Capítulo 44
El reloj no estaba en el salón de baile, pero Amelia estaba segura de que escuchaba el paso de sus manecillas, que se aproximaban peligrosamente a la medianoche.
Todos los asistentes tenían la mirada clavada en ella, como si una decisión suya pudiera inclinar una balanza de un lado al otro.
Clavó la mirada en el manojo de pagarés que esgrimía Aldous. Todo lo que habían hecho aquella noche sus amigos y ella no había servido para nada. Lo único que importaba era la propiedad de la deuda, y esta estaba en manos de Merrit.
Se acercaba la hora y, si antes de que ese maldito reloj, que no era visible desde el salón de baile, diera las doce ella no daba una respuesta, su padre lo perdería todo y solo sería responsabilidad de Amelia.
Abrió la boca, aunque no estaba muy segura de qué debía decir: un simple «sí», un «acepto», quizá el nombre de Chester… y con eso toda aquella pesadilla acabaría de una vez.
Le temblaban los labios y sentía en la garganta el sabor amargo del miedo, el mismo de cuando era solo una niña y Sofronia Perkins le leyó la fortuna.
Pero antes de que pudiera decir nada, alguien se adelantó entre la multitud.
Lo vio por el rabillo del ojo. Una dama que se apartaba, un hombre que dejaba paso y una presencia imponente vestida de caballero de copas.
Era Ewan McGomery, que había dado un paso al frente.
Cruzó el espacio vacío del centro del salón, sin prisa, se detuvo al pie de la tarima y dejó la copa sobre el primer escalón. Después se quitó el antifaz negro y lo dejó caer junto a ella.
No miró a Amelia, sino a Merrit.
—Dígame qué importe alcanzan esos pagarés.
Merrit parpadeó.
—¿Cómo dice?
—El importe. —Ewan no alzó la voz, no le hizo falta. Tenía aquel acento de las Tierras Altas que convertía cada palabra en algo duro, inflexible—. Ya que los ha mostrado en público, me gustaría saber cuánto le debe el señor Rourke.
Hubo un murmullo. Merrit sonrió con desdén.
—Lord Currie, con todo el respeto que merece un par escocés, no creo que esto sea asunto suyo.
—Ochocientos cuarenta y tres mil dólares.
La voz llegó desde un lado de la tarima. Trix había vuelto a abrir la carpeta y tenía el dedo apoyado sobre una línea escrita por ella misma. Amelia comprendió, con un vuelco en el pecho, que aquella carpeta no solo contenía las pruebas contra Merrit, también atesoraba las cuentas de su padre.
—Con los intereses devengados —añadió Trix—, ochocientos cuarenta y tres mil doscientos once dólares. Y unos centavos que, si me lo permite, señor Merrit, no los tendremos en cuenta.
Ewan asintió sin volverse.
—Gracias, condesa.
Se llevó la mano al interior de la túnica, debajo de la cota de malla, y sacó una cartera de piel negra.
La abrió. Dentro había un talonario con el escudo de un banco de Edimburgo grabado en la esquina.
Ewan buscó entre sus prendas una pluma estilográfica, desenroscó el capuchón y, allí mismo, apoyando el talonario sobre la palma de la mano, empezó a escribir.
El salón entero lo miraba como quien observa a un hombre caminar sobre las aguas.
—Lord Currie —lo interrumpió Merrit, y por primera vez en toda la noche su voz sonó tensa—, no sé qué cree que está haciendo, pero esos pagarés son míos. Los compré legalmente. No están en venta.
Él lo miró con una expresión de sorpresa en el rostro.
—No se los estoy comprando, señor Merrit.
Ewan terminó de escribir la cifra en el cheque y lo arrancó del talonario con un solo movimiento limpio, sopló para secar la tinta y lo sostuvo en alto entre dos dedos.
—Lo que estoy haciendo es pagar esas deudas.
—El murmullo estalló—. Esto es un pagaré vencido —continuó Ewan, por encima de los murmullos—, se ejecuta cuando el deudor no paga lo que debe.
Usted mismo lo ha dicho: esos documentos son ejecutables esta misma noche.
Pues bien, con este cheque quedan pagados todos y cada uno de ellos —lo miró a los ojos—.
Y un acreedor como usted, que se niega a cobrar una deuda delante de todos estos testigos —miró alrededor—, quizá no sea alguien que quiera cobrar una deuda, sino quedarse con un patrimonio.
Y estoy seguro de que en esta sala hay más de un abogado que sabría ponerle nombre a alguien que hace algo así.
Un caballero disfrazado de Carlomagno carraspeó. Otro, vestido de turco, asintió despacio. Merrit miró a su alrededor y, por primera vez, Amelia lo vio buscar un aliado entre la multitud y no encontrarlo.
