La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

La tonelería olía a roble recién cortado y a limadura de hierro.

Prudence se detuvo en la acera de enfrente, con el paraguas bajo el brazo y el corazón latiéndole más deprisa de lo que querría admitir.

Era jueves, su tarde libre, y cualquier otra doncella de la Quinta Avenida la habría empleado en pasear por Broadway, en tomar un helado o en visitar a su familia.

Ella había cruzado media ciudad hasta el extremo de la calle Cuarenta y siete, donde el East River olía a lodo y a carbón, para plantarse delante de una puerta pintada de verde.

No había dormido. La noche anterior, desde el pasillo, había oído a la señorita Amelia anunciar en el salón que se casaría con Chester Merrit.

Lo había dicho con una voz tan tranquila que a Prudence se le había helado la sangre.

Después había escuchado a la condesa de Clancare llorar de rabia en el vestíbulo mientras su marido la ayudaba a ponerse el abrigo, y al señor Rourke encerrarse en el despacho hasta las tantas.

Y ella, que llevaba semanas con aquella lista bajo el corpiño, se había sentido la mujer más cobarde de Nueva York.

Bajo el cartel de la tonelería, dos aprendices golpeaban los aros de un barril con mazas de madera, y el sonido retumbaba en la calle como un tambor de guerra.

Prudence lo tomó como una señal. Cruzó intentando parecer una mujer decidida, empujó la puerta del zaguán, que no estaba cerrada, y subió las escaleras.

Eran estrechas y empinadas, como las de muchas construcciones de esa parte de la ciudad. Cuando llegó a la cuarta planta, jadeante, solo encontró una puerta pintada del mismo tono verde que la del portal, y tuvo que detenerse ante ella para recuperar el aliento.

Contó hasta diez. Después hasta veinte y al fin alzó el puño para llamar, pero la puerta se abrió antes de que le diera tiempo.

—La esperaba desde ayer —dijo Gabriel Shaw.

Estaba en mangas de camisa, con el chaleco desabrochado y un libro abierto en la mano, como si lo hubiera sorprendido en mitad de una página.

Sobre la ceja izquierda tenía una costra oscura, del largo de una falange, que a Prudence le produjo una satisfacción inmediata seguida de un remordimiento igual de rápido.

—Estaba ocupada —contestó ella, intentando evitar una expresión de sorpresa, a pesar de que el limpiabotas la había advertido.

—Lo sé. Estuvo usted en el mercado preguntando por mí. —Sonrió—. Rosetta me mandó recado antes de que usted hubiera llegado a la esquina. Me dijo que es usted una joven muy seria pero que le cae bien.

Prudence sintió que se le encendían las mejillas, y eso la enfadó todavía más.

—¿Va a dejarme pasar o piensa tenerme en el rellano como a una vendedora de encajes?

Shaw se apartó con una leve inclinación de cabeza. Ella entró.

Había esperado encontrar la guarida de un ratero: botellas vacías, ropa sucia por el suelo, algún objeto de plata que no tuviera explicación.

Lo que encontró fue una habitación amplia, con el techo inclinado y una ventana abuhardillada por la que se veía el río.

Una cama estrecha, hecha con la pulcritud de un cuartel.

Una estufa de hierro. Una mesa cubierta de papeles perfectamente ordenados en montones.

Y una pared, la del fondo, forrada de recortes de periódico sujetos con alfileres.

Prudence se acercó despacio.

El incendio del almacén de los Rourke. La desaparición del Providence .

El contrato ferroviario del Ohio sin embargo, fue directa.

—¿Para quién trabaja?

—Para Aldous Merrit.

La contera del paraguas tembló.

—¡Lo sabía! —siseó ella—. Sabía que era usted un…

—Y para la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton —terminó él—. Aunque de lo segundo el señor Merrit no está enterado.

Prudence se quedó muy quieta.

Shaw bajó una mano, muy despacio, para que ella pudiera seguir el movimiento, y la metió en el bolsillo del chaleco.

Sacó una pequeña cartera de piel gastada y la abrió ante sus ojos.

