Capítulo 43
Trix subió a la tarima como quien sube al estrado de un tribunal.
No miró a Merrit ni a nadie. Se colocó junto a Amelia, al lado del atril, y extendió la carpeta abierta sobre el antebrazo. Dentro había varios documentos: copias de escrituras, cartas, listas de nombres y de cifras escritas con su letra pequeña y apretada.
—Buenas noches —dijo, con una voz clara que no admitía interrupciones—. Soy la condesa de Clancare, aunque la mayoría de ustedes me conocieron como Beatrix Sinclair. Y les ruego que me disculpen, porque lo que voy a decir es bastante aburrido, aunque les prometo que al final tiene gracia.
Hubo un murmullo de desconcierto. Alguien se rio, nervioso.
Merrit dio un paso hacia ella con la sonrisa todavía encasquetada, como un anfitrión que intenta reconducir una velada que se le escapa de las manos.
—Mi querida condesa, no creo que este sea el momento…
—Oh, yo creo que sí, eminencia. —Trix ni siquiera se volvió hacia él—. La señorita Rourke acaba de decir que su maldición se puede construir y se me ha ocurrido contarles de qué manera se puede hacer.
A Merrit no le quedó más remedio que dar un paso atrás mientras Trix sacaba de la carpeta el primer documento.
—Hace dieciocho meses, cuando la familia Rourke empezó a levantar su casa en el extremo norte de la Quinta Avenida, aquello era un barrizal.
Peñascos, cabras, chabolas. Nadie quería esos terrenos porque valían poco más que nada.
—Alzó la vista hacia la multitud—. Desde entonces, en las doce manzanas que rodean la casa Rourke, se han vendido cuarenta y tres solares a seis compradores distintos.
Una risa breve, incrédula, en algún lugar del salón.
—Seis compradores y seis notarios diferentes.
Normal, ¿verdad? Lo que es más extraordinario es que todas esas escrituras, una vez inscritas en el registro, fueran devueltas a una misma dirección.
—Trix levantó una hoja copiada con la letra firme de Ewan—.
El número 38 de Wall Street. ¿Les suena?
Pues yo se lo aclaro. Es el despacho del señor Aldous Merrit.
El murmullo creció. Las máscaras se volvieron hacia el cardenal, aunque Merrit sonrió con indulgencia.
—Comprar terrenos no es delito, querida.
—En absoluto. —Trix asintió con calma—. Es lo que hace la mitad de Wall Street. Pero permítame una pregunta, señor Merrit. ¿A quién se los compró usted?
No lo dejó responder porque sacó otro documento y lo desplegó despacio.
—Señor Van Rensselaer. —Se volvió hacia un caballero alto, disfrazado de dux veneciano, que estaba cerca de la columna—. En marzo de este año, usted vendió su solar de la calle Setenta y dos a la Compañía de Mejoras de Ashgrove por menos de la mitad de lo que había pagado. ¿Recuerda por qué?
El dux veneciano se quitó la máscara. Estaba rojo hasta las orejas.
—Me dijeron… —carraspeó—. Me dijeron que la manzana estaba gafada. Que los Rourke traían mala suerte y que los terrenos de alrededor valdrían menos que nada en diez años.
—¿Quién se lo dijo?
El caballero no contestó. No hizo falta. Miró hacia la tarima.
—Señora Beekman —continuó Trix sin piedad, pasando a otro nombre—.
Usted vendió dos solares en abril al Fideicomiso Carnegie Hill.
Señor Hollister, usted, uno en mayo, a la Sociedad de Terrenos del Norte.
Señor Grinnell… —Fue recitando nombres, fechas, cifras.
Uno tras otro. Y, con cada uno de ellos, alguien en el salón palidecía, o se quitaba la máscara, o miraba a su vecino con la boca desencajada—.
Todos ustedes vendieron barato y lo hicieron porque habían oído que lo que tocaban los Rourke nunca llegaba a buen puerto, pues su hija traía la desgracia.
—Carraspeó—. Pues deben saber que, sin sospecharlo, se lo estaban vendiendo al mismo hombre.
Cerró la carpeta.
—No me ha hecho falta ninguna adivina para descubrir esta artimaña. La maldición de la señorita Rourke no ha hundido los precios de la Quinta Avenida. Los ha hundido un rumor, y el que lo hizo correr es el mismo que compró a precio de saldo lo que ustedes vendieron azuzados por el miedo.
Esta vez el murmullo fue un rugido. Amelia vio a un hombre disfrazado de mosquetero arrancarse el sombrero de plumas y tirarlo al suelo. Vio a dos damas de la corte de Luis XIV cuchichear tapándose con los abanicos y al señor Van Rensselaer, el dux, apretar los puños.
Merrit no había dejado de sonreír, pero en su sien derecha, bajo el solideo rojo, latía una vena que cada vez era más gruesa.
