La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Debajo, desdobló los dos sobres que había guardado sin saber muy bien por qué, por esa costumbre suya de no tirar nada que algún día pudiera inspirarla para algún dibujo: el de papel crema y el de color amarillo.

Los tres hombres se acercaron. Samuel apoyó los puños en la mesa. Elliot se inclinó por encima de su hombro. Ewan se colocó tras ella y Amelia sintió su mirada fija en ella en vez de en los naipes.

—Necesitaría una lente —murmuró.

Elliot se palpó la levita, rebuscó en un bolsillo interior y sacó una lupa de relojero montada en latón.

—Un caballero nunca sale de casa sin ella —explicó ante la mirada de todos—. Nunca se sabe cuándo habrá que tasar un diamante.

—¿Y el revólver? —preguntó Ewan.

—Por si el dueño del diamante se resiste.

Amelia examinó las cartas una a una, con el cuaderno abierto al lado y el lápiz sobre las páginas.

El mismo dibujo en el dorso: una celosía de rombos entrelazados.

El mismo rojo en los pomos de las espadas.

Y en la séptima espada, contando desde la izquierda, una minúscula interrupción en el trazo de la guarda, un hilo de papel en blanco donde debería haber tinta.

Estaba en sus tres naipes y en todos los del paquete.

—La misma plancha —dijo—. Tiene un defecto. Una muesca. Todas las cartas lo repiten.

Samuel se inclinó sobre la lupa y soltó un gruñido de aprobación.

—Dije que era una buena imprenta, no que fuera perfecta.

Después analizó los sobres.

Amelia no les había prestado atención, pero los había guardado con los naipes.

La noche de la inauguración había deslizado el dedo bajo la solapa sin mirar, y el sobre amarillo lo había rasgado delante del lacayo con tanta prisa que apenas recordaba haberlo tenido entre las manos.

Entonces, a la luz de la lámpara, vio en ambos una pequeña gota de lacre bajo la solapa, del tamaño de una uña, de un color granate tan oscuro que casi parecía negro.

—Ese sobre no pudo venir directamente de la Western Union, señorita.

Todos se volvieron hacia la puerta. Prudence se había acercado sin que nadie lo advirtiera y miraba el sobre amarillo con los ojos entornados.

—Mi primo Declan repartió telegramas dos años por el Bowery —explicó, un poco azorada al descubrirse el centro de todas las miradas—. Los sobres de la compañía vienen engomados, nunca lacrados. ¿Quién iba a lacrar un telegrama?

Hubo un breve silencio.

—Entonces no era un chico de la Western Union quien lo entregó —dijo Trix.

—Alguien se haría pasar por uno de ellos —confirmó Prudence.

Amelia la miró con un agradecimiento que le brilló en los ojos y volvió a inclinarse sobre la lupa.

En el lacre había un sello. Pequeño, de trazo fino, fácil de pasar por alto si uno rompía el sobre sin mirar: una flor de lis encerrada en un filete circular.

Y en el borde de ese círculo, a la altura de las cinco si hubiera sido la esfera de un reloj, una mella diminuta, como si alguien hubiera golpeado el sello de metal contra algo duro.

La misma flor. El mismo filete. La misma mella en los dos sobres.

Después comparó las caligrafías: la de su nombre en el sobre crema y la de la línea escrita a lo largo del tercer naipe.

Inclinada, hermosa, con las mayúsculas abiertas como las velas de un barco.

Y la tinta, que había secado hasta volverse negra y se había derramado en un tono violáceo en los bordes.

—Tinta de agallas —dijo Trix a su lado—. Es de la mejor calidad.

Amelia se apartó de la mesa y paseó por la estancia con una mano bajo la barbilla, seguida por la mirada de Ewan, que se sentía incapaz de apartarla.

—La misma imprenta —enumeró—. La misma letra. El mismo sello. —Se golpeó la barbilla con un dedo—. Quien me envió ambas cartas es la misma persona.

—Solo nos falta saber de quién es el sello —añadió Samuel.

—Pan comido. —Elliot recuperó su lupa y la limpió con el pañuelo—. En Londres hay un grabador en Holborn que conoce cada sello de cada casa del reino. En Nueva York debe de haber otro. O cien. Bastará con…

—Ese sello lo he visto antes.

Prudence no lo había dicho en voz alta, sino casi para sí misma. Estaba mirando la flor de lis, minúscula, casi invisible, y se había puesto pálida.

—¿Dónde? —preguntó Amelia.

—Ayer, señorita. Por la tarde. —Tragó saliva—. En la bandeja del vestíbulo. La señora se retiró con jaqueca antes de ver el correo y nadie lo ha tocado desde entonces.

Amelia miró a los demás y se precipitó escaleras abajo.

El vestíbulo estaba vacío y en silencio.

La luz entraba ya por las vidrieras de la puerta y teñía el mármol de un rosa pálido.

En la mesa del centro, sobre la bandeja de plata, esperaba el correo del día anterior: dos tarjetas de visita con la esquina doblada, una factura de la modista de su madre y un sobre grande, de papel verjurado… cerrado con lacre granate.

Amelia lo cogió. Los demás llegaron a su lado, Trix con la respiración jadeante.

El sobre era denso. Ella le dio la vuelta muy despacio, como quien voltea la última carta de una tirada, y acercó la lupa que de nuevo le tendía Elliot.

Una flor de lis. Un filete circular. Y a las cinco en punto, en el borde, la mella.

No hizo falta compararlo con el dibujo. Estaba claro que era el mismo.

Rompió el lacre. Dentro había una cartulina de bordes dorados, impresa con una elegancia impecable:

La familia Merrit solicita el honor de su compañía en el gran baile de disfraces que se celebrará en su residencia de la calle Catorce…

No leyó el resto. Se quedó mirando el trozo de lacre roto entre sus dedos, que coincidía con el de los sobres que habían traído la desgracia a su casa.

Y una sonrisa leve iluminó sus labios, porque la maldición acababa de invitarla a bailar.