Capítulo 34
Nevaba sobre Nueva York.
Amelia dio una nueva vuelta en la cama e intentó contar ovejas porque alguien le había dicho que era efectivo para conciliar el sueño.
Hacía horas que había apagado la lámpara y seguía con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando cómo los copos pasaban por delante de la ventana, lentos, gruesos, silenciosos, cubriendo poco a poco el jardín de su casa y las chabolas de los alrededores, como si la ciudad hubiera decidido borrar toda existencia de la familia Rourke.
Lo habría aceptado si fuera así de sencillo, pero la vida era más complicada que eso y exigía sacrificios.
A medianoche creyó oír la campanilla de la puerta principal.
Se incorporó en la cama con el corazón en la garganta. En aquella casa, las noticias a medianoche nunca eran buenas.
Oyó los pasos del mayordomo cruzando el vestíbulo, los siguió el ruido de la puerta y el de una voz grave, en tono muy bajo.
Después, más pasos apresurados en la escalera y una puerta que se abría al fondo del pasillo, la del dormitorio de sus padres.
Un murmullo y el suave zapateo de unas zapatillas de la mejor calidad que bajaban.
Pasó un buen rato. Diez minutos, quizá quince. Amelia no se movió de donde estaba, como si un simple gesto pudiera atraer la mala suerte.
Por fin, unos golpes suaves en su puerta.
—Amelia. —Era su padre—. ¿Estás despierta?
El corazón le dio un vuelco.
—Adelante.
La puerta se abrió al instante. Franklin Rourke estaba en el umbral en bata y zapatillas, con el pelo revuelto por la almohada y un candil en la mano.
A la luz temblorosa de la llama parecía más viejo y, al mismo tiempo, extrañamente más joven, como un hombre que acabara de recordar algo que había olvidado hacía tiempo.
—Lord Currie está abajo —dijo con cierto pudor—. En el salón pequeño. Quiere verte.
Amelia sintió que se le cortaba la respiración.
—¿A estas horas?
—Eso mismo le he dicho yo. —Su padre esbozó una sonrisa cansada—.
Hemos estado hablando unos minutos. No me ha pedido permiso para nada, si es lo que te preguntas.
Me ha dicho que eso es un asunto entre vosotros.
—Hizo una pausa y bajó la vista hacia la llama—.
Tiene razón. Me he pasado demasiadas semanas decidiendo cosas por ti a fuerza de callarme. Esta vez lo voy a dejar en tus manos.
—Pero, papá…
—Baja, tesoro. Tu madre duerme con láudano y no se enterará de nada. —Le dejó el candil sobre la cómoda—. Yo estaré en el despacho. Si me necesitas, solo tienes que llamarme.
Y se fue, arrastrando las zapatillas por el pasillo.
Amelia se quedó sentada en la cama, mirando la llama.
Después se levantó. Ni se vistió ni se peinó.
Tampoco se miró en el espejo, porque sabía que, si lo hacía, no bajaría a enfrentarse al hombre que amaba.
Se echó sobre el ligero camisón de seda la bata de terciopelo azul, se la ciñó a la cintura con dedos torpes y salió descalza al pasillo.
La escalera nunca le había parecido tan larga. El mármol estaba helado bajo sus pies. En el vestíbulo, el mayordomo había dejado una lámpara encendida y se había retirado con discreción. La puerta del saloncito estaba entornada, y por la rendija salía la luz rojiza de los rescoldos de la chimenea.
Se detuvo con la mano en el pomo. Le latía el corazón tan fuerte que tuvo que esperar a que se calmara, cosa que no sucedió.
Cuando al fin reunió el valor de acceder, se topó con Ewan, que estaba de pie junto a la chimenea, de espaldas a ella, con el abrigo todavía encasquetado.
Tenía los hombros blancos de nieve, que empezaba a derretirse sobre el paño oscuro, y el sombrero en la mano, dándole vueltas por el ala como la tarde en que le habló de Eve. Al oírla, se volvió.
