La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 46
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Capítulo 46

Los periódicos llegaron poco antes del amanecer y minutos después Franklin Rourke se estaba riendo a carcajadas en el comedor.

Amelia lo oyó desde su dormitorio y no pudo menos que sonreír. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba sintiéndose feliz que, por un instante, pensó que lo había soñado. Después oyó la voz de su madre, aguda, excitada, leyendo en voz alta. Y otra carcajada más.

No bajó.

Estaba sentada en el sillón junto a la ventana, en camisón y con la bata sobre los hombros.

Había llegado a casa pasadas las doce y media, sola, en un coche de alquiler, con los pies descalzos porque había perdido un zapato en la escalinata de los Merrit y el otro en la portezuela del carruaje.

Prudence llegó un poco después, con Gabriel Shaw, aunque este aguardó en la cocina.

La había ayudado a quitarse el disfraz, le había puesto el camisón y la había metido en la cama como si fuera una muñeca inanimada.

Y allí se había quedado Amelia toda la noche, con los ojos abiertos, mirando el techo, oyendo llegar a sus padres a las tres, oyendo a su madre llorar de alegría en el pasillo, oyendo a su padre llamar suavemente a su puerta y marcharse sin insistir cuando no le abrió.

Debería sentirse feliz. Lo sabía.

Llamaron de nuevo a la puerta. No era Prudence, sino la segunda doncella, una muchacha sueca que apenas hablaba inglés, con una bandeja de desayuno que Amelia no tocó y un montón de periódicos doblados que la señora le enviaba con mucho cariño, dijo, y con la orden de que los leyera enseguida.

Amelia los desdobló sobre las rodillas.

El Herald dedicaba a la fiesta de los Merrit toda la primera página. Escándalo en la calle Catorce , decía el titular, en letras tan grandes como las de una declaración de guerra. Un Pinkerton desenmascara al anfitrión en su propio baile. Detenido un hombre por el incendio de los muelles.

El Sun era menos elegante y más cruel: llamaba a Merrit el cardenal de los pagarés y había encargado a su dibujante una caricatura en la que aparecía con la sotana, una bolsa de dinero en cada mano y una baraja de naipes tirada en el suelo.

El World reproducía párrafos enteros de la confesión de Sofronia Perkins y hablaba de la mayor conspiración inmobiliaria de la historia de la ciudad .

Y el Times , siempre más sobrio, informaba en dos columnas de que el fiscal del distrito había abierto diligencias, de que varios propietarios de solares en el extremo norte de la Quinta Avenida estudiaban demandas por fraude, y de que el señor Aldous Merrit había abandonado su residencia de madrugada con destino desconocido.

En la página de sociedad del Herald , Clara Belle no hablaba de Merrit. Hablaba de ella.

Ninguna de las personas que asistieron anoche al baile de la calle Catorce olvidará jamás el momento en que la señorita Amelia Rourke se quitó el antifaz.

Esta cronista ha visto a muchas reinas en los salones de esta ciudad.

Ninguna como ella. La Fortuna gira, queridas lectoras. Y anoche giró a su favor.

Amelia dobló el periódico, y lo dejó sobre la mesita, junto a la bandeja intacta.

Habían ganado, sí. Su padre lo había recuperado todo, incluida la credibilidad, y Merrit había huido como un ladrón. Pero ella, que debería sentirse feliz, sentía una tristeza tan pesada en el alma que le impedía incluso incorporarse, y solo había una razón para ello: que él no estaba.

La puerta se abrió por segunda vez sin que nadie llamara y Prudence entró en el dormitorio y se quedó callada un momento, mirándola.

Llevaba su uniforme de siempre, el delantal almidonado, el pelo recogido con más pulcritud que nunca. Pero tenía los ojos brillantes de una manera nueva, y las mejillas encendidas, y algo que Amelia no supo identificar.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días, Prudence.

La doncella cruzó el cuarto. No se detuvo junto a la bandeja ni junto a los periódicos. Fue directamente hasta el sillón, se sacó algo del bolsillo del delantal y lo depositó en el regazo de Amelia.

Era un marco de plata labrada. Pequeño. Con un cristal. Y dentro, un naipe viejo, con los bordes desgastados y una mancha rojiza en la esquina.

El diez de espadas.

Amelia se quedó mirándolo sin moverse.

—Lo cogí del atril —dijo Prudence—. Anoche, cuando usted salió corriendo y todo el mundo se volvió loco. Nadie se dio cuenta. —Se encogió de hombros—. Me pareció que no debía quedarse en casa de ese hombre porque es suyo.

Amelia lo cogió con las dos manos, aunque dudó antes de hacerlo. Allí estaba. La figura caída y las diez espadas clavadas a su espalda.

—Gracias —murmuró.

—No me las dé todavía. —Prudence acercó la silla del tocador y se sentó frente a ella, muy erguida, con las manos sobre el delantal, como quien va a pronunciar un discurso que ha ensayado muchas veces—.

Antes tiene que escucharme. Y no me interrumpa, porque si me interrumpe me pierdo y no me atreveré a empezar de nuevo.

Amelia levantó la vista del naipe.

—Te escucho.

Prudence tomó aire.

—Cuando yo tenía doce años, la misma edad que tenía usted cuando le salió esa carta, vi cómo mi madre echaba a mi padre de casa.

Se marchó con todo lo que poseíamos metido en un hatillo, y ella se quedó en la puerta, sin llorar, viéndolo marcharse, aunque lo quería más que a nada en el mundo.

