La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Al día siguiente volvieron a reunirse, pues Trix estaba agotada del viaje y Samuel la convenció de que se retiraran a descansar, y quizá a algo más, a casa de los Sinclair, donde se alojaban.

Acababan de servirles el té en el gabinete de Amelia cuando, desde el vestíbulo, subió una voz de barítono, bien timbrada, ligeramente nasal, que no parecía dirigirse a nadie en particular y a la vez a toda la casa.

—… y le aseguro, buen hombre, que no he visto unas patillas como las suyas desde que el embajador de Austria se las jugó a un duelo.

¿Es mármol de Carrara? No me lo diga, quiero adivinarlo.

Es mármol de Carrara. ¿Y esa lámpara? Esa lámpara ha costado lo que un buque de guerra y ha valido cada centavo.

Dios bendito, ¿eso es un ascensor? No me suba en él.

Soy un hombre de escaleras. Las escaleras son lo único que mantiene a este país en paz.

Samuel cerró los ojos desde su butaca y todos supieron que Elliot Pinckerville estaba en la casa incluso antes de verlo.

—Ha llegado.

—Ha llegado —confirmó Trix, sin levantar la vista del papel.

La puerta del saloncito se abrió y el mayordomo, sin mover una sola ceja, lo anunció con la voz ligeramente descompuesta:

—El señor Pinckerville. Y lord Currie.

Amelia dejó la taza en el plato al escuchar el segundo nombre y se enderezó en su asiento.

Detrás del caballero rubio de ojos claros que llevaba un chaleco color mostaza que en Boston debía de considerarse un delito y la sonrisa de un hombre que no ha pagado nunca una cena, había alguien más alto, con un aire más elegante y misterioso, con el sombrero en la mano y el abrigo todavía húmedo, que se había detenido en el umbral como si la puerta fuera un precipicio.

Ewan McGomery.

Veinticuatro horas antes, ella le había pedido que no volviera a pisar aquella casa, y sin embargo…

Él la miró desde la puerta para cruzarse con los ojos de Amelia. Fue apenas un segundo, pero a ella le pareció que duraba toda la eternidad. Y lo peor de todo, que se sentía bien con ello. Por supuesto, se le calentaron las mejillas a la vez que las manos se tornaban heladas.

—¡Jed Flaherty!

Elliot cruzó el saloncito en tres zancadas y Samuel apenas tuvo tiempo de levantarse antes de recibir un abrazo de oso.

—Estás horroroso —anunció Elliot, palmeándole la espalda—. El matrimonio te ha puesto gordo y feliz. Es repugnante. Te envidio profundamente.

Su amigo no pudo menos que sonreír.

—Y tú estás igual que siempre.

—Lo sé, es un don. —Elliot se apartó, se estiró el chaleco y se volvió hacia Trix, a la que dedicó una reverencia tan adornada que el bastón estuvo a punto de llevarse por delante un jarrón chino—.

Condesa. Estás radiante. Ese irlandés no te merece y lo sabes, pero ya es tarde y hay que ser deportivos.

Trix intentó no soltar una carcajada.

—Hola, Elliot.

—Hola, querida. —Le besó la mano y solo entonces se volvió hacia Amelia, y algo cambió.

No fue algo evidente, porque la sonrisa siguió encajada en el mismo sitio y la reverencia fue igual de exagerada, pero, cuando tomó su mano para besarla, Elliot Pinckerville bajó la voz y dejó por un instante de interpretar.

—Clara me ha hecho prometer que lo arreglaría todo, fuese lo que fuese —le susurró, refiriéndose a su otra amiga Clara Van Alen, que no estaba allí porque acababa de parir—.

Me ha prometido —continuó— que, si no lo consigo, no me dejará ser el padrino de su segundo hijo, así que no pienso marcharme de Nueva York hasta cumplirlo.

Amelia se lo agradeció a la vez que notaba cómo le picaban los ojos al recordar a su amiga.

—¿Cómo está Clara?

—Gorda, feliz e insoportable. Ha tenido otro niño con la nariz de los Pinckerville y el carácter de su madre, pobre criatura.

—Suspiró teatralmente, ya de vuelta en escena, una vez diseccionada su cuñada—.

Soy tío, y por dos veces, Amelia. Tío. Nadie me avisó de que eso envejece.

El otro día me descubrí una cana y le puse el nombre del recién nacido.

Samuel, mientras tanto, se había acercado al umbral, porque Ewan no se había atrevido a entrar sin solicitar permiso.

—McGomery —dijo, y le tendió su enorme mano—. El escocés que me debe una partida de billar desde la boda de Sebastian.

—Flaherty. —Ewan la estrechó, y algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara—. Te la pagaré cuando aprendas a jugar.

Se dieron el abrazo fuerte y seco de los hombres del norte, con dos palmadas en la espalda que habrían tumbado a un caballo.

Amelia recordó entonces lo que había olvidado por completo: que aquellos hombres se conocían, que Ewan había sido amigo de Sebastian mucho antes de que ella supiera siquiera de su existencia, y que, por lo tanto, era amigo de todos ellos, de aquella extraña hermandad de caballeros británicos que se habían conocido en Eton robando ponche y seguían, quince años después, cruzando océanos los unos por los otros.

Y ella le había pedido que se marchara.

