La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 37
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Capítulo 37

Prudence llegó a las nueve de la mañana con una mezcla de nieve y barro hasta las rodillas.

Amelia estaba arriba, sentada en el alféizar de la ventana, todavía en camisón, con la bata sobre los hombros y la frente apoyada en el frío cristal.

Otra noche sin pegar ojo. Después de cerrar aquella puerta se había quedado en el vestíbulo un tiempo que no sabría calcular, con la espalda contra la madera y los pies sobre el mármol helado, hasta que su padre salió del despacho, la cogió de la mano como cuando era niña y la subió a su cuarto sin decir una sola palabra.

Desde entonces había visto amanecer, había visto dejar de nevar y había visto cómo la avenida, blanca y perfecta al alba, se llenaba de las huellas oscuras de los carros, los caballos y los hombres… aunque ninguno era él.

Cuando escuchó la puerta se volvió y sus ojos se abrieron de par en par.

Prudence tenía la falda desgarrada, el pelo escapándose del moño en mechones apelmazados, una mancha de algo oscuro en la mejilla y unas ojeras que le llegaban a la barbilla.

—¡Prudence! —Amelia se levantó de un salto—. ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo estás? ¿Dónde has estado?

La doncella cerró la puerta e intentó mantenerse erguida, aunque durante un instante pareció que las piernas no iban a sostenerla.

—La-la tenemos, señorita —dijo—. A la pitonisa. Está viva y está a salvo.

Amelia, que ya iba hacia ella para socorrerla, se detuvo, la miró fijamente y solo entonces se acercó despacio, le cogió las manos, que estaban heladas y llenas de arañazos, y se las miró como si fueran algo precioso.

—¿Has pasado la noche en Five Points? ¿Sola?

—Sola no. —A Prudence se le colorearon las mejillas bajo la suciedad—. Con el señor Shaw.

—Podían haberte matado.

—Lo intentaron, pero hay que ser muy buenos malos para logarlo si has nacido allí. —Esbozó una sonrisa torcida—. Le partí los nudillos a uno con un cazo de lechero.

Amelia soltó una risa que se le quebró a mitad de camino para convertirse en llanto. No pudo evitarlo. Todo lo de la noche anterior, todo lo que se había contenido frente a Ewan, frente a su padre, frente a aquel espejo, se le vino encima como aquella nieve que acababa de caer.

Se abrazó a Prudence sin importarle el barro ni la ropa mojada, y lloró contra su hombro como no había llorado delante de nadie en toda su vida.

Prudence no dijo nada, simplemente la sostuvo, le acarició la espalda con aquellas manos arañadas, y la dejó llorar.

—Le ha dicho que no a lord Currie, ¿verdad? —murmuró la doncella al cabo de un rato.

Amelia asintió contra su hombro.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tiene usted la misma cara que tenía mi madre la noche que echó a mi padre de casa. —Prudence le apartó el pelo de la cara—. Y lo quería más que a nada en el mundo.

Se sentaron las dos en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre la colcha como dos niñas en un internado.

Y durante un rato no fueron una señorita y su doncella.

Fueron dos mujeres jóvenes, agotadas, asustadas, que habían pasado la peor noche de su vida cada una en un extremo de la ciudad por la misma razón.

—No sé cómo voy a pagarte todo esto —dijo Amelia.

—No me debe nada. —Prudence le apretó la mano—.

¿Sabe lo primero que usted me preguntó cuando nos conocimos?

Si necesitaba algo. Nadie, jamás, se había preocupado por mí.

Nadie había llegado a pensar que yo pudiera necesitar alguna cosa.

Y cuando le dije que solo quería un vaso de agua usted mismo lo tomó de la alacena y lo llenó para mí.

—Tragó saliva—. Hay cosas que no se olvidan, señorita.

Amelia la miró durante un largo rato.

—Llámame Amelia.

—Eso no puede ser.

—Cuando estemos solas.

