La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 47
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Capítulo 47

Ewan no estaba.

Amelia lo supo antes de llegar a la mitad del puente, cuando todavía le faltaban cien pasos para alcanzar el espacio vacío entre las dos torres.

Lo supo y siguió caminando de todas formas, con el abrigo mal abrochado sobre el vestido gris, el pelo suelto bajo el sombrero, las botas resbalando sobre las tablas heladas del paseo.

Cuando llegó, se detuvo. Miró a un lado y a otro. A Manhattan, a Brooklyn. A los escasos paseantes que cruzaban a aquella hora y con aquel frío, envueltos en bufandas, con la cabeza gacha contra el viento del río. A ninguno de ellos le importaba una muchacha en mitad del puente.

Sí, había llegado tarde.

Se apoyó en la barandilla. Le temblaban las piernas, y no era del frío, aunque allí arriba arreciaba como un látigo.

La noche anterior había nevado sobre toda la ciudad, y en ese momento, a las diez de la mañana, el cielo se había abierto sin esperarlo, limpio, de un azul tan brillante que casi molestaba a los ojos.

El sol caía de lado sobre el East River y lo convertía en una lámina de metal fundido.

Los tejados de Brooklyn estaban blancos.

Los mástiles de los barcos, abajo, junto a los muelles, parecían dibujados con tinta negra.

Era la luz más hermosa que había visto en su vida y él no estaba allí para verla.

Se quitó el guante derecho.

La carta quedó en su palma, doblada por la mitad. La desdobló con cuidado. El viento del río intentó arrancársela de los dedos, y ella la sujetó con fuerza.

Ahí estaba. La figura caída boca abajo. Las diez espadas clavadas en la espalda. Los bordes blandos. Doce años.

Durante todo ese tiempo había creído que aquel trozo de cartón era una sentencia, que había un juez en algún lugar, en el cielo o en el infierno o en el fondo de una baraja, que había decidido una tarde de 1871 que Amelia Rourke no sería feliz.

Y ella había organizado su vida alrededor de aquel veredicto.

Se había construido una doctrina. Se había fabricado una sonrisa que no significara nada.

Había cerrado todas las puertas, renunciado, antes de tenerlo, a todo lo que pudiera perder.

Miró el agua, allá abajo, cuarenta metros por debajo de sus botas.

Sería tan fácil. Abrir los dedos, dejar que el viento se llevara aquella funesta carta. Verla caer dando vueltas, como una hoja caduca, hasta que el río se la tragara y no quedara nada más de ella.

Pero no lo hizo.

Porque se dio cuenta de que aquel naipe no tenía la culpa de nada, que podía tirarlo al río, quemarlo en una chimenea, romperlo en mil pedazos, y nada cambiaría.

La maldición no estaba impregnada en aquel trozo de cartón, sino dentro de ella, cosida a la piel, y no había río ni fuego en el mundo capaces de arrancársela.

La batalla no era contra Merrit, sino contra ella misma; contra la niña de doce años que salió llorando de una tienda confeccionada con pañuelos de colores y que decidió, aquella misma tarde, que nunca la querrían; contra la idea de que había gente nacida para amar y gente nacida para mirar cómo amaban los demás; contra la certeza, tan antigua que ya no recordaba haberla elegido, de que ella pertenecía al segundo grupo.

Amelia se quedó allí parada durante mucho tiempo, con la carta aún en la mano y el sol acariciándole el rostro.

Y entonces oyó los pasos.

Eran los de alguien que corría desde el lado de Manhattan. Pasos largos, decididos, que hacían crujir las tablas heladas. Varios paseantes se apartaron. Un vendedor de castañas soltó una maldición.

Amelia se volvió.

Ewan McGomery venía por el paseo del puente a toda carrera, sin sombrero, con el abrigo abierto aleteando detrás de él como una capa, el pelo revuelto por el viento, la cara roja por el frío y por el esfuerzo.

Un escocés de las Tierras Altas, conde de Currie, heredero de un clan con quinientos años de historia, corriendo por el puente de Brooklyn a las diez y media de la mañana como un chiquillo que llega tarde a la escuela.

Se detuvo a tres pasos de ella. Jadeando. Con las manos en las rodillas.

—Prudence —consiguió decir, entre bocanada y bocanada—.

Ha venido al hotel. Se ha presentado en el vestíbulo del Brunswick…

Ha apartado a los botones que han intentado detenerla, ha subido la escalera, ha aporreado mi puerta.

—Tomó aire—. Y me ha dicho que, si no estaba en este puente en exactamente diez minutos, me arrepentiría el resto de mi vida.

Amelia se tapó la boca con la mano.

—Y la he creído —añadió Ewan, irguiéndose—. Así que he venido corriendo desde Madison Square, que son varias millas.

—¿Corriendo? ¿Todo el camino?

—He parado un coche de punto en Broadway. Pero el caballo era muy viejo. —Se pasó una mano por el cabello—. Me he bajado en City Hall y he seguido a pie. Creo que he atropellado a un predicador.

