Capítulo 41
La mansión de los Merrit, en la calle Catorce, estaba tan iluminada que en la oscuridad de Manhattan parecía un barco en medio del océano.
Desde el carruaje, Amelia la vio aparecer al doblar la esquina.
Todas las ventanas estaban iluminadas y había antorchas a ambos lados de la escalinata de entrada, junto con un toldo de lona a rayas tendido desde la puerta hasta el bordillo para que ninguna dama manchara de nieve sus zapatos.
La cola de coches de caballo se extendía calle abajo hasta perderse en la oscuridad de la Sexta Avenida, y el ambiente no podía ser más festivo.
Lacayos con peluca empolvada y librea azul con galones dorados abrían portezuelas, desplegaban estribos y recogían abrigos y sombreros. Desde el interior llegaba la música de una orquesta, amortiguada por los muros, y el rumor de cientos de voces hablando a la vez.
La fiesta del año.
—Respira, querida —le dijo su madre, apretándole la mano—. Estás pálida y nunca te ha sentado bien esa palidez.
Ella intentó sonreír.
—Todo va a ir bien, ya lo verás.
Dorothea no contestó. Iba disfrazada de María Antonieta, con una peluca blanca altísima y un vestido de raso en color rosa con tantos lazos que había tenido que sentarse de lado en el carruaje.
Su padre, frente a ellas, llevaba un sencillo dominó negro y un antifaz que se había quitado y vuelto a poner cuatro veces desde que salieron de casa.
No había dicho una palabra en todo el trayecto.
Solo miraba a su hija con aquellos ojos que, desde la tarde de Merrit, no habían dejado de pedirle perdón.
Amelia le sonrió. Era lo único que podía ofrecerle en aquel momento.
Aquella tarde, mientras madame Fontaine le colocaba la rueda de plata en el recogido, Prudence se le había acercado con la supuesta intención de ajustarle una horquilla, y en un susurro le había dicho que la señora Perkins había firmado al fin la confesión y que estaba lejos de Manhattan, sana y salva.
Amelia se llevó una mano al pecho y disimuló su agradecimiento para que su madre, que no perdía detalle, no se diera cuenta. No estaba muy segura de qué pensaban hacer sus amigos con aquella firma, pero confiaba en ellos.
Aun así, había tomado su decisión y no quería que nadie se la pusiera en duda en el último momento.
El carruaje se detuvo. Un lacayo abrió la portezuela.
Amelia se ajustó el antifaz de raso dorado, tomó aire y descendió de la carroza.
*****
El murmullo empezó en la escalinata y Amelia lo oyó antes de llegar al vestíbulo.
Era un rumor que corría de máscara en máscara, de abanico en abanico, a medida que los Rourke subían los escalones.
Cabezas que se volvían, codos que buscaban otros codos; incluso una dama disfrazada de Cleopatra se inclinó hacia un caballero vestido de Enrique VIII y le susurró descaradamente algo al oído, mirándola.
Amelia continuó el ascenso con la barbilla en alto.
El salón de baile de los Merrit ocupaba parte de la planta principal de la casa.
Era enorme, más grande que el de los Astor, según decían, con un techo pintado de nubes y dioses mitológicos, varias arañas de cristal que derramaban sobre la multitud una luz dorada de miles de velas y paredes forradas de espejos que multiplicaban la mascarada hasta el infinito.
Al fondo, sobre una tarima cubierta de flores blancas, la orquesta tocaba un vals de Strauss.
En el centro, la alta sociedad de Nueva York bailaba, bebía, reía y se reconfortaba a sí misma a través de los agujeros de seda de sus antifaces.
Allí estaba toda la vieja ciudad. Los Van Rensselaer, los Livingston, los Schermerhorn, los Beekman. Todos aquellos que durante las últimas semanas se habían cambiado de acera para no saludar a Dorothea Rourke.
Los disfraces eran de lo más variado: reyes, reinas, pastoras, mosqueteros, turcos, arlequines, la corte de Luis XIV casi al completo. Y por todas partes, de pie junto a las columnas, se apostaban los criados de librea azul con bandejas de plata cargadas de copas de champán.
—Ahí están —murmuró su madre.
Amelia siguió su mirada.
Los vio entrar casi al mismo tiempo, por la puerta del fondo, y se dio cuenta de cuánto había echado de menos a sus amigas.
Elliot iba disfrazado de Mefistófeles, de rojo y negro de pies a cabeza, y con unos cuernos pequeños asomando entre el pelo rubio.
Le hizo a Amelia una reverencia exagerada desde la otra punta del salón, le guiñó un ojo y, sin detenerse siquiera a coger una copa, se dirigió en línea recta hacia las puertas que daban a la sala de juego, donde a esas horas, según toda la ciudad sabía, Chester Merrit ya llevaba un buen rato perdiendo al whist y bebiendo whisky .
