Capítulo 33
A las nueve de la noche, la mesa de biblioteca de la mansión Sinclair estaba tan cubierta de documentos que nadie podría decir si era de caoba o de ébano negro.
Trix había hecho retirar el tapete, el tintero de plata de su padre y la colección de minerales que llevaba treinta años ordenando por colores, y en su lugar había extendido todo lo que habían conseguido reunir aquella semana: escrituras copiadas a mano, cartas de bancos, recortes de periódico, un plano de la Quinta Avenida desde la calle Cincuenta y nueve hasta los peñascos del norte, con seis solares coloreados en rojo, y tres libretas llenas de su propia letra, pequeña y apretada.
Alrededor de la mesa, en mangas de camisa, estaban los demás.
Samuel, de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y el ceño fruncido más por el cansancio que por su mal humor.
Violet, sentada muy recta, con una taza de té que había dejado enfriar varias veces antes de reponerla.
Sebastian, en la butaca de cuero, con las piernas estiradas, un puro apagado entre los dedos y esa calma exasperante de los ingleses que llevan quinientos años sin tener prisa.
Y Ewan, que apenas había hablado desde que llegó, junto a la ventana, mirando a la calle cada pocos minutos como si esperase que algo fuera a ocurrir.
Elliot se había excusado. Tenía una partida de whist en el club con Chester Merrit y, según sus propias palabras, alguien tenía que sacrificarse.
—Muy bien. —Trix apoyó las dos manos sobre la mesa—. Vamos a repasarlo todo de nuevo desde el principio. Esta vez más despacio para que no se nos escape nada.
—Ya lo hemos hecho tres veces, querida —dijo Samuel—. Y lo que sabemos es casi lo mismo que sabíamos antes de reunirnos.
Violet le sonrió por encima de la taza. Sabía que su amiga no desistiría hasta encontrar un hilo del que tirar, así que decidió ser ella la que empezara.
—Primero: los solares. —Señaló el plano—. Ewan, cuéntalo tú, que fuiste el que se pasó una mañana entera en el registro.
El aludido se volvió desde la ventana.
—En los últimos dieciocho meses se han vendido doce manzanas alrededor de la casa Rourke —se acercó y lo señaló en el mapa—.
Seis compradores distintos. Una inmobiliaria, una compañía de mejoras, una sociedad de terrenos, un fideicomiso, un tal Peter Lang que no tiene dirección y una viuda de Nueva Jersey.
Nombres diferentes, notarios diferentes.
Nadie diría que tienen nada que ver entre sí.
—Salvo por un detalle —añadió Trix.
—Salvo porque todos esos documentos, una vez inscritos, se devolvieron a la misma dirección. —Ewan dejó sobre la mesa una hoja copiada con su letra—. Número 38 de Wall Street. El despacho de Aldous Merrit.
—Las sociedades pantalla —dijo Trix, y al ver la cara de Samuel se explicó—: Empresas fantasmas, Jed.
Existen solo para figurar, pero no tienen una actividad real.
Detrás de todas ellas hay un único dueño que no quiere que se sepa de él.
—Pasó el dedo por los seis cuadrados rojos del plano—.
Merrit lleva año y medio comprando en secreto todo lo que rodea la casa de Amelia.
Si los Rourke caen, la manzana entera es suya. La avenida entera, podríamos decir.
—El imperio del que siempre ha hablado el señor Rourke —murmuró Violet.
—Exacto. Segundo: los pagarés. —Trix abrió una de las libretas—.
Merrit ha comprado todas las deudas de Franklin a los bancos.
Beckwith se las vendió por miedo a no poder cobrarlas, un miedo que incentivó el propio Aldous.
Si la semana que viene no se liquidan esas deudas, Merrit se queda con todo lo demás: la naviera, las acerías y la casa.
—Tercero —continuó, pasando la página—, el ferrocarril. El Ohio se llama banca. Tenemos a un consejero de un ferrocarril que rompe un contrato.
Mal negocio, quizá, pero es su derecho. Y tenemos a un caballero que comenta en su club que un amigo tiene mala suerte.
—Abrió las manos—. En Inglaterra ni siquiera eso sería calumnia. Aquí, sospecho, todavía menos.
Samuel frunció el ceño.
—Entonces, ¿todo esto no sirve para nada?
—Sirve para saber quién es Aldous Merrit —contestó Trix, y le costó decirlo, porque llevaba días odiándolo en silencio—.
Pero no sirve para atraparlo y ponerlo ante la justicia.
Sebastian tiene razón. Todo lo que hemos encontrado es desagradable, mezquino y cruel.
Y es perfectamente legal. —Cerró la libreta con un golpe seco—.
Aldous Merrit no ha dado un solo paso fuera de la ley. Por eso es tan peligroso.
—Quizá sí ha dado uno sin darse cuenta —dijo Ewan que había permanecido todo el tiempo con la vista fija en los documentos.
Trix asintió despacio.
—¿Cuál?
Ewan buscó entre los papeles un recorte del Herald . Una columna pequeña, en la página de sucesos, sobre un intento de incendio frustrado en el muelle seis que los tres hombres conocían muy bien.
—Como decíais, enviar naipes en sobres anónimos a una muchacha es una canallada, pero no un delito y ningún juez de esta ciudad mandará a la cárcel a Aldous Merrit por eso, pero…
—¿Pero? —lo secundó Samuel con impaciencia.
