Capítulo 23
Amanecía sobre la Quinta Avenida cuando Amelia oyó por fin las ruedas del carruaje.
Llevaba toda la noche en su gabinete, con el cuaderno abierto sobre las rodillas y sin haber trazado una sola línea de su dibujo.
Trix, que se había negado en redondo a esperar noticias desde casa de sus padres, aduciendo que si su marido se iba a dejar matar en un muelle, prefería enterarse en casa de una amiga, se había quedado dormida hacia las cuatro en el diván, con los zapatos puestos y el chal de Amelia por encima.
La casa de los Rourke en la Quinta Avenida estaba silenciosa.
Su padre había salido hacia la oficina antes de las cinco, como cada madrugada desde que el banco le había puesto fecha a su ruina.
Su madre no abandonaría sus aposentos antes del mediodía: la jaqueca se había declarado la tarde anterior, y solo la aliviaba mantenerse con las cortinas echadas y un paño de agua de colonia en la frente; además, había dado la orden estricta de que nadie la molestara a menos que se anunciara otra desgracia.
Amelia se asomó por la ventana. Abajo, en la luz gris y manchada del alba, un coche de alquiler se había detenido frente a la verja.
Primero bajó Samuel; después, Elliot, con el sombrero en la mano; y, por último, Ewan, que se apeó más despacio que los otros dos, con un pañuelo apretado contra la frente con visibles manchas de sangre.
Amelia no recordaría después haber bajado la escalera. Solo la voz de Trix a su espalda, aún soñolienta, preguntando si estaban bien, y la suya propia contestando que sí, pero con una firmeza que no era cierta.
El mayordomo ya había abierto la puerta. Los tres hombres entraron en el vestíbulo trayendo consigo el frío del río, aquel olor a brea y a algo acre que Amelia tardó en identificar como pólvora.
—Buenos días —anunció Elliot, con una reverencia algo menos airosa que de costumbre—. Traemos pésimas noticias para los incendiarios de esta ciudad y excelentes para la compañía de seguros de su padre.
Trix pasó junto a ella como una exhalación y se detuvo ante su marido. Lo observó, le puso ambas manos en el pecho y, solo cuando él gruñó que estaba entero, le dio un abrazo tan apretado que a Samuel se le escapó todo el aire que tenía en los pulmones.
Amelia, en cambio, se había quedado quieta y solo miraba a Ewan.
Él permanecía junto a la puerta, con el pañuelo aún contra la ceja y la manga de la levita abierta desde el codo hasta el puño. Un hilo de sangre seca le bajaba por la mejilla hasta perderse en el cuello de la camisa.
—Está sangrando —dijo ella con el corazón desbocado de preocupación.
Él movió la cabeza.
—No es nada.
—Eso me corresponderá a mí decidirlo porque, si está bajo mi techo, soy yo quien debe velar por sus anfitriones.
Elliot soltó una carcajada que resonó en toda la escalera. Ewan abrió la boca para protestar, pero Amelia ya se había vuelto hacia Prudence, que había permanecido igual de inquieta que su señora y había bajado en cuanto escuchó el coche de alquiler.
—Agua caliente —le rogó a su doncella—. Paños limpios, vendas y el coñac del despacho de mi padre.
—Enseguida.
—Señorita Rourke —intentó Ewan detenerla—, he tenido cortes peores afeitándome.
—Entonces le aconsejo que cambie de barbero, lord Currie. Y ahora subamos a mi gabinete, por favor.
No le dejó contestar. Se sujetó el vestido y, sin poder controlar el latido de su corazón, subió por las escaleras hasta sus aposentos, soltando un suspiro de tranquilidad cuando lo vio aparecer a pocos pasos de ella.
Lo sentó junto a la ventana del gabinete, donde la luz empezaba a ser suficiente, y encendió además la lámpara. Él se dejó caer en la silla, pero, en cuanto Amelia se inclinó para apartarle el pañuelo, echó la cabeza hacia atrás.
—Puedo hacerlo yo.
—¿Siempre es igual de impertinente?
Se quedaron mirándose hasta que él sonrió y se puso de pie.
—No quiero que la visión de la sangre la trastorne.
Ella arrugó la frente.
—Siéntate de una vez, McGomery —intervino Samuel, que acababa de entrar en la habitación del brazo de su esposa—. Yo nunca discuto con Trix si aparece con un frasco de coñac en la mano.
Le hizo caso justo cuando Prudence llegó con la jofaina humeante, un rollo de vendas bajo el brazo y la botella de licor. Lo dejó todo sobre la mesita y, en lugar de retirarse, se quedó de pie junto a la puerta, por si la necesitaban para algo.
Amelia le dio las gracias con una sonrisa, humedeció un paño y se lo acercó a la herida.
Esta se encontraba justo encima de la ceja izquierda, un corte limpio de una buena pulgada, con los bordes ya oscurecidos. Un poco más abajo, en la sien, estaba la otra cicatriz, una fina línea blanca que ella había dibujado de memoria más veces de las que se atrevía a confesarse.
Limpió la sangre reseca de la mejilla con cuidado.
Ewan no se movió. Tampoco se quejó. Tenía la mandíbula tensa y respiraba despacio, y fue entonces cuando Amelia descubrió que estaba tan cerca de él que sentía su aliento contra la muñeca.