Dentro había una credencial con su nombre, una firma y un sello impreso: un ojo abierto, de pupila negra, que no parpadeaba.

Prudence lo conocía. En Five Points todo el mundo lo conocía.

—Un Pinkerton —murmuró.

—Veo que le entusiasma.

—Los Pinkerton se encargan de boicotear a palos las huelgas de los trabajadores. —Lo miró con los ojos entornados—. Y mandaron a la horca a veinte mineros irlandeses en Pensilvania. Mi tío Seamus decía que un Pinkerton es un policía que no tiene ni siquiera la decencia de llevar uniforme.

Algo cambió en el rostro de Shaw. Durante un segundo la sonrisa desapareció y Prudence vio debajo a un hombre cansado.

—Su tío Seamus tenía bastante razón —dijo en voz baja—. Pero yo no estuve en Pensilvania. Y hay trabajos en la agencia que no consisten en perseguir a honrados trabajadores, sino en encontrar a hombres a los que la policía nunca va a buscar porque cenan dos veces por semana con el alcalde.

Cerró la cartera y se la guardó.

—Hace un año, un cliente vino a vernos a Chicago —continuó—.

No puedo decirle su nombre. Solo que hace mucho tiempo Aldous Merrit lo dejó sin nada.

Sin empresa, sin casa y sin la mujer con la que iba a casarse.

Todo se hizo de manera perfectamente legal, con pagarés comprados en secreto y tanta afabilidad que no se lo vio venir hasta que lo tenía encima.

Mi cliente ha tardado veinte años en reunir el dinero para pagarnos, y quería una sola cosa: que alguien encontrara la manera de que Merrit no volviera a hacerle a nadie lo que le hizo a él.

Prudence bajó el paraguas, pero solo unos centímetros. Pensó en el señor Rourke subiendo la escalera con aquel paso cansado. En la señorita, aceptando un matrimonio que detestaba.

—Pagarés comprados en secreto —repitió.

—Es su método. Nunca lo cambia. —Shaw señaló la pared—.

Primero elige una presa que tiene algo que él desea.

Después la aísla. Esparce rumores y provoca accidentes, achacados a la mala suerte.

Cuando la presa está desesperada, se presenta como el único amigo que le queda a su víctima y solo entonces da el golpe final.

Ella lo miró a los ojos. ¿Debía creerlo? Nadie de Five Points se fiaba de un Pinkerton.

—Y usted lleva un año trabajando para Merrit.

—Me costó seis meses que me contratara y otros seis que confiara en mí.

Ahora me paga por vigilar a la familia Rourke y contarle todo lo que veo.

—Se encogió de hombros—. Los billetes que vio usted en aquel callejón eran mi sueldo de traidor.

Los he guardado todos en esa caja. No son míos y habrá que devolverlos.

Ella aguzó la mirada.

—¿Y qué le cuenta de los Rourke?

Se encogió de hombros.

—Mentiras razonables y verdades inofensivas. Lo justo para que siga confiando en mí y lo bastante poco como para no perjudicar a nadie.

Prudence lo estudió durante un largo rato. Ya no apuntaba con el paraguas, aunque no lo había soltado. Él aguantó el examen sin pestañear, y ella tuvo la irritante certeza de que estaba disfrutando.

—Muy bien —dijo al fin—. Supongamos que le creo. Entonces explíqueme esto.

Volvió a desplegar la lista y le señaló una línea con el dedo. Shaw no necesitó mirarla para saber cuál era.

«Prudence: doncella de la señorita. Libra jueves alternos. Suele ir al mercado con la cocinera los lunes por la mañana. Muy bonita».

—¿Qué tiene esto que ver con el señor Merrit? —inquirió la doncella.

Él se encogió de hombros.

—Nada en absoluto.

—¿Entonces?

Shaw carraspeó, intentando adoptar un aire profesional.

—Un buen agente anota todos los datos relevantes, señorita Mahoney. —Le sostuvo la mirada, muy serio—. Y ese dato permite identificarla, creo.

