La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

—Lord Currie pregunta si la señorita puede recibirlo.

Fuera llovía a cántaros y quien acababa de anunciar la visita era el segundo mayordomo. El que hasta entonces había sido su jefe, señor Pembroke, estaba desde la madrugada anterior en una comisaría del distrito.

Amelia, que dibujaba junto a la ventana sin haber trazado una sola línea desde hacía media hora, sintió que el plumín de plata se le escapaba de entre los dedos, pero tuvo el acierto de atraparlo. Lo colocó sobre la mesa y miró a su madre.

Dorothea dejó la taza de té sobre el platillo, un tanto alarmada.

—¿Lord Currie? ¿Ahora? —Se volvió hacia su marido, que leía el periódico frente a la chimenea sin pasar una sola página—. Franklin, esto no es apropiado. Todo el mundo sabe que Amelia va a comprometerse con el hijo de Aldous. Si alguien se entera de que recibe a otro caballero la misma semana…

—Hazlo pasar —dijo el señor Rourke.

—Franklin…

—No voy a dejar en la puerta a lord Currie bajo este aguacero.

El mayordomo desapareció. Dorothea abrió la boca para protestar, pero su marido se puso en pie, dobló el periódico con una lentitud exasperante y le ofreció el brazo.

—Acompáñame, querida. Quiero enseñarte algo en la biblioteca.

—¿En la biblioteca? ¿Ahora? ¿Qué quieres enseñarme?

—Ya se me ocurrirá algo.

Su madre miró a Amelia, luego a su esposo, para al final clavar la vista en la puerta por la que ya se oían unos pasos firmes sobre el mármol.

Fue lo bastante lista como para comprender que en aquella casa había cosas que ella no sabía, y lo bastante orgullosa como para no preguntarlas delante de su hija.

Se levantó, se colgó del brazo de su marido y salió con la barbilla muy alta por la otra puerta del salón.

Antes de cerrarla, Franklin se volvió hacia Amelia. No dijo nada, solo la miró con aquellos ojos cansados que desde la tarde en que los visitó Merrit parecían pedirle perdón a todas horas.

La puerta se cerró y, un instante después, se abrió la otra.

Ewan no había dejado ni el abrigo ni el sombrero en el vestíbulo, por lo que aún los llevaba en la mano. Sobre la ceja izquierda quedaba una línea rosada, muy fina, que ella evitó mirar. Tenía el pelo mojado por la lluvia, como si hubiera venido andando desde el Brunswick.

—Señorita Rourke.

—Lord Currie.

Se quedaron mirándose en mitad del salón, a una distancia de cuatro pasos que a ella le pareció enorme y minúscula al mismo tiempo.

—Siéntese, por favor —dijo, porque era una norma básica de cortesía.

Él no lo hizo. Permaneció de pie, incapaz de apartar la mirada de sus ojos.

—He oído que va a casarse.

Lo dijo sin preámbulos, sin ninguna de las mil fórmulas con que un caballero neoyorquino habría dado vueltas al asunto durante media hora antes de rozarlo con la punta de los dedos. Amelia sintió que se le encendían las mejillas y se odió por ello.

—Las noticias vuelan.

Él dejó el sombrero y el abrigo sobre el respaldo de una silla.

—Solo he venido a asegurarme de que sabe lo que hace.

Ella frunció la frente.

—Por supuesto. ¿Acaso lo duda?

Ewan no contestó. Se quedó de pie, con las manos a la espalda, mirándola con aquella expresión pétrea que tanto la había irritado el primer día que se conocieron.

Amelia, por alguna razón que le resultó inexplicable, se sintió en la obligación de argumentar su decisión, como si le debiera algo.

—Chester es un hombre amable. —La sonrisa que acompañó el comentario le salió hueca—.

Nunca ha tenido una palabra brusca para nadie.

Me conoce desde que éramos niños y creo sinceramente que me aprecia.

—Carraspeó—. Habrá oído decir que no es interesante, pero también que carece de crueldad, lo que es una suerte.

Ewan no dijo nada. Los segundos pasaron vacíos. Amelia tuvo que bajar la mirada a la alfombra porque se sentía incapaz de mantener la consistencia de los ojos masculinos. Cuando volvió a ellos, lo hizo tras un suspiro.

—Mi familia lo necesita —se sinceró—. Usted conoce nuestra situación mejor que nadie. Mi padre lo ha arriesgado todo por esta casa, por la prosperidad de esta avenida, y yo no puedo quedarme mirando cómo se hunde todo a nuestro alrededor cuando está en mi mano evitarlo.

De nuevo el silencio. La joven neoyorquina empezaba a exasperarse.