—Mi querida condesa —dijo, alzando las manos con paciencia—, todo eso son especulaciones. Usted ha encontrado unas escrituras y ha montado un cuento. Muy ingenioso, se lo concedo, pero ningún juez de esta ciudad…
—No es un cuento, señor Merrit.
La voz llegó desde la puerta del salón.
Todas las cabezas se giraron.
Gabriel Shaw estaba en el umbral, sin disfraz, sin antifaz, con un abrigo oscuro abotonado hasta el cuello y la cara pálida como el papel.
Se apoyaba en el marco con una mano, y Amelia, que sabía lo que había debajo de aquel abrigo, vio que le costaba mantenerse erguido.
Llevaba bajo el brazo un legajo grueso, atado con una cinta negra.
Detrás de él, discreta, con su vestido de lana parda, estaba Prudence.
Merrit lo vio y durante un instante su cara se iluminó de alivio. Amelia notó cómo relajaba los hombros, como quien ve llegar a un aliado en mitad de una batalla.
—¡Shaw! —exclamó—. Por fin. Señores, este caballero trabaja para mí. Él podrá confirmarles que…
—En efecto, trabajo para el señor Merrit desde hace un año. —Shaw avanzó despacio entre la multitud, que se apartaba a su paso, hasta el pie de la tarima—. Me paga escrupulosamente con un único objetivo: que espíe a la familia Rourke y le cuente todo lo que veo.
Se hizo un silencio de muerte.
Shaw metió la mano en el bolsillo interior del abrigo, con una mueca de dolor, y sacó una pequeña cartera de piel gastada. La abrió y la sostuvo en alto para que todos pudieran verla. Desde donde estaba, Amelia distinguió una credencial.
—También trabajo para la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton. —Se volvió hacia el salón—. Y de eso, el señor Merrit no estaba enterado.
El salón estalló en murmullos.
Era como si alguien hubiera abierto una ventana en mitad de una tormenta. Voces, exclamaciones, abanicos que caían al suelo. Una dama disfrazada de pastora se desmayó con mucha teatralidad en brazos de un turco. Alguien gritó «¡Un Pinkerton!» como si hubiera visto entrar al diablo.
Merrit se había quedado inmóvil. La sonrisa seguía allí, pero ya no se movía. Estaba congelada en su cara rubicunda como una máscara de cera.
Shaw subió a la tarima con esfuerzo y dejó el legajo atado sobre el atril, junto al marco del naipe.
—Un año de trabajo —dijo, desatando la cinta negra—.
Fechas, lugares, nombres. Cada reunión con el señor Merrit, cada pago, cada instrucción.
Aquí está el nombre de uno de sus ayudantes más inquietantes, el señor Crane, que estuvo en el almacén número cuatro la noche del incendio y en el muelle seis la madrugada en que alguien intentó quemar el Mercy .
Aquí está la carta de recomendación con la que un tal Pembroke consiguió el puesto de primer mayordomo en casa de los Rourke, escrita, como la agencia ha podido comprobar, por la misma mano que lleva la correspondencia privada del señor Merrit.
—Levantó la vista—. Ese mayordomo fue quien dejó sobre la bandeja de plata de la casa Rourke, la noche de su inauguración, el primero de los naipes que han estado atormentando a la señorita.
Amelia sintió que su madre, entre los invitados, se agarraba al brazo de su padre.
—Y aquí —continuó Shaw, sacando del legajo unos pliegos arrugados, uno de ellos con una huella de bota y el otro con una mancha de tinta— está la declaración jurada de una mujer llamada Sofronia Perkins.
Ya han hablado de ella, aunque ustedes la conocen como la adivina que le echó las cartas a la señorita Rourke en 1871.
La misma a la que el señor Merrit compró hace tres años por doscientos dólares en oro.
Tendió los pliegos hacia el salón.
Nadie los cogió al principio. Después, un caballero de la primera fila, vestido de Carlomagno, alargó una mano y los tomó.
Los leyó en silencio y se los pasó a la dama que tenía al lado.
La mujer hizo lo mismo y así la declaración de la adivina recorrió todo el salón, dejando tras de sí un rastro de rostros pálidos, de bocas abiertas, de miradas que se volvían, una tras otra, hacia el cardenal de la tarima.
Amelia siguió su recorrido con la mirada. Los vio llegar al rincón de las matriarcas. Los vio pasar a manos de la señora Livingston, que los leyó con los labios apretados. Y los vio llegar, por último, a manos de la señora Astor.
La dama los desgranó despacio, sin un parpadeo. En aquellos pliegos estaba también su nombre y Amelia lo sabía. Merrit acababa de poner su reputación en juego y eso le iba a costar caro.
Cuando terminó, la señora Astor dobló los pliegos con cuidado, se los devolvió a la señora Livingston y levantó la vista hacia la tarima, hacia Merrit. No dijo nada, solo lo miró, y Amelia vio cómo el cardenal, por primera vez en toda la noche, bajaba los ojos.
