La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 32
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Capítulo 32

Five Points olía a col hervida y a río estancado.

Amelia lo había leído en los periódicos, como todo el mundo.

Había visto los grabados del Harper's Weekly en los que aparecían niños descalzos y hombres apoyados en la pared con una navaja en el cinturón.

También había escuchado en los salones a las señoras de la beneficencia hablar de aquel barrio como quien habla de una enfermedad que no se debe decir en voz alta.

Pese a todo, no estaba preparada para lo que encontró al doblar la esquina de Worth Street.

En la confluencia de Baxter, Worth y Park Street, el cruce de cinco esquinas que había dado nombre al barrio, la ciudad parecía hundirse.

Y no era una forma de hablar. Prudence le había contado, mientras caminaban, que todo aquel suelo había sido una laguna, el Collect Pond, que la ciudad había rellenado hacía más de setenta años con tierra y con basura, y que desde entonces el terreno no había dejado de ceder.

Las casas se inclinaban unas contra otras como borrachos al salir de la taberna.

Los adoquines estaban rotos o simplemente no existían.

El agua de los charcos tenía un brillo aceitoso, y en los sótanos, le dijo Prudence, siempre había humedad, porque la laguna seguía allí debajo, aguardando.

Las fachadas eran de ladrillo ennegrecido, con escaleras de incendios que servían de balcón, de tendedero y de dormitorio en verano.

De ventana a ventana, cruzando los callejones, colgaban cuerdas con ropa tendida: camisas grises, enaguas remendadas, pañales que nunca terminaban de secarse.

En las aceras, los buhoneros vendían pan duro, carne de dudosa procedencia y objetos que nadie preguntaba de dónde habían salido.

Había niños por todas partes, más de los que Amelia había visto juntos en toda su vida, sucios, descalzos, ruidosos, que corrían entre los carros y las piernas de los adultos con una agilidad sorprendente.

Y había voces que provenían de todas partes.

Gritos en irlandés, en italiano, en alemán o en un inglés que Amelia apenas entendía.

Una mujer vociferaba desde un cuarto piso a alguien que estaba en la calle.

Un hombre cantaba en una taberna. Un organillero hacía girar la manivela de su instrumento en una esquina, con un mono vestido de soldado encaramado al hombro.

Era una Nueva York que se parecía más a otro mundo lejano e invisible que a una realidad que coexistía con ellos, con los miembros de la alta sociedad, solo unas manzanas más allá.

—No se detenga, señorita —le susurró Prudence, cogiéndola del brazo—. Pararse puede dar la impresión de que se ha perdido y eso la delataría como alguien que no pertenece a este mundo.

Amelia obedeció de inmediato. Se ajustó el chal de lana parda sobre los hombros y bajó la vista, como le habían enseñado aquella misma mañana.

Llevaba un vestido de Prudence. Uno viejo, de sarga marrón, con los puños deshilachados y un remiendo en la falda que la doncella le había cosido la noche anterior a la luz de una vela.

Su disfraz se completaba con unas botas de cordones que le apretaban en los dedos, un gorro de lana calado hasta las orejas y nada de joyas, por lo que se había quitado hasta las pequeñas perlas que llevaba siempre desde que tenía uso de razón.

—Tiene usted cara de haber desayunado todos los días de su vida —le había dicho Prudence con los brazos en jarras cuando su señora se plantó en su cuarto para que le diera el visto bueno—. Eso no hay forma de disimularlo, pero al menos que no se note el corsé.

Y le había aflojado los cordones hasta que Amelia pudo respirar como ni siquiera recordaba.

Gabriel Shaw las había esperado en la esquina de Baxter, apoyado en una farola apagada, con una gorra de paño y un abrigo raído que parecía haber pertenecido a otro hombre.

Así vestido podría pasar por cualquier estibador del barrio.

Solo los ojos, grises y atentos, lo delataban.

Al verlas llegar se despegó de la farola sin prisa, se llevó dos dedos a la visera y echó a andar junto a ellas como si se hubieran encontrado por casualidad.

—Llega tarde, Prudence —dijo en voz baja, sin mirarla.

—No había manera de convertir a mi señora en una ciudadana de Five Points.

Este le echó una ojeada rápida a Amelia y sonrió levemente.

—Ya lo veo.

Amelia los observó de reojo y sin decir nada. Al lado de Prudence se sentía segura, o al menos eso quería creer.

