Capítulo 31
La mansión de los Astor, en la esquina de la Quinta Avenida con la calle Treinta y cuatro, era de ladrillo rojo y piedra parda, sobria hasta la severidad, y no se parecía en nada a los palacios de mármol que los nuevos ricos levantaban a golpe de talonario un poco más al norte.
Los Astor no lo necesitaban. Pertenecían a la antigua élite neoyorquina, los cuatrocientos, y la señora Astor era precisamente quien los capitaneaba.
Como solía decir, no tenía que demostrar nada a nadie.
Era el resto de Nueva York quien tenía que demostrarle a ella cuánto valía para ser recibido en su presencia.
Amelia se apeó del carruaje a las cuatro menos cinco, pues llegar tarde sería imperdonable.
Su madre la había acompañado, ¿quién se lo hubiera impedido?
, pero se quedó dentro del coche, con los labios apretados y una mueca en la frente que demostraba que seguía sintiéndose injustamente tratada por la matriarca de los Astor.
—Fíjate en todo —le susurró a su hija antes de que esta entrara en la casa—. En las cortinas, en la vajilla, en lo que te ofrezca. Y, por lo que más quieras, no digas nada ingenioso.
Amelia no le prometió nada.
Un mayordomo de cabellos blancos la condujo a través de un vestíbulo en penumbra, entre retratos de antepasados que la miraban con desaprobación desde sus marcos dorados, hasta una salita del primer piso.
No era el famoso salón de baile, donde, según se decía, no cabían más de esas cuatrocientas personas elegidas; era una estancia pequeña, cálida, forrada de seda color vino, con un fuego encendido y una ventana que daba a la avenida.
Junto a la ventana, sentada muy erguida en un sillón tapizado de terciopelo, la esperaba la señora Astor.
Amelia la había visto en muchas ocasiones, incluso la había saludado, pero esta jamás se había dignado a dirigirle la palabra más allá de lo estrictamente marcado por la etiqueta.
Era una mujer de algo más de cincuenta años, de cabello oscuro recogido con severidad, vestida de seda negra y con un collar de diamantes que a aquella hora de la tarde habría resultado vulgar en cualquier otra mujer menos en ella.
Tenía los ojos oscuros, inmóviles, y una forma de mirar que hacía que uno se sintiera tasado, medido, dimensionado.
—Señorita Rourke. —No se levantó, por supuesto—. Siéntese, por favor.
Amelia hizo una reverencia impecable y se sentó en el borde del sillón que le indicaba.
—Le agradezco mucho su invitación, señora Astor.
—No me lo agradezca todavía. No sabe para qué la he llamado.
Sobre una mesita, junto a la taza de té, había una licorera de cristal tallado llena de un líquido rojo oscuro, casi negro. La señora Astor sirvió dos copas pequeñas sin llamar a ningún criado y le tendió una.
—Licor de guindas —dijo—. Lo elaboran en una finca que tenemos en el valle del Hudson. Hace muchos años que no se lo ofrezco a nadie.
Amelia lo probó por cortesía. Era dulce, espeso y le quemó la garganta.
La señora Astor la observó beber sin tocar su propia copa.
—Usted estuvo en mi casa una vez, señorita Rourke. Hace doce años. En la fiesta de verano que di en el jardín. Llevaba un vestido blanco con un lazo azul y se le había soltado una trenza.
Amelia dejó la copa sobre la mesa muy despacio.
—No sabía que me recordaba.
—No la recordaba a usted. Recordaba su nombre. —La dama cruzó las manos sobre el regazo—. Me lo dijeron aquella misma tarde a cambio de dos monedas de plata.
El fuego crepitó en la chimenea. Afuera, en la avenida, un carruaje pasó al trote y el ruido de los cascos llegó amortiguado, lejano, como desde otro mundo.
—No la entiendo —dijo Amelia, aunque empezara a saber de qué estaba hablando.
—Aquella tarde —prosiguió la dama—, contraté a una mujer para que echara las cartas a mis invitados.
Ya sabe, uno de esos entretenimientos inocentes.
Una irlandesa de Five Points que se hacía llamar madame Margot y que hablaba con un acento francés espantoso.
Su verdadero nombre era Sofronia Perkins.
—La señora Astor pronunció aquel nombre como quien toca algo sucio con la punta de los guantes—.
