La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 38
73%

Capítulo 38

—¿La Fortuna? —Dorothea Rourke se llevó una mano al pecho—. ¿Te has vuelto loca, Amelia?

Su hija le sonrió mientras la modista le daba forma al bajo del vestido.

—Es una diosa romana, mamá. Muy respetable, además. Tenía templos por todo el Imperio.

—¡Sé perfectamente quién era la Fortuna!

—Su madre se dejó caer en el diván del saloncito como si acabaran de comunicarle un fallecimiento—.

Lo que no sé es por qué mi hija, precisamente mi hija, quiere presentarse en casa de los Merrit, delante de todo Nueva York, disfrazada de la mujer que reparte la buena y la mala suerte.

Amelia no contestó esta vez. Estaba de pie sobre un escabel en el centro de la estancia, con los brazos ligeramente separados del cuerpo, mientras madame Fontaine, arrodillada a sus pies con la boca llena de alfileres, le ajustaba el bajo de la falda.

Era la víspera del baile de los Merrit, y el saloncito se había convertido en un taller de costura.

Había telas por todas partes. Sedas, tules, terciopelos, cintas enrolladas sobre las butacas y cajas de sombreros abiertas en el suelo.

Dos aprendizas de la modista cosían en un rincón, junto a la ventana, aprovechando la última luz gris de la tarde.

Violet, sentada en una silla con las piernas cruzadas y un libro en la mano, contemplaba el espectáculo con la expresión de quien asiste a una comedia de la que ya conoce el final.

Trix, en cambio, no se había sentado. Daba vueltas alrededor del escabel, estudiando el disfraz desde todos los ángulos, como un general que revisa las defensas de una plaza.

Prudence, junto a la puerta, sostenía el alfiletero y no perdía detalle.

El vestido era de raso azul medianoche, tan oscuro que bajo ciertas luces parecía negro, con el corpiño bordado en hilo de oro formando pequeñas estrellas.

De los hombros caía una capa corta de gasa dorada, ligera como el humo.

En la cintura, madame Fontaine había cosido un cinturón de eslabones de metal dorado del que colgaba una cornucopia diminuta, rebosante de monedas falsas que tintineaban a cada movimiento.

Y sobre la cabeza, sujeta al recogido con horquillas de plata, llevaba una rueda.

Una rueda pequeña, también de plata, con ocho radios tan delgados como hilos y una estrella en el centro, que se alzaba sobre su pelo como una corona. Madame Fontaine había jurado por todos los santos de Lyon que era la pieza más extraña que había hecho en su vida, y también la más bonita.

—La rueda de la Fortuna —explicó Amelia, con voz serena—. Gira y gira, mamá. A veces los que están arriba terminan en los arrabales, y los que no tienen nada ascienden a las grandes mansiones. Es una idea muy consoladora, si se piensa.

—Es una idea espantosa —Dorothea arrugó la nariz.

—Depende de dónde te encuentres tú en la rueda.

Trix soltó una carcajada que intentó disimular con una tos. Violet se escondió detrás de la taza.

—No tiene ninguna gracia —protestó su madre—. Toda la ciudad lleva meses hablando de nuestra mala fortuna. Hablan de ti, Amelia. De ti y de esa… de esa superstición. ¿Y tú te presentas en el baile disfrazada de la diosa de la suerte? ¡Pensarán que te burlas de ellos!

Amelia bajó la vista hacia ella. Tenía el rostro sereno, casi dulce, pero en los ojos le brillaba algo que Trix conocía desde hacía mucho tiempo y que no presagiaba nada bueno para nadie.

—Es que hago exactamente eso, madre. —Dorothea abrió la boca. La cerró—. Si todo Nueva York va a hablar de mí —continuó Amelia—, que al menos lo hagan con razón.

Hubo un silencio. Madame Fontaine, que no entendía una palabra de inglés cuando le convenía, siguió clavando alfileres con expresión beatífica.

—Además —añadió Amelia—, mañana voy a comprometerme. No veo ningún motivo para no hacerlo vestida de diosa.

