La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 45
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Capítulo 45

Nadie dijo nada.

El silencio se había vuelto denso, pegajoso, como el aire de una habitación cerrada hacía mucho tiempo. Todos miraban a Ewan McGomery, que seguía de pie en la tarima, con el rostro lívido y el cheque aún entre los dedos.

Merrit sonreía.

Y Amelia, que llevaba toda la vida sintiendo que nada de lo que hiciera podría salvarla, sintió que algo se le rompía entre las costillas. No era miedo, era algo que no recordaba haber sentido, ni siquiera la noche en que vio arder el almacén de su padre.

¿Rabia?

Dio un paso hacia Ewan y se colocó tan cerca que su hombro rozó la cota de malla del caballero. Él seguía sin mirarla, con los ojos perdidos en algún punto del salón, lejos, muy lejos, en una orilla que solo él podía ver.

—Míreme —le dijo ella en voz baja, casi un susurro.

Ewan tardó en hacerle caso. Cuando lo hizo, Amelia vio en sus ojos aquel lago, aquella tormenta, y supo que, si no hacía algo en ese mismo instante, aquel hombre se iba a quedar en ese lugar para siempre.

No se volvió hacia el salón ni miró a Merrit. Siguió con los ojos clavados en Ewan, solo en Ewan, como si estuvieran solos en el mundo, aunque alzó la voz lo bastante para que la oyeran hasta en el último rincón.

—Este hombre —dijo— llegó a nuestra ciudad hace unos meses para vender su whisky. Eso es lo único que ustedes saben de él. Un conde escocés de bruscos modales a quien no le gusta bailar la cuadrilla y que habla con un acento que a veces no hay quien entienda.

Hubo un murmullo incómodo. Alguien se rio, nervioso, y se calló enseguida.

—Yo sé algunas cosas más. —Amelia no apartó los ojos de los suyos—.

Sé que una madrugada se dejó abrir la ceja defendiendo un barco que no debía importarle lo más mínimo, el barco de mi padre.

Sé que una noche de nieve cruzó media ciudad a pie para decirme algo que yo no supe escuchar.

Y sé que, en todo el tiempo que hace que lo conozco, no le he oído decir una sola palabra cruel sobre nadie.

Ni siquiera sobre mí, que las habría merecido todas.

Ewan también la miraba. Parecía haber abandonado, al fin, aquel lago pernicioso, y algo se movió en el fondo de sus ojos. Algo que regresaba, despacio, desde muy lejos.

—También sé lo de su esposa. —La voz de Amelia se suavizó—.

Me lo contó él mismo, una tarde de lluvia.

Se llamaba Eve. Subió a una barca para llevarle comida a una mujer enferma, y ya no volvió.

Él estaba lejos. Cabalgó dos días sin descanso para salvarla, pero en el fondo de su corazón sabía que no había nada que hacer.

—Tragó saliva—. Nadie habría podido ayudarla.

Y, sin embargo, lleva tres años sin perdonarse por no haber estado allí.

Los invitados mantenían un silencio absoluto. Amelia oyó a alguien sollozar, en tono muy bajo, entre las matriarcas.

—Eso es lo que es este hombre, señoras y señores. Alguien que ha llorado a una muchacha durante años porque la amaba. Alguien que ama así. —Le tembló la voz, pero no la dejó romperse—. Y el señor Merrit acaba de usar la muerte de esa joven para ganar una partida de cartas.

Se volvió entonces, por fin, hacia el cardenal escarlata. Lo miró de arriba abajo con un desprecio tan frío, tan absoluto, que Merrit dio un paso atrás sin darse cuenta.

—Hay cosas que no se pueden hacer, señor Merrit. Ni siquiera en Nueva York.

Un murmullo de aprobación, sordo al principio, recorrió el salón. Después alguien aplaudió. Un solo aplauso, al fondo. Luego otro. Luego varios. No era el aplauso de un teatro, era el de una sociedad que acababa de mirarse en un espejo y a la que no le había gustado lo que había visto.