—El tipo que apresamos en el muelle. Ese tal Jameson —los miró uno a uno—. No ha abierto la boca desde que lo detuvieron. —Tocó el recorte con la punta del dedo—. Prender fuego a un barco sí es un delito. Y el incendio del almacén, también, si alguien pudiera demostrar que no fue un accidente…
—Pero no se puede —dijo Samuel—. Los bomberos no encontraron nada más allá de varios puntos de ignición, y del almacén solo quedan cenizas.
—Samuel tiene razón, así que solo nos queda una cosa. —Trix levantó la vista hacia Ewan—. Hacer hablar a ese tipo del muelle.
Hubo un instante de silencio donde todos apartaron la mirada. Ewan se apoyó en la mesa. Samuel también. Durante un momento, los cinco miraron aquel recorte como si fuera lo único que quedaba en pie en toda la ciudad.
—Es el único que puede decir quién le pagó —continuó Trix—.
Él vio la cara de quien le dio las latas de aceite y el mazo de naipes.
Él sabe de dónde salió el dinero. Si él habla, todo lo demás, los solares, los pagarés, el ferrocarril, deja de ser una colección de casualidades legales para convertirse en un plan contra los Rourke.
Violet tomó aire.
—¿Y hablará? Porque no ha abierto la boca desde entonces, según nos dicen desde la comisaría —preguntó.
Samuel se pasó una mano por la barba.
—En eso estamos y creo que podemos conseguirlo.
—Miró a Trix, que asintió para que siguiera—.
Le pagué un abogado. Un irlandés listo, O'Brien, que se conoce las comisarías como la palma de la mano.
Fue a verlo a la celda y le explicó la situación: si no habla, se comerá él solo diez años en Sing Sing por el intento de incendiar el Mercy .
Pero si dice la verdad, el fiscal puede ser generoso.
—Se encogió de hombros—. El tipo pidió una noche para pensarlo.
O'Brien va a volver mañana a las diez con un escribano.
—Si eso es así —dijo Sebastian—, puede que mañana tengamos algo más que papeles.
Nadie contestó. Nadie se atrevía todavía a alegrarse.
Fue en ese momento cuando llamaron a la puerta de la biblioteca.
Era el mayordomo de los Sinclair, con la bandeja de plata y una expresión de profunda incomodidad por la hora en la que traían una nota.
—Disculpen —carraspeó—. Un mensajero para el señor Flaherty. Dice que es del señor O'Brien y que es urgente.
Samuel cogió el sobre. Era un simple papel doblado, sin lacre, escrito a lápiz y con prisa. Lo leyó de pie, junto a la chimenea. Trix, que lo conocía mejor que a nadie, vio cómo se le borraba el color de la cara antes de que terminara la primera línea.
—¿Jed?
Él tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz le salió ronca.
—Lo han encontrado muerto en su celda. A Jameson. Hace una hora. —Levantó la vista del papel—. Colgado de los barrotes de la ventana con su propio cinturón.
Violet se llevó una mano a la boca. Sebastian se incorporó despacio en la butaca.
—La nota dice que ha sido un suicidio —continuó Samuel, y la arrugó en el puño—. El sargento de guardia ya lo ha firmado. Caso cerrado.
—Suicidio —repitió Trix.
La palabra se quedó flotando en la biblioteca como el humo de un disparo.
—Los presos no llevan cinturones en las celdas —dijo Ewan en voz baja—. Se los quitan al entrar, precisamente para esto.
—Lo sé —dijo Samuel—. O'Brien también lo sabe, por eso ha mandado la nota esta misma noche.
Nadie dijo nada durante un largo rato.
Trix miró la mesa. Los seis solares marcados en rojo.
Los pagarés. El ferrocarril. Las tarjetas de Violet.
Todo aquel trabajo, todas aquellas noches, todas aquellas cifras que por fin, después de semanas, empezaban a contar una historia.
Y en el centro, el recorte del Herald , con la única pieza que convertía esa historia en un delito.
Merrit la acababa de quitar del tablero.
La única prueba que podía llevar a Aldous Merrit ante un juez acababa de morir estrangulada.
Ewan se apartó de la mesa, fue hasta la silla donde había dejado el abrigo y empezó a ponérselo con calma.
—¿Adónde vas? —le preguntó Samuel.
Ewan se abrochó los botones uno por uno.
—A hacer algo que tendría que haber hecho hace días.
—¿A estas horas? —Violet se había levantado—. Ewan, es casi medianoche. Sea lo que sea, puede esperar a mañana.
—No. No puede.
Recogió el sombrero. Se detuvo un momento en la puerta de la biblioteca y los miró a todos: al duque en su butaca, a la duquesa de pie, a Samuel con la nota arrugada en el puño y a Trix, rodeada de papeles inútiles.
—Esta noche han matado a un hombre para que no hablara —dijo—. Mañana pueden hacer lo mismo con cualquiera de nosotros.
—Ewan… —empezó Trix.
—Seguid con esto —la interrumpió, señalando la mesa con un gesto de cabeza—. Ahí está todo y, tarde o temprano, un hombre como Merrit comete un error.
Y se marchó.
Oyeron sus pasos en el vestíbulo, la voz del mayordomo, la puerta principal al abrirse y el golpe del frío de la calle al cerrarse.
Violet miró a su marido. Sebastian se encogió de hombros con una media sonrisa en los labios.
—Conozco esa cara —dijo el duque—. Yo la tenía la noche en que fui a buscarte, querida.
Y volvió a encender el puro con toda la calma del mundo.
Trix se volvió hacia la ventana. En la calle, bajo la luz amarilla de una farola, una figura alta se alejaba a paso rápido hacia el norte, hacia el extremo oscuro de la Quinta Avenida.
Empezaba a nevar.