Capítulo 40
A las tres de la madrugada hacía tanto frío en aquella pensión que incluso la tinta que estaba usando Prudence se congeló.
Lo descubrió al mojar la pluma y encontrarse con una costra negra y dura en el fondo del tintero.
Aquella habitación no tenía más calefacción que una estufa de hierro del tamaño de una sombrerera, que se había apagado hacía una hora, y el frío se colaba por las rendijas de la ventana como dedos invisibles.
—Maldita sea —murmuró.
—Esa boca —se quejó Sofronia desde la cama, sin abrir los ojos.
—Usted lleva toda la noche maldiciendo.
—Yo soy vieja. Tú eres una muchacha decente.
Prudence no contestó. Se levantó, avivó la estufa con los últimos trozos de carbón, echó el contenido del tintero en un cazo de hojalata y lo puso sobre la plancha de hierro, a calentar. Después volvió a la mesa, donde la esperaban cuatro pliegos de papel escritos con su mejor letra.
Se trataba de la declaración de Sofronia Perkins.
Llevaba desde medianoche escribiéndola al dictado, palabra por palabra, mientras Shaw vigilaba la calle desde la ventana.
Todo estaba allí descrito, esperando una sola cosa: que la anciana pitonisa pusiera su nombre debajo en cuanto viera desaparecer Nueva York a su espalda.
Faltaban tres horas para el alba.
—Se han ido —dijo Shaw desde la ventana.
Prudence levantó la vista. Él tenía la frente apoyada en el cristal y el revólver en la mano, colgando junto al muslo, como si no pesara.
—¿Los tres hombres?
Shaw asintió.
—Hace cinco minutos.
—Eso es bueno, ¿no?
—No. —Shaw se apartó de la ventana—. Eso es bastante malo.
Iba a preguntarle por qué cuando lo oyó.
Un crujido, abajo, en la escalera. Otro crujido. Y otro más, cada vez más cerca.
Shaw ya estaba junto a la puerta. Le hizo un gesto con la mano para que apagara la vela. Prudence la sopló. El cuarto quedó a oscuras, salvo por el resplandor rojo de la estufa y la luz sucia de la farola que entraba por la ventana.
Sofronia se incorporó en la cama con el gato apretado contra el pecho. No dijo nada. Por primera vez en toda la noche, la anciana no hizo un comentario sobre lo que estaba pasando.
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.
Durante un segundo, nadie respiró.
Después la madera saltó de sus goznes con un estruendo de astillas, y un hombre enorme entró en el cuarto como un toro por el portón del corral, llevándose por delante la silla, la mesa y haciendo volar los cuatro pliegos de la declaración, que se esparcieron por todas partes.
Shaw atinó a golpearle en la sien con la culata del revólver.
El hombre se tambaleó, pero no cayó. Detrás de él venía otro, más pequeño, pero también más rápido, con algo que brilló en su mano a la luz de la farola.
Una navaja. Shaw se volvió hacia él. Los tres cuerpos se enredaron en una maraña de brazos, de jadeos y de golpes sordos.
Prudence ni siquiera lo pensó.
Había un candelabro de latón sobre la repisa de la chimenea, un trasto barato de dos brazos, con las velas a medio consumir.
Lo agarró por el pie. Pesaba lo justo. Y cuando el grandullón consiguió zafarse de Shaw y se volvió hacia la cama con intención de atrapar a Sofronia, Prudence le descargó el candelabro en la nuca con todas sus fuerzas.
El hombre cayó de rodillas.
—¡Así se hace, niña! —chilló la anciana desde la cama.
Pero el grandullón no se quedó en el suelo.
Se volvió hacia Prudence, con la cara congestionada y un hilo de sangre bajándole por el cuello, y la agarró del tobillo.
Ella perdió el equilibrio y cayó contra la estufa.
Sintió el calor intenso cuando el hierro se le clavó en la espalda a través del vestido, pero también se dio cuenta de que entonces tenía el cazo a mano.
Y dentro estaba la tinta, que ya hervía a grandes borbotones.
Tampoco lo pensó. Cogió el cazo y le arrojó el contenido a la cara.
El alarido que soltó aquel mamut se oyó, probablemente, hasta en el East River. Se llevó las manos a los ojos y se revolcó por el suelo, bramando, con la cara negra y humeante, como un demonio salido de un grabado antiguo. Prudence se apartó a gatas, jadeando, con el cazo todavía en la mano.
—Virgen santísima —murmuró.
—¡Tinta! —Sofronia se estaba riendo. Se estaba riendo a carcajadas, como si su vida no corriera peligro—. ¡Le ha escrito en la cara! ¡Le ha escrito en la cara a ese bastardo!