Prudence se lo pensó. Luego asintió, muy seria, como quien firma un contrato.

—Cuando estemos solas. —Y después, con un brillo travieso en los ojos cansados—: Pero delante de su madre, sigue siendo usted la señorita. No quiero que le dé un síncope.

*****

Trix y Violet llegaron antes del mediodía, avisadas por una nota que Amelia había escrito con mano temblorosa y que Prudence había llevado corriendo, sin cambiarse siquiera de ropa, a casa de los Sinclair.

Amelia se lo contó todo en el carruaje, camino de Greenwich Village.

La visita a la señora Astor, Five Points. Todo lo que había callado.

Trix la escuchó con la mandíbula apretada. Cuando Amelia terminó, tardó en hablar.

—Nos lo has ocultado.

—Sí.

—Durante días.

—Sí.

—Eres una idiota, Amelia Rourke.

—Lo sé.

Trix le cogió la mano con fuerza, casi con rabia, y no se la soltó en todo el trayecto. Violet, sentada enfrente, no dijo nada. Solo las miraba a las dos con los ojos húmedos, como si acabara de recuperar algo que creía perdido.

Shaw las esperaba en el rellano de la pensión de la señora Kowalski.

Tenía el labio partido, un ojo morado y una levita prestada que le quedaba estrecha de hombros.

Saludó a las tres con una inclinación de cabeza y, al ver a Prudence, sonrió de una manera que hizo que Violet enarcara las cejas y le diera un discreto codazo a Trix.

—Ha insistido en que solo quiere verla a usted, señorita Rourke —dijo—. Lo ha dejado muy claro.

—Nosotras vamos con ella —replicó Trix.

—Me temo que no. —Shaw se encogió de hombros con una sonrisa de disculpa—. Ha dicho, y cito textualmente, que si entra alguien más se tira por la ventana con el gato y con el dinero. Y la creo capaz.

Trix abrió la boca para protestar. Violet le puso una mano en el brazo.

—Déjala, Trix. —La duquesa miró a Amelia—. Es su carta. Siempre lo ha sido.

Amelia asintió. Respiró hondo. Y empujó la puerta.

*****

Era mucho más pequeña de lo que recordaba.

Esa fue la primera idea que tuvo al verla.

En su memoria, durante doce años, madame Margot había sido enorme.

Una figura imponente bajo un turbante de seda, envuelta en pañuelos de colores, con una voz que llenaba toda la tienda y unas manos largas, pálidas, que volvían las cartas con un chasquido.

La mujer que estaba sentada en aquella cama estrecha, junto a la ventana, con un gato gris en el regazo y una manta sobre los hombros, habría cabido en uno de los baúles de viaje de su madre.

Pero los ojos eran los mismos. Negros, brillantes, de pájaro. Y cuando se posaron en ella, Amelia volvió a tener doce años.

—Vaya —dijo la anciana—. Has crecido.

Amelia no contestó y cerró la puerta a su espalda.

—Tienes la misma mirada. —Sofronia la estudió de arriba abajo, sin prisa, con la desvergüenza de quienes tienen poco que perder—. Ojos grises y tristes. Ya eran tristes entonces, ¿sabes? Por eso me fijé en ti. Las otras tres se reían a carcajadas. Tú permaneciste callada.

—Tenía miedo.

—Todas teníais miedo. Pero tú lo tenías antes de que yo le diera la vuelta a esa carta. —La anciana acarició al gato—. Siéntate. Me duele el cuello de mirar hacia arriba.

Amelia le hizo caso y tomó asiento en la única silla de la habitación.

Durante un rato ninguna de las dos habló. Desde la calle llegaba el ruido de los carros y el olor del horno de la panadería.

—Supongo que quieres saber por qué —dijo al fin Sofronia.

—Quiero saberlo todo.

La vieja soltó una risa seca.

—Todo es demasiado, niña. Pero te voy a contar la parte de la historia que no conoces.