Amelia se echó a reír.

No lo pudo evitar. Le salió del corazón, a borbotones, una carcajada que no sabía que estuviera allí escondida, mezclada con las lágrimas que ya le corrían por el rostro.

Se reía y lloraba a la vez, con la carta en una mano y la otra en la boca, y él la miraba sin entender nada, despeinado, sin aliento, con el abrigo abierto, y eso la hizo reír todavía más.

—Pensé que te habías ido —consiguió Amelia decir al fin—. Murdo dijo que estabas aquí, al amanecer. Y cuando llegué… Pensé que había llegado tarde y ya ibas camino de Manchester.

—Estuve aquí. Quería ver el amanecer. —Ewan dio un paso hacia ella—. Soñaba con que estaba esperándote. Soy un idiota, ¿verdad? Y luego pensé que no vendrías, que ya habías decidido, y me fui al hotel a hacer el equipaje. —Se le endureció la voz—. Tengo pasaje para el sábado.

Amelia dejó de reír.

—¿Te vas?

—Me iba. —Él la miró—. Hasta que Prudence me ha amenazado y he recobrado una pizca de esperanza.

Se quedaron mirándose.

El viento soplaba entre los cables del puente con un silbido prolongado, como el de un órgano.

A su alrededor, los pocos paseantes que cruzaban se habían ido callando al llegar al hueco entre las torres, como siempre ocurría.

Y en aquel silencio extraño, suspendido sobre el río, entre dos ciudades, ni en Manhattan ni en Brooklyn, Amelia comprendió que no podía seguir esperando a que él lo repitiera una vez más.

Esta vez le tocaba a ella.

Levantó la mano y le enseñó la carta.

Ewan reconoció el naipe al instante. Amelia vio cómo se le tensaba la mandíbula, cómo se le oscurecían los ojos.

—Podría tirarla al río ahora mismo —dijo ella—. Lo he pensado. Abrir los dedos y dejar que se la lleve el viento.

—Hazlo.

—No. —Negó con la cabeza—. No necesito destruirla, Ewan.

Bajó la vista hacia la carta. La figura caída. Las diez espadas. Y se dio cuenta de algo que no había visto nunca.

—Son diez espadas —murmuró—. ¿Sabes lo que significa eso?

Que es la última carta de este palo. Después de la décima no hay más espadas.

Este es el final de todo. —Levantó la vista hacia él—.

Llevo doce años leyéndola como una sentencia.

Pero también se puede leer de otra manera.

Como el momento en que lo peor ya ha pasado.

Cuando ya no queda ninguna arma que pueda atravesarte.

Ewan no dijo nada. La miraba como si estuviera viendo salir el sol.

—No necesito destruirla —repitió Amelia, en voz baja—. Necesito decidir por mí misma qué quiero hacer de ahora en adelante.

Dobló la carta con cuidado y se la guardó en el bolsillo del abrigo. Después tomó aire, tanto que le dolieron los pulmones.

—Ewan McGomery.

—¿Sí?

—Tú me lo pediste una noche y yo te dije que no. —Le temblaba la voz, pero consiguió continuar—. Y anoche ibas a pedírmelo otra vez delante de todo Nueva York, y yo eché a correr. Así que creo que me toca a mí.

Ewan se quedó inmóvil. Amelia vio cómo se le entreabrían los labios para protestar.

—Soy la hija de un hombre ruidoso que hizo su fortuna con carbón y barcos.

Mi madre confunde la elegancia con el exceso.

No sé bailar la cuadrilla mejor que tú, y tengo una obsesión casi enfermiza por dibujarlo todo.

Además, tengo veinticuatro años, una edad avanzada para una mujer casadera, y una maldición que me persigue desde la niñez —hizo una pausa—. Y te quiero.

Al fin lo había dicho, con el viento llevándose las palabras hacia el mar. Te quiero. Dos palabras que se había jurado no pronunciar jamás y que ahora le salieron solas, sin esfuerzo, como si llevaran años esperando a que alguien les abriera la puerta.

—Te quiero —repitió, porque una vez no le parecía suficiente—.

Me he dado cuenta de que te quise desde el día en que te vi por primera vez en el baile que Violet organizó en Londres.

Te quise cuando intenté curarte esa herida en la ceja.

Te quise la noche funesta en que nevaba y tuve que cerrarte la puerta en las narices.

Te he querido todo este tiempo, Ewan, y he estado tan ocupada con mi miedo a quererte que no me había dado cuenta de que ya era demasiado tarde para no seguir adelante.

Las lágrimas le corrían por el rostro, pero no le importaba.

—Así que… —Logró carraspear y lo miró a los ojos—. Cásate conmigo.

Ewan abrió la boca. Ninguna palabra salió de allí.

