La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 42
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Capítulo 42

Decenas de máscaras se habían vuelto hacia el atril, y en el salón de baile de los Merrit, bajo las arañas de cristal y el techo pintado con nubes, se hizo un silencio tan profundo que Amelia oyó el chisporroteo de las velas sobre su cabeza.

Aldous Merrit esperó, con las manos cruzadas sobre la cruz de oro del pecho y la sonrisa beatífica de un cardenal que va a impartir una bendición, a que el silencio se volviera insoportable. Solo entonces empezó a hablar.

Algunas cabezas se volvieron, discretamente, hacia el rincón de las matriarcas. La señora Astor no había movido una sola pestaña.

—Pero cuatro niñas se colaron en la tienda.

—Merrit sonrió con indulgencia—. Ya saben cómo son los niños.

Cuatro pequeñas de buena familia, con lazos de seda y vestidos blancos.

Y la pitonisa, por cinco dólares, les echó la buenaventura —hizo una pausa y miró alrededor—.

A la primera le salió el as de copas. A la segunda, el as de oros.

A la tercera, el tres de bastos. Cartas bonitas. Cartas de amor, de fortuna, de éxito.

Se volvió hacia el atril. Apoyó la punta de un dedo enjoyado sobre el cristal del marco, justo encima del naipe.

—Y a la cuarta, el diez de espadas.

Un murmullo recorrió el salón.

—La carta más temida de toda la baraja, amigos míos.

La ruina, la traición, el desamor. Me cuentan que la adivina, que había visto de todo en su vida, se puso pálida como la muerte.

Que le dijo a aquella niña que la desgracia la perseguiría siempre.

Que el amor jamás llamaría a su puerta. —Suspiró, con un pesar exquisito—.

Y la niña, pobrecita, salió de aquella tienda llorando.

Amelia sintió que su madre se volvía hacia ella muy despacio.

Notó en el brazo los dedos de Dorothea, crispados, temblorosos.

Su madre no lo sabía. Nunca se lo había contado.

Doce años guardando aquel secreto, y su madre se estaba enterando entonces, delante de todo Nueva York, de boca de un hombre disfrazado de cardenal.

—Esta carta —continuó Merrit, tamborileando sobre el cristal— puede ser la original, o quizá no, pero es la misma que salió aquella tarde. Me costó mucho encontrarla, se lo aseguro, pero me pareció que merecía la pena ser enseñada aquí y ahora porque, amigos míos, aquella profecía se ha cumplido.

Y empezó a enumerar, como si se tratara de un gran maestro de ceremonias.

Contó lo de un almacén en llamas, lo de un barco desaparecido en el Atlántico, lo de un contrato importante revocado unilateralmente.

Habló de socios que huían, de bancos que cerraban sus puertas y de una familia, la familia de su queridísimo amigo Franklin, hundiéndose según pasaban las semanas, como un barco con una vía de agua.

—Y todo —concluyó, abriendo las manos— desde que se cumplió el destino de las otras tres muchachas y esta maldición comenzó a extenderse.

Nadie respiraba; su forma de contarlo era subyugante, casi hipnótica.

—Algunos dirán que es superstición. Yo mismo lo dije, se lo aseguro. —Merrit sonrió con humildad—. Pero ustedes son gente sensata. Han visto lo que ha pasado y por eso ningún caballero de esta ciudad se ha atrevido a sacarla a bailar en toda la temporada.

Hizo una pausa más larga. Buscó a Amelia entre la multitud hasta encontrarla y su sonrisa se volvió tierna, casi paternal.

—Y, sin embargo, esta noche, amigos míos, voy a anunciarles algo que les demostrará que todavía existe la bondad en este mundo.

Porque hay un joven en esta casa, un joven de corazón generoso, que ha decidido ignorar todas las supersticiones.

Que ha decidido tender la mano a esa pobre muchacha a la que nadie quiere tocar.

—Su voz se quebró con una emoción perfectamente ensayada—. Mi propio hijo Chester.

Las máscaras se volvieron hacia Amelia, todas a la vez, como girasoles hacia un sol negro.

Y Amelia comprendió, sin esperarlo, que Aldous Merrit no iba a anunciar un compromiso, sino una limosna.

Acababa de contar a todo Nueva York que la hija de los Rourke era una apestada, una criatura maldita a la que solo la caridad infinita de los Merrit podía rescatar.

Iba a casarla con su hijo delante de la mejor sociedad que, a partir de esa noche, la miraría para siempre como a una mendiga recogida en la puerta de una iglesia.

Después, cuando Aldous se quedara con todo lo que les había pertenecido, con todo lo que el duro trabajo de su padre habría logrado, nadie sospecharía.

Todos lo darían por bienvenido. Porque un hombre que recoge a una desgraciada merece las bondades que le regale la vida.

Aquella era la última pieza de una jugada maestra: su humillación, y con ella la rueda de la fortuna habría dado la vuelta completa.

Amelia miró a su alrededor. Vio a su madre, con el pañuelo de encaje caído en el suelo y la boca apretada.

Vio a su padre, con el rostro gris, deshecho, dando un paso hacia ella como si pudiera salvarla de aquella humillación con su cuerpo.

Vio, al fondo, a Chester con su parche de pirata, borracho, sin entender nada.

Vio a Trix junto a su columna, inmóvil, con los ojos clavados en ella.

Vio a Samuel con la cartera de piel bajo el brazo.

Y vio a Ewan.