Merrit alzó una mano. Abrió la boca para contestar. Amelia vio cómo recomponía la sonrisa, cómo tomaba aire, cómo buscaba ya la siguiente frase, el siguiente golpe, la siguiente dentellada.

No dejó que la diera.

Porque en ese momento, mientras sus ojos recorrían el salón buscando a Prudence, a Trix, a cualquiera, se detuvieron en un punto concreto.

Cerca de la puerta principal, apartado de la multitud, junto a una columna, había un caballero disfrazado de dominó gris, con un antifaz de seda negra que le cubría medio rostro.

No llamaba la atención. Nadie se había fijado en él en toda la noche.

Era alto, delgado, con guantes claros. Y tenía las dos manos apoyadas sobre el puño de un bastón.

Un puño redondo de plata.

Amelia lo había dibujado antes en su cuaderno. Exactamente la madrugada en que ardió el almacén de su padre. Lo habría reconocido sin necesidad de verle la cara, como en ese instante.

El corazón le dio un vuelco y, antes de pensarlo, antes de que el miedo tuviera tiempo de alcanzarla, levantó el brazo y lo señaló.

—Ese hombre.

Las cabezas de los invitados se volvieron hacia la columna.

El dominó gris no se movió, pero Amelia vio cómo sus manos se tensaban sobre el puño del bastón.

—Ese hombre —repitió, con la voz clara, firme, sin una sola vacilación— es quien dio la orden de incendiar el almacén de mi padre.

Es quien mandó quemar el Mercy y quizá sea quien se aseguró de que el Providence no volviera a puerto.

—Hizo una pausa—. Lo vi la noche del incendio, apoyado en ese mismo bastón, mirando las llamas sin mover un solo dedo. Y tengo pruebas de lo que he dicho.

No, no las tenía. Un dibujo a lápiz en un cuaderno y la palabra de un Pinkerton herido era con todo lo que contaba. Pero lo dijo con la serenidad de quien no tiene dudas y todos la creyeron, incluso el hombre del bastón de plata, que echó a correr ante la mirada desconcertada de los invitados.

Fue un movimiento brusco, desesperado, que lo delató ante todo el salón más que cualquier indicio.

Dio media vuelta y se lanzó hacia la puerta principal, apartando a empujones a una pastora y a un mosquetero, con el dominó gris ondeando a su espalda como un ala enorme.

La multitud gritó. Alguien cayó al suelo.

Una bandeja de copas estalló contra el parqué.

Alcanzó la puerta, pero no pasó de allí.

Las dos hojas se abrieron antes de que pudiera tocarlas, y en el umbral aparecieron tres hombres con abrigos oscuros y bombín.

Uno de ellos lo agarró por el brazo. Otro le arrebató el bastón de un manotazo.

El tercero lo empujó contra la pared con una eficacia quirúrgica, casi aburrida, y le arrancó el antifaz.

Amelia vio su cara por primera vez. Delgada. Pálida. Con unos ojos claros y fríos que no parpadeaban.

Crane. Así lo había llamado Shaw.

Desde donde estaba, Gabriel se llevó dos dedos a la sien en un saludo silencioso a los recién llegados.

—Agencia Pinkerton —anunció uno de ellos—. Nadie sale de esta casa hasta que llegue la policía. Disculpen las molestias.

Los invitados se volvieron locos.

Fue como si alguien hubiera roto un dique. Voces, gritos, exclamaciones, desmayos. Damas que buscaban a sus maridos. Caballeros que se quitaban las máscaras como si de pronto les quemaran. La orquesta, que no sabía qué hacer, empezó a tocar algo y se detuvo a los tres compases.

Trix se volvió hacia Amelia, incrédula.

—Pero… ¿tenemos pruebas de lo que has dicho? —le susurró—. ¿Desde cuándo?

Su amiga volvió la cara para que nadie leyera sus labios.

—No tenemos nada, pero ese individuo se acaba de delatar.

Trix se quedó con la boca abierta. Después soltó una carcajada que no pudo contener y se tapó la cara con la carpeta.

Merrit no se había movido de donde estaba, aunque Amelia y Trix habían sido arrastradas por la muchedumbre hasta el otro extremo del salón.

