La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Franklin Rourke llevaba media hora mirando el mismo número.

Lo había escrito él mismo en la última página del libro mayor, con letra grande y clara: Seiscientos mil dólares.

Al lado, en una columna mucho más estrecha, figuraban los nombres de los caballeros a los que había visitado aquella semana.

Van Dyke. Hollister. Grinnell. El viejo Schermerhorn, que lo había recibido en bata y le había ofrecido té en lugar de whisky , lo que en Nueva York equivalía a enseñarle la puerta de salida.

Todos aquellos nombres estaban tachados.

Había vuelto de la oficina antes de lo habitual, con la excusa de que allí no se podía pensar con claridad.

La verdad era que allí no se podía respirar.

Sullivan lo miraba con cara de enterrador cada vez que entraba en su despacho, y los empleados habían empezado a hablar en voz baja, como se habla en la casa de un enfermo.

Aquella mañana, al menos, había llegado una buena noticia. Los estibadores del muelle seis habían desbaratado un intento de sabotaje en el Mercy . El barco estaba a salvo y la carga, intacta. Al menos, después de tantas desgracias, empezaba a haber buenas noticias.

Sacudió la cabeza. Aquel carguero era lo único que quedaba a flote de su compañía y aun vendiéndolo no bastaría ni para pagar los intereses.

Se frotó los ojos. En la chimenea crepitaba un fuego que no calentaba y, sobre el aparador, el licorero de coñac menos lleno de lo que lo recordaba.

Lo miró con el ceño fruncido. ¿Había bebido tanto?

Quizá sí, y ni siquiera se acordaba. Eso era lo que provocaba la ruina en un hombre: primero le quitaba el dinero, después el sueño y, por último, la memoria.

Llamaron a la puerta.

—El señor Merrit, señor —anunció el mayordomo—. Pregunta si puede recibirlo.

Franklin cerró el libro mayor con un golpe seco y se sorprendió al descubrir que lo que sentía era alivio.

Aldous. En toda aquella semana de puertas cerradas, Aldous Merrit era el único que no le había dado la espalda.

El único que se había presentado en su palco la noche de la ópera, delante de toda la ciudad, para estrecharle la mano.

—Hazlo pasar.

Merrit entró como siempre, llenando la estancia antes de haber cruzado el umbral. Llevaba el abrigo todavía sobre los hombros y una rosa amarilla en el ojal, pese a que ya casi era noviembre y en Nueva York nunca se habían dado bien.

—¡Franklin! —Le tendió ambas manos—. Perdona que me presente sin avisar.

Pasaba por la avenida y me he dicho: Aldous, no puedes pasar por delante de la casa de un amigo sin entrar a verlo.

Aunque para pasar por aquí haya que dar un buen rodeo.

—Soltó una carcajada—. ¡Qué lejos vivís, Dios santo!

Mis caballos ya me miran como si los hubiera traído a Canadá.

El señor Rourke intentó sonreír, pero su boca esbozó un gesto amargo.

—Siéntate, Aldous.

—Con tu permiso. —Se quitó el abrigo, lo dejó caer sobre una silla y se dirigió directamente al aparador—. Y con tu permiso, también, me serviré una copa. Tú no te molestes. Conozco esta casa como si fuera la mía.

Se sirvió dos dedos de coñac, miró el licorero al trasluz y chasqueó la lengua.

—Veo que has estado ocupado.

—Ha sido una semana larga.

—Me lo imagino. —Merrit se dejó caer en la butaca de enfrente, la que Franklin reservaba para los clientes, y cruzó las piernas—.

Me he enterado de lo del muelle seis. ¡Qué fortuna, Franklin!

Qué fortuna que hubiera alguien vigilando justo esa noche.

Los muelles están llenos de rateros, y un barco con un solo vigilante dormido es una invitación para los canallas.

Franklin, que se llevaba la copa a los labios, se detuvo.

—¿Cómo lo sabes?

—¿El qué?

—Lo del muelle. Ha sido esta madrugada. Ni siquiera ha salido en los periódicos.

Merrit sonrió con benevolencia, la sonrisa de un tío rico ante la pregunta de un sobrino ingenuo.

—Querido amigo, llevo sesenta años en esta ciudad.

Lo que ocurre en los muelles lo sé yo antes que los peces.

