Capítulo 48
Dorothea Rourke estaba de luto.
No oficial, de los de crespón negro y cortinas echadas, porque eso habría sido de muy mal gusto tratándose de un compromiso que ni siquiera había llegado a anunciarse.
Era un luto íntimo, discreto, a medio tono.
Se había puesto un vestido gris perla, se había sentado en la butaca más hundida del salón y sostenía sobre el regazo los periódicos de la mañana con la expresión de una viuda que relee las cartas de su difunto esposo.
—Era un buen muchacho. Chester. —Suspiró, por quinta vez desde el almuerzo—.
Un poco simple, sí. Bebía demasiado, no lo niego.
Y su padre ha resultado ser un criminal, eso también es verdad.
Pero era un buen partido, Franklin. Un excelente partido.
La calle Catorce. Una de las fortunas más antiguas de Nueva York.
—Una de las más sucias, querida —dijo Franklin desde su butaca.
—Las fortunas antiguas siempre lo son, querido, por eso han aguantado tanto tiempo sin arruinarse.
—Dorothea se llevó el pañuelo a los ojos—.
¿Y ahora qué va a ser de Amelia? Después de anoche, todo el mundo habla de ella.
Clara Belle la llama reina. ¡Reina! ¿Y con quién va a casarse una reina en esta ciudad, si el único hombre que se atrevió a pedirle la mano era el hijo de un incendiario?
Franklin no contestó. Se limitó a mirar por la ventana con una sonrisa que llevaba toda la mañana intentando esconder sin éxito.
Fue en ese momento cuando se abrió la puerta del salón.
Amelia entró primero. Tenía las mejillas rojas por el frío, el pelo suelto y revuelto bajo el sombrero, las botas mojadas de nieve y una expresión en la cara que Dorothea no le había visto nunca. Ni siquiera de niña.
Detrás de ella, con el abrigo abierto, sin sombrero y despeinado como un mozo de cuadra, entró lord Currie.
Dorothea se quedó inmóvil con el pañuelo a medio camino.
—Mamá —dijo Amelia—. Papá. Tenemos que deciros algo.
Lo que ocurrió a continuación, Franklin lo contaría durante años en todas las cenas, y siempre juraría por su honor que no duró más de cuarenta segundos.
Lo había cronometrado con el reloj de bolsillo, por pura costumbre de hombre de negocios, y estaba dispuesto a enseñar el reloj a quien lo dudara.
Segundo uno: Ewan dio un paso al frente, se cuadró como un soldado y dijo, con su acento más cerrado de las Tierras Altas, que había pedido la mano de la señorita Rourke y que la señorita Rourke, después de pensárselo con bastante más detenimiento del que él habría deseado, se la había concedido.
Segundo cinco: Dorothea abrió la boca. La cerró. Miró a su hija. Miró al escocés. Volvió a mirar a su hija. Y dijo, con un hilo de voz:
—¿Lord… Currie?
Segundo nueve: Amelia levantó la mano izquierda. En el dedo anular, un poco grande, brillaba un anillo de oro de una calidad más bien mediocre.
Segundo doce: Dorothea se puso en pie de golpe. Los periódicos cayeron al suelo como hojas muertas.
—Pero… es… usted es…
—Conde de Currie, señora —dijo Ewan, con una inclinación—. Heredero del clan McGomery y propietario de Glenmara Castle, en las Tierras Altas de Escocia.
Segundo diecinueve: Dorothea se llevó las dos manos al pecho.
—Un castillo —murmuró.
—Bastante frío, me temo. Y con goteras en el ala norte que no dejamos de reparar y vuelven a aparecer.
Segundo veintidós:
— Condesa —susurró Dorothea, mirando a su hija como si la viera por primera vez—. Mi hija. Condesa.
—Todavía no, mamá.
—¡Condesa de Currie! —La voz de Dorothea subió una octava—. ¡Franklin! ¡Franklin, ¿lo has oído?! ¡Condesa! ¡Una condesa británica! ¡En esta familia! ¡La señora Astor se va a morir de envidia!
Segundo treinta y uno: Dorothea había cruzado el salón, había abrazado a Amelia, había besado a Ewan en las dos mejillas sin que él tuviera tiempo de esquivarla y había vuelto a abrazar a Amelia, esta vez llorando a lágrima viva.
Segundo treinta y ocho: se separó de su hija, se secó los ojos con el pañuelo que un minuto antes había estado empapando con el duelo por Chester Merrit, y dijo, con voz firme:
—Hay que avisar a madame Fontaine, la modista. Hoy mismo.
Segundo cuarenta: Franklin cerró el reloj de bolsillo con un chasquido.
—Cuarenta segundos —anunció—. Un récord, querida. Ni siquiera cuando te propuse matrimonio cambiaste de opinión tan deprisa.
—Tú no tenías un castillo, querido —replicó Dorothea, sin dignarse a mirarlo.
Ewan carraspeó. Amelia se tapó la boca con la mano, temblando de risa.
Y Franklin Rourke, el hombre que había empezado cargando lingotes en una fundición de Pittsburgh y había estado a punto de perderlo todo hacía apenas unas horas, cruzó el salón, cogió la mano del escocés entre las suyas, enormes, y se la estrechó durante mucho tiempo sin decir nada.
No hizo falta. Tenía los ojos húmedos.
*****
El segundo acontecimiento de la tarde llegó a las cinco, en forma de Sullivan.
