la luz de la lámpara, le brillaban los ojos.
—Y por el diez de espadas —dijo, en tono más bajo—. Que no tenía ni idea de lo que decía.
Amelia sintió que se le cerraba la garganta. Alzó su vaso. Los cuatro se juntaron en el centro del círculo, sobre la alfombra, y sonaron con un tintineo pequeño, desafinado, perfecto.
Bebieron todas, emos Clara, que solo se mojó los labios.
—Sabe a demonios —dijo con una mueca.
—Es el vino de cocinar de la señora Jefferson —admitió Trix—. El bueno estaba bajo llave.
Se echaron a reír tan fuerte que el bebé se despertó. Abrió los ojos, las miró a las cuatro con su ceño fruncido, y en lugar de llorar soltó un gorjeo que las hizo reír todavía más.
Fue Violet quien se levantó primero.
—El vals —dijo—. No lo hemos ensayado.
—¿Qué vals? —preguntó Amelia.
—El nuestro. —Violet le tendió la mano—. Lo bailamos en mi boda. Y en la de Clara. Y en la de Trix. Las cuatro juntas, antes de que empiecen a bailar los maridos. Es la tradición.
—Es una tradición que inventaste tú hace dos años —protestó Trix.
—Por eso es una tradición. —Violet no bajó la mano—. Levántate, Amelia Rourke.
Y Amelia le hizo caso.
Bailaron en camisón, descalzas, sobre la alfombra del dormitorio, sin música.
Violet tarareaba, Trix llevaba el compás con el pie y Clara bailaba con el bebé en brazos, girando despacio, y el niño se reía cada vez que daban una vuelta.
Chocaron con la cama. Tiraron una silla.
Amelia pisó a Violet tres veces y Violet le dijo que era la peor bailarina de toda la costa este, y esta le contestó que era una suerte, entonces, que fuera a casarse con un escocés, porque los escoceses no sabían bailar.
Y siguieron girando, cogidas de las manos, las cuatro, en un círculo que se abría y se cerraba como una flor, riéndose, llorando un poco, tarareando un vals de Strauss que ninguna recordaba entero.
En algún momento, Amelia cerró los ojos.
Y durante un instante volvió a tener doce años, y olió a cera y a pachulí, y oyó el viento agitar los pañuelos de una tienda en un jardín. Y vio cuatro niñas saliendo de allí, cogidas de la mano. Tres que se reían y una que parecía muy triste.
Abrió los ojos.
Ahora se reían las cuatro juntas.
*****
Dos pisos más abajo, en la cocina, la luz seguía encendida.
Alrededor de la mesa estaban sentadas cuatro mujeres.
Addie, que había bajado de Newport con la duquesa y que ahora sabía más de la corte inglesa que la propia reina Victoria.
Sophie, que había llegado con la que fuera su señorita Van Alen y que sostenía en el regazo una labor de punto para el bebé que no avanzaba nunca.
Therese, la doncella de la condesa de Clancare, que había llorado durante media hora seguida al volver a ver a Prudence y que todavía tenía los ojos rojos.
Y Prudence, con su delantal, su pelo recogido con pulcritud y, en el dedo anular de la mano izquierda, un anillo de plata muy fino que el señor Shaw le había puesto de rodillas, tal como se le había exigido, en el suelo de aquella misma cocina, tres semanas atrás.
La señora Jefferson les había dejado una tetera, un pastel de carne y, aunque se habría muerto antes de admitirlo, la botella de whisky que guardaba detrás de los sacos de harina para las ocasiones especiales.
Arriba, a través del techo, se oían risas, pasos, el golpe sordo de una silla al caer, un bebé que gorjeaba.
Las cuatro doncellas levantaron la vista al mismo tiempo y sonrieron.
—Están bailando el vals —dijo Addie.
—Están rompiendo los muebles —la corrigió Sophie.
—Es lo mismo —añadió Therese.
Prudence sirvió el whisky en cuatro tazas de té. Las repartió y se quedó un momento mirando la suya.
Al día siguiente se casaría Amelia, la señorita Rourke, como antes lo habían hecho sus tres inseparables amigas. Como antes lo habían hecho sus tres amigas inseparables: Addie, Sophie y Therese.
Y ahora, ella.
—Por la cuarta boda —dijo Prudence, levantando la taza.
—Por tu boda —repitieron las otras tres.
Prudence se puso roja hasta las orejas. Las otras tres se echaron a reír. Y brindaron, chocando las tazas en el centro de la mesa, exactamente igual que sucedía dos pisos más arriba.
Una simetría perfecta. Aunque ninguna de ellas lo supo nunca.
*****
Prudence subió al dormitorio de la señorita a las seis de la mañana, como cada día.
Encontró a las cuatro dormidas. Violet y Trix en la cama de Amelia, abrazadas como dos niñas, con el pelo revuelto sobre la almohada.
Clara en el sillón, con el bebé dormido sobre el pecho y la boca abierta.
Amelia en el diván, envuelta en una manta, con un vaso todavía en la mano y una sonrisa en los labios.
En la alfombra, dos botellas vacías, una silla volcada y un camisón que no era de nadie.
Prudence suspiró, dejó la bandeja del té sobre la cómoda y fue hasta la ventana para descorrer las cortinas.
Se detuvo con la mano en el cordón.
Miró hacia fuera.
Y la cara se le transformó.
El cielo sobre Nueva York estaba negro, de un negro de pizarra mojada, bajo y espeso, cargado de una amenaza que parecía apoyarse sobre los tejados de la Quinta Avenida como un puño.
Al oeste, sobre el río, se veía la lluvia avanzar en cortinas, borrando los edificios uno a uno.
El viento doblaba los árboles jóvenes recién plantados a lo largo de la avenida.
Un trueno lejano retumbó sobre Nueva Jersey y los cristales de la ventana vibraron.
Un temporal. Un temporal de campeonato el día de la boda.
Prudence se volvió hacia el dormitorio con la boca abierta, pero de ella no le salió nada.
En el diván, Amelia había abierto los ojos y la miraba.
Siguió después la sindicaciones de su doncella y se giró hacia la ventana, hacia el cielo negro y la lluvia que empezaba ya a golpear el cristal.
Y en lugar de levantarse, en lugar de gritar o de echarse a llorar porque se desluciría por completo el día de su boda, se acomodó mejor bajo la manta y sonrió.
Una sonrisa serena, dulce, completamente feliz.
—Perfecto —dijo—. La lluvia da suerte—. Cerró los ojos—. Pregúntenle a Violet.