La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 36
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Capítulo 36

Arreciaba una fría madrugada y la escalera olía a humedad y a miedo.

Prudence estaba sentada en el último escalón del segundo piso, a oscuras, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas bajo la falda.

A su lado, tan cerca que podía sentir su calor a través de la lana del abrigo, Gabriel Shaw vigilaba el hueco de la escalera sin hacer un solo movimiento.

Llevaban así casi una hora; ninguno de los dos había dicho una palabra en los últimos veinte minutos, y a Prudence aquel silencio compartido le resultaba más turbador que cualquier conversación.

Arriba, en el tercer piso, detrás de una puerta cerrada, lloraba un niño.

Había sido ella quien se había dado cuenta.

Aquella tarde, mientras la joven vecina les vendía su noticia por diez centavos, Prudence no se había fijado en la cara de la mujer, sino en su delantal.

Tenía una mancha oscura, rojiza, casi negra, justo a la altura del regazo.

Y cuando se inclinó para coger la moneda, a Prudence le había llegado un olor dulce, espeso, que había reconocido al instante porque lo había olido en el cuarto de al lado.

Licor de guindas.

No había dicho nada delante de la señorita Amelia.

De hecho, la habían sacado de Five Points entre Shaw y ella misma antes de que oscureciera, la habían metido en un coche de alquiler con las cortinas echadas y la habían devuelto a la casa Rourke por la puerta de servicio, donde la señora Jefferson esperaba con los brazos cruzados y una expresión que exigía una larga conversación.

Solo cuando la puerta se cerró detrás de su señora, en el callejón helado, Prudence se había vuelto hacia Shaw.

—Esa mujer no nos ha dicho la verdad —expuso—. La anciana que buscábamos estaba en su casa. Rompió la botella al marcharse precipitadamente y la vecina recogió los cristales con el delantal.

Shaw la había mirado fijamente bajo la luz de la farola.

—No estoy seguro de que eso sea así.

—Pues yo sí.

Shaw se metió las manos en los bolsillos.

—Llevo seis años en la agencia, Prudence.

Ella no se dejó intimidar.

—Y yo me crie en este barrio, señor Shaw. —Se había ajustado el chal—. Aquí nadie entrega a una vecina por diez centavos. Por ese dinero se le cuenta a un forastero lo que quiere oír.

Él se había echado a reír en voz baja, con aquella risa limpia que a ella la sacaba de quicio, y le había dicho que era la mujer más lista que había conocido en su vida.

Y Prudence, que no estaba acostumbrada a que nadie le dijera nada parecido, había entrado en la casa sin contestar, para que él no viera cómo se le encendían las mejillas .

Aquella noche, de nuevo en Five Points, el niño dejó de llorar.

—Ahora —susurró Shaw.

Subieron sin hacer ruido, pegados a la pared para que no crujieran los peldaños. En el tercer piso, la puerta de Sofronia seguía entornada. Shaw pasó de largo. Se detuvo ante la puerta de enfrente y miró a Prudence.

Ella llamó con los nudillos. Tres golpes suaves.

—¿Quién es? —Sonó la voz de la vecina, asustada, al otro lado.

Prudence se acercó a la rendija y habló en voz muy baja, no en el inglés cuidadoso que había aprendido en la casa Rourke, sino en el de su infancia, el que olía a turba y a patatas hervidas y que su madre usaba para las cosas importantes.

—Soy la hija de Maureen Mahoney, la de la calle Mott. La que lavaba para las monjas. —Hizo una pausa—. Vendrán de nuevo a por ella esta noche. Si Sofronia Perkins está aquí cuando lleguen, se la llevarán.

Hubo un silencio pesado. Después sonó el ruido de un pestillo.

La puerta se abrió apenas un palmo. La vecina tenía los ojos enrojecidos y el niño dormido contra el pecho.

Detrás de ella, en un cuarto todavía más pequeño que el de al lado, iluminado por el cabo de una vela, había un bulto envuelto en mantas sobre un jergón.

Y encima del bulto, un gato gris, tuerto y enorme, que los miró con su único ojo amarillo y bufó.

El bulto se incorporó.

— Merde —dijo una voz cascada, con un acento francés espantoso—. Mon Dieu . Ya están aquí esos hijos de Satanás.

—No somos quienes esperaba —dijo Prudence.

—Eso es lo que diría uno de ellos, ma petite .

De las mantas surgió una cabeza. Una anciana diminuta, arrugada como una manzana de invierno, con el pelo blanco y ralo recogido bajo un pañuelo de colores chillones y unos ojos negros, brillantes, que no parecían haber envejecido al mismo ritmo que el resto.

Tenía las manos torcidas, nudosas como raíces, y las apretaba contra el pecho como si guardara algo en ellas.

Sofronia Perkins. Madame Margot. La mujer que doce años atrás había vuelto una maldita carta durante una fiesta de la buena sociedad.

Prudence la había imaginado de muchas maneras, nunca tan pequeña.

—Señora Perkins —dijo Shaw desde la puerta—. Tenemos que irnos. Ahora.