Esta vez, la que se quedó callada fue Trix.

Dorothea, en cambio, recuperó el color, se incorporó en el diván y sacó de la manga una tarjeta de cartulina color crema que Amelia había visto aquella mañana y que habría preferido no volver a ver.

—Por cierto, ya que hablamos del compromiso...

—La agitó en el aire con una sonrisa radiante—.

Ha llegado una nota de los Merrit. Aldous quiere adelantarnos una alegría.

El anuncio se hará en mitad del baile y, deteniendo la música, será en el salón principal, con un brindis.

¡Imagínate, Amelia! ¡Delante de todo Nueva York!

Ella apretó la mandíbula sin proponérselo.

—Me lo imagino, mamá.

—Aldous dice que será el momento culminante de la noche.

—Estoy segura de eso.

Violet dejó el libro a un lado, pero no dijo nada. Amelia la vio intercambiar una mirada con Trix, rápida, cargada de algo que no supo descifrar.

—Levante los brazos, mademoiselle —indicó la modista desde el suelo—. Un poquito más. Voilà . Así.

Amelia obedeció. Madame Fontaine se incorporó, retrocedió dos pasos y juntó las manos bajo la barbilla. Las dos aprendizas se volvieron desde la ventana. Hasta Dorothea se quedó callada.

—Mírese, mademoiselle .

Prudence acercó el espejo de cuerpo entero.

La mujer del reflejo no parecía ella. Era más alta, más pálida, más atemporal. Una figura salida de un grabado medieval o de un naipe olvidado, envuelta en azul de medianoche y oro, con una rueda de plata sobre la cabeza y los ojos grises muy abiertos. Parecía una reina. O una profecía.

Pensó, sin quererlo, que a Ewan le habría gustado.

Pensó en cómo la habría mirado cuando apareciera en el baile vestida de aquella manera.

Seguro que lo haría en silencio, como la noche de la nevada, recorriéndola con los ojos de los pies a la cabeza y tragando saliva.

Pensó que quizá se habría acercado. Que era posible que le dijera algo un tanto seco y escocés, pero que en el fondo sería lo más hermoso que nadie le habría dicho nunca.

Suspiró e intentó que los ojos no se le llenaran de lágrimas.

—Te queda perfecto —dijo Violet en voz baja.

—Sí —murmuró Amelia—. Perfecto.

Y se bajó del escabel antes de que nadie pudiera verle la cara.

*****

Todas se marcharon al anochecer. Madame Fontaine con sus alfileres y sus aprendizas, prometiendo volver a primera hora con la capa terminada.

Dorothea a su gabinete, a repasar por enésima vez la lista de personas a las que había que saludar primero en casa de los Merrit.

Violet y Trix, juntas, en el carruaje de los Sinclair, después de abrazarla en el vestíbulo más fuerte y más tiempo de lo normal.

—Mañana estaremos allí —le había dicho Trix al oído—. Pase lo que pase.

Amelia no le había preguntado qué quería decir.

Prudence fue la última en retirarse. Le cepilló el pelo sin que ella se lo pidiera. Le dejó la bata sobre la cama y una taza de leche caliente en la mesilla. Y antes de salir se quedó un momento en la puerta, mirándola, como si quisiera decirle algo.

—¿Qué ocurre, Prudence?

—Nada, señorita. —Aún le costaba trabajo llamarla por su nombre en privado—. A-Amelia. Solo que… no está obligada a dar ese paso. Puede seguir siendo dueña de su destino. Recuérdelo mañana.

Y cerró la puerta.

Amelia se quedó sola.

El disfraz colgaba de un maniquí junto a la ventana. Afuera ya no nevaba, pero la nieve de los últimos días seguía allí, sucia en la avenida, limpia y azul sobre los solares. La casa estaba en silencio.

Se sentó ante el pequeño escritorio de palisandro. Sacó una hoja de papel, la pluma, el tintero.

No sabía que iba a escribirle hasta que trazó su nombre: Ewan.

