La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

A la una y cuarto de la madrugada de aquel viernes, con un frío que cortaba el aliento, Elliot Pinckerville dijo de nuevo que aquello era una pérdida de tiempo y Ewan McGomery le repitió que se callara.

—Cuatro horas con el trasero congelado como pingüinos —susurró Elliot, indignado—. Leí en algún sitio que es el máximo que un ser humano puede aguantar sin morir ipso facto .

—¿Lo leíste en una novela? —mordió el escocés.

Elliot gruñó.

—Es posible.

Samuel los había acompañado, por supuesto.

Estaba tendido boca abajo sobre unas balas de algodón, dos metros por encima de donde se parapetaban Ewan y Elliot, pero no dijo nada.

Los tres llevaban sin moverse ni dejarse ver desde las once de la noche y debían reconocer que el frío arreciaba en el puerto.

Se habían apostado en el interior del cobertizo que los Rourke tenían en el muelle seis, entre las pilas de mercancía que esperaban al tren de la mañana siguiente, con las lámparas apagadas y el gran portón de acceso entornado para ver por la rendija la pasarela del Mercy , el carguero de cabotaje que era, según los libros de Franklin Rourke, lo último que la familia tenía todavía a flote.

Trescientas balas de algodón de Georgia, cien cajas de loza inglesa de la mejor calidad y un cargamento de cobre que valía más que todo lo anterior junto; ese era el total de lo embarcado.

Ninguno de los dos había dudado cuando Elliot apareció contando aquello del muelle seis, por muy impreciso que pareciese, y allí estaban, sin saber muy bien qué era lo que tenía que pasar.

Como no sabían a qué se iban a enfrentar, no estaban solos. Había dos estibadores de los Rourke montando guardia en el otro extremo del muelle, junto a la grúa de vapor, con un silbato y la orden de no arriesgarse si la cosa se ponía fea.

También habían avisado al capitán del carguero, un noruego malencarado que aquella noche dormiría en su camarote con un rifle sobre la manta.

—¿Y si no viene nadie? —se preguntó Elliot, que era incapaz de cerrar la boca—. En ese caso, mañana mismo le pediré a Chester la revancha y espero desplumarlo…

—Y devolverme mi dinero —lo fulminó Samuel desde arriba.

En ese instante, Ewan alargó la mano y le tapó la boca a su compañero de espera.

No es que hubiera oído un sonido nuevo, era que aquellos a los que ya se habían habituado, como el correteo de las ratas, habían desaparecido a su alrededor.

McGomery salió de donde estaban parapetados con el mayor cuidado y se pegó a la rendija de la puerta. Samuel no tardó en seguirlo y un aburrido Elliot se unió a ellos.

A lo lejos, una barca sin farol se deslizaba desde el río hacia el costado del Mercy , por el lado opuesto a la pasarela, donde nadie vigilaba aquella noche.

Contó cuatro hombres. Dos llevaban los remos; los otros sujetaban entre las rodillas unos bultos alargados que tintineaban al chocar entre sí con un sonido que Ewan había oído muchas veces en las bodegas de Glenmara Castle: latas de aceite.

—Van a prender fuego al barco y a todo esto —murmuró.

Elliot dejó de quejarse de inmediato. Los ojos se le afilaron, el cuerpo se le aquietó y, de algún sitio de la levita, sacó un revólver que Ewan no lo había visto en toda la noche.

—No pueden llegar a la cubierta o estará todo perdido —dijo el inglés, y en ese instante Ewan abrió la puerta del cobertizo de una patada y la lámpara de Samuel se encendió en la mano del irlandés.

Estaba claro que no lo esperaban, porque los cuatro hombres que iban en la barca miraron hacia donde ellos estaban, con el rostro lívido, mientras en el otro extremo del muelle el silbato de los estibadores rasgó la noche con un chillido que atrajo a todos los que pernoctaban en los alrededores.

Después, todo sucedió muy rápido.

