La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 39
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Capítulo 39

El paquete llegó al Hotel Brunswick por la tarde, con el último correo del vapor de Liverpool.

Ewan estaba de pie junto a la ventana, en mangas de camisa, mirando sin ver la plaza cubierta de nieve.

Sobre la cama, en una caja larga de cartón gris con el nombre de un sastre de Broadway impreso en la tapa, descansaba el disfraz que Murdo había conseguido después de recorrer media ciudad y amenazar a tres modistos distintos con la ira de su señor, todo un conde escocés.

Ewan no lo había sacado todavía de la caja.

Tampoco estaba seguro de querer ponérselo.

Lo cierto era que en aquel momento estaba seguro de pocas cosas más allá de que al día siguiente Amelia Rourke iba a prometerse con otro hombre delante de trescientas personas.

—Milord.

Murdo estaba en la puerta con el paquetito recién llegado en las manos, envuelto en papel de estraza, atado con un cordel encerado y cubierto de sellos de correos británicos. En el centro, la dirección del hotel con una letra que Ewan conocía bien.

—De Glenmara Castle —dijo el ayuda de cámara, y, por primera vez en todos los años que llevaba a su servicio, a Ewan le pareció que la voz del viejo Murdo no era del todo firme.

Lo cogió. Pesaba muy poco.

Miró el matasellos. Glenmara, Tierras Altas. La fecha era de hacía casi dos semanas, anterior a la noche de la nieve. Anterior incluso a su último telegrama.

Frunció el ceño y rompió el cordel.

Dentro del papel había una caja pequeña, de cuero marrón gastado por el roce, con los bordes redondeados y un cierre de latón que ya no brillaba. Y, encima de la caja, doblada en dos, una cuartilla escrita con la misma letra del sobre.

Ewan desplegó primero la cuartilla.

Querido mío:

Cuando leas esto, seguramente tu último telegrama y mi paquete se habrán cruzado en mitad del Atlántico, y tú te estarás preguntando cómo es posible. No te molestes. Llevo noventa y cuatro años adelantándome a los hombres de esta familia, y no pienso dejar de hacerlo ahora que por fin he aprendido.

Te mando esta cajita porque lo leí en tus cartas antes de que tú fueras capaz de saber que la necesitabas. Porque una mujer que ha amado a un McGomery reconoce a otra, aunque esté al otro lado del mar, y porque, a mi edad, no me puedo permitir el lujo de esperar a que te decidas.

Esta mañana, en el desayuno, le he pedido a tu bisabuelo que me lo sacara del dedo. ¡No sabes cómo se ha asustado pensando que lo dejaba!

Pero no he sido capaz de hacerlo yo sola; tengo los dedos más gruesos que hace setenta años y él dice que eso es culpa del pan escocés, que es demasiado bueno.

Lo ha hecho con mucho cuidado, con las mismas manos con que me lo puso aquella noche en este mismo castillo.

Después se ha ido a la biblioteca a leer el periódico, que es lo que hace cuando no quiere que yo vea cómo se le humedecen los ojos.

Tengo el dedo desnudo por primera vez desde que era una muchacha. Es una sensación muy extraña. Como si me faltara media vida.

Devuélvemela en forma de bisnietos.

Tu nonna, Gabriella

Y debajo, con una letra más apretada, añadida con otra tinta, como si lo hubiera escrito en el último momento, justo antes de cerrar el paquete:

P. D.: Si te dice que no, insiste. Si te dice que sí, no la dejes escapar.

Ewan se sentó en el borde de la cama, al lado de la caja del sastre, porque las piernas no lo sostenían.

Abrió el estuche de cuero. El cierre de latón cedió con un chasquido suave.

Allí estaba. Sobre un lecho de terciopelo descolorido, que alguna vez había sido rojo, descansaba un anillo sencillo de oro toscamente repujado, con una piedra azul en el centro que no era un zafiro, ni probablemente valía gran cosa, y que, sin embargo, parecía contener dentro toda la luz del lago de Glenmara en una mañana de verano.

El oro estaba gastado por la cara interior, pulido por setenta años de una misma piel.

Ewan lo sacó con dos dedos y lo sostuvo a contraluz. Estaba tibio. O a él se lo pareció.

Si te dice que no, insiste.

—Murdo —dijo, sin apartar los ojos del anillo.

—¿Milord?

—Saque el disfraz de la caja. Quiero probármelo.

El viejo escocés tardó un segundo en contestar. Cuando lo hizo, Ewan habría jurado que sonreía.

Volvió a guardar el anillo en el estuche, cerró el cierre de latón y se lo metió en el bolsillo interior del chaleco, justo encima del corazón.

Mañana, pensó, alguien iba a tener que escucharlo una segunda vez.

*****

Eran casi las once de la noche cuando llamaron a la puerta de la cocina de los Rourke.

