Capítulo 26
Aquella era una de las pocas lecciones que Amelia había obedecido sin rechistar desde que tenía siete años: cien pasadas de cepillo cada noche para que el cabello brillara y la cabeza se vaciara. Se lo había dicho su madre y nunca lo olvidaba.
Esta vez Amelia no le había pedido ayuda a Prudence. La había mandado a acostarse con la excusa de que parecía agotada, y era verdad, pero sobre todo quería estar sola. Se había sentado ante el tocador, en camisón, con la bata sobre los hombros, y había empezado a contar.
Doce. Trece. Catorce.
A las nueve y media había oído los pasos de su padre subiendo la escalera.
Pasos lentos, pesados, los de un hombre mucho más viejo que el que había bajado a desayunar aquella misma mañana.
Se habían detenido ante su puerta. Amelia había dejado el cepillo suspendido en el aire, esperando a que llamara.
Pero Franklin Rourke no lo hizo. Permaneció allí un rato que a ella le pareció eterno, y después los pasos continuaron por el pasillo, hasta su propio dormitorio, y la puerta se cerró con un chasquido suave.
Ella tampoco había salido a buscarlo. Por la tarde, en el pasillo, cuando él abrió la puerta del despacho y se la encontró de frente, ninguno de los dos había dicho nada.
Aldous Merrit había pasado junto a Amelia, se había inclinado con una cortesía impecable, le había dado las buenas tardes y le había dicho que estaba encantadora.
Después se había marchado, silbando entre dientes, y su padre y ella se habían quedado mirándose en el pasillo como dos desconocidos que han compartido un accidente.
Él había vuelto a entrar en el despacho y había cerrado la puerta.
Treinta y uno. Treinta y dos.
Amelia se miró en el espejo. Tenía buen aspecto, y eso le pareció una desfachatez.
Los ojos un poco hundidos por la noche sin dormir, quizá, pero nada más.
Nadie habría dicho que aquella muchacha de mejillas sonrosadas y cabello brillante acababa de descubrir, en un solo día, quién había estado dirigiendo su vida sin ella saberlo.
Aldous Merrit.
Lo dijo en voz alta, dejando que el nombre destilara toda la maldad que encerraba. Aldous Merrit, que le besaba la mano en sociedad como si fueran de la misma familia. Aldous Merrit, que se sentaba a la derecha de su padre en todas las cenas desde que llegaron a Nueva York.
El almacén, el ferrocarril, los rumores en los clubes, los barcos que ardían de madrugada. Quizá no todo provenía de su mano. Quizá el Atlántico se había tragado el Providence sin que nadie se lo pidiera. Pero el resto tenía su sello, estaba segura, ya no le cabían dudas.
Debería sentirse liberada. Esa misma mañana, con los veinte naipes desparramados sobre la mesa, se había reído de alivio. No, no existía una maldición. Había un hombre pérfido que no sabía de camaradería ni de honor.
Cincuenta y ocho. Cincuenta y nueve.
Y, sin embargo…
Dejó el cepillo sobre el tocador y abrió el joyero. Los tres naipes seguían allí, bajo el terciopelo, donde los había devuelto aquella mañana. Cogió uno y lo sostuvo a la luz de la lámpara. La figura caída. Las diez espadas clavadas en la espalda. La muesca en la séptima, la que la había delatado.
Merrit había fabricado la carta, eso era cierto. Pero no había fabricado la de 1871.
Aquella la había sacado de una baraja una anciana que se hacía pasar por pitonisa en una tienda improvisada que olía a cera y a pachulí, delante de cuatro niñas que no sabían nada de la vida.
Y aquella mujer, al ver la figura, había tenido miedo.
Amelia lo recordaba con nitidez: un miedo verdadero, de esos que es imposible fingir.
Si el destino de sus otras tres amigas se había cumplido tal y como vaticinaron los naipes…
¿Por qué iba a ser el suyo el único que escapara a sus designios?
No. Merrit no había creado su desgracia, únicamente la había aprovechado, la había olido, como huelen los perros el miedo, y se había puesto a trabajar para ella.