Dos de los hombres se lanzaron al agua sin pensarlo y se perdieron en la negrura del río, remando con los brazos hacia Brooklyn o hacia el infierno.

El tercero, que llevaba parte de las latas, intentó encender una cerilla con manos temblorosas, pero Elliot disparó y la bala se perdió en el agua, tan cerca de la barca que las astillas le saltaron a la cara.

El tipo soltó la lata y las cerillas y se tiró de cabeza tras sus compañeros, perdiéndose de vista al instante.

Ya solo quedaba uno, y sus perspectivas eran las peores, porque la barca ya estaba en el muelle y solo le quedaba saltar al agua o escapar por entre las sombras del puerto. Tomó la segunda decisión y desde allí empezó a correr con todas sus fuerzas.

Era pequeño, rápido y conocía el puerto mejor que ellos tres: se metió entre las pilas de fardos que esperaban el embarque, cambió de dirección un par de veces, derribó una torre de cajas de loza que se hizo añicos y salió por el otro lado hacia la grúa de vapor, donde podría esconderse y donde los estibadores de los Rourke, obedeciendo las órdenes, se apartaron.

Ewan fue tras él.

No pensaba, solo corría. Le quemaban los pulmones, el aire de la noche olía a brea y le pareció que volvía a tener diecisiete años y perseguía a un cuatrero por los brezales de Glenmara Castle con su abuelo gritándole que no se cayera.

Saltó una bala de algodón. Resbaló en el adoquín mojado, pero logró recuperarse. Vio la espalda del hombre a diez pasos, a ocho, a seis, subiendo por la escalera de hierro de la grúa como una ardilla.

—¡Se va a tirar al río! —gritó Samuel desde atrás.

Eso es lo que Ewan habría hecho.

El hombre llegó al brazo de la grúa, que se extendía sobre las aguas negras del Hudson, y se detuvo a mirar hacia abajo. Fue apenas un segundo, el tiempo justo para que Ewan lo sujetara por una pierna y los dos cayeron sobre la plataforma de hierro con un golpe que le sacó el aire de los pulmones.

El otro se revolvió como un gato, le clavó un codo en la ceja y consiguió medio incorporarse, con la mano ya en el bolsillo, buscando algo que Ewan no pensaba dejarle sacar.

No hizo falta.

Una mano del tamaño de una pala lo agarró por el cuello del gabán y lo levantó en el aire, y Samuel Flaherty, conde de Clancare, sin haber corrido más de lo necesario, lo dejó caer sobre la plataforma boca abajo, con una rodilla en la espalda y la respiración apenas alterada.

—¿Adónde pensabas que ibas? —dijo el irlandés.

Cuando Elliot llegó, Ewan estaba sentado en la escalera de hierro, con la ceja abierta y la manga de la levita rota, y Samuel registraba al detenido sin dejar que se moviera del suelo, donde lo tenía atrapado.

—Un cuchillo —fue diciendo Samuel, dejando cada objeto sobre el hierro—. Un fajo de billetes, impropio para un hombre que usa estas botas. Cerillas. Una llave.

El tipo no decía nada y hacía tiempo que había dejado de resistirse. Tenía la cara pequeña, aplastada contra la plataforma, y una calma que no presagiaba nada bueno.

—¿Y esto?

Samuel extrajo, extrañado, del bolsillo interior del gabán un paquete envuelto en papel de estraza, atado con un cordel, del tamaño de un libro de oraciones. Lo abrió con cuidado y lo acercó a la lámpara.

Elliot se inclinó a mirar. Después se irguió, muy despacio, y se volvió hacia el escocés con una expresión que Ewan no le conocía, porque no había rastro de ironía en ella.

—McGomery —dijo—. Vas a tener que ver esto.

Ewan se levantó, aún dolorido, y se acercó.

Era una baraja de cartas.

O lo que quedaba de ella, porque estaba compuesta por veinte naipes idénticos, con el filo sin desgastar, con la tinta tan fresca que todavía olía a imprenta.

Veinte dieces de espadas.

Esperando su turno.