Capítulo 21
Elliot Pinckerville chasqueó los labios y perdió la quinta mano de la noche con la misma elegancia con la que había perdido las cuatro anteriores.
—Enhorabuena —felicitó a su contrincante, y dejó las cartas boca abajo sobre el tapete con un suspiro de hombre vencido.
Mientras empujaba sus fichas hacia el centro de la mesa de juego con la punta de los dedos, murmuró que la fortuna era una dama y que las damas, en su experiencia, preferían a los americanos.
—Es la humedad —añadió, mirando al techo—. No se puede pensar con esta humedad. En Londres pierdo cantidades más modestas.
—Le recuerdo que en Londres llueve todos los días, Pinckerville.
Él intentó mostrarse abatido.
—Pero es una lluvia vivificante, amigo mío. Aquí llega a ser perniciosa.
Los tres jóvenes que compartían con él la mesa del fondo se rieron, y Chester Merrit, que acababa de recoger la apuesta con un tres de trébol como única baza, soltó una carcajada de entusiasmo.
Para Elliot, aquella era la parte fácil del plan.
Perder al póquer no consistía en jugar mal.
Cualquier imbécil era capaz de arruinar una fortuna que llevara doscientos años en la familia.
El arte estaba en jugar lo bastante bien como para parecer un hombre al que la suerte le ha dado la espalda y no un energúmeno sin cabeza.
A los insensatos se les vacía el bolsillo y se los despide.
A los desdichados se los invita a la siguiente partida.
Para conseguir el resultado esperado, Elliot sabía que era necesario ganar alguna mano de pequeña cuantía de vez en cuando, incluso dudar en el momento justo.
Lo más difícil era retirarse del juego con una escalera ganadora en la mano y lamentarlo en voz alta media hora después, cuando ya no importaba.
La sala de juego del club ocupaba la trasera del edificio, lejos de los ventanales de Madison Square. Los socios de más edad, que a aquella hora dormitaban en la biblioteca con el Herald sobre el pecho, ya no molestaban.
Era una habitación forrada de caoba, con una chimenea de metal, dos lámparas de gas que zumbaban demasiado y un aparador donde un criado de guantes blancos rellenaba las copas sin que nadie tuviera que pedirlo, lo que Elliot consideraba la única aportación de Nueva York a la civilización.
Había entrado en el club a las nueve, del brazo de una carta de presentación que firmaba el duque de Ashford.
Después había preguntado, con el mayor desinterés del mundo, si en aquella casa se jugaba a algo o si solo se leía el periódico.
El secretario lo condujo escaleras arriba.
A las nueve y media había pedido su primer brandy, elogiado el retrato de un fundador con cara de bacalao y conseguido que el joven Merrit le hiciera sitio en su mesa con un «siéntese, siéntese, hombre, aquí no mordemos».
A las diez ya le debía cuarenta dólares.
Los cuarenta dólares eran de Jed Flaherty, claro. Elliot pensaba en la cara del irlandés cada vez que empujaba una ficha, y aquello le añadía al sufrimiento un matiz de sinceridad que ningún actor habría podido fingir.
—¿Otra? —preguntó Chester, barajando ya la nueva tirada.
—Sería un error —contestó Elliot con la voz de un hombre que se asoma al abismo—. Pero un caballero británico no se levanta de la mesa mientras tenga crédito.
—O dignidad —apuntó el otro.
Elliot soltó un largo suspiro.
—La dignidad, amigo mío, la perdí en Baden-Baden en el 79. Es una historia larga y hay una condesa polaca implicada, así que sería poco caballeroso contarla aquí.
Chester Merrit tenía veinticinco años y la clase de rostro que las madres aprueban con un solo vistazo: agraciado, simétrico, sin una sola arruga de preocupación. Vestía bien, se peinaba minuciosamente y su sonrisa era tan simple como franca.
Elliot llevaba dos horas estudiándolo y había llegado a una conclusión que le desagradaba por una única razón: era un buen chico, y detestaba engañar a personas así.
No parecía ni brillante ni malvado, sino un joven educado para no dar disgustos a su padre, que había descubierto en aquella sala una de las pocas cosas en las que era mejor que los demás, y que aquella noche, gracias a un inglés desastroso, lo estaba siendo más que nunca.
—Le voy a dar un consejo, Pinckerville —dijo a la tercera copa, inclinándose sobre el tapete con cierta confidencialidad alcohólica—. Debería mirar más las cartas y menos los rostros de los jugadores.
Elliot volvió a chasquear los labios.
—Las cartas dicen bien poco, amigo mío. Los rostros, en cambio…
—Pues mire el mío. —Chester se echó hacia atrás y abrió los brazos—. ¿Qué ve?
Elliot lo observó con detenimiento. Vio a un joven feliz. Vio también a alguien acostumbrado a que otros tomaran las decisiones por él.
—Veo a un hombre que va a ganar esta mano —dijo.
Y sí, Chester la ganó. Elliot perdió otros veinte dólares y felicitó a su verdugo con una efusividad que hizo que Percy Cutting, el jugador más joven de la mesa, le pidiera al criado que le sirviera al inglés una copa de su parte, «por deportividad».
Era la cuarta copa que le servían, pero él no se había tomado ninguna.
Con la primera había brindado, se la había llevado a los labios sin tocarla y la había depositado de nuevo en la mesa.
Con casi todas había tenido la habilidad de encontrar un momento donde nadie miraba para vaciarlas discretamente en una maceta, por lo que la palmera que había a su derecha sería esa noche la más alegre de Manhattan.
En dos ocasiones cambió su copa llena por la vacía de Chester, que no se percató, aunque en una de ellas dijo que aquella copa parecía interminable.
