Capítulo 48 #2
—¿Qué es esto? —se hizo la sorprendida.
—Mi informe —dijo Shaw—. Actualizado.
Prudence lo desdobló. Allí estaban los mismos nombres de siempre, los turnos del servicio, los días libres, las horas de la despensa. Y al final, la anotación que la había hecho enrojecer hasta las orejas:
Prudence: Doncella de la señorita. Libra jueves alternos. Suele ir al mercado con la cocinera los lunes por la mañana. Muy bonita.
Pero debajo había algo más. Algo nuevo. Escrito con tinta fresca, con la misma letra, pero un poco más torcida, como si a quien lo escribió le hubiera temblado el pulso.
Muy obstinada. Muy valiente. Rompe nudillos con cazos de lechero y cabezas con candelabros. Dispara sin saber disparar. Cura heridas de manera bastante razonable. Y me ha robado el corazón sin ninguna orden judicial.
Recomendación del agente: casarse con ella cuanto antes, antes de que se dé cuenta de lo que hace, si es posible.
Pendiente de confirmación por parte de la interesada.
Prudence leyó aquello una vez. Dos. A la tercera, se le habían nublado tanto los ojos que no conseguía distinguir las letras.
En la despensa se oyó un sollozo ahogado. La señora Jefferson, por lo visto, no estaba haciendo inventario.
Shaw la miraba. No sonreía. Tenía las manos sobre la mesa, muy quietas, una al lado de la otra, y Prudence se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía sin saber qué decir.
—No sé hacer esto de otra manera —dijo él al fin, en voz baja—. Soy un detective. Mi trabajo es elaborar listados. Y me ha parecido que era el informe más importante que he redactado en mi vida.
Prudence no contestó. Dejó el papel sobre la mesa. Se levantó. Fue hasta el aparador, abrió el cajón de los cubiertos, rebuscó un momento y volvió con un lápiz de carpintero, de esos gruesos y planos con los que la señora Jefferson apuntaba las cuentas del carnicero.
Se sentó. Cogió la lista. Y, con mucho cuidado, tachó la última línea. Pendiente de confirmación por parte de la interesada. Una raya. Dos. Tres. Hasta que no se podía leer.
Después escribió debajo, con su mejor letra de las monjas de la calle Mott:
Confirmado.
P. D.: Sigo librando los jueves alternos. No pienso dejar de hacerlo por usted.
P. D. 2: La próxima vez, pídemelo de rodillas.
Le devolvió el papel.
Shaw lo leyó. Y entonces sí sonrió, con aquella sonrisa limpia, de muchacho, que a ella la sacaba de quicio y que, lo sabía ya sin remedio, iba a sacarla de quicio el resto de su vida.
—¿Eso es un sí, señorita Mahoney?
—Como usted ha dicho, eso es un informe, señor Shaw. —Prudence se levantó y le apuntó con el lápiz como si fuera un revólver—. Y cómete el pastel. No pienso casarme con un hombre que se desmaya de hambre.
En la despensa, la señora Jefferson se sonó la nariz con estruendo.
*****
A las diez de la noche, cuando Ewan se hubo marchado al Brunswick y Franklin se hubo encerrado en el despacho con Sullivan y una botella de coñac, Dorothea se sentó junto a su hija frente a la chimenea del saloncito con un cuaderno de tapas de piel en el regazo.
—La lista de invitados —anunció, abriéndolo con reverencia—. He empezado esta tarde. Lo justo para hacernos una idea.
Amelia miró el cuaderno. Tenía ya once páginas escritas por las dos caras.
—Mamá, nos casamos en primavera y en una iglesia, no en el Madison Square Garden.
—Por eso mismo hay que empezar ya. —Dorothea pasó las páginas con un dedo—.
Los Astor, naturalmente. La señora Astor en persona, si se digna.
Los Livingston. Los Van Rensselaer. Los Beekman, aunque ella me cae fatal.
La duquesa de Ashford y su marido. Los condes de Clancare.
Clara y su marido. El señor Elliot, que es encantador, aunque nadie sepa a qué se dedica.
—Pasó otra página—. El señor Shaw y Prudence, supongo, aunque no sé dónde sentarlos.
—Al lado de los Astor —dijo Amelia.
—¡Hija!
—Era una broma, mamá.
No lo era del todo. Dorothea la miró con desconfianza y siguió leyendo nombres.
Primos de Pittsburgh. Socios de su padre.
Banqueros que hasta hacía una semana cruzaban la calle para no saludarlos y que esa misma tarde habían mandado tarjetas de felicitación con ramos de flores tan grandes que hubo que repartirlos por toda la casa.
Amelia la escuchaba a medias. Miraba el fuego y le daba vueltas al anillo en el dedo,
Pensaba en el pasado. En aquella mano sarmentosa volviendo una carta. En una anciana que se había pasado doce años en un sótano de Five Points esperando que alguien fuera a preguntarle por aquella tarde, y que, cuando por fin sucedió, solo querían usarla como a un peón en un juego de ajedrez.
—Mamá —dijo—. Déjame el lápiz.
Dorothea se lo tendió, distraída, sin dejar de murmurar apellidos.
Amelia cogió el cuaderno. Pasó las once páginas hasta llegar a la última línea escrita, la de los primos de Pittsburgh. Y debajo, con su letra de dibujante, inclinada y clara, añadió un nombre.
Le devolvió el cuaderno a su madre.
Dorothea lo miró. Leyó la última línea. Frunció el ceño. Volvió a leerla.
Y se santiguó.
Sofronia Perkins.