Apartó la mirada y esta se perdió en la sucia pintura de la pared.

Durante los minutos que siguieron le contó que había nacido en Five Points, en una casa de la calle Cross que ya no existía, hija de un estibador borracho y de una lavandera que creía en las hadas.

Que a los dieciséis años se había escapado de casa para ser actriz.

Que durante ocho temporadas había pisado las tablas del Bowery Theatre haciendo de gitana, de bruja, de mendiga, de todo lo que exigiera una mujer poco agraciada y con voz grande.

Que una actriz francesa de la compañía le había enseñado aquel acento que después le daría de comer.

Que había soñado, como sueñan todas las muchachas que se escapan de casa, con que alguna noche un caballero la vería desde un palco y la sacaría de allí.

—Nunca pasó —dijo, encogiéndose de hombros—.

Los caballeros no miraban a las gitanas.

Miraban a las muchachas de su propia clase, que se sentaban a su lado con vestidos blancos y se reían de nosotras detrás de los abanicos.

Yo las veía mofarse desde el escenario, noche tras noche.

Niñas ricas con perlas en el cuello que no habían trabajado un solo día de su vida y que pensaban que el mundo era un teatro puesto allí para divertirlas.

Hizo una pausa. Se miró las manos torcidas.

—Cuando el teatro se acabó para mí, solo me llevé aquel acento francés, el turbante y algunas barajas de cartas.

Y también un mal sabor de boca por las niñas ricas.

—Levantó los ojos—. Por eso os eché las cartas aquel día.

La señora Astor me lo había prohibido, pero yo quería burlarme de cuatro niñas ricas.

Por cinco dólares y por el gusto de asustar a las mocosas con lazos de seda.

Amelia sintió que se le cerraba la garganta.

—Y entonces salió la carta.

—Salió la carta. —La vieja asintió despacio—. Y fui yo quien tuvo miedo.

Contó el resto de la historia sin que Amelia tuviera que preguntarlo.

La señora Astor que la pilló con la botella de licor de guindas, que tuvo que decirle lo de las niñas para que no la denunciara, y después de aquello, mucho tiempo de sótano en sótano, cada vez más húmedos y de manos cada vez más torcidas.

—Y hace tres años vino aquel hombre.

Amelia apretó los puños sin darse cuenta.

—¿Era Aldous Merrit?

—No me dijo su nombre, pero no hacía falta.

Los tipos como ese llevan las intenciones escritas en el chaleco.

—Sofronia escupió a un lado con desprecio—.

Vino en un coche lujoso, con un abrigo que valía más que toda la calle Baxter, y se sentó en mi sótano como si fuera el salón de su casa.

Me dijo que había oído hablar de mí en una cena.

Que la señora Astor, con una copa en la mano, había dejado caer delante de media mesa que no quería recibir a los Rourke porque la hija portaba una maldición.

Amelia cerró los ojos. Una indiscreción. Una sola frase, dicha en voz alta por una mujer que presumía de no decir nunca nada de más.

—Él quería que se lo contara todo —continuó la anciana—.

Me pagó en oro. Doscientos dólares en águilas dobles, puestos en fila encima de mi mesa.

Nunca había visto tanto oro junto. —Se le endureció la voz—.

Y me hizo que le repitiera todo lo que sucedió aquel día, cada detalle por minúsculo que fuera, qué cartas habían salido y en qué orden.

Me preguntó qué palabras exactas te había dicho.

Qué cara pusiste. Si lloraste. Lo apuntaba todo en una libreta pequeña, con un lápiz de oro, como un tendero apunta la lista de la compra.

—Y usted no tuvo escrúpulos de hacerlo.

—Doscientos dólares en oro, niña. —Sofronia la miró sin ninguna vergüenza—. Tú nunca has pasado un invierno en un sótano de Five Points.

Amelia no contestó. No tenía derecho.