—Dio un sorbo—. Excelente. Siempre has tenido buen gusto para el coñac.

Es lo primero que me llamó la atención de ti, ¿sabes?

Aquel hombre tosco, recién llegado de Pittsburgh, que no sabía qué tenedor usar, pero que servía el mejor coñac de Nueva York.

Franklin se permitió una sonrisa. Era cierto.

Hubo un tiempo en que los salones de la rica burguesía neoyorkina lo miraban como a un fogonero que se hubiera colado en la fiesta, y había sido Aldous quien le había abierto algunas puertas, quien lo había invitado a su mesa, incluso quien le había presentado a la mitad de los hombres cuyos nombres estaban ahora tachados en el libro mayor.

Durante un rato hablaron como siempre, en un intento por no tocar un tema que no salía de su cabeza.

De caballos y del precio del hierro, de la obstinación de la señora Astor con sus cuatrocientos, de Chester, que según su padre había perdido una fortuna al póquer frente a un inglés ridículo y había vuelto a casa tan feliz como si la hubiera ganado.

Merrit se reía de sus propias ocurrencias con aquella risa estruendosa, que hacía temblar los cristales, y Franklin, por primera vez en muchos días, sintió que la cabeza empezaba a despejársele.

Por eso tardó en darse cuenta del momento exacto en que la conversación dio un giro inesperado.

Fue algo casi imperceptible. Merrit colocó la copa sobre la mesa, justo encima del libro mayor, y el cristal marcó un cerco húmedo sobre la tapa de piel.

No se disculpó. Se llevó la mano al bolsillo interior de la levita y sacó un legajo de papeles, gruesos, doblados en tres y atados con una cinta de seda verde.

Lo dejó junto a la copa.

—Te he traído algo, Franklin.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

El señor Rourke deshizo el lazo. Supo lo que eran antes de desplegar el primero de ellos por el grosor del papel y por el sello del Banco Mercantile en una esquina. Pero siguió desplegándolos, uno tras otro, porque no era capaz de detenerse.

Pagarés.

Sus pagarés. Con su firma estampada al pie de cada uno de ellos. Allí estaban el préstamo de los solares de la avenida, el de las acerías de Sheffield, el del ferrocarril, el que había firmado en primavera para terminar la escalera de mármol que ahora le parecía tan absurda…

Había otros, de otros bancos, de proveedores a los que había pagado con papel en lugar de con oro porque en aquel momento todo el mundo aceptaba un pagaré de Franklin Rourke como si fuera una moneda de curso legal.

—No-no entiendo —tartamudeó, y la voz le salió ronca.

La sonrisa de Merrit había cambiado. Ahora era más aguda, más afilada.

—Claro que lo entiendes. —Su invitado volvió a coger la copa—.

Beckwith me vendió tu deuda la semana pasada, y con un descuento que le daría vergüenza confesar.

Los demás los he ido recogiendo aquí y allá, con discreción, a través de buenos amigos.

Me ha llevado más de un año hacerme con todo eso.

—Hizo una pausa, señaló los papeles y dio otro sorbo, sin prisa—.

Ahora el único acreedor que tienes en esta ciudad soy yo, mi querido amigo.

La chimenea chisporroteó. Franklin tuvo la extraña sensación de que la habitación se había alargado, de que Aldous Merrit estaba sentado mucho más lejos de lo que en realidad estaba.

—Un año —repitió.

—Más o menos.

—Hace un año todo marchaba: los barcos, el puerto, las obras de esta casa…

—Qué memoria tienes, Franklin. —Merrit sonrió—. Es una cualidad admirable en un hombre de negocios.

No dijo nada más. No hizo falta.

Franklin miró aquella cara rubicunda, aquella rosa amarilla, aquella sonrisa que había visto en cien cenas y en otros tantos palcos, y comprendió que Aldous Merrit no había dejado caer la máscara del todo.

Solo la había bajado media pulgada. Lo justo para que él viera a lo que se enfrentaba y lo bastante poco como para no poder sacar, aún, ninguna conclusión.

Aldous se cruzó de piernas y chasqueó los labios.

—Ejecutaré todos esos pagarés dentro de una semana —continuó con el mismo tono con que había hablado de caballos—.

El viernes que viene, a mediodía. Los solares, la naviera, lo que quede de las acerías, todo será mío si no puedes hacer frente a su pago.