La vieja lo miró de arriba abajo y soltó una retahíla de juramentos en irlandés tan precisa y tan sucia que la vecina se santiguó y Prudence, a su pesar, sintió algo parecido a la admiración.

—Tú eres el de los filetes —dijo después, entornando los ojos—. El que le compra carne a la Brennan.

—El mismo.

—Hum. —Sofronia se lo pensó—. Dicen que eres buena gente.

—Dicen muchas cosas.

—Eso es verdad. —La anciana se volvió hacia Prudence—. ¿Y tú? ¿La hija de Maureen?

—Sí, señora.

—Tu madre me debe dos chelines desde el sesenta y ocho.

—Yo responderé por ella, señora Perkins.

La vieja no se inmutó.

—Espero que así sea.

Fue en ese momento cuando oyeron las voces en el patio.

Shaw se volvió hacia la ventana con un movimiento rápido y apartó el trapo que hacía de cortina.

Prudence se asomó por encima de su hombro.

Abajo, en el patio oscuro, se movía una linterna sorda.

Tres hombres. Dos de ellos con gorra y los hombros anchos de los estibadores.

El tercero, algo apartado, con un abrigo largo de buen paño y la mano apoyada en un bastón.

La luz de la linterna arrancó un destello al puño del bastón.

—Son ellos —dijo Shaw—. Y se han adelantado.

Sofronia ya se había levantado. Para ser una mujer que casi no podía cerrar las manos, se movía con una agilidad sorprendente. Cogió al gato por el pescuezo, se lo metió bajo el chal y señaló hacia el fondo del cuarto.

—Por la ventana de atrás. Hay una pasarela que va al tejado de los italianos. —Miró a la vecina—. Tú, niña, di que no me has visto. Y si te preguntan por el gato, di que se lo comieron los napolitanos.

Salieron por la ventana trasera a una pasarela de tablones podridos, colgada sobre el vacío entre dos casas, con la ropa tendida rozándoles la cara como manos mojadas.

Shaw iba delante, Sofronia en medio, maldiciendo a cada paso en tres idiomas, y Prudence detrás, sin atreverse a mirar abajo.

A su espalda oyeron golpes en la escalera, una puerta que se abría de una patada, la voz de la vecina chillando que no sabía nada.

Cruzaron un tejado. La nieve lo volvía todo más sucio.

Bajaron por una escalera de incendios que temblaba como si fuera a desprenderse.

Saltaron a un patio donde dormitaban tres cabras.

Atravesaron un pasadizo tan estrecho que Shaw tuvo que ponerse de lado.

Y de pronto estaban en Bayard Street, bajo una farola, en una calle vacía donde empezaba a clarear.

En la esquina, como si lo hubieran citado allí, esperaba un carro de lechero tirado por un caballo blanco y viejo. En el pescante, un hombre con bigote de morsa fumaba en pipa, envuelto en una manta.

—Llegas tarde, Gabe —dijo sin quitarse la pipa de la boca.

—Lo siento, Tommaso. Ha habido complicaciones.

—Siempre hay complicaciones contigo. —El lechero miró a la vieja, al gato y a Prudence, y levantó la lona de la caja del carro—. Arriba. Entre las cántaras. Y que el gato no se mee en la leche, que la señora Van Buren tiene el estómago delicado.

Subieron. La caja estaba llena de cántaras de latón, frías como el hielo, apretadas unas contra otras.

Sofronia se acurrucó en un rincón. Shaw se metió en el hueco que quedaba y tendió la mano a Prudence, que la tomó sin pensarlo y cayó prácticamente encima de él.

Tommaso bajó la lona. Todo se volvió oscuro.

El carro se puso en marcha con una sacudida.

Prudence no se movió. No podía. Estaba encajada entre una cántara helada y el pecho de Gabriel Shaw, que había pasado un brazo alrededor de ella para que no se golpeara con el latón.

Sentía su respiración en el pelo. Sentía, a través de las capas de lana, el latido de su corazón, que iba tan deprisa como el suyo.

—No se haga ilusiones —le susurró, al notar cómo algo se movía allí abajo.

Él debió sonreír en la oscuridad.

—No me las hago.

No la soltó.

Llevaban dos calles cuando oyeron los gritos.

—¡Eh! ¡El lechero! ¡Pare ese carro!

Tommaso soltó un juramento en italiano y fustigó al caballo, que respondió con un trote desganado de animal viejo. No bastaba. Se oían pasos corriendo sobre los adoquines, cada vez más cerca, y de pronto una mano agarró el borde de la lona y la arrancó de un tirón.

Prudence vio una cara, una gorra, una nariz rota, una boca abierta, un brazo que se estiraba hacia Sofronia.

No lo pensó. Cogió el cazo de hierro con que se servía la leche, que colgaba de un gancho junto a su cabeza, y le dio al hombre en los nudillos con todas sus fuerzas.

El hombre aulló y soltó su presa. Trastabilló.

Detrás de él venía el segundo, más rápido, que consiguió encaramarse a la trasera con una rodilla.

