La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 35
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Capítulo 35

Amanecía cuando Ewan dejó de mirar por la ventana.

No se había acostado. Había vuelto al Brunswick pasadas las dos de la madrugada, con la nieve hasta los tobillos y las manos tan heladas que no había sido capaz de desabrocharse el abrigo.

Murdo lo había estado esperando despierto en la antesala, como siempre, y al verle la cara había decidido no preguntarle nada.

Se había limitado a quitarle el abrigo, a colgarlo junto a la estufa, a poner una copa de whisky sobre la mesa y a retirarse a su cuarto en silencio.

La copa seguía allí, intacta.

Ewan se había sentado en el sillón junto a la ventana y se había quedado mirando caer la nieve sobre Madison Square durante horas.

No pensaba en nada. O más bien pensaba en una sola cosa: en una puerta que se cerraba despacio tras él, en unos pies descalzos sobre el mármol, en una voz femenina que temblaba al rechazarlo.

Se había dicho a sí mismo, muchas veces durante aquella noche, que debía mantener la compostura.

Que era un McGomery y que en su familia los hombres no se derrumbaban: apretaban los dientes, se sacudían la nieve de los hombros y seguían adelante.

Lo había hecho una vez, hacía tres años, delante de una tumba recién cavada junto al lago. Podía volver a hacerlo.

Pero cuando la primera luz gris se asomó por encima de los tejados, descubrió que le dolían las mandíbulas porque llevaba horas apretándolas.

Llamaron a la puerta cuando ya amanecía.

—El correo de Europa, milord. —Murdo entró con la bandeja y la dejó sobre la mesa—. Ha llegado con el vapor de Liverpool. Hay carta de Glenmara Castle.

Ewan asintió sin volverse.

Oyó cómo se cerraba la puerta y, aun así, esperó unos minutos. Después se levantó, se secó la cara con el dorso de la mano y fue hasta la mesa.

Allí estaba. El sobre grande, de papel grueso, con el sello de los McGomery estampado en cera verde. La letra inclinada y elegante de una mano muy anciana que se negaba a temblar.

Se sentó. Rompió el lacre con el pulgar.

Querido mío:

Tu bisabuelo te manda decir que ha ganado al nuevo párroco al ajedrez tres veces seguidas esta semana y que, si no vuelves pronto, tendrá que empezar a dejarse ganar por mero aburrimiento.

Es mentira, naturalmente. Tu bisabuelo no se ha dejado ganar a nada en noventa años.

Pero te echa de menos y no sabe decirlo de otra manera, porque es escocés, y los escoceses preferís morir antes que decir en voz alta algo que pueda ser un sentimiento.

Ewan sonrió a su pesar. Se le escapó el aire por la nariz en algo parecido a una risa.

Llevo semanas leyendo tus cartas, muchacho, y el mismo tiempo intentando comprender lo que no dicen.

Me hablas del whisky , de los americanos que no terminan de apreciarlo, de ese duque amigo tuyo y de su esposa, de un irlandés que conociste hace años y de esa joven que quiere escribir una novela.

Y en cada carta, sin excepción, aparece ella.

A veces en una sola línea. A veces divagas sin darte cuenta.

Otras es solo una palabra que tachas y que yo, que tengo más de noventa años, pero conservo la vista de un halcón, consigo desentrañarla.

Me refiero a esa muchacha que es hábil en el dibujo, que tiene los ojos grises y que sonríe pese a que las cosas parecen no ir bien en su familia.

Ewan, aunque no me has contado que la amas, no hace falta que me lo digas. Sé que te abriste una ceja ayudando a su padre, a un completo desconocido, y eso, querido, en un McGomery es una declaración de amor en toda regla.

Ewan tuvo que dejar la carta sobre la mesa un momento. Se pasó una mano por la cara. Después volvió a cogerla.

Sé lo que estás pensando, porque te conozco desde que estabas en el vientre de tu madre, y piensas en Eve.

Quizá te hayas atrevido a solicitar permiso para visitarla o a pedirle la mano si te gusta tanto como sospecho.

¿Te ha dicho que no? Y has desistido, ¿verdad?

¡Qué mezcla de paz y de tortura! Por un lado, la tranquilidad de que seguirás manteniendo en un altar el recuerdo de tu amada esposa y, por otro, el dolor de que nunca tendrás a tu lado a la mujer que amas.

Escúchame bien, Ewan, porque a mi edad cada carta puede ser la última.

Eve fue una muchacha luminosa. La quisimos todos.

Tu bisabuelo lloró en su entierro, y yo solo le había visto llorar un par de veces en setenta años.

La llevamos en el corazón y la llevaremos siempre.