—Todo esto —dijo Merrit al fin, y su voz había perdido parte de su seguridad— es la palabra de un espía a sueldo y de una vieja borracha de Five Points. ¿De verdad van a creerles a ellos antes que a mí? ¿A mí?
Fue entonces cuando se abrieron las puertas de la sala de juego y Elliot entró en el salón de baile vestido de Mefistófeles, con los cuernos torcidos y el pelo revuelto, sosteniendo del brazo a un pirata que apenas se tenía en pie.
Chester Merrit llevaba el parche del ojo colgando del cuello, la camisa desabrochada, la cara roja y húmeda y una botella de whisky medio vacía en la mano libre. Avanzaba dando tumbos, apoyado en el hombro de Elliot como un náufrago en un madero.
La multitud se apartó para dejarlos pasar.
—Perdón, perdón —iba diciendo Elliot con su sonrisa más encantadora—. Disculpen. Paso, por favor. El señor Merrit hijo tiene algo que decir y me temo que, si espera mucho más, perderá la conciencia.
—¡Chester! —La voz de Merrit restalló como un látigo—. Vete a tu cuarto. Ahora mismo.
Chester se detuvo al pie de la tarima. Miró a su padre y, por primera vez desde que Amelia lo conocía, en sus ojos acuosos de niño grande había determinación.
—No —dijo, y el salón contuvo el aliento—.
Has dicho que soy una persona generosa delante de todos y me ha sorprendido, porque nunca en tu vida me habías dicho nada agradable, padre.
Ni una sola vez. Sí he escuchado de tus labios palabras como inútil, idiota, blando, borracho.
Y esta noche, cuando por fin parece que estás orgulloso de mí, resulta que es para casarme con una chica que no me quiere y quedarte con todo lo que tiene su padre.
El rostro de Aldous estaba encendido, furioso.
—Estás borracho.
—Claro que estoy borracho. —Chester soltó una carcajada alcohólica—. Es la única manera de aguantarte.
Se volvió hacia la multitud. Buscó a Amelia con la mirada. La encontró en la tarima, junto al atril, y algo parecido a una disculpa le cruzó el rostro.
—Lo siento, señorita Rourke. Tú siempre fuiste amable conmigo y no te lo merecías.
—Después levantó la botella hacia el salón, como quien brinda—.
¿Quieren saber algo divertido, damas y caballeros?
Mi padre sabía lo que iba a ocurrir en el muelle seis.
Ya saben, el intento de incendiar el barco de los Rourke.
El Mercy . Se le escapó en una cena familiar una semana antes.
El silencio que siguió fue el más largo de toda la noche.
Amelia miró a Merrit. Todos lo miraban como a un acusado.
Y entonces Aldous Merrit empezó a aplaudir.
Despacio, muy despacio. Un aplauso seco, solitario, que resonó en aquel silencio como los golpes de un martillo en un ataúd.
—Bravo —dijo—. Bravísimo. Una función magnífica. La señorita Rourke debería dedicarse al teatro, como su adivina.
Dejó de aplaudir y se volvió hacia el salón con la sonrisa recompuesta, generosa, la de siempre. Solo que ahora tenía los ojos de un tiburón.
—Papeles —dijo, señalando la carpeta de Trix—. Rumores. —Señaló el legajo de Shaw—. Y el berrinche de un hijo borracho.
Señaló a Chester, que se echó a llorar.
—Nada de esto se sostendría ante un juez durante más de cinco minutos, y todos ustedes lo saben.
Los terrenos se compran y se venden. Los espías mienten.
Las adivinas de Five Points firman lo que les pongan delante por un plato de sopa.
Y los hijos… —Le dedicó a Chester una mirada de desprecio infinito—. Los hijos decepcionan.
Se llevó la mano al interior de la sotana. Amelia sintió que el corazón se le detenía.
Merrit sacó un legajo de papeles gruesos y atados con una cinta de seda verde. Amelia lo reconoció al instante. Lo había visto una tarde, desde el pasillo, por la rendija de la puerta del despacho de su padre.
Merrit lo alzó por encima de su cabeza, para que todo el salón pudiera verlo.
—Pero esto, amigos míos, es la única verdad.
—Desató la cinta con un solo gesto—. Los pagarés de la familia Rourke.
Están todos y se han comprado legalmente a los bancos de esta ciudad.
La naviera, las acerías, los terrenos, la casa de la Quinta Avenida.
—Los abrió en abanico—. Ejecutables esta noche.
Abajo, entre la multitud, Franklin Rourke se tambaleó y Dorothea ahogó un grito.
Merrit sonrió, al fin satisfecho. Miró el reloj de pared que había al fondo del salón, sobre la puerta. Las doce menos cinco.
—Salvo, naturalmente —dijo con suavidad—, que cierto compromiso se anuncie a medianoche, como estaba previsto, y nos dejemos de tonterías.
Y todas aquellas máscaras se giraron hacia Amelia.