De pie junto al atril, miraba hacia la puerta, hacia Crane, y su rostro rubicundo había adquirido un color grisáceo, como el de la ceniza fría. Amelia lo vio tragar saliva. Lo vio mirar el cheque que todavía colgaba de los dedos de Ewan. Lo vio calcular.

Y entonces hizo lo único que le quedaba. Arrojó los pagarés sobre el atril, le arrancó el cheque a Ewan de la mano con un gesto rápido y se lo guardó en la sotana.

—Cobrado, lord Currie —dijo, con una voz que pretendía ser firme—. La deuda de los Rourke queda saldada. Que conste ante testigos.

Se alisó la muceta, enderezó el solideo y bajó de la tarima con la cabeza alta y la espalda recta, despacio, como un verdadero cardenal que abandona el cónclave, en dirección a la escalera interior que llevaba a sus habitaciones privadas.

Los invitados se apartaron a su paso. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevió.

Casi había llegado a la escalera cuando algo se cruzó en su camino.

Un abanico.

Un abanico de varillas de marfil y país de encaje negro, cerrado, extendido horizontalmente a la altura de su pecho como la barrera de un paso a nivel. Al otro lado del abanico, de pie y sin disfraz, estaba la señora Astor.

Merrit se detuvo.

La señora Astor lo miró desde abajo con aquellos ojos oscuros e inmóviles. Muchos de los invitados se habían percatado de aquel movimiento y se habían quedado quietos, pendientes de lo que estaba pasando.

—En Nueva York, señor Merrit —dijo, con una voz que no tenía necesidad de alzarse—, hay tribunales peores que los penales.

Hizo una pausa.

—El mío.

Bajó el abanico. Lo abrió con un chasquido seco, como quien cierra un libro.

—Considérese sentenciado.

Aldous Merrit se quedó allí, inmóvil, con la sotana escarlata y la boca entreabierta, durante un tiempo que pareció eterno.

Después, sin decir nada, rodeó a la señora Astor y subió la escalera hacia sus habitaciones, despacio, solo, como un hombre que sube a un cadalso.

Nadie lo miró. Toda la vieja Nueva York, al unísono, le había dado la espalda.

Y entonces todos se volvieron hacia ella.

Amelia lo sintió como una marea que impactaba contra la roca.

Las miradas, los murmullos, las sonrisas.

La señora Livingston, que se abría paso entre la multitud con las manos tendidas.

Su madre, que lloraba a lágrima viva en brazos de su padre.

Franklin, que la miraba desde la otra esquina con los ojos llenos de algo que ella no había visto en ellos desde hacía meses.

Violet, Trix, Samuel, Sebastian, Elliot, que la rodeaban, que la abrazaban, que le hablaban todos a la vez sin que ella entendiera una sola palabra.

Habían ganado.

La casa y la fortuna de los Rourke estaban a salvo.

Y en medio de todo aquel ruido, Amelia vio a Ewan.

Había bajado de la tarima. Se abría paso entre la multitud hacia ella, despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

Había recuperado el color. Le brillaban los ojos.

Y caminaba hacia ella con la misma determinación con que había cruzado media ciudad bajo la nieve, como si en aquel salón no hubiera nadie más, como si nada pudiera ya detenerlo.

Ewan se llevó la mano al pecho, al bolsillo interior de la túnica. Amelia no sabía qué guardaba allí, pero vio el gesto, vio su cara, y lo supo.

Iba a pedírselo otra vez. Allí. Delante de todos.

Y Amelia sintió que se le cerraba la garganta.

Miró, a lo lejos, el naipe del atril y pensó en todas las personas que se habían acercado a ella en aquellos meses y habían acabado dolidas.

La desgracia aparecerá en tu camino.

Habían vencido a Merrit, pero no a la maldición de la carta.

Ewan estaba a diez pasos. A cinco.

Y Amelia Rourke hizo lo único que nadie en aquel salón esperaba.

Se recogió la falda con las dos manos, dio media vuelta y echó a correr.