La noche anterior había salido una nota de la casa Rourke en el bolsillo de Prudence, en un sobre sin membrete: Necesito encontrar a una persona en Five Points.

No puedo decirle más por escrito. Iré con mi señora.

La había dejado en la tonelería de debajo de la casa de Gabriel Shaw y la respuesta había llegado antes de medianoche, de la mano de un limpiabotas con la gorra calada hasta las cejas: Esquina de Baxter con Worth.

A las tres. Que tu señora no parezca lo que es. G. S.

No se lo habían contado a nadie más.

Ni a Violet, que durante la cena, con la servilleta en el regazo y los ojos llenos de curiosidad, le había preguntado qué quería de ella la señora Astor. Ni a Trix, que había aparecido después del café con Samuel y había hecho la misma pregunta con bastante menos delicadeza.

Amelia les había contado que había sido una visita de cortesía, que la señora Astor había tenido la amabilidad de decirle que la campaña de la duquesa no le había pasado inadvertida, y que le había ofrecido té.

No era del todo mentira. Solo una verdad a medias.

Ni siquiera ella estaba segura de por qué lo había hecho.

Quizá porque Trix habría ido directamente a la calle Catorce a arrancarle los ojos a Aldous Merrit, y Violet habría convertido aquello en otra campaña, con landós y columnas de sociedad en los mejores diarios.

Quizá porque, después de doce años, sentía que ella era la única responsable de su destino, sí, el que estaba impreso en ese diez de espadas.

O quizá, simplemente, porque tenía miedo de lo que pudiera encontrar en el sótano de una vieja pitonisa, y no quería que nadie que la quisiera estuviera allí para verlo.

Por eso, al regresar de casa de los Astor, había subido directamente a su dormitorio, había llamado a Prudence y, sin quitarse siquiera los guantes, le había preguntado:

—¿Todavía conoces a alguien en Five Points?

La doncella la había mirado un buen rato antes de contestar.

—Aunque salgas de allí, como es mi caso, siempre seguirás siendo de Five Points, señorita.

*****

La taberna The Harp estaba donde la señora Astor le había indicado, en la parte baja de Baxter Street.

Tenía un arpa pintada en la puerta que había perdido casi todas las cuerdas y la mitad del dorado.

Dentro olía a cerveza agria y a serrín mojado.

Shaw entró solo. Salió cinco minutos después con el rostro pétreo.

—Se marchó hace meses —les dijo—. En primavera, después de que le subieran el alquiler del sótano. El tabernero dice que ahora viven ahí dentro tres familias de traperos napolitanos y que la vieja se llevó lo poco que tenía para no volver.

—¿Adónde? —preguntó Amelia.

Él miró alrededor. En un lugar como aquel no se podía bajar la guardia.

—O no lo sabe o no quiere decirlo. —Se encogió de hombros—. Pero hay gente que quizá pueda ayudarnos.

Echó a andar hacia el norte sin añadir una palabra más, hacia el lugar donde la calle Mulberry se doblaba sobre sí misma como un codo.

La llamaban la Curva, y hasta Prudence bajó la voz al entrar en ella. Si el resto de Five Points era pobre, aquello era la pobreza misma convertida en un recodo.

Detrás de las fachadas que daban a la calle se abría un laberinto de patios interiores, pasadizos estrechos y callejones sin salida donde nunca entraba el sol.

En cada solar se amontonaban dos, tres, cuatro casas de vecinos, unas detrás de otras, comunicadas por escaleras podridas y pasarelas de madera.

Allí vivían sobre todo italianos, le explicó Shaw en voz baja, recién llegados de Génova y de Nápoles, que habían ido desplazando a los irlandeses.

Traperos, vendedores ambulantes, organilleros.

Gente que dormía hacinada de diez en diez en cuartos de un par de metros por pared.

Amelia pisó algo blando y prefirió no mirar qué era.

Shaw preguntó a un viejo que clasificaba trapos en un portal.

Después a una mujer que despiojaba a un niño junto a una fuente.

Como no halló respuesta fue directo hacia un muchacho que vendía cerillas y que, a cambio de una moneda, los condujo por un pasadizo que Amelia no habría visto, aunque hubiera pasado cien veces por delante.

—¿Sabrán quién es la señora Perkins? —murmuró Amelia, pues todos parecían saber de quién hablaba cuando Shaw les hacía la pregunta.

—Aquí todo el mundo se conoce, señorita —dijo Prudence—. Eso es lo que te deja atrapada en lugares como este.