Y esta casa, claro. —Miró a su alrededor con aire de tasador—.

Es una casa espléndida. La escalera es un poco excesiva, pero se puede reformar.

Se hizo el silencio. Frankin no podía moverse. Era como si unas sogas invisibles lo tuvieran preso a su silla.

—¿Por qué? —De nuevo la voz solo fue un remedo de la suya—. Por el amor de Dios, Aldous. Te conozco desde hace veinte años. ¿Por qué?

Merrit lo miró con algo que casi parecía ternura.

—¿Recuerdas lo que dijiste en la fiesta de inauguración de esta casa?

Lo dijiste con una copa en la mano, delante de todos tus invitados.

«Dentro de diez años, esta avenida valdrá un imperio».

—Hizo un gesto amplio con la mano, como si abarcara toda la Quinta Avenida desde la ventana—.

Pues tenías razón, Franklin. Siempre he admirado tu olfato.

Solo te equivocaste en una cosa. En quién sería el emperador.

Franklin abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra.

—Ahora bien. —Merrit se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y bajó la voz, como quien va a confiar un secreto—. No he venido solo a darte malas noticias. Eso habría sido una crueldad por mi parte, y yo no soy así. He venido a ofrecerte otra posibilidad.

Puso un dedo sobre el legajo.

—Mi hijo va a pedir la mano de tu Amelia.

Eso ya lo sabes. Lo sabe media ciudad, gracias a Dorothea, que es una mujer encantadora pero muy poco discreta.

—Sonrió—. Pues bien. Si Amelia acepta, estos papeles serán mi regalo de esponsales.

Los romperé yo mismo en el banquete, aquí mismo, delante de ti y en esa chimenea.

Tus deudas desaparecerán de un plumazo. Tu apellido quedará limpio.

Y tu hija será la señora Merrit, que no es un mal destino para una muchacha que, según dicen por ahí, trae mala suerte.

El rostro de Franklin estaba lívido.

—Eso es un chantaje.

—Es un acuerdo, Franklin. En nuestro mundo siempre ha sido lo mismo.

Al final todo lo tuyo será mío, pero de una manera más amable, sin escándalo, y nuestros nietos serán los críos más poderosos de Nueva York.

—Merrit, se recostó en el asiento y se encogió de hombros—.

Y no me mires así. Lo de la boda lo habíais pensado vosotros antes que yo.

Dorothea me lo insinuó hace dos semanas, en el té de los Livingston.

Y tú, según tengo entendido, no dijiste que no.

Aquello fue lo que más le dolió, la constatación de su propia cobardía cuando debía haber pensado en su hija antes que en nadie.

Merrit se puso en pie. Se alisó el chaleco, recogió el legajo, volvió a atarlo con la cinta verde con la delicadeza de quien envuelve un regalo, y se lo guardó en la levita.

—El anuncio del compromiso puede hacerse en mi baile —dijo antes de marcharse—. Sería lo más elegante. Tienes una semana para convencerla. Ni un día más.

Franklin también se levantó. Le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en la mesa, pero logró disimularlo.

Tenía cincuenta y ocho años, había empezado cargando lingotes en una fundición de Pittsburgh, había sobrevivido al pánico del 73 y había construido una casa en el extremo de una avenida que se haría famosa.

No iba a escuchar aquello sentado como un inválido.

—Fuera de mi casa, Aldous.

—Sí, todavía es tu casa. —Merrit recogió el abrigo—. Al menos durante una semana.

Franklin cruzó el despacho. No supo cómo llegó hasta la puerta, porque la sangre le latía en las sienes y la alfombra parecía moverse bajo sus pies. Agarró el pomo de bronce, lo giró y abrió la puerta de par en par, dispuesto a echar a aquel hombre de su casa aunque tuviera que hacerlo a empujones.

Y se quedó inmóvil.

Al otro lado, en el pasillo en penumbra, estaba su hija.

Tenía la mano alzada, como si hubiera estado a punto de llamar. Estaba pálida como el mármol de la escalera. No lloraba. Lo miraba a él, solo a él, con aquellos ojos grises que siempre habían visto más de lo que convenía.

Franklin Rourke supo, sin necesidad de que ella dijera una sola palabra, que lo había oído todo.