El destino no tiene manos. Usa las de cualquiera.
Volvió a coger el cepillo.
Setenta. Setenta y uno.
Se acordó de la primera noche, la de la inauguración de aquella magnífica casa y de la señora Livingston brindando por ella.
Se acordó de la pequeña doctrina que se había repetido muchas veces.
Hay tres ventajas en saberse condenada a la desgracia: no se temen las malas noticias, no se envidia la felicidad ajena y, sobre todo, se es completamente inmune al encanto de los hombres.
Las dos primeras ahí seguían. La tercera se había derrumbado sin que ella se percatara en algún momento entre un incendio en los muelles y una camisa abierta en la habitación veintitrés del Hotel Brunswick.
Y ahí estaba la trampa. Amelia la vio con tanta claridad que se descubrió mirándose asombrada en el espejo, como quien de repente cae en la cuenta de algo inesperado.
La carta no le había vaticinado cualquier tipo de ruina.
Le había prometido la desgracia en el amor.
Y durante aquellos doce años, mientras su corazón había permanecido indiferente a los caballeros que la pretendían, la carta no había tenido posibilidad alguna de desplegar su maleficio.
Era como… como si hubiera estado esperando, paciente, casi educada, hasta que había aparecido un escocés profundamente herido y la había mirado de aquella forma en que ningún hombre antes lo había hecho.
Sí, eso era. Desde entonces la desgracia había empezado a caer a su alrededor como el granizo.
Noventa y ocho. Noventa y nueve.
Cien.
Amelia dejó el cepillo sobre el tocador y volvió a quedarse perdida en su reflejo sobre la superficie pulida del espejo.
Si su destino era ser desgraciada en el amor, al menos que la desgracia sirviera para allanar el duro camino que tenía su familia por delante. Sabía que Chester Merrit sería un marido aceptable, tibio en todo, sin pasión y sin sobresaltos, que su vida transitaría por cómodos tonos grises.
Si aceptaba casarse con él, su padre conservaría la casa y la fortuna, el apellido y lo que le quedara de dignidad, su madre tendría la boda que llevaba años soñando, y la carta tendría exactamente lo que había venido a demandar.
Estaba en sus manos redirigir el destino de las personas que amaba. Sí, lo estaba.
Se levantó, se ciñó la bata y se miró por última vez en el espejo. Después, antes de que le diera tiempo a arrepentirse, abrió la puerta del dormitorio.
Había oído un carruaje poco después de las nueve.
Trix y Samuel habían venido a verla, y alguien —su madre, sin duda— les habría dicho que la señorita estaba indispuesta.
Por eso, al bajar, los encontró a todos en el salón pequeño: Trix y Samuel en el sofá, con el aire de quien ha decidido no marcharse sin verla; su madre junto a la chimenea, recuperada de la jaqueca y con una taza de tila entre las manos; y su padre de pie ante la ventana, de espaldas, mirando la oscuridad de la avenida.
Se volvió en cuanto la oyó entrar. Su rostro estaba ceniciento.
—Amelia, querida —su madre dejó la taza con un repiqueteo—. ¿Qué haces en bata? Tenemos visita.
—Trix y Samuel son de la familia, madre. —Se acercó al centro de la sala y tragó saliva antes de hablar—. Además, lo que tengo que decir no puede esperar.
Trix se había incorporado. La conocía demasiado bien.
—Amelia…
—He decidido que asistiré al baile de los Merrit. —Lo dijo sin prisa, con una voz clara que la sorprendió a ella misma—. Y que, si el señor Chester Merrit me pide en matrimonio, como todo parece indicar, aceptaré su proposición sin rechistar.
Hubo un silencio tan denso que se oyó el crujido de un leño al partirse en la chimenea.
Su madre fue la primera en reaccionar. Se llevó una mano al pecho y otra a la boca, y los ojos se le llenaron de lágrimas de felicidad.
—¡Oh, Amelia! ¡Oh, hija mía! Franklin, ¿lo has oído? ¡Lo sabía! Sabía que acabarías entrando en razón, que en el fondo eres una muchacha sensata…
—Dorothea —dijo su padre, con una voz que no parecía la suya.
