Capítulo 24
A media mañana, Prudence todavía no había conseguido recomponerse de los acontecimientos de la madrugada.
Los caballeros se habían marchado a descansar poco después de las siete.
La condesa de Clancare había llevado a la señorita a su dormitorio casi a la fuerza y se había quedado con ella, hablándole en voz baja, hasta que se durmió.
La casa había recuperado su silencio de siempre: el reloj del vestíbulo, los pasos de los lacayos, el golpe lejano de la señora Jefferson aplastando ajos con la hoja del cuchillo.
Pero Prudence no podía quitarse de la cabeza aquella flor de lis.
Subió a su cuarto, cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama.
Se desabrochó los dos primeros corchetes del corpiño y sacó el papel que llevaba escondido allí desde la noche del candelabrazo.
Lo desdobló sobre las rodillas. La lista de los turnos del servicio.
Quién salía y cuándo, a qué hora se cerraba la puerta de la despensa, qué noches libraba el mayordomo.
Se había dicho que la guardaba para atrapar a Gabriel Shaw ella misma. Esa mañana, después de ver a la señorita Rourke con la cara del color de la cera y un trozo de lacre roto entre los dedos, se dio cuenta de que ya no podía seguir sin hacer nada.
Pensó en el callejón, semanas atrás. En el sobre lleno de billetes. En el hombre de librea azul con una insignia dorada que no había sabido distinguir.
No sabía qué librea llevaban los criados de la calle Catorce. Pero pensaba averiguarlo. Y antes, pensaba averiguar dónde dormía el señor Shaw.
Volvió a guardar la lista en su lugar, se abrochó el corpiño hasta arriba y bajó a la cocina.
—Voy al mercado, señora Jefferson.
La cocinera levantó la vista de los ajos.
—Fuimos ayer.
—Nos faltó azafrán, ¿recuerda?
La cocinera arrugó la nariz.
—No usamos azafrán desde que la señora dijo que era cosa de marineros.
—Por eso mismo —contestó Prudence, cogiendo la cesta de mimbre y el paraguas—. Uno de estos lo pedirá y no quiero que nos pille desprevenidas.
La señora Jefferson parpadeó un par de veces, pero prefirió no contestar. En aquella casa pasaban cosas extrañas últimamente y no iba a ser ella la que husmeara.
El Tyson's Market , a las once de la mañana, era un hervidero de voces, delantales manchados y serrín en el suelo.
Olía a sangre fresca, a col y a pescado que había llegado de Fulton a primera hora.
Prudence fue directa al puesto del carnicero, que estaba deshuesando una paletilla con toda la parsimonia.
—Buenos días, señor Doyle.
—La pinche de la señora Jefferson. —El hombre se limpió las manos en el delantal, dándole un puesto que él mismo había imaginado—. ¿Qué se le ofrece? ¿La mandan a comprobar si le he cambiado la pieza del domingo?
—Busco a un hombre. —Enrojeció en cuanto lo dijo, y el carnicero soltó una carcajada que hizo volverse a media fila—. No en ese sentido, señor Doyle. Uno que vino aquí hace unas semanas. Alto, de ojos grises, con la nariz torcida. Compró dos filetes de lomo.
La carcajada del carnicero se transformó en una sonrisa de reconocimiento.
—El señor Shaw.
—El mismo.
—Claro que lo conozco. Desde entonces viene cada semana.
—Doyle volvió a la paletilla—. Y cada semana compra lo mismo, lo que usted le recomendó.
Al principio pensé que tenía una amante con gustos de duquesa.
Luego me enteré de que se los lleva a la viuda Brennan, la de la calle Cuarenta y seis, que se quedó sola con cuatro críos cuando al marido lo aplastó un carro de cerveza.
Dice que los niños que crecen comiendo carne no terminan robándola.
Prudence parpadeó.
—¿Y sabe dónde vive?
—Por aquí cerca. —Se encogió de hombros—. Pregunte a la Rosetta, la de las verduras. Ella lo sabe todo de todo el mundo.
La Rosetta resultó ser una napolitana enorme, de brazos como jamones, que vendía coles, cebollas y unos tomates que a finales de octubre parecían una ofensa a la estación. Cuando Prudence pronunció el nombre de Shaw, se llevó una mano al pecho como si le hubieran mencionado a un santo de su pueblo.
—¡Ah, il signor Gabriele!
—¿Lo conoce?
—¿Conocerlo? —La mujer alzó los ojos al cielo—.
El invierno pasado se me murió la mula, ¿sabe usted lo que es eso para una mujer como yo?
Sin mula no hay carro, sin carro no hay verdura, sin verdura no hay puesto.