Le prohibí expresamente que les leyera la buenaventura a los niños.
Es de un pésimo gusto hacer algo así, pero los cinco dólares que ustedes le ofrecieron la inclinaron a no hacerme caso.
El resto de la historia creo que usted ya la conoce.
Amelia le mantuvo la mirada. Recordó el tapete, el olor a cera, los pañuelos de colores conformando la tienda a su alrededor. La mano sarmentosa volviendo la última carta.
—Las vi a ustedes cuatro salir de su tenderete desde esta misma ventana —continuó la dama—. A usted y a sus tres amiguitas. Y cuando la adivina intentó escabullirse por la puerta de servicio con media botella de este mismo licor en el estómago, le corté el paso y le pregunté qué les había dicho.
—¿Por qué? —A Amelia se le quebró un poco la voz—. ¿Por qué le importaba lo que una pitonisa de feria dijera a cuatro niñas?
La señora Astor tardó en contestar. Por primera vez desde que había entrado en la salita, Amelia la vio apartar los ojos, apenas un instante, hacia el fuego.
—Porque no era una pitonisa de feria, y usted lo sabe tan bien como yo.
En esta ciudad, entre la gente que importa, todo el mundo lo sabía.
Aquella mujer mentía el noventa y nueve por ciento de las veces, porque de eso sobrevivía.
Pero una de cada tantas, lo que brotaba de sus labios era la verdad.
El futuro. Lo que iba a pasar. —Se frotó ligeramente las manos—.
Le dijo a la joven Gertrude van Rensselaer que se casaría vestida de negro, y la víspera de su boda murió su padre y tuvo que ir al altar de luto riguroso.
Le dijo al viejo Beekman que el fuego le devolvería lo que el fuego le había quitado, y tres años después, cuando ardió su casa de Gramercy Park, apareció entre las cenizas el testamento que su familia llevaba media vida buscando.
Nadie hablaba de ello en voz alta, por supuesto.
Pero nadie volvía a contratarla para leerles la buenaventura.
—Excepto usted.
—Excepto yo. —La dama no se inmutó—. Necesitaba entretener a muchos invitados y era la mejor. Cometí un error, cosa que pocas veces hago.
Hizo una pausa.
—Aquella tarde había muchos niños en mi jardín.
Hijos de gente de mi círculo. Mis propias hijas corrían por el césped.
Cuando vi a aquellas cuatro niñas salir de la tienda, con esas caras descompuestas, supe que había ocurrido algo.
Y necesitaba saber si la desgracia había caído dentro o fuera de los nuestros.
—Volvió a mirarla, y en sus ojos oscuros no había ninguna disculpa—.
Porque, si era así, habría que apartarla del rebaño, ¿me entiende?
Con discreción, por supuesto, incluso con cariño, pero era necesario apartarlas antes de que contaminaran a las demás.
Amelia sintió que se le helaba la sangre.
—Y cuando Sofronia Perkins le dijo mi nombre…
—Sentí alivio. —La señora Astor lo dijo sin pestañear—. Una Rourke. Dinero nuevo. Carbón y barcos. Una niña que no pertenecía a mi mundo y que, con toda probabilidad, jamás llegaría a pertenecer a él.
Amelia tuvo que agarrarse al brazo del sillón. Durante doce años había vivido con aquella carta como con una enfermedad secreta que solo ella conocía, y resultaba que la mujer más poderosa de Nueva York lo había sabido desde el primer día.
—Le parece cruel —dijo la dama, leyéndole el pensamiento.
—Me parece cobarde.
Se arrepintió en cuanto lo dijo. Recordó el consejo de su madre y lo mandó al diablo. La señora Astor, sin embargo, no se ofendió. Algo parecido a una sonrisa le rozó los labios.
—Tiene usted razón, señorita Rourke. Fui cobarde.
El poder también tiene miedo, ¿sabe? Más que nadie.
Porque tiene mucho más que perder. —Tomó al fin su copa de licor y la hizo girar entre los dedos—.
Yo no he construido lo que tengo siendo valiente.
Lo he construido sabiendo antes que los demás dónde estaba el peligro.
Y durante doce años usted fue uno de esos peligros.
—¿Por eso nunca intimó con nosotros?
La pregunta flotó en la salita. La señora Astor bebió un sorbo pequeño y dejó la copa a un lado.