Se había apartado de la columna. Había dado unos pasos hacia la tarima, con la cara blanca de rabia bajo el antifaz negro, con la copa dorada de su disfraz todavía en la mano. Iba a intervenir. Iba a cruzar aquel salón y a hacer algo irremediable delante de toda la ciudad.

Amelia lo miró. Solo lo miró y él se detuvo.

No está obligada a nada, señorita.

La voz de Prudence. La víspera, en la puerta de su dormitorio.

Amelia soltó suavemente el brazo de su madre y dio un paso al frente.

Lo hizo sin pensarlo, y el roce de la seda azul sobre el parqué resonó en aquel silencio como un trueno.

Las máscaras más cercanas se apartaron. Dio otro paso.

Y otro. La multitud se abría ante ella, sin que nadie se lo pidiera, y Amelia caminó por aquel pasillo de terciopelo, de plumas y de miradas hasta el centro exacto del salón, bajo la araña principal, a diez pasos de la tarima.

Se detuvo, levantó una mano y se quitó el antifaz.

Un murmullo, más fuerte que todos los anteriores, recorrió el salón. Amelia dejó caer la pieza dorada al suelo y se quedó allí, con la cara descubierta, sola en mitad del salón más rico de Nueva York, mirando a Aldous Merrit a los ojos.

—Sí —dijo. No alzó la voz; no le hizo falta. Aquel silencio llevaba sus palabras hasta el último rincón—. Yo soy la niña del diez de espadas.

Merrit parpadeó. Fue apenas un instante, una vacilación microscópica en la sonrisa del cardenal. Pero Amelia la vio. Y supo que no había previsto que ella se atreviera a hacer algo así.

—El señor Merrit cuenta muy bien las historias —continuó, y se volvió despacio hacia la multitud—. Pero se ha dejado algunos detalles. Permítanme completarla. Al fin y al cabo, es mi historia.

Nadie se movió. Nadie respiró. Amelia sintió que algo cambiaba en el aire del salón, como cambia la presión atmosférica antes de una tormenta.

—Es verdad que tenía doce años y es verdad que me colé en aquella tienda con tres amigas, aunque nos lo habían prohibido. —Sonrió—. Nunca he sido una niña muy obediente. Pregúntenle a mi madre.

Hubo alguna sonrisa, que se borró de inmediato.

—También es verdad que ese naipe es el que me predijo la suerte y que la anciana adivina se asustó. Nos lo dijo ella misma con un acento francés espantoso. —Otra risa, esta vez más de una—. Y es cierto que salí de allí llorando. Lloré tanto que creía que nunca más podría parar de hacerlo.

Dio unos pasos, lentos, alrededor del espacio vacío que la multitud había dejado a su alrededor. Las máscaras la seguían con la mirada. Ya no había lástima en aquellos ojos. Había curiosidad. Asombro. Fascinación.

—Durante doce años he vivido con ese presagio a mis espaldas, señoras y señores.

Demasiado tiempo. Podría afirmar que he crecido sabiendo que estaba condenada.

¿Y saben lo que aprendí? —Se detuvo y los miró a todos—.

Que saberse condenada tiene ciertas ventajas.

Una no teme las malas noticias, porque ya las espera.

No envidia la felicidad ajena, porque sabe que no es para ella.

Y aprende a sonreír, aunque le duela, que es la habilidad más útil que se puede tener en los salones de esta ciudad.

Esta vez, las risas fueron muchas. Nerviosas, sorprendidas, pero sinceras. En el rincón de las matriarcas, la señora Livingston se tapaba la boca con el abanico. Violet, a su lado, sonreía sin disimulo.

—Muchos de ustedes se han cruzado de acera cuando me han visto venir.

—Amelia lo dijo sin rencor, casi con ternura—.

Lo sé. Les he visto hacerlo. Han apartado a sus hijas de mi compañía, me han llamado maldita en sus salones, en sus palcos, en sus clubes, y yo les he sonreído a todos.

¿Y saben por qué? Porque tenían razón en algo.

Se volvió hacia la tarima, hacia el cardenal escarlata, y subió el primer escalón, luego el segundo. Merrit no se movió. La miraba con la sonrisa congelada, como un hombre que de repente no sabe si está en su propia fiesta. Amelia se detuvo frente al atril, a un palmo de él, y miró la carta.

Doce años. Doce años de miedo encerrados en un trozo de cartón.

Después levantó los ojos hacia Merrit y le sonrió. Fue una sonrisa serena, dulce, perfectamente compuesta. La misma sonrisa de adorno con la que había devuelto todos los golpes de su vida. Solo que esta vez ya no le dolía.

Nadie domina tan bien un salón como aquellos que ya no tienen nada que perder.

Se volvió de nuevo hacia el público. Todos la miraban sin pestañear. La orquesta, en la tarima, había olvidado que tenía instrumentos. Los criados de librea azul se habían quedado inmóviles con las bandejas en alto. Hasta el fuego de las velas parecía haberse detenido.

—¿Y saben qué es lo más curioso de mi maldición, amigos míos?

Esperó. Dejó que el silencio creciera, como había hecho Merrit. Aprendía rápido.

—Que se puede construir.

Y tendió la mano hacia Trix.

Al pie de la columna, Juana de Arco ya se había puesto en marcha. Avanzó entre la multitud con la espada de cartón dorado en una mano y, en la otra, una carpeta de piel que Samuel acababa de tenderle, y mientras caminaba hacia la tarima, ante los ojos de toda la vieja Nueva York, la abrió.