Se quedó mirándolo. Cuatro letras. Hacía menos de dos semanas no se habría atrevido ni a pensarlo, y ahora le parecía la única palabra de su vocabulario que tenía sentido.

Mojó la pluma.

Mañana, a medianoche, anunciaré mi compromiso con Chester Merrit.

No te escribo para pedirte que no vengas, porque sé que no me harías caso.

Tampoco para pedirte que vengas, porque no sé si lo soportaría.

Te escribo porque no quiero que la última vez que me viste sea con una puerta cerrándose entre nosotros.

Quiero que sepas que no lo hice por orgullo, ni por deber, ni por ninguna de las razones que te di aquella noche.

Esas razones eran ciertas, pero no son la verdad.

La verdad es que tengo miedo. Un miedo que arrastro desde que tenía doce años y que tú, sin proponértelo, has hecho que crezca dentro de mí.

Porque antes solo tenía miedo por mí. Ahora lo tengo por ti.

No sé si la carta de aquella anciana dice la verdad. Ayer me explicó que la fortuna no se puede manipular, y yo le creí, Ewan. Le creí porque es lo único que explica por qué, en doce años, nunca me ha importado nadie lo bastante como para tener miedo de perderlo.

La pluma se detuvo. Amelia miró aquellas palabras y sintió que se le encendían las mejillas. Pensó en tacharlas, pero no lo hizo.

Te pido perdón por haberte dejado volver al hotel caminando bajo la nieve.

Por no haberte dicho que te quitaras el abrigo y te acercaras al fuego.

Llevo dos noches pensando en eso, en lo helado que debías de estar, y es una tontería, porque de todo lo que ocurrió aquella noche es lo que menos importa, y sin embargo no puedo quitármelo de la cabeza.

Te pido perdón por haberte dicho que no importaba, porque sí importa.

Importa tanto que no sé qué hacer con esto que siento.

Importa cuando me miro en el espejo y pienso en cómo me mirarías tú si estuvieras aquí.

Importa cuando alguien pronuncia la palabra Escocia en un salón y se me para el corazón.

Importa cuando me acuesto y me acuerdo de una mano sujetándome la muñeca como quien sujeta un pájaro tembloroso.

Importa cada vez que oigo una campanilla y puedes ser tú al otro lado de la puerta que vienes a buscarme.

Me dijiste que el amor era un manantial. Yo creía que en mí no había nada más que una fuente seca, un pozo tapado para que nadie cayera en su interior. Y resulta que estaba equivocada. Resulta que desde que te conozco no dejo de…

La pluma se quedó suspendida sobre el papel.

Una gota de tinta cayó sobre la hoja y se extendió despacio, formando una pequeña mancha negra al final de la frase inacabada.

Amelia se quedó mirándola.

Después, muy despacio, leyó la carta que acababa de escribir, de vomitar. Cada línea, cada palabra, con el corazón latiéndole cada vez más deprisa, hasta que al final tuvo que soltar la pluma porque le temblaban los dedos.

No era una carta de despedida.

No lo había sido nunca. Cada trazo de aquella carta gritaba la misma palabra repetida de mil maneras distintas.

Le había escrito para decirle adiós y, sin darse cuenta, le estaba diciendo exactamente lo contrario: que no se fuera, que no la abandonara, que la amara como le había dicho que la amaba.

Si Ewan leía aquello, regresaría.

Estaría ante su casa aquella misma noche, a través de un temporal de nieve si fuera necesario, y ella no tendría fuerzas para cerrar la puerta por segunda vez.

Amelia dobló la hoja con cuidado, sin dejar que la tinta húmeda se corriera, la sostuvo un instante contra el pecho, con los ojos cerrados. Después abrió el joyero, levantó el terciopelo del fondo y la guardó allí, junto a los naipes que le habían arruinado la vida.

No, no podía enviarla.

Porque aquella carta, que había empezado como una despedida, terminaba siendo lo único que no se había atrevido a decirle.

Que lo amaba.