Pero hay una diferencia enorme entre honrar a los muertos y esconderse tras ellos.

Y tú, querido mío, llevas demasiado tiempo ocultándote detrás de una tumba porque es más fácil que volver a arriesgarte y a perder.

Las letras se le emborronaron. Ewan parpadeó un par de veces y siguió leyendo.

Te voy a contar algo que seguro que ya sabes por otros.

Cuando conocí a tu bisabuelo, yo era una maestrilla que intentaba enseñar italiano a quienes quisieran pagar mis clases y él era el heredero de uno de los clanes más orgullosos de Escocia.

Todo el mundo nos dijo que lo nuestro era imposible.

Su familia, la mía, la sociedad, la Iglesia, hasta el mismo sentido común.

Hubo un día, en Roma, en que tu bisabuelo me dijo delante de la Corte que no volveríamos a vernos jamás.

Y lo dijo convencido, mi querido niño, porque creía que eso era lo mejor para mí porque pensaba que su mundo me destruiría.

Estuvo a punto de cumplirlo. ¡Qué absurdo es el orgullo, que cree que sabe lo que es mejor para el otro!

Luego regresó y me pidió matrimonio una noche de luna llena, en una de las terrazas de Glenmara Castle, al salir de un baile, arrodillado sobre la piedra helada, en un italiano espantoso que un tendero boloñés de Edimburgo le había escrito en el envés de una comanda.

Me dio un anillo sencillo, de oro mal repujado y una piedra azul que no vale gran cosa, el mismo que llevó la primera condesa de Currie cuando el clan no era más que una tribu de salvajes con espadas.

No me lo he quitado desde entonces. Setenta años lleva conmigo.

Y todavía hoy, muchacho, a mis noventa y cuatro, me despierto algunas noches y me quedo muy quieta, solo para oírlo respirar.

Ewan dejó de leer.

Se quedó mirando aquella línea durante mucho tiempo.

Era lo mismo que él le había dicho a Amelia la tarde de la lluvia, casi con las mismas palabras, sin saber de dónde las había sacado.

Ahora lo comprendía: las había aprendido de niño, en una casa donde dos ancianos se buscaban la mano por debajo de la mesa durante la cena creyendo que nadie los veía.

Tragó saliva. Pasó la hoja.

Una última cosa, y te dejo, que tu bisabuelo ha subido otra vez al tejado y tengo que ir a gritarle.

No sé qué pasará con esa muchacha. No sé si ella te quiere, aunque sospecho que sí, porque nadie escribe tanto sobre otra persona si esta no le devuelve la mirada.

Pero si algún día te dice que no, no te obsesiones con esa palabra.

Mira en su corazón. Si te rechaza por tu bien, te está diciendo que estás en sus pensamientos.

Con todo el respeto que merece una mujer, querido, aguarda. Y, si hace falta, ve a buscarla.

El amor no es algo que se nos dé una sola vez en la vida, como una herencia que uno dilapida. Es una tierra inagotable si se abona adecuadamente.

Los McGomery no morimos de amor, muchacho, vivimos de él.

Tu nonna , que te quiere y que te espera,

Gabriella

Ewan dobló la carta muy despacio.

Se quedó sentado unos minutos, con el papel entre las manos, mirando la nieve que había dejado de caer sobre Madison Square. Las calles empezaban a despertarse. Un carro de leche, un barrendero, un repartidor de periódicos que voceaba los titulares de la mañana con la voz ronca de frío.

Si te rechaza por tu bien…

Se levantó.

Se puso la levita sin llamar a Murdo. Se guardó la carta en el bolsillo del chaleco, junto al telegrama arrugado de Samuel.

Salió de la habitación y bajó la gran escalera del hotel de dos en dos escalones, ante la mirada escandalizada de una señora con un perrito faldero, cruzó el vestíbulo casi vacío, donde los mozos aún barrían la nieve que habían arrastrado los huéspedes de madrugada, y se detuvo ante el mostrador del telégrafo.

El empleado, un muchacho pecoso con visera verde, levantó la vista con desgana.

—Buenos días, señor. ¿Un cablegrama?

—A Escocia.

El chico le tendió un impreso y un lápiz. Ewan escribió la dirección sin dudar: Glenmara Castle. Tierras Altas. Escocia. Después se quedó un segundo con el lápiz suspendido sobre el papel.

Pensó en una piedra azul que no valía gran cosa y en los setenta años que su nonna llevaba sin quitársela.

Escribió deprisa, con letras grandes, apretando tanto el lápiz que estuvo a punto de romper la punta.

NECESITO TU ANILLO NONNA. STOP. URGE. STOP.