La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

—Esto es una solemne tontería —dijo la señora Jefferson intentando alumbrar con el candil—. Y con mi edad y mi reuma, Prudence, te aseguro que no estoy para eso.

Eran las once de la noche y estaban las dos sentadas medio a oscuras en la despensa, entre sacos de harina y ristras de cebollas, con la puerta entornada lo justo para ver la cocina.

—Si es una tontería —susurró Prudence—, ¿por qué ha traído ese rodillo?

La cocinera gruñó.

—Por si hay que defenderse.

Prudence no contestó. Tenía los ojos clavados en la mesa de la cocina, donde, como cada noche, estaba el cesto de mimbre con el correo del servicio que el mozo llevaría a la estafeta a primera hora.

En aquella ocasión había una novedad: un sobre voluminoso que descansaba encima de los demás, bien visible.

La dirección en el sobre la había escrito ella misma, con su mejor letra, la que había aprendido en la escuela de las monjas de la calle Mott.

Iba dirigido a la comisaría de policía del distrito, y lo había dejado allí a la vista de todos, a la hora de la cena del servicio, mientras comentaba en voz alta, con un temblor muy bien fingido, que la señorita le había pedido que lo enviara sin falta porque ya sabía quién intentaba arruinarles, que en la carta lo contaba todo y que al día siguiente vendría un inspector a la mansión.

Dentro del sobre no había nada más que un puñado de hojas en blanco, por supuesto.

Había sido idea de Shaw, aunque ella se había encargado de arreglar algunos detalles para hacerla más creíble.

—La persona que tienen infiltrada los Merrit —le había dicho él aquella tarde, en su buhardilla—. Es cuidadosa, así que no dejará escapar un señuelo como este. En cuanto sepa lo de la carta, buscará el momento de cogerla antes de que salga para el correo.

Ella había asentido.

—¿Y si no lo hace?

—Entonces me habré equivocado y usted podrá llamarme inútil todas las veces que quiera.

La conversación había terminado con otra larga mirada, con las mejillas de Prudence encendidas y con el paraguas en alto, por si a Gabriel Shaw se le ocurría dar un paso más.

En aquel momento, en la oscuridad de la despensa, con el olor a harina metido en la nariz y la señora Jefferson resoplando a su lado, Prudence empezaba a temer que Gabriel Shaw fuera, efectivamente, un inútil.

El reloj del vestíbulo dio las doce; después, la media, y le siguió la una.

—Me voy a la cama —anunció la cocinera.

—Cinco minutos más.

—Llevas diciendo eso desde hace una hora y mis viejos huesos no están para juegos.

Fue a levantarse, pero la muchacha la detuvo.

—Le prometo que, si en cinco minutos no baja nadie, las dos nos iremos a la cama.

La señora Jefferson soltó un bufido, pero no se levantó. Prudence había aprendido hacía tiempo que aquella mujer protestaba por todo, pero era la persona más entregada del servicio.

A la una y veinte escucharon el crujido de un escalón. Ambas se miraron y la cocinera se pegó mucho a su acompañante.

Era el mismo escalón mal clavado de la escalera de servicio que había delatado a Shaw semanas atrás. Prudence sintió cómo se le aceleraba el corazón y, con una mano, apagó la mecha del candil, por lo que la despensa se quedó completamente a oscuras.

En la más absoluta oscuridad y sin atreverse siquiera a respirar, pronto vieron el resplandor de una vela y escucharon el sonido de pasos lentos, cuidadosos, que parecían no querer avanzar hasta estar seguros de que no había peligro.

Fue entonces cuando el señor Pembroke, el primer mayordomo de la casa Rourke, entró en la cocina envuelto en su bata de paño gris, con el cabello peinado hacia atrás como si fuera a presidir un banquete.

La señora Jefferson ahogó una exclamación, pero Prudence tuvo el acierto de taparle la boca con la mano para que no las delatara.

Pembroke dejó la vela sobre la mesa. Miró a su alrededor sin prisa y después se inclinó sobre el cesto del correo. Apartó dos cartas con la punta de los dedos y cogió el sobre dirigido a la comisaría.

Lo sostuvo un momento a la luz. Luego fue a la cocina de hierro, destapó la tetera que siempre quedaba templada sobre las brasas y acercó la solapa al vapor.

Prudence se levantó y, sin pensárselo dos veces, se plantó en medio de la cocina.

—Buenas noches, señor Pembroke.

El mayordomo se volvió raudo. Por primera vez desde que ella lo conocía, su rostro perdió la compostura. Solo un instante: los ojos muy abiertos, la boca apretada, el sobre aún en la mano. Después la máscara se recompuso con la rapidez de un hombre que lleva mucho tiempo portándola.

—Prudence. ¿Qué hace usted levantada a estas horas?

—Lo mismo podría preguntarle yo. Aunque diría que usted está abriendo una carta que no le pertenece.

Él alzó una ceja, arrogante.