El secretario de Franklin entró en el despacho sin llamar, cosa que no había hecho en once años de servicio, con el sombrero torcido, la corbata desanudada y un fajo de papeles en la mano que agitaba como si fuera una bandera. Había venido corriendo desde Wall Street.
—Señor Rourke —jadeó—. Señor Rourke, no va a creérselo.
Amelia y Ewan, que estaban en la biblioteca contigua repasando con su madre una lista de iglesias que elegir, se asomaron a la puerta del despacho.
Sullivan extendió los papeles sobre la mesa.
—El fiscal ha congelado todas las propiedades de las sociedades del señor Merrit.
Los cuarenta y tres solares que rodean esta casa.
—Se le quebró la voz—. Y los propietarios a los que se los compró a mitad de precio han presentado demandas para recuperarlos.
El juez ha dicho esta mañana que, a la vista de las pruebas, lo más probable es que los contratos se anulen por fraude.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Franklin.
—Significa, señor, que ya nadie cree que esta manzana esté maldita.
—Sullivan sonrió por primera vez en meses—.
Significa que esta mañana, en la Bolsa, no se hablaba de otra cosa que de la señorita Rourke en el baile de los Merrit.
Significa que tres de esos propietarios ya me han mandado recado preguntando si estaría usted interesado en asociarse con ellos para urbanizar todo el extremo norte de la avenida.
Y significa que su solar, señor, el de esta casa, el que compró hace dos años por el precio de un caballo de tiro…
—Hizo una pausa dramática—. Esta mañana alguien ha ofrecido por él el triple de lo que valía en primavera.
Franklin se quedó quieto.
Después se levantó. Fue hasta la ventana del despacho. Miró hacia fuera, hacia la avenida cubierta de nieve, hacia los peñascos, las chabolas, las cabras, los solares vacíos donde dentro de unos años, si todo salía bien, se levantarían las mansiones más ricas de Nueva York.
—Dentro de una década —murmuró—, esta avenida valdrá un imperio.
—Señor, con el debido respeto —dijo Sullivan—, no creo que haga falta esperar tanto.
Franklin Rourke echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que hizo temblar los cristales de toda la casa. Amelia la oyó desde la puerta y sintió que un nudo se le soltaba por dentro, un nudo que llevaba meses apretado.
Su padre había vuelto.
*****
El tercer acontecimiento llegó a las seis y media, cuando ya era de noche, en un sobre amarillo de la Western Union.
Ewan lo había estado esperando toda la tarde.
Había mandado el cablegrama a Glenmara aquella misma mañana, a la salida del puente, desde la oficina de telégrafos de City Hall, con Amelia del brazo y los dedos todavía helados.
Cuatro palabras: HA DICHO QUE SÍ. STOP. Ni una más.
Los escoceses no gastaban dinero en adjetivos.
El mayordomo trajo el sobre en la bandeja de plata al salón, donde estaban todos reunidos frente a la chimenea. Ewan lo abrió con el pulgar. Lo leyó. Y se quedó muy serio.
—¿Malas noticias? —preguntó Dorothea, alarmada.
Ewan no contestó. Le tendió el telegrama a Amelia sin decir nada. Ella lo cogió y lo leyó en voz alta, despacio, para que todos lo oyeran:
— YA ERA HORA. STOP. GAbrIELLA EXIGE NIETOS. STOP. QUE LA FUTURA CONDESA TRAIGA AbrIGO. STOP.
Hubo un silencio.
Después Franklin soltó otra carcajada. Amelia se echó a reír tapándose la cara con el telegrama. Ewan sonreía mirando el fuego con una ternura que no se molestaba en disimular. Y Dorothea, con una mano en el pecho y la otra en el respaldo del sillón, se tambaleó ligeramente.
—Futura condesa —repitió—. Lo ha escrito su bisabuela. En un telegrama. A esta dirección.
—Habrá que mandar a enmarcarlo —se burló Franklyn.
—Excelente idea. —Dorothea no se había percatado del cinismo de su marido—. Al lado del retrato de tu abuela. No, mejor en el vestíbulo. Donde lo vea todo el mundo. Franklin, necesitamos un marco de plata.
*****
Mientras arriba, en el salón, Dorothea Rourke decidía dónde colgar un telegrama, abajo, en la cocina, Gabriel Shaw estaba de pie junto a la mesa central, con el sombrero en la mano, mirando a Prudence como un hombre a punto de saltar desde un tejado.
—Siéntese, señor Shaw —le indicó ella, muy seria, y volviéndolo a tratar con formalismos—. Está usted pálido.
—Es-estoy bien.
—No lo creo. Le han apuñalado hace dos días.
—Fue un rasguño.
—Tampoco lo creo. —Prudence le puso delante una taza de té y una tajada del pastel de carne de la señora Jefferson, que estaba en la despensa fingiendo hacer inventario con la puerta entornada—. Coma.
Shaw no comió, no hubiera podido. Se sentó, eso sí, con una mueca de dolor que intentó disimular. Dejó el sombrero sobre la mesa, y después, con mucho cuidado, se sacó un papel doblado del bolsillo interior del abrigo y lo puso al lado de la taza.
Prudence lo reconoció al instante.
La lista.
La que había encontrado en el suelo de la despensa aquella noche de candelabrazos. La que había llevado escondida en el corpiño durante semanas. La que le había lanzado a la cara en su buhardilla de la calle Cuarenta y siete.