Capítulo 30
La duquesa de Ashford hacía apenas media hora que había desembarcado en el puerto de Nueva York y ya estaba en el vestíbulo de los Rourke quitándose los guantes.
Amelia sintió el alboroto antes de saber de quién se trataba, aunque tras la visita de Ewan McGomery estaba preparada para todo.
Había pasado otra noche en vela, con los ojos fijos en el techo y la cabeza ocupada por un lago de las Tierras Altasque no había visto en su vida.
Esa mañana estaba cansada y con un sentimiento amargo en su corazón, por lo que bajaba la escalera sin ninguna gana de enfrentarse al día cuando creyó reconocer aquella voz, clara, ligeramente impaciente, que provenía del vestíbulo.
Se detuvo en mitad del último tramo y los ojos se le abrieron de par en par.
—¿Violet?
Violet Harcourt, ahora duquesa de Ashford, era otra de las cuatro amigas íntimas desde la infancia y estaba explicándole a un mayordomo bastante incómodo cómo de agotadora era la vida en Londres.
Llevaba un traje de viaje azul noche, un sombrero con una sola pluma de garza y la misma expresión de general en campaña que Amelia le conocía desde que tenían seis años y le arrebataba las canicas a los chicos del parque.
Detrás de ella, con el abrigo todavía puesto y cara de haber cruzado el Atlántico en compañía de una fuerza de la naturaleza, aguardaba Sebastian Ashford, su esposo.
—Tienes los ojos hinchados —le descubrió Violet a modo de saludo, sujetándose el vestido para ir lo más deprisa posible hacia ella a través de aquel enorme vestíbulo—.
Eso significa que has llorado toda la noche —soltó un ligero suspiro—.
Lo que es una excelente noticia porque quiere decir que todavía estás viva y no has perdido del todo la cabeza.
Amelia bajó los escalones que le faltaban casi corriendo y se arrojó a sus brazos sin importarle el mayordomo, los lacayos ni su madre, que salía del salón con la mano en el pecho, al borde del desmayo, porque no se terminaba de acostumbrar a que entre las amigas de su hija hubiera una duquesa inglesa de las de verdad.
—¿Qué haces aquí? —susurró contra su hombro—. ¿Cómo…?
—Trix. —Violet se apartó un poco para mirarla—. Me mandó un cablegrama la misma noche en que llegó de Boston y vio esos naipes sobre tu mesa. —Sacó un papel del bolsillo y lo desdobló con elegancia—. «Deja todo. Ven. Amelia te necesita. Situación grave. Que Clara no se entere. Trae duque».
A Amelia se le escapó una risa entre lágrimas.
—¿Y Clara?
Se trataba de la cuarta amiga, la otra niña que había estado con ellas tres en aquella sesión de tarot que tantos infortunios le había traído a Amelia.
—Acaba de dar a luz —le explicó Violet— y está en su casa, convencida de que me he quedado en Londres con un catarro.
Si sospechara lo que ocurre aquí, se presentaría en tu salón con el bebé en brazos y un médico detrás, y Trix tiene razón: una de nosotras al borde de la ruina es suficiente por una temporada.
—Le tomó las manos—. Ya habrá tiempo de contárselo. Cuando todo esté arreglado.
Una expresión triste cruzó el rostro de Amelia.
—No hay nada que arreglar, Violet.
La duquesa enarcó una ceja. Era un gesto que había perfeccionado en las mejores casas de Inglaterra.
—Eso ya lo veremos.
Aquella tarde, encerradas en el saloncito de Amelia mientras Sebastian soportaba con admirable estoicismo la conversación de Dorothea en el piso de abajo, Violet escuchó toda la historia.
De Ewan, Amelia no dijo nada. ¿Qué podía decir si en unos meses se iba a casar con Merrit?
—Ya —contestó Violet para después dejar la taza sobre la mesa y levantarse—.
Así que tu padre necesita dinero y ya sabemos que en Nueva York los dólares solo se prestan a quien no requiere de ellos.
—Se alisó la falda—. Ese maldito de Merrit debe llevar meses convenciendo sotto voce a toda Nueva York de que los Rourke están malditos.
Muy bien. Yo haré lo imposible para convencerlos de lo contrario.
Amelia la miró con ternura.
—¿Y cómo pretendes hacer eso?
Violet sonrió. Fue la sonrisa de una muchacha americana que había conquistado Londres mostrándose tal y como era, sin imposturas.
—Lo haré con lo único que esta ciudad respeta más que el dinero. —Su sonrisa se amplió—. Un título.
Lo que siguió durante los próximos días se pareció mucho a una batalla a campo abierto.
El miércoles a las doce, la hora en que todo Nueva York se dejaba ver, un landó descubierto con el escudo ducal de los Ashford pintado en las portezuelas recorrió Central Park de punta a rabo al paso más lento que admitían los caballos.