—Es una noticia maravillosa. Es exactamente lo que…
—Dorothea, por favor.
Su madre se calló, desconcertada. Franklin miraba a su hija. Tenía los ojos húmedos y la boca apretada, y Amelia supo que estaba a punto de contar lo que había venido a decir Aldous Merrit aquella tarde.
—No tienes que hacerlo, Amelia —murmuró él—. No por mí.
—No lo hago por ti, papá. —Le sonrió—. Lo hago porque es lo que quiero.
Fue entonces cuando Trix estalló.
—¿Que quieres? —Se había puesto en pie de un salto, con las mejillas encendidas—. ¿Has perdido el juicio, Amelia Rourke? ¿Chester Merrit? ¿El hombre más aburrido de la Costa Este? ¿El hijo de…?
—Trix.
Amelia no alzó la voz. No le hizo falta. Solo la miró, y con esa mirada le pidió que se callara, que no dijera nada delante de su madre. Su amiga apretó los labios hasta volverlos blancos. Le temblaba la barbilla de rabia.
—Esta mañana —dijo al fin, en voz baja y afilada—, te vi ilusionada por alguien que no es Chester Merrit. Tengo ojos en la cara, Amelia, y te conozco mejor que nadie.
—Esta mañana me equivoqué —contestó su amiga. Le temblaba la boca—. Chester es la persona adecuada y no pienso dar marcha atrás.
—¡Eso no tiene ningún sentido!
—Para mí sí.
Una sonrisa serena, dulce, perfectamente compuesta iluminó la boca de Amelia. Quien la conociera como Trix sabría que era impostada. Habría preferido verla llorar. Porque aquella mueca era la bandera de la derrota.
Dorothea miraba a unos y otros sin comprender nada.
—No entiendo por qué os ponéis así. Es un gran partido.
Nadie le contestó.
Samuel, que no había dicho una sola palabra, se levantó despacio del sofá. Miró a Franklin, que había vuelto a darles la espalda frente a la ventana, y después miró a Amelia con aquellos ojos de irlandés que se llenaban fácilmente de agua.
—Si me disculpan —dijo al fin—, tengo que ocuparme de un asunto.
Y salió del salón sin esperar respuesta.
*****
Eran las once y cuarto cuando llamaron a la puerta de la habitación veintitrés del Hotel Brunswick.
Ewan no dormía. Estaba sentado junto a la ventana, en mangas de camisa, con un vaso de whisky que no había tocado y la venda todavía en la frente, porque no había querido quitársela. Se decía que era para que la herida no volviera a abrirse. Sabía perfectamente que la razón era bien distinta.
Murdo abrió la puerta y regresó con un sobre amarillo en la bandeja.
—Un telegrama, milord. Dicen que es urgente.
Ewan lo abrió con el pulgar. Eran apenas tres líneas, escritas con la letra apresurada de un empleado de la Western Union.
AMELIA ACEPTARÁ A CHESTER MERRIT EN EL BAILE STOP NO PUEDES PERMITIRLO O SERÁS UN MALDITO IDIOTA STOP SAMUEL.
Lo leyó un par de veces. A la tercera, se dio cuenta de que había arrugado el papel en el puño sin darse cuenta.
Se levantó. Fue hasta la ventana y miró hacia el norte, hacia el extremo oscuro de la Quinta Avenida, donde en algún lugar, entre solares y peñascos, había una casa de piedra caliza con una luz encendida en el piso de arriba. No podía verla desde allí, eso era obvio, pero podía sentirla más cerca.
Murdo aguardaba junto a la puerta, con la bandeja vacía y la paciencia infinita de un hombre que llevaba demasiados años sirviendo a los McGomery como para sorprenderse de nada.
—¿Milord?
Ewan se volvió. Alisó el telegrama sobre la mesa con la palma de la mano, lo dobló en cuatro partes y se lo guardó en el bolsillo del chaleco, junto al corazón.
—Murdo. Prepare mi frac. —Hizo una pausa—. Y localice un buen sastre: necesito un disfraz.