Amelia no dormía. Estaba sentada ante el escritorio de su dormitorio, con la mirada perdida en el disfraz de Fortuna, que aún colgaba del maniquí, cuando Prudence entró sin llamar, con la bata mal anudada y una vela en la mano.

—Tiene que bajar, señorita. —Estaba pálida—. Es el señor Shaw.

Lo hicieron juntas por la escalera de servicio, a oscuras, en silencio, para no despertar a nadie. En la cocina solo quedaban los rescoldos de la gran hornilla de hierro y el tictac del reloj de pared. La señora Jefferson roncaba en su cuarto, al otro lado del pasillo.

Gabriel Shaw estaba de pie junto a la puerta del patio, con el abrigo abotonado hasta el cuello, la gorra en la mano y la nieve derritiéndose sobre sus hombros.

Tenía el ojo todavía amoratado y el labio partido empezaba a cicatrizar, pero no fue eso lo que alarmó a Amelia, fue su expresión preocupada.

—Señorita Rourke. —Inclinó la cabeza—. Siento la hora.

—¿Qué ha pasado? —se adelantó un paso—. ¿Es la señora Perkins?

—Está bien. Por ahora. —Shaw se pasó una mano por el pelo mojado—.

No hemos podido sacarla de la ciudad esta mañana como hubiéramos querido.

Merrit tenía hombres en la estación de la calle Cuarenta y dos, en el embarcadero del ferry de Jersey y en los muelles de Hoboken.

En todas partes, esperando. No he querido arriesgarme con un coche descubierto a plena luz del día.

—Entonces sigue en la pensión.

—Sigue allí. —Hizo una pausa—. Y no ha querido firmar la confesión. Se niega a poner su nombre en documento alguno hasta que esté fuera de Nueva York. Dice que un papel firmado es una sentencia de muerte, y quizá no le falte razón.

Amelia sintió que se le helaban las manos.

—¿Por qué ha venido a estas horas, señor Shaw? Todo esto podría contárnoslo al amanecer.

Él tardó en contestar. Miró a Prudence. Después, a Amelia. Solo entonces sacó del bolsillo un papel doblado y lo dejó sobre la mesa de madera de la cocina.

Era un recorte de periódico. Un anuncio, en la sección de avisos. Pequeño, insignificante. Se busca gato gris, tuerto, extraviado en Greenwich Village. Se gratificará generosamente. Y una dirección de apartado de correos.

—Lo publicaron esta tarde en varios periódicos —dijo Shaw—. Ese gato está durmiendo ahora mismo a los pies de Sofronia Perkins. Es su manera de decirnos que saben exactamente dónde está y que pueden hacer lo que quieran cuando lo deseen.

Prudence se llevó una mano a la boca.

—Hace una hora he visto a tres hombres en la esquina de la pensión —continuó él—. Parecían ociosos, fumando, charlando entre ellos, pero de vez en cuando miraban hacia las ventanas. Uno de ellos llevaba un bastón con el puño de plata.

Amelia lo identificó de inmediato. Una noche de humo y ceniza, en el almacén número cuatro. Un caballero de abrigo largo que miraba el incendio sin moverse, apoyado en un bastón. Ella lo había dibujado en su cuaderno sin saber por qué. También en la ópera.

—Lo he visto antes —murmuró.

—Se llama Crane. —Shaw la miró—. Trabaja para Merrit desde hace años.

Es muy peligroso porque se mueve en los bajos fondos y en los mejores salones a la vez.

Cuando Merrit necesita que algo desaparezca, lo llama a él.

—Tragó saliva—. Apostaría mi credencial a que la otra noche estuvo en esa comisaría, en la celda de un hombre del que dicen que se ha suicidado.

Nadie dijo nada. Los rescoldos de la cocina crepitaron. El reloj siguió con su tictac.

—Mañana es el baile —dijo Shaw al fin, en un tono más bajo—. Merrit querrá que todo esté resuelto antes de medianoche. Lo decían las instrucciones de Pembroke, ¿lo recuerda? Todos los asuntos pendientes. Y Sofronia Perkins es el primer asunto de su lista.

Se puso la gorra. Miró a Prudence un momento más de lo necesario, y ella le sostuvo la mirada.

—Voy a volver a la pensión —dijo—. Esta noche no pienso dormir.

—Voy contigo —dijo la doncella.

—Prudence…

—He dicho que voy contigo.

Shaw no discutió. Amelia pensó, con una punzada extraña en el pecho, que aquellos dos ya habían dejado de discutir sobre ciertas cosas hacía tiempo.

Él se volvió hacia la puerta del patio. Con la mano en el picaporte, se detuvo y las miró a las dos por encima del hombro. La luz roja de los rescoldos le marcaba las facciones como una máscara.

—Saben que tenemos a la anciana —dijo—. Y esta vez no se van a detener ante nada.