—Ese cheque —dijo Merrit, recobrando la sonrisa— es papel mojado, lord Currie. ¿Cómo sé yo que ese banco escocés suyo tiene ochocientos mil dólares y que le pertenecen?
—No lo sabe, es cierto.
Ewan permaneció sereno, pero a su derecha, entre la multitud, otra persona dio un paso al frente.
Era Sebastian, duque de Ashford, que avanzó hasta colocarse al lado de Ewan, se quitó el sombrero emplumado que requería su disfraz y lo sostuvo contra el pecho.
—Puedo asegurarles a todos que los McGomery poseen ese capital y mucho más —dijo con su acento pausado de aristócrata inglés—. Pero, por si hubiera dudas, yo responderé como aval con todo el patrimonio de la casa Ashford.
Y a la izquierda de Ewan apareció Samuel. Se había quitado el casco de vikingo y llevaba la cabeza descubierta, el pelo revuelto, la barba en desorden. Cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Merrit desde abajo de la tarima de una forma muy poco amigable.
—Y si eso tampoco le convence —dijo, con su voz grave—, añada todo lo que posee el condado de Clancare.
Allí estaban los tres. Un escocés, un inglés y un irlandés, al pie de la tarima, hombro con hombro, como tres naipes de una misma baraja.
Y detrás de ellos, sin que nadie las hubiera llamado, Amelia vio cómo se movían otras figuras.
Violet, que se había levantado del rincón de las matriarcas y caminaba hacia la tarima con la cabeza alta y la gorguera de encaje arropándola.
Trix, a su lado, con la carpeta bien abierta.
Elliot, con Chester todavía colgado del brazo.
Shaw, pálido, apoyado en una columna. Prudence, sin separarse de él, pero atenta a lo que necesitara su señora.
Su gente. Todos ellos.
Amelia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y no hizo nada por impedirlo.
—Los amigos pueden hacer más que todas sus argucias, señor Merrit —dijo Trix, cerrando la carpeta con un golpe seco.
Ewan subió el primer escalón. Después el segundo. Se detuvo frente a Merrit, a un palmo de él, junto al atril donde descansaba el naipe de 1871 en su marco de plata. Le tendió el cheque.
—Ochocientos cuarenta y tres mil doscientos once dólares —dijo en voz baja—. Cójalo.
Merrit no lo hizo.
Se quedó mirando aquel pagaré, con la cara rubicunda ahora manchada de rojo, con la vena de la sien latiéndole bajo el solideo escarlata. Miró a Ewan. Miró a la multitud. La señora Astor lo observaba desde su butaca sin parpadear, y Amelia vio en sus ojos algo impensable en un hombre como él.
Miedo.
Duró apenas un instante. Después lo sustituyó por una sonrisa fría, oscura. La mirada de un animal acorralado que sabe que ha perdido y que, antes de caer, va a buscar la garganta del cazador.
Merrit sonrió.
Se limitó a inclinarse un poco hacia Ewan, como quien va a confiarle un secreto, pero habló en voz alta para que lo oyera todo el salón.
—Qué conmovedor —dijo—. Y qué noble. El conde escocés que llega a caballo a salvar a la doncella maldita.
—Se volvió hacia la multitud, con los brazos abiertos—.
Pero díganme, amigos míos. Ustedes, que son gente sensata.
¿Le confiarían la vida de su hija a este hombre?
—Ewan no se movió de donde estaba—. Porque yo también he hecho mis averiguaciones, lord Currie, y sé que usted tenía una esposa.
Una muchacha joven que una tarde, mientras usted estaba en Edimburgo ocupándose de sus negocios, se subió a una barca en mitad de un lago.
Amelia sintió que el suelo de la tarima se hundía bajo sus pies.
—No, por favor —murmuró, pero nadie la oyó.
Merrit se inclinó un poco más hacia Ewan. Lo miró a los ojos y lanzó la última dentellada, la más sucia, con la sonrisa de un hombre que firma una sentencia de muerte.
—¿Y va a salvar a la señorita Rourke el hombre que dejó morir ahogada a su propia esposa?
El salón entero contuvo el aliento.
Los invitados dejaron de respirar al mismo tiempo. Nadie se movió. Nadie habló. El reloj siguió con su tictac, implacable, solitario.
Y Amelia, a un paso de él, vio cómo Ewan McGomery palidecía. No era de rabia ni de vergüenza. Vio cómo se le iba la sangre del rostro, cómo se le entreabrían los labios, cómo la mano que sostenía el cheque bajaba despacio, como si de pronto pesara toneladas.
Como si aquel lago funesto acabara de derramarse en aquel salón.