—Y si el destino quiere que sea una mujer desgraciada —añadió Amelia, y le salió una sonrisa entre las lágrimas, temblorosa y luminosa a la vez—, que venga a buscarme a Escocia. —Hizo una pausa—. Le costará encontrar el camino y encontrará resistencia por mi parte.

Por un momento, el mundo se detuvo.

Y entonces Ewan McGomery se echó a reír.

Fue una risa amplia, inesperada, que le salió del fondo del pecho y le sacudió los hombros, una risa como Amelia no le había oído nunca, ni siquiera aquella tarde en aquel mismo puente, cuando le habló del purgatorio.

Se reía con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos llenos de lágrimas, con las manos abiertas.

Un vendedor de castañas se volvió a mirarlo.

Una anciana con una cesta de huevos se detuvo en seco.

—Le costará encontrar el camino —repitió él, todavía riéndose—. Dios mío, sí que le costará encontrar el camino y no solo te encontrará a ti de frente, sino a mí a tu lado. —Se secó los ojos—. Mi bisabuela va a adorarte.

—¿Eso es un sí?

Él dejó de reír.

Dio el último paso que los separaba. Le cogió la cara entre las manos, con cuidado, como si fuera algo que pudiera romperse, y le apartó con los pulgares las lágrimas de las mejillas. Tenía las manos heladas. Ella no lo notó.

—Eso es un sí, futura condesa de Currie.

Y la besó.

La besó en mitad del puente de Brooklyn con media docena de paseantes que se habían quedado clavados en las tablas heladas sin atreverse a seguir caminando.

La besó como si llevara mucho esperando hacerlo, como si el lago, la tormenta, la barca volcada y todas las noches en vela se hubieran quedado de pronto muy lejos, al otro lado del océano.

Y Amelia lo besó a él como no había besado nunca a nadie, porque nunca había besado a nadie, con las manos agarradas a las solapas de su abrigo abierto y los pies de puntillas, y descubrió que el amor no se parecía en nada a lo que contaban las novelas.

Era más torpe. Era más frío. Sabía a sal, a lágrimas y a viento de río.

Era infinitamente mejor.

Cuando se separaron, la anciana de los huevos estaba aplaudiendo.

—Así se hace, muchacho —dijo, con un fuerte acento alemán—. Aún hay esperanzas con esta juventud.

Amelia escondió la cara en el pecho de Ewan y se echó a reír otra vez.

Él la abrazó. Le apoyó la barbilla sobre la cabeza.

Se quedaron así un rato, sin decir nada, mientras el sol subía sobre el East River y la luz de la mañana caía sobre la nieve de los tejados con ese brillo dorado que solo dura un instante.

—Tengo algo que te pertenece —murmuró él al fin.

Metió la mano en el bolsillo interior del chaleco. De allí sacó un estuche pequeño, de cuero marrón.

Lo abrió.

Sobre un lecho de terciopelo descolorido descansaba un anillo de oro toscamente repujado, con una piedra azul que, a la luz de aquella mañana, parecía contener dentro todo el cielo de Nueva York.

Amelia contuvo el aliento.

—Era de mi bisabuela —dijo Ewan en voz baja—.

Gabriella. Se lo puso mi bisabuelo hace setenta años.

No se lo había quitado nunca. Hasta hace dos semanas.

Me lo mandó por correo antes de que yo supiera siquiera que iba a necesitarlo.

—Sonrió—. Dice que lleva nueve décadas adelantándose a los hombres de mi familia.

—Ewan… —A Amelia se le quebró la voz—. No puedo aceptar esto. Es suyo. Es…

—Es tuyo. —Le cogió la mano izquierda. Le quitó el guante, dedo a dedo, con una paciencia infinita—. Me escribió que se lo devolviera en forma de bisnietos. Y yo no pienso discutir con una italiana de noventa y cuatro años. No he ganado una discusión con ella en mi vida.

Le deslizó el anillo en el dedo. Le quedaba un poco grande. A ninguno de los dos le importó.

Amelia lo miró, brillando en su mano, la piedra azul, el oro gastado.

—Pero tengo una condición —dijo Ewan.

Amelia levantó la vista.

—¿Una condición?

—Y es innegociable. —Se puso muy serio, con aquella solemnidad escocesa que convertía cada palabra en algo duro—. Quiero casarme contigo antes de que zarpe el primer barco de primavera. No pienso esperar más. Ya he esperado suficiente. Y tú, francamente, has tardado demasiado en decidirte.

Amelia se rio.

—Acepto la condición.

—No he terminado.

—¿Hay más?

—Hay más. —Ewan le cogió las dos manos entre las suyas.

Miró hacia el oeste, hacia Manhattan, hacia la Quinta Avenida, hacia una casa de piedra caliza en el extremo norte donde una mujer que la noche anterior se había disfrazado de María Antonieta debía de seguir leyendo los periódicos en voz alta.

Respiró hondo, como un hombre que va a lanzarse a la batalla—. Y ahora, lo verdaderamente aterrador.

—¿Qué?

—Hay que decírselo a tu madre.