Y esa noche, mientras fregaba el suelo de rodillas, me dijo una cosa que no he olvidado nunca.

Me dijo: «Prudence, el amor es para las señoras.

Las mujeres como nosotras no nos lo podemos permitir».

Amelia no dijo nada.

—Yo la creí, claro. Era mi madre. —Prudence se miró las manos—.

Me pareció lo más sensato que había oído en mi vida.

En Five Points vi a muchas mujeres perder la cabeza por un hombre de sonrisa bonita, y vi lo que les pasaba después.

Así que me hice una promesa. Me juré que a mí nunca me sucedería algo así.

Que yo sería como una casa con todas las puertas cerradas y todas las ventanas tapiadas.

Que ningún hombre, por muy encantador que fuera, por muy bonitos que tuviera los ojos, conseguiría nunca hacerme temblar.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Me lo juré por la salud de mi propia madre, señorita, que es lo más sagrado que tengo.

Amelia sintió que se le encogía el pecho.

—Y hace dos noches —continuó Prudence, y la voz se le quebró un poco— estaba yo de rodillas en un almacén de harina, a la luz de un cabo de vela, vendándole las costillas a un Pinkerton con tiras de mi propia enagua…

y me temblaban las manos. —Las alzó, como si quisiera enseñárselas—.

Así. Me temblaban tanto que no conseguía hacer el nudo.

Y le estaba llamando idiota y rezando a la vez para que no se me muriera, y en ese momento me di cuenta de que mi promesa era inútil.

De que todas las puertas y todas las ventanas que había tapiado durante quince años se habían abierto de golpe, sin pedirme permiso, por culpa de un hombre con la nariz torcida.

Se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Y aquí me tiene, señorita. —Sonrió, con una sonrisa temblorosa y luminosa a la vez—. Perjura y feliz.

Amelia soltó una risa que le salió mezclada con un sollozo.

—Prudence…

—No he terminado. —Prudence le cogió las manos—.

Usted lleva doce años creyendo que esa carta es quien dirige su vida.

Y a lo mejor es cierto, a lo mejor la anciana tiene razón y la desgracia aparece en su camino, y todo lo demás.

Yo no lo sé. Usted tampoco. —Apretó sus manos—.

Pero mi madre también me echó la suerte aquella noche, mientras fregaba el suelo.

Y era tan decidida como la suya, señorita.

Más fuerte incluso, porque provenía de una madre.

—Yo…

Prudence no la dejó hablar.

—Quizá existan las maldiciones, Amelia. Lo sé. Pero el amor, cuando es de verdad, cuando es lo bastante grande, es más fuerte que cualquiera de ellas. Y por supuesto más que cualquier carta. Si no fuera así, nadie se casaría jamás, ni tendrían hijos, ni construirían puentes.

Amelia se quedó muy quieta.

Puentes .

Pensó en un paseo elevado sobre el río. En el hueco entre las dos torres, donde la gente se callaba sin saber por qué.

En un escocés que le contaba, con un brillo travieso en los ojos, la historia de tres Roebling.

El padre, que murió. El hijo, que quedó inválido.

Y la mujer, que aprendió el oficio, cruzó aquel andamiaje cada día durante once años y fue la primera en atravesarlo el día de la inauguración, con un gallo en el regazo, contra la mala suerte.

Aquel puente también había estado maldito. Y allí seguía.

—Hay una cosa más —dijo Prudence, con voz más baja—.

Gabriel ha hablado esta mañana con el ayuda de cámara de lord Currie.

Ese escocés tan serio, Murdo. —Dudó—. Dice que milord no volvió anoche al hotel.

Que ha estado dando vueltas por Nueva York toda la noche, bajo la nieve, y que a las seis lo vieron subir la escalera del puente de Brooklyn, como si se despidiera definitivamente de esta ciudad.

Amelia sintió que el corazón se le detenía.

—¿El puente?

—Murdo está preocupado. Dice que milord lleva tres años sin hacer una tontería y que ahora…

Amelia se quedó mirando el naipe que tenía entre las manos.

La figura caída. Las diez espadas. Doce años de miedo encerrados en un pedazo de cartón detrás de un cristal.

Después, con mucho cuidado, desmontó la trasera del marco, sacó la carta y la sostuvo un momento entre los dedos, desnuda, frágil, mucho más pequeña de lo que la recordaba.

Se puso en pie.

Prudence se levantó también, sorprendida.

Amelia fue hasta el tocador, abrió el cajón y sacó un par de guantes de cabritilla gris. Se puso el izquierdo. Después dobló el naipe por la mitad, con un chasquido seco que sonó en todo el dormitorio, y lo deslizó dentro del guante derecho, contra la palma de la mano. Se lo puso y cerró el puño.

—Mi abrigo, Prudence.

—¿Su abrigo? —La doncella la miró de arriba abajo, el camisón, la bata, el pelo suelto, los pies descalzos—. Señorita, no está usted vestida.

—Pues vísteme. Rápido. —Amelia ya estaba abriendo el armario—. El vestido gris, el que se abrocha por delante. Las botas de cordones. No me peines, no hay tiempo. Y que preparen el coche.

Prudence no se movió. Se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, con las manos sobre el delantal, y Amelia vio en su cara cómo empezaba a amanecer una sonrisa.

—¿Adónde va, señorita?

Amelia se volvió hacia ella con el abrigo en las manos y la carta de 1871 apretada en el puño.

—A Brooklyn.