Se miraron.
Él no dijo nada durante tanto tiempo que parecieron horas.
La recorrió con los ojos, de los pies descalzos al pelo suelto sobre los hombros, y Amelia vio cómo tragaba saliva, cómo apretaba el sombrero entre los dedos hasta doblarle el ala.
Tenía copos de nieve en el pelo y en las pestañas, y la cicatriz rosada de la ceja se le había vuelto blanca por el frío.
—Perdóname por la hora —dijo al fin, tuteándola, y la voz le salió más ronca que de costumbre.
—Estás empapado.
—He venido caminando.
—¿Desde dónde?
—Desde casa de los Sinclair. —Una sonrisa fugaz—. No me he dado cuenta de que nevaba hasta que he llegado a la verja.
Amelia cerró la puerta a su espalda sin apartar los ojos de él. Quiso decirle que se quitara el abrigo, que se acercara al fuego, que iba a coger una pulmonía. No le salió ninguna de esas cosas.
—¿Ha sucedido algo más? —preguntó en cambio—. Tienes una expresión…
—El forajido que apresamos en el muelle ha muerto.
—Lo dijo sin dramatismo, como quien da la hora—.
Pero de eso hablaremos mañana. —Dejó el sombrero sobre la repisa de la chimenea con un cuidado extraño, como si pesara—.
Cuando nos lo han dicho, me he dado cuenta de que la vida pasa tan deprisa que postergamos las cosas importantes para centrarnos en las que no tienen ningún sentido.
Dio un paso hacia ella, despacio, contenido.
—No sé hacer discursos, Amelia. En mi familia los hombres no suelen hablar mucho. Se limitan a hacer las cosas y a esperar que las mujeres que aman las valoren. Así que voy a decírtelo de la única manera que sé, si me lo permites.
Ella no podía moverse. No podía respirar. Sentía el frío del suelo subiéndole por las piernas y, al mismo tiempo, un calor insoportable en el pecho.
—La última vez que dije estas palabras —continuó él, muy despacio— estaba junto a un lago, y pensé que no volvería a decirlas en toda mi vida. Que se habían ahogado con ella.
Hizo una pausa. Los rescoldos crepitaron en la chimenea. La miró a los ojos.
—¿Me harías el honor de casarte conmigo?
No se extendió más allá, ni se puso de rodillas en el suelo, ni extrajo un anillo reluciente del bolsillo interior.
Ante sí tenía a un hombre con nieve sobre los hombros, de pie en mitad de un salón a oscuras, que acababa de enterrar su duelo en una sola frase y esperaba, con las manos vacías, a que ella decidiera qué hacer con lo que quedaba de él.
Amelia sintió que algo se le rompía por dentro. Algo que ni siquiera sabía que tuviera. Emitió un sonido que no llegó a ser una palabra y se llevó una mano a la boca.
Quería decir que sí. Lo quería con todo el cuerpo, con todas las fuerzas que le quedaban, con una violencia que la asustó. Quería cruzar aquel salón y apoyar la frente en su pecho mojado y quedarse allí hasta que dejara de nevar, hasta que se acabara el invierno, hasta que se acabara el mundo.
Y precisamente por eso no se movió un ápice de donde estaba.
Porque vio con toda claridad lo que pasaría después.
Lo había visto cada noche desde la tarde de la lluvia, frente al espejo, con el cepillo aún en la mano.
Lo vio en la cicatriz blanca de su ceja.
En sus nudillos en carne viva. En aquel hombre que no tenía por qué morir pero que lo haría gustoso, por ella, esa misma noche.
La desgracia aparecería en su camino. La desgracia, en quienes caminaran a su lado.
Y Ewan McGomery ya estaba demasiado cerca.
Si el dolor por enterrar a su mujer había sido tan profundo, ella no iba a permitir que sufriera de nuevo de la misma manera.