Violet apareció del brazo de Sebastian. Ella iba de Isabel I de Inglaterra, con gorguera de encaje y un vestido de terciopelo verde tachonado de perlas; él, de cortesano isabelino, con una espada al cinto que, sospechó Amelia, no era del todo decorativa.
Violet saludó a Amelia con un gesto de la cabeza y se encaminó sin vacilar hacia el rincón de las butacas donde se sentaban las grandes damas de la ciudad, las viudas, las matriarcas, las que decidían quién existía al día siguiente en los salones de Nueva York.
En menos de un minuto estaba sentada entre ellas, riéndose de algún comentario, abanicándose, con la mano de la señora Livingston entre las suyas.
La retaguardia, pensó Amelia, estaba asegurada.
Y en el centro de aquel corro, sin antifaz, sin disfraz alguno, vestida de seda negra con el mismo collar de diamantes de la tarde en que fue a tomar el té con ella, sentada muy erguida como un ídolo antiguo, estaba la señora Astor.
Nadie recordaba haberla visto nunca en casa de los Merrit.
Media Nueva York se preguntaba qué hacía allí.
Amelia, que creía saberlo, no se atrevió a sostenerle la mirada.
Trix no se movió.
Había entrado con Samuel, ella vestida de Juana de Arco, con una cota de malla de lentejuelas plateadas y una espada de cartón dorado; él, de vikingo, con un casco de cuernos que le daba el aspecto de un oso.
Samuel llevaba bajo el brazo una cartera de piel que no tenía nada que ver con su disfraz.
Trix se había quedado de pie junto a una columna, cerca de la tarima, con una copa en la mano que no se había llevado a los labios, y desde allí lo vigilaba todo.
La orquesta, las puertas, a los criados… a Merrit, cada vez que pasaba.
También a Amelia. Sobre todo, a Amelia.
Sus ojos se cruzaron un instante por encima de las máscaras. Trix no sonrió. Le hizo un gesto casi imperceptible con la barbilla, el mismo que le hacía de niña en el colegio cuando estaba a punto de hacer una travesura y necesitaba que alguien vigilara la puerta.
«Estamos aquí. Pase lo que pase».
Amelia apartó la vista. Le temblaban las manos y se las escondió entre los pliegues de la falda.
*****
Lo vio aparecer cuando ya quedaba poco para la medianoche.
No supo por qué, pero miró hacia la puerta en ese preciso instante. Quizá porque la orquesta acababa de terminar una polca y en el silencio breve que siguió se oyó al mayordomo anunciar un nombre que no llegó a entender. Quizá porque llevaba toda la noche buscándolo sin admitirlo.
Alto, inmóvil en el umbral, con un antifaz negro que no impedía identificarlo, porque no había en todo Nueva York un hombre que se plantara así, con los hombros cuadrados y las manos a la espalda, como si el salón fuera una colina y él estuviera decidiendo por dónde subirla.
Iba vestido de caballero, pero no de un caballero cualquiera.
Llevaba una túnica de terciopelo azul oscuro bajo una cota de malla, una capa corta con bordados de oro y, en la mano izquierda, apoyada contra el pecho, una copa de metal dorado.
Amelia tardó un segundo en reconocerlo. Después se le cortó la respiración.
El caballero de copas.
Un naipe. Había venido disfrazado de naipe. Hizo memoria y recordó que esa carta era la que traía las propuestas, los mensajes de amor, las promesas que llegan a caballo.
Él la encontró enseguida. Amelia lo supo porque vio el instante exacto en que sus ojos se detuvieron en ella, en el azul de medianoche, en las estrellas de oro, en la rueda de plata sobre su pelo.
Lo vio contener el aliento y tragar saliva.
Y durante un instante brevísimo Amelia dudó de todo, el salón desapareció, y no hubo arañas, ni orquesta, ni decenas de máscaras que la miraban con aprensión.
Solo había un hombre y una mujer en mitad de un salón, mirándose a través de dos antifaces.
Ewan no se acercó.
Bajó los escalones de la entrada, saludó al anfitrión con una inclinación tan breve que rozaba la descortesía, tomó una copa de champán de una bandeja y fue a apoyarse en una columna en el extremo opuesto del salón, lejos de ella, a una distancia prudente, cortés, intachable.
Pero cada vez que Amelia levantaba la mirada, se cruzaba con sus ojos.
—¿Ese es lord Currie? —susurró Dorothea a su lado—. ¿Qué hace aquí? ¿Y de qué demonios va disfrazado?
—Supongo que de caballero.
—¿Con una copa dorada en la mano?
Amelia no contestó, pero se llevó el champán a los labios para que su madre no viera que le temblaban la boca.
*****
Aldous Merrit era el anfitrión perfecto.
Los invitados lo veían cruzar el salón de un extremo a otro, saludar, reír, palmear espaldas, besar manos y repartir cumplidos como quien reparte monedas a los pobres a la salida de misa.
Se había disfrazado del cardenal Richelieu.