Mala suerte, dijeron todos. Mala suerte, Rosetta, qué le vamos a hacer.
—Escupió a un lado, con énfasis—. Pues él dijo: «¿Cuánto cuesta una mula?
». Y a la semana siguiente se presentó con una.
Era más fea y más vieja que la primera, pero me ha salvado la vida.
Prudence parpadeó varias veces. ¿Había entendido mal?
—¿Se la regaló?
—Dijo que me la prestaba. —La napolitana sonrió con picardía—. Todavía estoy esperando que me diga cuándo se la tengo que devolver.
Prudence salió del puesto con dos cebollas que no había pedido y una sensación incómoda en el estómago.
En Five Points había aprendido que nadie da nada gratis. Seguro que antes o después ese bandido de Shaw pasaría a cobrar esos favores. Había conocido a muchos así. Solían tener sonrisas encantadoras.
Siguió preguntando.
La vendedora de encurtidos, una anciana alemana sin dientes, le contó que el señor Shaw le subía el carbón a la buhardilla cada sábado porque ella ya no podía con las escaleras y que nunca aceptaba ni un pepinillo a cambio.
El afilador, un irlandés de Cork que hablaba a trompicones, le contó que al hijo de su vecina lo habían echado de la fábrica de cigarros por toser demasiado y que el señor Shaw le había encontrado trabajo de mozo en una cuadra, en el campo, donde el aire era sano.
Una lavandera le dijo que había pagado el entierro de un anciano al que nadie conocía, solo para que no lo echaran a la fosa común de la isla de Hart.
—Es un buen hombre. —A la lavandera se le humedecieron los ojos—. Tiene debilidad por los desgraciados, ¿sabe? Por los que nacen con mala estrella. Dice que la mala suerte solo es un problema cuando nadie te echa una mano.
Prudence se quedó paralizada en mitad del mercado, con la cesta colgando del brazo.
La mala estrella.
Toda Nueva York llevaba semanas hablando de la mala suerte de los Rourke. Se comentaba en los salones, en los periódicos, en las carnicerías. Y lo que más le dolía era cómo hablaban de la señorita Amelia, que era la mujer más buena que Prudence había conocido.
Aquella visión que todos tenían de Gabriel Shaw no encajaba con lo que ella sabía. Y a Prudence, las cosas que no encajaban, no le salían de la cabeza.
De repente abrió mucho los ojos porque acababa de descubrir que lo que de verdad la irritaba no era aquella distorsión, sino que cada vez que alguien le contaba una de aquellas buenas acciones, algo dentro de ella se alegraba.
Una parte pequeña y estúpida de su corazón, que no había pedido permiso y que se alegraba de que Gabriel Shaw fuera exactamente lo que parecía cuando sonreía.
Se reprendió a sí misma, bufando a su alrededor. Aquello era una tontería. Un hombre que podía subirle el carbón a una anciana los sábados y robar en las casas los viernes no podía ser un santo.
Nadie, sin embargo, sabía dónde vivía. Todos lo conocían, todos le debían algo y ninguno había estado jamás en su casa. «Por el este», decían. «Hacia el río». Como si el señor Shaw fuera una de esas aves que nadie ha visto posarse.
Ya se daba por vencida cuando, a la salida del mercado, un limpiabotas de unos diez años, con la gorra calada hasta las cejas y las rodillas negras de betún, la llamó desde su cajón.
—¡Eh, señorita! ¿Busca al señor Shaw?
Prudence se volvió despacio.
—¿Cómo lo sabes?
—Lleva usted una hora preguntando por él en todo el mercado. —El chico escupió a un lado, como hacían los limpiabotas—. Aquí las noticias corren más que los perros.
—¿Sabes dónde vive?
—Calle Cuarenta y siete, casi en el río. Una casa con la puerta verde, encima de la tonelería. El último piso.
Prudence sacó una moneda de la faltriquera y se la tendió. El chico la cogió al vuelo, la mordió y se la guardó en el bolsillo. Después, cuando ella ya se había dado la vuelta, añadió:
—Y no le diga que se lo he dicho yo, ¿eh? Aunque, bien mirado, da igual.
—¿Por qué da igual?
El limpiabotas se encogió de hombros con la indiferencia de quien repite un recado.
—Porque el señor Shaw me dijo que, si algún día venía una doncella muy bonita con un paraguas preguntando por él, le diera la dirección sin cobrarle nada. —Sonrió, mellado—. Y me dijo que añadiera que la estaba esperando.
Prudence frunció las cejas.
En la mano derecha, sin darse cuenta, apretaba el paraguas.