Todo terminó con un disparo.
El ruido fue tan brutal que Prudence se quedó sorda durante un momento.
Se volvió hacia la puerta. El hombre de la navaja estaba en el suelo, sujetándose el muslo con las dos manos, y Shaw retrocedía contra la pared, con la mano izquierda apretada contra el costado, ya que el revólver había caído a sus pies.
—Gabriel…
—Estoy bien. —No lo estaba. Lo supo por su voz—. Por la ventana. Ahora. Vienen más por la escalera.
Era cierto. Ya se oían los pasos golpeando la madera y una voz tranquila, casi educada, dando instrucciones.
Prudence miró el revólver tirado en el suelo.
—Cógelo —dijo Shaw.
—No sé usarlo.
—Cógelo, Prudence.
Ella le hizo caso. Pesaba más de lo que había imaginado y estaba caliente. En el hueco de la puerta apareció una sombra, un tercer hombre con gorra que se detuvo al ver a los dos compañeros en el suelo, y que luego la vio a ella.
—No sé cómo diantres usar esto —repitió Prudence en voz alta. Cerró los ojos y apretó el gatillo.
La bala se incrustó en el marco de la puerta, a un palmo de la cabeza del hombre, en medio de una lluvia de astillas, justo cuando el tipo se tiraba al suelo del pasillo.
—¡Dios, Dios, Dios! —exclamó Prudence, y volvió a disparar, esta vez contra la lámpara de aceite que colgaba del techo, que estalló en una llamarada breve y dejó toda la escalera a oscuras entre gritos y juramentos.
Detrás de ella, Shaw soltó un gemido.
—Para no saber usarlo…
—¡Cállate y abre la ventana!
Esta daba al tejado de la panadería. Lo sabían desde el primer día que fueron a la pensión; Shaw la había elegido precisamente por eso, porque disponía de una vía rápida de evacuación.
La abrió con un golpe del hombro y salió el primero, más despacio de lo normal, apretándose todavía el costado.
Prudence sacó a Sofronia de la cama casi en volandas.
La anciana no pesaba nada. Se aferraba al gato con una mano y con la otra a un bulto de ropa que se empeñaba en llevarse.
—¡Los papeles! —gritó Prudence de pronto.
Se volvió. Los cuatro pliegos de la declaración estaban esparcidos por el suelo, entre el grandullón que seguía gimiendo con la cara negra y los restos de la mesa.
Uno de ellos tenía la huella de una bota.
Otro, una mancha de tinta todavía húmeda.
Se agachó y los recogió a manotazos, arrugados, sucios, y se los metió en el corpiño junto con todo lo demás.
Después salió al tejado.
*****
El frío le cortó la cara como un cuchillo.
El tejado de la panadería era casi plano, cubierto de una capa de nieve helada que crujía bajo las botas. Al otro lado se alzaba la chimenea del horno, grande, de ladrillo, echando un humo blanco que olía a pan de centeno. Shaw estaba agachado junto a ella, con Sofronia a su lado.
—Bajaremos por la chimenea —jadeó—. Hay una trampilla al otro lado. Da al almacén de la harina.
Detrás de ellos, en la ventana del cuarto, apareció una cabeza. Después un brazo. Prudence se volvió y apuntó con el revólver. No disparó. No hizo falta. La cabeza desapareció.
Corrieron por el tejado resbaladizo, agachados, Sofronia en medio, jurando en irlandés y en francés a cada paso y el gato bufando bajo el chal.
La trampilla estaba donde Shaw había dicho, junto a la chimenea.
Estaba atascada por el hielo. Shaw tiró de la argolla una vez, dos veces.
A la tercera cedió, y el esfuerzo le arrancó un gemido que a Prudence le sonó muy mal.
Bajaron por una escalera de mano a un almacén oscuro y caliente, lleno de sacos de harina apilados hasta el techo.
Del piso de abajo llegaba el resplandor anaranjado del horno y el olor a pan recién hecho.
Un hombre grande, con los brazos cubiertos de harina hasta los codos y un gorro blanco en la cabeza, subió la escalera interior con un rodillo en la mano y se quedó mirándolos con la boca abierta.
— Gott im Himmel —dijo.
— Herr Brandt —respondió Shaw, apoyándose en un saco—. Siento la visita. ¿Le importaría no haber visto nada esta noche?
El panadero los miró a los tres. A la anciana con el gato, a la muchacha con el revólver y al hombre que se sujetaba el costado. Después miró hacia arriba, hacia la trampilla abierta por donde entraban el frío y, lejanos, los gritos de la pensión.