En un momento dado, al cruzar un patio, una anciana que fumaba en pipa sentada en un escalón se quedó mirando a Prudence con los ojos entornados.

—¿Tú no eres la chica de Maureen Mahoney?

Prudence se detuvo. Amelia la vio tragar saliva.

—Sí, señora Keane.

—Vaya. —La anciana la miró de arriba abajo, desde el sombrero hasta las botas—. Te has hecho una señora.

—De ninguna manera, señora Keane. Solo trabajo en una casa de la avenida.

La vieja soltó una carcajada que terminó en un ataque de tos y las dejó pasar. Prudence no añadió nada más, pero Amelia vio que se le habían humedecido los ojos y, sin pensarlo, le apretó la mano. La doncella no la retiró.

Cruzaron un segundo patio. Después un tercero, más oscuro, más estrecho, donde la ropa tendida formaba un techo gris sobre sus cabezas y el aire olía a humedad y a vela de sebo quemada.

Al fondo había una casa de tres plantas que parecía sostenerse únicamente porque las de los lados no la dejaban caer.

—Tercer piso —dijo Shaw—. La puerta del fondo.

Subieron. La escalera crujía a cada paso y, en algunos tramos, faltaban escalones. En el primer piso lloraba un bebé. En el segundo, alguien discutía en italiano. En el tercero solo había silencio.

La puerta del fondo estaba entornada.

Shaw levantó una mano para que se detuvieran. Apoyó la palma en la madera y empujó despacio.

La habitación era pequeña, de techo bajo, con una sola ventana cubierta por un trapo a modo de cortina.

Todo estaba revuelto.

El colchón estaba rajado de parte a parte, con la paja desparramada por el suelo.

Un par de baúles estaban abiertos, con la ropa tirada y pisoteada: faldas de colores chillones, un turbante de seda raída, chales con flecos.

Había una silla volcada. Un cajón en el suelo.

Y por todas partes, como hojas caídas, había naipes.

Decenas de cartas. Viejas, manoseadas, con los bordes blandos de tanto usarlas, esparcidas sobre las tablas del suelo como si alguien las hubiera arrojado al aire con furia.

En un rincón, junto a la estufa fría, había una botella de cristal tallado hecha añicos. Un líquido rojo oscuro, casi negro, se había secado en las junturas del suelo.

Licor de guindas.

Amelia se quedó en el umbral. No podía moverse. Miraba los naipes del suelo buscando uno en concreto, sin querer encontrarlo, y el corazón le latía tan fuerte que le dolía en la garganta.

Shaw entró. Recorrió la habitación con la mirada, sin tocar nada. Después se acercó al camastro, al rincón donde quedaba un pedazo de manta revuelta, y puso la mano encima.

Se quedó muy quieto.

—Está caliente —dijo.

Prudence se santiguó.

—¿Quiere decir que…?

—Quiere decir que hace menos de una hora había alguien tumbado aquí. —Shaw se incorporó y miró la ventana, el trapo, el patio de abajo—. Y que se ha ido a toda prisa.

Amelia sofocó un gemido.

—¿Se la han llevado?

—No lo sé. No hay sangre. —Hizo una pausa—. Todavía.

Un ruido en el pasillo los hizo volverse a los tres a la vez.

En la puerta de enfrente, entreabierta apenas una rendija, había aparecido un rostro.

Una mujer joven, flaca, con un niño de pecho en brazos y los ojos enormes de quien lleva demasiado tiempo sin comer.

Los miraba con una mezcla de miedo y cuidado.

Shaw sacó una moneda del bolsillo. Diez centavos. La sostuvo en alto, entre dos dedos, para que brillara a la luz de la ventana.

La mujer la miró, después a su hijo y abrió un poco más la puerta.

—¿Dónde está la anciana? —preguntó Shaw en voz baja.

—No lo sé. —La mujer tenía un acento irlandés tan cerrado como el de Prudence cuando se enfadaba—. Esta mañana la oí toser, como siempre. Luego se hizo el silencio.

—¿Ha venido alguien a por ella?

La mujer cogió la moneda. Se la guardó en el escote con un movimiento rápido, de ladrona experta, y apretó al niño contra el pecho.

—Ayer vinieron unos hombres preguntando por ella. Se lo dije, a Sofronia. Tenía que advertirla. —Miró el cuarto revuelto por encima del hombro de Shaw y bajó todavía más la voz—. Dicen que volverán esta noche.