Se apretó las manos, una contra otra, los dedos cruzados, hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
—No —dijo. Fue apenas un susurro. Él no se movió, ni siquiera parpadeó—. No puedo hacerlo, Ewan.
—¿Por qué?
Tenía la voz tranquila, ligeramente rota al final de cada sílaba. Amelia supo que, si lo miraba a los ojos, se derrumbaría, así que se centró en los rescoldos de la chimenea.
—Porque tengo una obligación.
Él tragó saliva.
—Hay otras maneras de salvar a tu padre y las encontraremos. —Dio un paso hacia ella—. Trix, Samuel, Violet… yo. No estás sola y lo sabes.
Amelia contuvo la lágrima que pujaba por escapar de entre sus párpados.
—No, no estoy sola. Nunca lo he estado. Y todo el que se acerca a mí acaba pagando por ello. —Le temblaba la voz—. Mira tu rostro, Ewan. Hace una semana te abriste la ceja defendiendo un barco que ni siquiera era tuyo. ¿Qué será lo próximo? No podría vivir sabiendo…
—Amelia…
—No podemos. ¿Es que no lo entiendes? No puedo…
Se le quebró la voz y tuvo que detenerse. Ewan la miraba con una expresión que Amelia no había visto nunca en ningún rostro, una mezcla de ternura y de dolor tan desnuda que resultaba casi insoportable.
El silencio que siguió fue el más largo de su vida.
Afuera seguía nevando. Se oía el reloj del vestíbulo. Se oía la respiración de Ewan, entrecortada, como la de un hombre que acaba de recibir un golpe y todavía no ha podido reaccionar.
—¿Sientes algo por mí? —preguntó él, muy despacio.
Amelia cerró los ojos.
Habría podido mentir. Lo había hecho toda la vida, con aquella sonrisa de broche esmaltado, con aquella serenidad perfecta que le servía para devolver todos los golpes. Habría bastado con decir que no. Una sola sílaba. Él se habría marchado para siempre, y habría estado a salvo.
Pero no pudo.
—Eso no importa —susurró.
Él soltó el aire muy despacio. Y Amelia comprendió, por la manera en que se le relajaron los hombros, que acababa de decirle exactamente lo que había querido evitar.
Ewan no insistió. Tampoco se acercó ni la tocó. Se quedó mirándola un instante más, como si quisiera guardarla en la memoria: los pies descalzos, la bata azul, el pelo suelto, el rostro mojado de lágrimas. Después recogió el sombrero de la repisa.
—Me marcho —anunció—. Pero necesito que te quede claro que esta noche no te he pedido que me salves. Te he pedido que me dejes estar a tu lado, aunque nos hundamos.
Ella no contestó. No podía.
Lo acompañó hasta el vestíbulo sin saber muy bien cómo sus piernas la sostenían.
Él abrió la puerta principal. El frío entró de golpe, con un remolino de copos que se deshicieron sobre el mármol, a sus pies descalzos.
Fuera, la avenida era una extensión blanca, perfecta, sin una sola huella todavía, salvo las suyas, las de un hombre que había cruzado media ciudad bajo la nieve para decir apenas unas pocas palabras.
Ewan se detuvo en el umbral. Se volvió. De nuevo tenía nieve en las pestañas.
—Voy a esperarte —dijo—. No desistiré hasta estar seguro de que todo está perdido.
Amelia se agarró al borde de la puerta. Sentía que, si lo soltaba, se caería. Le temblaba la barbilla. Y las manos. Le temblaba todo lo que tenía dentro, pero la voz, cuando por fin salió, sonó firme y clara, como la de una muchacha educada para recibir en los salones de la Quinta Avenida.
—No he cambiado de idea, lord Currie. —Tragó saliva—. Anunciaré mi compromiso con Chester Merrit en el baile.
Él la miró un instante más. No dijo nada.
Y Amelia cerró la puerta despacio, que es la manera más cruel de hacerlo.