—Estaba comprobando que no hubiera nada inconveniente en la correspondencia del servicio. Es mi obligación.

—¿A la una y veinte de la madrugada?

—Es cuando tengo tiempo.

La señora Jefferson salió de la despensa detrás de ella, con la manta todavía sobre los hombros y el rodillo en alto.

—Esa carta no le corresponde ni es usted el destinatario —dijo con la voz ahogada por el nerviosismo—. Así que haga el favor de soltarla.

Pembroke miró a una, luego a la otra, después hacia la puerta del patio. Prudence lo vio calcular cuál era su mejor decisión, igual que había visto hacerlo a los carteristas de Five Points cuando un policía doblaba una esquina.

Antes de que ninguna de las dos pudiera hacer nada, el mayordomo echó a correr hacia la puerta, pero no llegó a abrirla.

Esta se abrió desde fuera y en el umbral apareció Gabriel Shaw, con el abrigo abotonado hasta el cuello, las manos en los bolsillos y el aire de quien lleva horas esperando bajo el relente sin quejarse.

—Buenas noches —dijo—. Hace un frío terrible ahí fuera. ¿Puedo pasar?

Pembroke retrocedió. Shaw parecía no tener prisa. Tampoco se le veía alarmado. Sonrió a todos, se frotó las manos y se apoyó en el respaldo de una silla.

—Qué sorpresa, ¿verdad? —Se dirigió al mayordomo con su sonrisa encantadora en los labios—. El señor Merrit nos paga a ambos y ninguno lo sabíamos. Es un hombre muy discreto.

La señora Jefferson bajó el rodillo unos centímetros y miró a Prudence con los ojos como platos.

—¿Quién es este? ¿No lo vimos una vez en el mercado?

Prudence no estaba para explicaciones.

—Luego se lo aclaro, señora Jefferson.

—Más te vale, muchacha. Más te vale.

Pembroke no se resistió. Se sentó en el banco de la cocina, se ajustó la bata y guardó un silencio altivo mientras Shaw le registraba los bolsillos con la eficacia de un sastre tomando medidas.

El mayordomo solo se quejó para recordadles a todos que había entrado en aquella casa tres semanas antes de la inauguración con dos cartas de recomendación impecables.

Garbriel le bajó los humos aclarándole que la primera, firmada por una tal señora Parker de Boston, la había escrito una dama que había muerto en 1879 y que la segunda procedía de una casa de Filadelfia que no había existido nunca.

Shaw lo había comprobado aquella misma tarde mediante dos telegramas de la agencia.

Al fin Prudence, que había pasado la noche anterior en vela cruzando la lista con las fechas en las que habían sido entregados los naipes, le explicó cómo el mayordomo había podido hacer todo aquello sin levantar sospechas.

La noche de la inauguración había puesto el sobre crema en la bandeja de plata de uno de los lacayos y le había dicho que se lo entregara a la señorita de parte de un caballero. El chico nunca vio a ese caballero, por supuesto.

El día del telegrama, era Pembroke quien estaba de guardia en la puerta cuando llamó el supuesto chico de la Western Union. Fue él quien recibió el sobre amarillo y quien se lo pasó al lacayo para que lo subiera.

Y fue él, siempre él, quien sabía qué noches cenaba fuera la familia y en qué momento la señorita estaba sola.

—Por eso hizo usted esta lista —le dijo Prudence a Shaw en voz baja—. Para saber quién estaba en la casa cuando pasaban estas cosas.

—Y usted lo ha resuelto mejor que yo. —Shaw sacó algo del bolsillo de la bata de Pembroke y lo sostuvo en alto—. Aunque me temo que aún no hemos terminado.

Era un sobre de papel crema. Sin escudo ni remite, cerrado con una gota de lacre granate en el que, incluso a la luz de una sola vela, Prudence distinguió la flor de lis.

Se le encogió el estómago.

—Otra carta —murmuró la muchacha—. Iba a dejarle otro naipe a la señorita Rourke.

Pembroke la miró por primera vez desde que se había sentado. Y sonrió. Fue una sonrisa breve, casi compasiva, que a Prudence le dio más miedo que cualquier amenaza.

Shaw rompió el lacre con el pulgar.

Dentro no había ningún naipe. Había una cuartilla doblada en dos, escrita con la misma caligrafía inclinada y hermosa que había trazado el nombre de la señorita en el primer sobre. Shaw la leyó en silencio. Prudence vio cómo se le endurecía la mandíbula.

—¿Qué dice? —preguntó.

Él tardó en contestar. Después giró la cuartilla hacia la luz para que ella también pudiera leerla.

Eran solo unas líneas.

«La noche del baile, la casa Rourke quedará vacía. La puerta de la despensa, abierta a las once. A medianoche, todos los asuntos pendientes deberán quedar resueltos».

Y debajo, en una columna ordenada, una lista de nombres.

Prudence no pasó del primero: «Sofronia Perkins, Madame Margot».