—Su familia solo ha sido recibida en esta casa cuando no había más remedio.
Su padre es un hombre admirable, pero ruidoso, y su madre confunde la elegancia con la cantidad.
—Lo dijo sin malicia, como quien comenta el tiempo—.
Pero sí. Esa fue una razón más. Cuando supe que los Rourke construían una mansión en un extremo de la Quinta Avenida, recordé su nombre y me alegré de que la hubieran construido tan lejos.
Amelia se irguió en el sillón. No lloró. Había llorado suficiente aquella semana y no pensaba darle a aquella mujer ni una sola lágrima.
—Entonces no entiendo qué hago aquí, señora Astor.
—Está aquí porque alguien está usando nuestro secreto.
Por primera vez, la voz de la dama perdió su frialdad perfecta. Fue apenas una vibración, una grieta finísima en la porcelana.
—Durante doce años, esa historia solo la conocíamos seis personas: la adivina, yo y, sospecho, usted y sus amigas.
Yo jamás la he contado. No me convenía. Y, sin embargo, desde hace meses, en todos los salones de esta ciudad se habla de la mala estrella de los Rourke con una precisión que me resulta intolerable.
Rumores demasiado bien construidos. Detalles que nadie debería conocer.
Alguien está jugando con ustedes y, en cierto modo, me siento responsable.
—Apretó ligeramente los labios—. Solo en cierto modo.
—Así que es eso. —Amelia no pudo evitar una sonrisa amarga—. No me ha llamado para pedirme perdón.
—Yo no pido perdón, señorita Rourke. Hace mucho tiempo que perdí la costumbre. —La señora Astor se inclinó un poco hacia ella—. La he llamado para darle algo más útil que una disculpa. Para decirle dónde encontrar a esa mujer y exorcizar al fin su maldición.
Amelia contuvo el aliento.
La noche anterior, Prudence le había enseñado la cuartilla del sobre de Pembroke, la de la caligrafía inclinada y hermosa, y el primer nombre de aquella lista se le había quedado clavado como una espina.
Sofronia Perkins, madame Margot. Había pasado la noche preguntándose si aquella vieja anciana viva.
Si había muerto de frío en algún portal, por el aguardiente o por la pena.
—¿Vive? —preguntó.
—Vive. Anciana, enferma y arruinada, pero vive.
—La dama cogió un pequeño tarjetero de plata de la mesita, sacó una tarjeta de visita sin nombre y escribió unas palabras al dorso con un lápiz de oro—.
En Five Points. En un sótano de Baxter Street, detrás de una taberna que se llama The Harp .
Mi mayordomo le lleva cada Navidad una cesta con comida y varias botellas de este licor.
Nunca he sabido muy bien por qué lo hago.
Quizá para asegurarme de que no se muere sin que yo me entere.
Le tendió la tarjeta. Amelia la cogió. Tenía los dedos helados.
—Gracias —dijo, y lo decía de verdad, aunque le costara.
—No me dé las gracias. Tampoco lo hago por usted.
La señora Astor se puso en pie. La entrevista había terminado. Amelia se levantó también, hizo la reverencia de rigor y se dirigió hacia la puerta, donde el mayordomo de cabellos blancos la esperaba ya para acompañarla. Con la mano en el pomo, sin embargo, se detuvo.
—Señora Astor.
—¿Sí?
—Aquel día, cuando la adivina le dijo mi nombre… ¿qué más le contó? ¿Qué decía exactamente ese naipe?
La dama la miró desde su butaca, recortada contra la luz gris de la avenida, pequeña y temible como un ídolo antiguo.
—Que sería muy desgraciada. Sobre todo, en el amor. —Hizo una pausa—. Eso es lo único que pude sacarle. Si ocultó algo más, supongo que es asunto suyo.
Amelia inclinó la cabeza y salió.
Ya estaba en el rellano, con un pie en el primer escalón, cuando la voz de la señora Astor la alcanzó de nuevo desde el vestíbulo, clara y fría como el cristal de la licorera.
—Y sepa una cosa más, señorita Rourke.
Amelia se volvió.
—Yo no fui la última persona a la que esa mujer vendió su historia. —La dama no alzó la voz un solo tono—. Hace tres años volvió a ganar dinero con ella. —Hizo una pausa—. Se la vendió a Aldous Merrit.