—Y en nuestro mundo, lord Currie… —Apartó el vuelo de la falda para no abofetearlo por su silencio—.

Las cosas se hacen así. No sé cómo será en Escocia, pero aquí un buen matrimonio es el futuro de toda joven dama.

Mi madre se casó por conveniencia y ha sido razonablemente feliz.

Mis abuelas también. Nadie se muere por no haber tenido una gran pasión.

Las grandes pasiones son para las novelas y para las óperas, y ya vio usted cómo termina Fausto .

De nuevo Ewan se quedó en silencio y solo la miraba, como si intentara leerle el corazón, el alma. Amelia soltó un ligero suspiro del que se arrepintió al instante. Intentó buscar nuevos argumentos del porqué de su decisión, pero se dio cuenta de que no le debía nada y se detuvo.

Fuera la lluvia golpeaba los cristales. En la chimenea, un leño se partió en dos.

Solo entonces Ewan dio un paso hacia ella y el azul profundo de sus ojos se intensificó.

—¿Ha estado usted enamorada alguna vez, señorita Rourke? —preguntó con la voz enronquecida—. Enamorada de verdad.

Amelia soltó una risa breve, demasiado aguda, nerviosa.

—Qué pregunta tan poco británica, milord.

—No me ha contestado.

—Tengo veinticuatro años y demasiadas ansias por conocer el mundo.

—Se apartó un rizo que se había metido entre los labios—.

No he tenido mucho tiempo para esas cosas.

—Después, se encogió de hombros, aparentando una ligereza que no sentía—.

¿Qué es estar enamorado?, porque el amor está sobrevalorado.

Lo dicen todas las señoras casadas de esta ciudad.

—Esas señoras no tienen ni idea.

Ewan lo dijo sin acritud. Después miró hacia la ventana, hacia la lluvia, y durante un momento pareció que se había ido muy lejos de allí.

—Yo sí lo estuve —le dijo—. Se llamaba Eve.

Amelia contuvo el aliento. Nunca antes le había dicho el nombre de su difunta esposa.

—Nos conocíamos desde críos. Su padre tenía una granja al otro lado del lago, y ella cruzaba en barca cada domingo para ir a misa a la capilla de Glenmara Castle, nuestra hacienda familiar.

Cantaba fatal. Desafinaba tanto que el párroco le había pedido por favor que moviera solo los labios, y ella cantaba más fuerte por pura rebeldía.

—Sonrió, y fue una sonrisa tan desnuda que a Amelia le dolió mirarla—.

Se reía de mí porque me tomaba los negocios del whisky demasiado en serio.

Decía que hablaba de la malta como otros hombres hablan de Dios.

Y plantaba rosas. Eve plantaba rosas cada primavera en un lugar donde el viento las arrancaba cada otoño. No desistía, ¿sabe? Año tras año.

Hizo una pausa.

—Usted me ha preguntado qué es estar enamorado.

No sé explicarlo con palabras bonitas. Solo sé que es saber cómo respira alguien en la habitación de al lado sin necesidad de verlo.

Es guardarle la mitad de una manzana sin darte cuenta de que lo estás haciendo.

Es que su risa te parezca la única prueba razonable de que Dios existe.

Es despertarte por la noche y quedarte quieto, muy quieto, solo por el placer de oírla dormir.

Amelia no podía moverse. Sentía la garganta cerrada y los ojos le escocían.

—Hace tres años tuve que ir a Edimburgo —continuó él, sin mirarla—.

Una disputa por el nombre del whisky . Unos destiladores de las Lowlands habían empezado a vender un brebaje infame con una etiqueta que se parecía demasiado a la nuestra, y mi bisabuelo decidió que era una cuestión de honor.

Lo era. —Se le endureció la voz—. Estuve allí once días.

Reuniones, abogados, cenas con jueces. Ella me escribía cada mañana.

La última carta me hablaba de las rosas. El duodécimo día llegó un telegrama.

La lluvia seguía golpeando los cristales. Amelia pensó en todos los telegramas que habían cruzado aquellas semanas, en todos los sobres amarillos, y se le erizó la piel.

—Se había levantado una tormenta sobre el lago.

De esas que en las Tierras Altas aparecen de la nada, en pleno mediodía, con el cielo todavía azul.

Eve había cruzado por la mañana para llevarle un caldo a la mujer del guarda, que estaba enferma.

Quiso volver antes de que empeorara. —Tragó saliva—.

Encontraron la barca volcada cerca de la orilla, a doscientas yardas del embarcadero.

Desde la ventana de nuestro dormitorio se veía ese lugar.

—Ewan… —susurró ella, y fue la primera vez que lo llamó por su nombre.

Él no pareció escucharla.