Pensó en los rumores de los salones, tan precisos que a la señora Astor le parecían intolerables.

En los naipes idénticos al de 1871, impresos por docenas...

Aldous Merrit no había inventado nada. Se había limitado a comprar su pasado a una vieja hambrienta y a devolvérsela, pieza a pieza, envuelta en lacre granate.

Se levantó de la silla. Dio un paso hacia la cama. El gato bufó.

—Entonces, deshágalo.

Sofronia la miró sin comprender.

—La carta —insistió Amelia, y la voz le temblaba—. Usted la sacó de esa baraja Usted sabe cómo funciona esa maldición. Tiene que haber una manera de revertirla. Quizá con otra tirada. Con otra carta. Le pagaré lo que me pida. Lo que sea. Tengo joyas, tengo…

—Siéntate.

—No quiero sentarme. Quiero que me quite esto de encima.

—Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Hay un hombre, ¿sabe?

Un hombre que anoche cruzó media ciudad bajo la nieve para decirme que me quería, y yo le cerré la puerta en la cara porque tengo miedo de que esa maldita carta acabe con él.

Así que deshágala. Por favor. Se lo suplico.

La vieja no se movió. Se quedó mirándola durante mucho tiempo, con aquellos ojos de pájaro que parecían ver por debajo de la piel, y algo en su cara cambió. Se volvió más blando. Más viejo. Más triste.

—No puedo, niña.

—¿Por qué?

—Porque yo no lo hice a posta, señorita. —Lo dijo muy despacio, como quien explica algo a un niño que no quiere entender—. La carta estaba simplemente ahí para usted.

Amelia se quedó inmóvil.

—No, yo no elijo las cartas —continuó Sofronia—.

Nunca lo he hecho. Las barajo, las pongo sobre la mesa y les doy la vuelta.

La mayoría de las veces no significan nada, y yo me invento lo que el cliente quiere oír.

Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, algo palpita y lo siento aquí, en el pecho.

Y cuando eso sucede, ya no hay nadie en este mundo que pueda cambiarlo.

Ni yo, ni tú, ni el cura de la iglesia de al lado.

Hizo una pausa y miró por la ventana.

—Te dije aquel día que la desgracia aparecería en tu camino. No te dije lo demás, porque eras una niña y porque hasta yo tengo un límite. —Volvió a mirarla—. Lo que vi aquella tarde fue que el amor nunca llamaría a tu puerta.

Amelia sintió que el suelo se inclinaba.

No dijo nada. No pudo.

Sofronia la observó mientras pasaban los segundos, como si hubiera visto pasar algo por su rostro que no sabía cómo interpretar. Después se encogió de hombros, se ajustó la manta y volvió a acariciar al gato.

—Pero tú no has venido aquí por la carta —dijo, con otro tono, más áspero, más práctico—.

O no solo por eso. Ese Pinkerton de la ceja rota me ha explicado lo que queréis.

Que diga delante de un juez lo que te acabo de decir a ti.

Que ese caballero del lápiz de oro me compró la información que está usando para hundir a tu familia.

—Así es —atinó a decir.

Sofronia pareció pensarlo.

—Bien, pues firmaré.

Amelia la miró sin creérselo.

—¿Lo hará?

—Lo haré. Rubricaré cada palabra que te he contado, y con mi nombre verdadero si es necesario. —La vieja levantó un dedo torcido—. Pero con una condición.

—La que sea.

—Esos hombres que me siguen no vienen a preguntar, niña.

Anoche estuvieron a punto de cazarme. —Sofronia se inclinó hacia ella y bajó la voz, y por primera vez Amelia vio miedo en aquellos ojos negros, el mismo miedo que había visto doce años atrás, bajo un turbante de seda—.

Firmaré en cuanto me saquéis de esta ciudad.

Viva y lejos. Mañana, al alba, quiero estar fuera de Nueva York.

Acarició al gato.

—Porque si me quedo una noche más, dudo que siga con vida.