Dejó el rodillo sobre un saco.
—Ni siquiera sé quiénes son —dijo con un fuerte acento alemán.
Y a toda prisa fue hasta la trampilla, echó el cerrojo y amontonó debajo hasta atorarla varios sacos de harina. Después bajó al obrador sin decir nada.
*****
Se quedaron en el almacén, en un rincón, recomponiéndose con el calor del horno que subía por las tablas del suelo.
Sofronia se durmió casi al instante, acurrucada sobre un saco, roncando como si nada hubiera ocurrido. Prudence la miró un momento, con una mezcla de irritación y de ternura que no sabía de dónde le venía.
Después se volvió hacia Shaw.
Estaba sentado contra la pared, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Había encendido un cabo de vela que Herr Brandt les había dejado en un platillo, y a su luz Prudence vio lo que tanto había temido.
Tenía la camisa empapada de sangre, desde el costado izquierdo hasta la cintura. La mancha era oscura, brillante, y seguía creciendo.
—Gabriel.
Él abrió los ojos. Sonrió.
—No es nada.
—Todos los hombres que conozco dicen eso justo antes de morirse.
—Entonces es una suerte que no conozcas a muchos.
—¡Cállate!
Se arrodilló a su lado. Le apartó la mano del costado, y él la dejó hacer.
Le desabrochó el chaleco con dedos torpes, le abrió la camisa y vio la herida: un corte largo, feo, a la altura de las costillas, donde la navaja de aquel hombre había entrado de refilón.
No era profundo, o eso quiso creer, pero sangraba, sangraba mucho, y Prudence sintió que se le iba el color de la cara.
—Estúpido —exclamó—. Estúpido, estúpido, estúpido.
Se levantó la falda sin ningún pudor mientras un par de lágrimas descendían por sus mejillas, agarró el bajo de la enagua con las dos manos y lo rasgó de un tirón. Una tira. Otra. Otra. Dobló una en forma de compresa y la apretó contra la herida. Él dio un respingo.
—Me duele.
—¡Me alegro!
—Eso no es muy cristiano.
— Amadán —le espetó en irlandés, que era la palabra que usaba su madre para los idiotas—. Amadán mór . ¿Qué habría pasado si te hubieras desmayado ahí arriba? ¿Eh? ¿Qué habría pasado?
Él se encogió de hombros, aunque apenas le quedaban fuerzas.
—Me habrías ayudado.
—¡Nada de eso! —Estaba enfadada, dolida, triste—. ¡Te habría dejado para que te atraparan, por idiota!
Le pasó las tiras de enagua alrededor del torso, una vez, dos veces, apretando fuerte, maldiciéndolo en inglés cuando le costaba rodearle la espalda y en irlandés cuando él gemía.
Tenía la cara muy cerca de su pecho. Oía su corazón.
Latía deprisa, demasiado deprisa, y ella rezaba en silencio para que no se detuviera, a todos los santos de su madre, a los que había olvidado y a los que nunca había conocido.
Anudó el último extremo. Se quedó un momento con las manos apoyadas sobre el vendaje, sintiendo cómo subía y bajaba su respiración.
Y entonces lo supo.
Lo supo como se saben las cosas importantes: de repente, sin palabras, con una certeza que le cortó el aliento.
Lo supo por el temblor de sus propias manos, por el miedo que le había helado la sangre en el tejado, por la rabia que todavía le quemaba la garganta.
Se había jurado que nunca libraría aquella batalla.
Que ningún hombre de sonrisa encantadora y nariz torcida la haría caer.
A ella, que había visto lo que el amor les hacía a las mujeres de Five Points y se había jurado que jamás, jamás, sería una de ellas.
Y había perdido.
Había perdido sin darse cuenta, en algún momento entre la primera vez que lo vio y aquella noche. Y lo peor era que no le importaba.
Levantó la vista. Gabriel Shaw la estaba mirando. Tenía los ojos entornados, la cara pálida, el pelo pegado a la frente por el sudor. A la luz temblorosa de la vela parecía muy joven y muy cansado.
Y sonreía.
—Me has llamado Gabriel otra vez —murmuró—. Creo que con esta van tres.
Prudence no contestó. No podía. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las manos todavía apoyadas sobre su pecho, y sabía que él lo sabía, y que ya no había manera de fingir.
Shaw alzó una mano, muy despacio, como siempre, para que ella pudiera seguir el movimiento, y le secó una lágrima de la mejilla con el pulgar manchado de sangre y de tinta.
—¿Eso era un «sí», señorita Mahoney?