Eso la trastornó tanto que el paño se agitó en la mano y estuvo a punto de escapársele de entre los dedos.
Tomó el coñac y empapó una gasa con él.
—Esto va a escocer —le advirtió.
—He dicho que no es…
El resto de la frase se le convirtió en un siseo entre dientes.
—Qué desperdicio —suspiró Elliot, que se había repantigado en el sofá—. Con ese coñac se podría haber terminado esta noche mucho más feliz.
Amelia no le prestó atención. Había vuelto a notar el temblor en los dedos y esta vez no consiguió dominarlo.
Entonces la mano de Ewan se cerró sobre su muñeca.
No apretó. Solo la sostuvo, como quien sujeta un pájaro para que no se haga daño contra el cristal.
—Tiene usted las manos heladas —dijo Ewan en voz baja, para que solo lo escuchara ella.
Amelia se sentía incapaz de contestar y se reprendía por ello. Pero logró encontrar la suficiente claridad en su mente como para dar una respuesta mundana.
—Soy neoyorquina. Convivo con el frío.
Él tardó unos segundos en soltarla. Un tiempo que duró lo bastante como para que Trix, desde el diván, enarcara una ceja de manera muy elocuente y para que Elliot emitiera un silbido breve que se cortó en seco cuando Samuel le golpeó con el codo.
Amelia terminó el vendaje sin atreverse a mirar de nuevo al paciente. Una compresa doblada sobre la herida y una tira de lienzo alrededor de la cabeza, que le daba al conde de Currie el aspecto de un veterano de Balaclava.
—Y ahora —dijo ella a los presentes, rehuyendo la mirada del escocés—, será mejor que nos contéis qué ha pasado esta madrugada.
Fue Samuel quien lo contó. Habló de la barca, de las latas de aceite, de los hombres que se lanzaron al río y del tipo que emprendió la huida.
Terminó el relato asegurando que el Mercy estaba intacto y que el detenido había pasado a manos de la policía del puerto, que, según el sargento de guardia, desde entonces no había abierto la boca.
—No sé cómo agradecéroslo —exclamó Amelia con una mano en el corazón, evitando de nuevo mirar a Ewan.
Samuel se puso de pie.
—Hay algo más. —La miró directamente a los ojos—. Algo que tiene que ver contigo, Amelia.
Se metió la mano en el abrigo y dejó sobre la mesita, junto a la jofaina de agua teñida de rosa, un paquete envuelto en papel de estraza y atado con un cordel.
Amelia lo miró con un mal presentimiento recorriéndole la espalda. Al final lo tomó entre los dedos y deshizo el nudo.
Cuando los naipes se deslizaron sobre la madera en un pequeño abanico, sintió que el suelo del gabinete se inclinaba.
Diez de espadas.
Idénticos.
Los contó.
Veinte cartas.
Lo primero que sintió fue alivio, y le dio vergüenza que fuera así. Un alivio tan hondo que tuvo que apoyar la mano en el borde de la mesa. La teoría de Trix se confirmaba: alguien estaba fabricando la mala suerte de los Rourke, y aquellas cartas tenían algo que ver.
Lo segundo fue el vértigo, porque veinte cartas indicaban que aún quedaban todas aquellas desgracias por ocurrir.
Se le escapó una risa corta, extraña.
—Amelia… —dijo Trix.
—Perdona. Es que hay algo casi ofensivo en descubrir que tu destino está en manos de alguien con este sentido del humor.
—Ahora ya sabes que no es una maldición —le confirmó Trix, que se había levantado del diván y la miraba intentando saber si se encontraba bien—. Alguien quiere el mal para tu familia. Y debe ser alguien muy cercano, aunque insisto en que pensar en Marrit me parece una idea absurda.
Amelia cogió uno de los naipes y lo alzó hacia la ventana. La luz del alba atravesaba el cartón y dibujaba en él la silueta de las diez espadas clavadas en la espalda de aquella figura caída, siempre la misma.
Habían pasado muchos años, pero pensó en una tienda de pañuelos de colores y en la mujer del turbante. Pensó en su falso acento francés y en el miedo que había visto en sus ojos al volver la última carta, un miedo que no tenía nada de teatral.
—Que alguien las utilice para asustarnos no quiere decir que aquella carta mintiera, Trix —dijo al fin, muy despacio.
Nadie contestó. Elliot abrió la boca y, por una vez en su vida, volvió a cerrarla.
Fue Ewan quien decidió responder, sin levantar la voz.
—El destino no está escrito en una tirada de cartas, señorita Rourke. —La miraba de una forma que parecía desesperada—. Es usted quien lo construye con cada uno de sus actos.
Ella lo observó y durante un instante pensó que aquel hombre era capaz de decir las cosas más sensatas del mundo de la manera más temeraria posible. Después dejó el naipe sobre la mesa y se irguió.
—Tiene razón, lord Currie. Si alguien quiere asustarme y ha impreso estas cartas, no le ha quedado más remedio que dejar alguna huella de sus actos.
Fue a su dormitorio y regresó con el joyero.
Levantó el terciopelo del fondo y colocó sobre la mesa, en fila, sus tres naipes: el de la noche de la inauguración, el que aún olía a quemado y el de la línea escrita a mano. Al lado dispuso otros tres del mazo del muelle.