A las once, el joven Ludlow se levantó de la mesa con las ganancias suficientes para no querer arriesgarlas y se despidió. A las once y media lo hizo Cutting, que había perdido lo bastante como para arrepentirse al día siguiente. Chester no tenía prisa. Aquella noche no.
—Me va a permitir que le diga una cosa, Pinckerville. —Chester repartió la mano con menos precisión que antes—. Es usted el hombre más amable que ha entrado en este club en años, y va a tener que dejar de jugar conmigo. Se lo digo como amigo.
—Como amigo… —Elliot fingió que se le humedecían los ojos mientras arrastraba la lengua como un borracho—. Nadie me lo había dicho así desde lo de Baden-Baden.
—Se lo digo en serio. Me da usted lástima. —Chester lo miró con una compasión sincera, un poco vidriosa—. Un caballero como usted, de tan buena familia… ¿Cuánto lleva perdido?
—No lo sé. —Pensó en Samuel y en que pondría el grito en el cielo—. He dejado de contar a partir del tercer brandy.
—Ciento ochenta dólares.
—¿Tanto? —Se apoyó en el respaldo con la mano en el corazón—. Entonces sigamos, porque un hombre que ha perdido ciento ochenta dólares no puede irse a la cama con una cifra tan poco elegante.
Chester soltó una carcajada y le sirvió él mismo, a punto de tirar por tierra la botella. Elliot alzó la copa, aunque de nuevo la palmera bebió por él.
Fueron dos horas interminables, en las que Chester Merrit se apiadó de él y le «enseñó a jugar».
Mientras Elliot se hacía el sorprendido, el joven Merrit le explicó cuándo había que subir una apuesta y cuándo había que plantarse, le enseñó a sostener las cartas para que no se le vieran desde el aparador, le contó dos anécdotas de su época en Harvard y una de un viaje a París que Elliot ya había oído contar a otras tres personas en tres ciudades distintas. Y fue, sobre todo, feliz.
Elliot lo soportó con mal disimulada paciencia, con la mezcla de interés y remordimiento con que un naturalista observa a un animal que va a disecar, porque aquel muchacho no había sido el mejor de la mesa de juegos en toda su vida.
Hacia la una, cuando el criado ya había apagado una de las dos lámparas y la chimenea se había sofocado, Chester decidió que era hora de acabar, y lo hizo perdiendo la mirada en la nada, para después preguntar algo sorprendente:
—¿Conoce usted a la señorita Rourke? —preguntó de pronto.
Elliot consiguió no cambiar de expresión. Era lo único que sabía hacer mejor que perder al póquer.
—¿La de la avenida donde hay cabras? He oído hablar de ella. La mujer más hermosa de Nueva York, dicen. Y la más desgraciada.
—Es ambas cosas. —Chester asintió lentamente, muy serio—. Voy a casarme con ella.
—Enhorabuena.
—Ella todavía no lo sabe.
Elliot carraspeó.
—Suele ocurrir.
—Lo ha ordenado mi padre, ¿sabe? —Se le enredó un poco la lengua en la palabra «padre», y bebió para desatascarla—.
Dice que es lo mejor para todos. Para ella, para los Rourke, para nosotros.
Que a un hombre en mi posición le conviene una esposa agradecida.
—Se rio, sin ganas—. Yo no necesito eso, Pinckerville.
Me gusta. Me gusta desde que la vi hace veinte años, cuando éramos dos niños.
Es la única mujer de esta ciudad que no me ha mirado nunca como si fuera el hijo de Aldous Merrit, sino simplemente… Chester.
Elliot sintió algo que en su oficio resultaba inconveniente y que se pareció bastante a la piedad.
—Entonces cásese con ella —dijo, y le sonó más sincero de lo que pretendía.
—Uno no se casa porque es lo que desea cuando se apellida Merrit.
—Chester recogió las cartas con torpeza y empezó a barajar, aunque nadie le había pedido otra mano—.
Uno se casa cuando mi padre dice que hay que hacerlo, y con quien mi padre decide, el día que mejor le viene según sus negocios.
Y todo sale bien, ¿sabe? Siempre. Todo lo que hace mi padre sale bien. Eso es lo que nadie entiende de él.
Elliot aguzó la mirada.
—Un hombre afortunado.
—No. —Chester alzó un dedo, tan tambaleante que casi le dio en el ojo—. Ahí está el error de todos los que no lo conocen. Mi padre no tiene suerte. La suerte es para… para gente como nosotros. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo, amigo mío.
Chester no lo oyó. Se había quedado mirando la baraja entre sus dedos, y cuando volvió a hablar lo hizo en un tono más bajo, casi respetuoso, el tono de alguien que repite una lección aprendida de niño delante de un retrato.
—Mi padre no pierde jamás —farfulló—. Porque, a diferencia de mí, detesta el juego.
Siempre va sobre seguro. Con las cartas marcadas y dispuestas sobre la mesa antes de que empiece la partida.
—Empezó a repartir, con las cartas cayendo torcidas, una encima de otra, incluso un as boca arriba que ninguno de los dos miró—.
Cuando alguien es acechado por los acreedores, mi padre está allí para ayudarlo.
Como un buen amigo. —Sonrió, con los ojos ya casi cerrados, y apoyó la mejilla en el puño—.
Y lo que va a pasar en el muelle seis el viernes que viene se lo confirmará, Pinckerville. Se lo confirmará a todo el mundo.
Elliot, que no había bebido una gota en toda la noche a pesar de que lo deseaba, se quedó muy quieto, con su copa llena en la mano.
—¿El muelle seis? —preguntó con suavidad.
Pero Chester Merrit ya roncaba sobre las cartas.