Llevaba la púrpura de pies a cabeza: la sotana escarlata, la muceta, el solideo rojo sobre el cabello canoso, una cruz de oro sobre el pecho y, en el meñique, el anillo de sello que ahora Amelia ya no podía mirar sin ver una flor de lis con una mella en el borde.
Se había dejado crecer una perilla blanca para la ocasión, y el efecto, con su cara rubicunda y su sonrisa generosa, era el de un príncipe de la Iglesia que acabara de cenar más que bien.
El cardenal Richelieu fue el ministro que había gobernado Francia desde las sombras durante veinte años, el hombre que movía los hilos del rey, que conspiraba contra la reina, que tenía espías en cada salón y un verdugo para cada enemigo.
Chester apareció a su lado cuando quedaba poco para el anuncio, procedente de la sala de juego, disfrazado de pirata con un parche en el ojo, la cara congestionada y una copa en la mano.
Saludó a Amelia con una reverencia torpe que estuvo a punto de tirarlo al suelo y le dijo que estaba preciosa, antes de que su padre lo apartara con una mano en el hombro y una sonrisa crispada.
Elliot salió de la sala de juego unos minutos después. Pasó junto a Trix sin mirarla y le dijo algo al oído. La joven asintió.
A las doce menos cuarto, la orquesta dejó de tocar.
Fue tan repentino que varias parejas se quedaron indecisas en mitad de un giro, con las manos todavía unidas, mirando alrededor.
El director de orquesta bajó la batuta, los músicos dejaron los arcos sobre las rodillas, y en el silencio que siguió, Aldous Merrit subió a la tarima, entre las flores blancas, con la sotana escarlata arrastrando por los escalones, y alzó los brazos como un predicador ante su rebaño.
—¡Amigos míos! —Su voz llenó el salón, cálida, campechana, la voz de un anfitrión feliz—. ¡Queridos amigos! Les ruego un momento de silencio. Solo será un momento, se lo prometo. Después podrán volver a sus valses y a mi champán, que, les recuerdo, es francés y muy caro.
Hubo risas, aplausos. Alguien gritó «¡Bravo, eminencia!» y las risas aumentaron.
Amelia sintió que su madre le apretaba el brazo. Dorothea estaba radiante. Había sacado el pañuelo de encaje y ya lo tenía preparado en la mano para las lágrimas.
—Es ahora —susurró—. Oh, Amelia. Es ahora.
Su hija no contestó. Se le había secado la boca. Buscó a Ewan con la mirada, sin poder evitarlo. Se había apartado de la columna. En aquel momento estaba cerca del estrado, con la copa de caballero todavía en la mano, mirando a Merrit con una expresión que era difícil de discernir.
Al otro lado del salón, Trix había dejado su copa sobre una bandeja y Samuel se había quitado el casco de vikingo.
—Esta noche —continuó Merrit, sonriendo a la multitud— tenía pensado darles una noticia muy feliz.
Una noticia que afecta a mi familia y a la de unos queridísimos amigos.
—Hizo una pausa y buscó a los Rourke con la mirada.
Dorothea se llevó el pañuelo a la boca—.
Y se la daré, no se preocupen. A medianoche, como estaba previsto.
Pero antes… —Alzó un dedo enjoyado, juguetón, como quien va a contar un chiste—.
Antes, amigos míos, permítanme compartir con ustedes una historia deliciosa.
Un murmullo de curiosidad recorrió el salón. Las máscaras se volvieron hacia la tarima.
Amelia sintió que algo frío le bajaba por la espalda.
Su padre también lo había sentido. Lo supo porque Franklin dio un paso adelante, hacia ella, como si quisiera protegerla.
Merrit hizo una seña.
Desde un lateral de la tarima, dos criados de librea azul avanzaron empujando algo que Amelia no había visto hasta entonces, oculto tras las flores.
Era un atril. Un atril alto, de madera dorada, cubierto con un paño de terciopelo granate.
Lo colocaron en el centro de la tarima, junto a Merrit, bajo la luz directa de la araña central.
El salón entero contuvo el aliento.
Merrit puso la mano sobre el terciopelo, miró a la multitud y sonrió.
Y solo entonces cruzó su mirada con Amelia.
A una señal, uno de los criados retiró el paño de un tirón, y sobre el atril, en un marco de plata labrada, protegido por un cristal, como las reliquias de los santos en las catedrales de Europa, descansaba un naipe.
Viejo.
Sobado.
Con los bordes blandos de tanto manosearlo y una esquina oscurecida por una mancha antigua, rojiza, casi negra, que Amelia reconoció con un vuelco del corazón, porque había visto aquella misma mancha doce años atrás, cuando una mano sarmentosa volvió la última carta sobre un tapete negro como la noche.
Un diez de espadas.
—Hablemos, señores —dijo Aldous Merrit, con la voz suave de un hombre que va a contar un cuento junto al fuego—, del año 1871… y de la niña cuyo destino fue marcado por esta carta.