A Prudence le ardieron las orejas. Hizo una bola con el papel, se lo tiró al pecho y él lo atrapó al vuelo con una sola mano, riéndose por primera vez desde que había entrado. Era una risa fresca, sorprendentemente limpia, y ella se odió por lo mucho que le gustó oírla.

—Es usted un sinvergüenza.

—Un sinvergüenza con credenciales. —Alisó la lista sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo valioso—. Siéntese, por favor. Ahora viene la parte en la que la necesito.

Ella no se sentó. Él tampoco insistió.

—Llevo un año dentro de la organización de Merrit y sé casi todo lo que hace fuera de su casa.

A quién paga, a quién compra, qué barcos asegura y cuáles hunde.

—Se acercó a la pared y apoyó el índice sobre uno de los recortes, el de la recepción de la Quinta Avenida—.

Pero lo de esos naipes que recibe la señorita Rourke —al parecer lo sabía— es extraño y no he podido darles una lógica.

Merrit se los encarga a alguien a quien yo no conozco, y ese alguien está estrechamente relacionado con la servidumbre de la mansión.

—Usted me dijo en el callejón que me fijara en el lacayo nuevo.

—Lo hizo, supongo.

—Es cierto que no me gusta, pero no lo considero un sinvergüenza.

—Estoy de acuerdo. Ese muchacho lleva unas pocas semanas en la casa, y la primera carta llegó mucho antes. —Shaw negó con la cabeza—. ¿Ve cómo me faltan ojos y manos dentro de la mansión Rourke?

Prudence se envaró. La conversación estaba dando un giro que no le agradaba.

—Necesito a alguien dentro, Prudence. —La miró directamente a los ojos—. Alguien que conozca cada secreto, a cada criado, cada costumbre de esa casa. Alguien de quien nadie sospeche cuando baja a la cocina de madrugada. Alguien de quien yo pueda fiarme.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. No se le escapó.

La muchacha tragó saliva.

—¿Y por qué iba a fiarse de mí?

—Porque tuvo la ocasión de delatarme y no lo hizo. Porque ha guardado esa lista en lugar de entregarla. —Hizo una pausa—. Y porque es usted la persona más obstinada que he conocido en mi vida, y eso, en mi oficio, es una garantía.

Prudence miró la pared, los hilos de lana roja, el nombre de Merrit ocupando el centro.

Miró por la ventana el río gris, las chimeneas de los remolcadores.

Pensó en la sonrisa de la señorita Amelia la noche anterior, aquella sonrisa perfecta que le había encogido el corazón, porque era la de un reo que sabe que su final es el cadalso. Se enfrentó a sus ojos.

—Mi señora va a casarse con el hijo de ese hombre —dijo en voz baja.

Él asintió.

—Lo sé. Me enteré anoche.

—¿Cómo?

—Es mi oficio. —Shaw se acercó un paso más, y esta vez ella no levantó el paraguas—. Por eso tenemos prisa, Prudence. Merrit va a actuar y, si no lo detenemos, la vida de los Rourke será un desastre.

Ella le mantuvo la mirada unos segundos.

—Si me está mintiendo, señor Shaw —dijo, alzando la barbilla—, la punta de este paraguas no será solo una amenaza.

Él asintió, incapaz de apartar la mirada de ella.

—Me parece un acuerdo justo.

—No era un acuerdo, era una advertencia.

Tuvo que sonreír, aunque de inmediato se recompuso.

—Con usted, señorita Mahoney, sospecho que viene a ser lo mismo.

Le tendió la mano. Prudence la miró un instante, como si no terminara de fiarse de él, pero al final se la estrechó. Tenía la palma caliente y áspera, y la retuvo un segundo más de lo necesario. Ella no la retiró y Shaw pareció darse cuenta.

—¿Quién es el espía que vive en la casa? —preguntó Prudence, sin soltarse—. Algo me dice que usted tiene sospechas.

Shaw no respondió enseguida. Miró la lista sobre la mesa, luego a ella.

—Si se lo digo ahora, su forma de relacionarse con esa persona cambiará y lo notará. Es mejor que saque sus propias conclusiones.