En el asiento principal iban la duquesa y la señorita Rourke, cogidas del brazo, riéndose como dos colegialas a las que la vida trataba con indulgencia.
Enfrente, el duque de Ashford leía el periódico intentando pasar desapercibido en un plan en el que no habían contado con él.
Tres señoras estuvieron a punto de tirarse de sus propios carruajes para saludarlo.
La tarde del jueves, Violet se presentó con Amelia en el taller de madame Fontaine, en la calle Veintitrés, y encargó para ella tres vestidos, uno de un tono de terciopelo verde que la modista juró haber reservado para la señora Vanderbilt.
Violet pagó por adelantado delante de dos clientas que tardaron menos de una hora en contarlo por toda la avenida Madison.
Esa misma noche, la duquesa rechazó con una amabilidad exquisita la invitación a cenar de la señora Livingston, que le había escrito dos veces, con la excusa de que ya tenía un compromiso previo en casa de sus queridos amigos, los Rourke.
La señora Livingston, que hacía tres semanas había cruzado la calle para no saludar a Dorothea, envió a la mañana siguiente una tarjeta preguntando si podría visitarlos.
El viernes, Sebastian ocupó el palco de los Rourke en la Academia de Música.
Llegó antes de que se alzara el telón, de modo que todos los prismáticos del teatro tuvieron tiempo de enfocarlo, y en el primer entreacto besó la mano de Amelia con una reverencia tan profunda que Chester Merrit, en el palco de enfrente, se atragantó con el champán.
Y el sábado, Clara Belle dedicó su columna entera a la duquesa de Ashford y a su «íntima amistad de la infancia con la encantadora señorita Rourke, a quien en Londres ya llaman, sin ningún asomo de ironía, la reina de la Quinta Avenida».
Dorothea leyó la columna tres veces en voz alta durante el desayuno y, a la última, se echó a llorar. Franklin no dijo nada de todos estos tejemanejes, pero Amelia lo vio doblar el periódico con cuidado y guardárselo en el bolsillo interior de la levita, junto al corazón.
No había forma de parar el torbellino que era Violet Harcourt y Amelia se lo agradecía, pero hizo todo aquello para gratificarla por estar allí, por su vieja amistad y para que no se molestara.
En el fondo, Amelia sabía que todo estaba perdido, que en cuanto Violet y Sebastian embarcaran hacia Londres volverían a darles la espalda y los bancos se negarían a renegociar aquellos préstamos.
Todo aquello duró cuatro días, tiempo en el que no supo nada de Ewan, pese a que se sentía incapaz de dejar de pensar en él.
La última noche, al regresar de la Academia, no pudo evitar preguntarlo.
—No he visto en la platea a vuestro amigo, lord Currie —le dijo a Violet como si fuera el comentario con menos intenciones del mundo.
Esta, que ya había hablado con Trix, fingió no entenderla.
—Sebastian lo vio ayer en el club. —Le apretó la mano—. Dice que está más pálido que de costumbre y que su humor se ha agriado desde que está en Nueva York. ¿Sabes a qué puede deberse?
Amelia no contestó. Pero esa noche, por primera vez desde la visita de Ewan, durmió cuatro horas seguidas.
Ese mismo sábado por la mañana, mientras desayunaban y Dorothea repasaba en voz alta la lista de visitas que se les acumulaban últimamente, el mayordomo entró en el comedor con la bandeja de plata.
Traía más invitaciones, notas de felicitación, un par de disculpas tardías tan corteses que resultaban ofensivas.
Y un sobre.
Era distinto a todos los demás. Grueso, de un papel color marfil que parecía tela, con los bordes cortados a mano. No tenía lacre. En su lugar, grabada en relieve en el reverso, había una pequeña corona orlada de armiño.
Dorothea la vio y dejó caer la cucharilla en el plato.
Nadie en Nueva York necesitaba leer el remite para saber a quién pertenecía aquella corona.
Había una sola dama en la ciudad que se permitía usarla, una sola que decidía quién existía y quién no en la alta sociedad, una única cuya lista de cuatrocientos nombres era más difícil de franquear que las puertas del cielo.
Dorothea lo abrió con los dedos fríos, helados, y el corazón en un puño.
Eran solo dos líneas, escritas por una mano firme y orgullosa.
La señora Astor solicita la visita de la señorita Amelia Rourke mañana, domingo, a las cuatro de la tarde. La recibirá a solas.
Dorothea alzó las cejas. ¿A solas significaba que ella no estaba invitada?
Se la tendió a su hija y Amelia se quedó mirando aquellas palabras mientras su madre, a su lado, cuchicheaba sobre lo inconveniente de invitar a una señorita y no hacerlo a su enferma madre.
Se preguntó qué quería la señora Astor de ella y sospechó que no sería nada bueno.