Shaw se levantó de un salto, se agarró a los aros de la caja y le plantó una bota en el pecho.

El hombre cayó al suelo, pero se llevó a Shaw con él agarrado del abrigo, y los dos rodaron sobre el barro nevado de la calle en una pelea sin reglas, a puñetazos, a rodillazos, a mordiscos.

—¡Gabriel! —gritó Prudence.

Era la primera vez que lo llamaba así. No se dio cuenta.

Tommaso frenó el caballo en seco. Prudence vio a Shaw incorporarse sobre el otro hombre, darle un golpe seco en la mandíbula que lo dejó tendido en la sucia nieve, y echar a correr detrás del carro con el labio partido y el abrigo desgarrado de arriba abajo.

Al fondo de la calle, bajo una farola, una figura alta con un bastón de puño de plata se había detenido y los miraba sin prisa, sin moverse, aterradora.

Shaw se subió al carro de un salto. Tommaso fustigó al caballo. Esta vez el animal pareció entender que iba en serio.

Doblaron hacia el Bowery con el sol asomando por el East River.

*****

La pensión de la señora Kowalski estaba en una calle tranquila de Greenwich Village, detrás de una iglesia presbiteriana y delante de una panadería alemana que a esa hora ya olía a pan de centeno.

La dueña era una viuda polaca de brazos enormes que no hacía preguntas y que, al ver a Shaw con la cara ensangrentada, se limitó a señalar la escalera y a decir que el cuarto del fondo estaba libre y que el agua caliente costaba un penique más.

Acostaron a Sofronia en la única cama, con el gato a los pies. La vieja pidió whisky y Shaw le dio el de su petaca. Ella la vació de un trago, dijo que era meado de caballo y se quedó dormida en el acto, roncando como un fuelle.

Prudence cogió la jofaina y un paño y obligó a Shaw a sentarse en la única silla, junto a la ventana.

—Puedo hacerlo yo —protestó él.

—No se ve usted la boca, señor Shaw. Que yo sepa, ni siquiera los Pinkerton tienen ese talento.

Él sonrió, y el labio partido volvió a sangrarle.

Prudence se inclinó sobre él. Le limpió la sangre de la barbilla con cuidado, de abajo arriba, y después la herida del labio, que era profunda y fea.

Él no se quejó. Tenía los ojos fijos en ella, grises, muy quietos, y Prudence sintió que le temblaban un poco los dedos y se enfadó consigo misma por ello.

—Antes me ha llamado Gabriel —dijo él en voz baja.

—No es verdad.

—En el Bowery. Lo oí claramente.

—Estaba nerviosa. Habría llamado por su nombre a cualquiera.

—Ya.

—No me mire así.

—¿Así cómo?

Prudence dejó el paño en la jofaina. No se apartó. Él tampoco. Estaban tan cerca que podía contarle las pestañas, y de pronto se dio cuenta de que el cuarto estaba en silencio, de que la vieja había dejado de roncar, de que en la calle se oía el carro del panadero y que no le importaba nada de eso.

Shaw alzó una mano, muy despacio, como la otra vez, para que ella pudiera seguir el movimiento, y le apartó de la frente un mechón de pelo que se le había soltado del moño.

—Prudence…

—¿Me vais a pagar o no?

Los dos se separaron como si les hubieran echado un cubo de agua fría.

Sofronia Perkins estaba sentada en la cama, con el gato en el regazo y los ojos negros brillando como los de un cuervo, mirándolos con una expresión de profundo interés.

—Porque si vais a seguir con esas cosas —añadió la vieja—, yo me doy la vuelta, pero antes quiero ver el dinero.

Prudence se incorporó con las mejillas en llamas.

Shaw carraspeó, se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano y sacó del bolsillo interior del abrigo un sobre abultado.

Prudence lo reconoció al instante. Era el mismo sobre, o uno muy parecido, que había visto cambiar de manos en aquel callejón, semanas atrás, entre Shaw y un criado de librea azul.

Shaw lo dejó sobre la colcha.

—Quinientos dólares —dijo—. Cortesía del señor Aldous Merrit. Aunque él todavía no lo sabe.

Prudence se volvió a mirarlo. Él le guiñó el ojo sano.

Sofronia cogió el sobre con sus manos torcidas.

Lo abrió. Sacó los billetes y empezó a contarlos uno a uno, humedeciéndose el pulgar con la lengua, con una lentitud exasperante, moviendo los labios sin hacer ruido.

Cuando terminó, volvió a contarlos. Después se los metió en el escote, junto a algo que tintineó, y se quedó mirando la ventana, por donde empezaba a entrar la luz de la mañana.

—Llevo mucho tiempo esperando que alguien venga a preguntarme por esa tirada de tarot —dijo al fin. El acento francés había desaparecido. Ahora hablaba con la voz ronca y cansada de una irlandesa de Five Points. Acarició al gato.

—Lo contaré una sola vez y no a vosotros.

Levantó los ojos negros hacia Prudence.

—Solo hablaré con la niña a la que le salió el diez de espadas. —Hizo una pausa—. Si es que todavía vive.