—Cabalgué durante dos días sin parar. Casi reventé los caballos.

Cuando llegué a casa, ya la habían velado.

—Se miró las manos—. Todo el mundo me dijo lo mismo.

Que no habría podido hacer nada si hubiera estado allí.

Que con esa tormenta se habría ahogado el mejor nadador de Escocia.

Que si hubiera estado en la barca con ella, ahora habría dos tumbas en lugar de una.

Y tenían razón. Lo sé. —Se llevó la mano al pecho, sin darse cuenta—.

Pero aquí dentro llevo tres años sin perdonarme no haber estado con ella.

Amelia tenía la cara surcada de lágrimas. No recordaba en qué momento había empezado a llorar. Sin saber por qué, dio unos pasos y se detuvo frente a él, muy cerca, con las manos vacías.

—Desde entonces intento no llegar tarde a ninguna cita —dijo Ewan, mirándola por fin—. Ni siquiera a la de su boda, señorita Rourke.

Ella comprendió entonces por qué estaba allí. Por qué había venido andando bajo la lluvia, sin avisar, en la peor semana posible. Y la comprensión se vislumbró en su mente con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en el respaldo de la butaca.

Nunca, en toda su vida, había conocido a nadie que amara así.

Con esa lealtad obstinada, con esa entrega que no se acababa ni con la muerte.

Había crecido entre matrimonios que eran contratos y noviazgos, estrategias familiares, entre mujeres que sabían el precio exacto de un marido y hombres que sabían el de una esposa.

Y de pronto tenía delante a alguien que llevaba tres años sangrando por una mujer que plantaba rosas donde el viento las arrancaba.

—Siempre pensé —continuó Ewan, en un tono más bajo— que todo el amor que un hombre era capaz de dar se lo había dado a ella, a Eve.

Que lo había enterrado en aquel lago. Que lo poco que me quedaba era suficiente para mi familia, para mis tierras, para mis amigos y para un buen whisky , poco más.

Y me pareció justo. Me pareció lo correcto.

Hizo una pausa larga. Amelia no se atrevía a respirar.

—Estos días he aprendido que me equivocaba.

Que el amor no es un pozo que se seca si se abusa de él, sino un manantial.

Que uno puede volver a sentirlo de la misma manera.

O más intenso aún. —La voz se le quebró apenas, un instante—.

Sin buscarlo. Sin proponérselo siquiera.

Sin pedirle permiso a nadie. Ni siquiera a uno mismo.

No dijo su nombre. No hizo falta.

Amelia sintió que el suelo del salón se abría bajo sus pies. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero no encontró ni una palabra. Él tampoco esperó a que la encontrara. Recogió el sombrero y el abrigo de la silla y se los quedó en las manos, dándole vueltas por el ala.

—No he venido a pedirle nada, señorita Rourke —dijo—.

No tengo derecho. Solo he venido a asegurarme de que no se equivoca por razones erróneas.

Porque yo ya he llegado tarde una vez en mi vida y no pienso quedarme callado mientras otra persona que…

—Se detuvo, se corrigió—. Mientras usted entierra lo que tiene en su corazón antes de haberse dado la ocasión de vivir.

Se dirigió a la puerta y, con la mano en el pomo, se volvió una última vez.

—Un consejo, si me lo permite. El último y no la molestaré más.

Ella asintió. No pudo hacer otra cosa.

—Esos naipes que guarda en su joyero… —Señaló con un gesto de la cabeza la chimenea encendida—. Quémelos. Todos. Échelos al fuego y mírelos arder. Su vida no está condenada, señorita Rourke. Usted sigue siendo dueña de sus actos.

Abrió la puerta.

—Buenas tardes, Amelia.

Y se fue.

Ella oyó sus pasos cruzar el vestíbulo, la voz torpe del segundo mayordomo, la puerta principal al abrirse, el golpeteo de la lluvia y, después, al cerrarse, nada. Solo el reloj. Solo el fuego.

Se acercó a la ventana. Abajo, en la avenida gris, una figura alta se alejaba bajo el aguacero sin molestarse en abrir el paraguas, con el sombrero en la mano y los hombros empapados, hacia el sur. Amelia apoyó la frente en el cristal frío y lo siguió con la mirada hasta que la lluvia se lo tragó.

Pensó en su doctrina. En las tres ventajas de saberse condenada. En la tercera, la más importante, la que la había protegido durante doce años de todo y de todos.

Y entonces lo supo con la misma certeza con que había sabido, doce años atrás, que el miedo de aquella pitonisa era verdadero.

Estaba enamorada de Ewan McGomery.

Locamente.

Sin remedio.

Con todo lo que tenía y con todo lo que le quedaba.

Y acababa de dejarlo marchar.