—Tengo una explicación de la presencia aquí de McGomery—anunció Elliot, dejándose caer en el mejor sillón del saloncito, que era el de Samuel—, y, como es brillante, voy a darla antes de que nadie me la pida.

—Nadie te la iba a pedir —dijo Trix.

—Por eso mismo. —Cruzó las piernas—. Jed me mandó un cable desde la estación de Boston que decía, y cito textualmente: «VEN.

Y NO TRAIGAS TU CHALECO AMARILLO». Obviamente, lo llevo puesto, porque un hombre tiene que mantener su dignidad.

Y, mientras venía en el tren, que, por cierto, es la cosa más húmeda que ha inventado el hombre después de Boston, pensé: Elliot, eres un genio, pero en Nueva York no conoces a nadie que no te deba dinero, y además tienes una tendencia lamentable a acabar en sitios de los que luego tu hermano tiene que sacarte.

Necesitas dos cosas: contactos en esta ciudad y alguien que sepa hacer las cosas sin montar un escándalo.

—Y pensaste en McGomery —dijo Samuel.

—En efecto, pensé en Ewan, que sabía que deambulaba por estas tierras —le dirigió una sonrisa de gratitud—.

Es escocés, lo cual lo hace honrado por defecto.

Conoce a la mitad de Nueva York porque lleva tres meses intentando venderles su excelente whisky .

Y tiene un sentido de lo que es correcto tan afilado que puedes afeitarte con él.

—Elliot señaló a Ewan con el bastón—. Es exactamente lo que nos faltaba. ¿Estoy equivocado?

Ewan no dijo nada. Se había quedado de pie junto a la chimenea, con las manos a la espalda.

—Lo encontré en su hotel —prosiguió Elliot, bajando la voz como quien cuenta un secreto de alcoba—, tomándose un té frío a las cuatro de la tarde con la cara de un hombre al que le han dado calabazas antes del desayuno.

—Elliot —dijo Ewan, intentando ser paciente.

—¿Qué? Es algo evidente.

Amelia, aún más sonrojada, intentó disimular mirando la alfombra a la vez que su amiga Trix achinaba los ojos clavados en ella.

—En fin. —Elliot dio una palmada—. Estoy aquí, estoy a su servicio, y según el cable que me mandó Jed, hay que averiguar quién está mandando esos siniestros naipes a la señorita Rourke.

Adoro los naipes. Es mi especialidad. Y mi oficio en esta vida consiste en caer bien y en hacer preguntas, en ese orden. Díganme ahora todo lo que saben.

Fue Trix quien se encargó de ponerlo al día, evitando que él la interrumpiera cada dos por tres para hacer un comentario ocurrente.

Mientras tanto, había un incesante intercambio de miradas entre Amelia y Ewan. Un intercambio que se desviaba cuando alguno de los dos se percataba de que el otro hacía lo mismo.

—Bueno —dijo Elliot al final del relato—. Todo es bastante siniestro, incluso para mí.

—Necesitamos saber quién está detrás de todo esto —concluyó Trix—. Y debe de ser alguien con muy buena solvencia para causar este revés en la economía de los Rourke.

Hubo un silencio. Amelia tenía sus propias impresiones, pero no quería condicionarlos. Ewan dio un paso al frente.

—Yo empezaría por el señor Merrit.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

—¿Aldous Merrit? —Trix entornó los ojos—. ¿Por qué? Es un caballero no solo respetable, sino excelente y gran amigo del señor Rourke.

Él carraspeó. Detestaba levantar falsos testimonios y aún no había llegado el momento de hablar sobre las misteriosas compras de terrenos en aquella parte de la ciudad.

—Prefiero no decirlo todavía —contestó.

—Nos ayudaría saberlo —insistió Trix.

Ewan se rascó la nariz.

—Denme unos días. Cuando tenga algo que se pueda sostener delante de un juez, lo pondré encima de esta mesa. Hasta entonces, les pido que confíen en mí.

Las miradas pasaron de Ewan a Amelia, que estaba evaluando lo que él acababa de decir. Ella misma había tenido cierta inclinación a pensar en Aldous por el asunto del bastón. Pero le había parecido tan inconsistente que lo había desechado hacía unos días.

Trix la vio asentir, y eso bastó.

—Merrit —dijo.

—Merrit —gruñó Samuel.

—¡Merrit! —Elliot se frotó las manos con un entusiasmo casi indecente—. Por fin alguien a quien odiar. ¿Tiene hijos ese caballero? Los hijos son la mejor manera de llegar a los padres.

—Uno —dijo Amelia—. Chester.

—¿Y tiene algún vicio reconocido?

Lo cierto era que Chester era un buen chico y bastante decente para la alocada juventud de Nueva York.

—Quizá las cartas —tuvo que convenir—. Pero dudo que apueste grandes cantidades.

Elliot Pinckerville sonrió como un gato ante un cuenco de nata.

—Esos son mis favoritos.

Media hora después, con el plan esbozado y el té definitivamente frío, Trix se levantó de su silla y anunció que Elliot tenía que visitar de inmediato la biblioteca de Franklin Rourke, que era una de las mejores de Nueva York, y que Samuel debía acompañarlos porque había un mapa de Irlanda muy antiguo que sin duda lo emocionaría.

Samuel protestó, pero Trix le pisó un pie y él descubrió de pronto que le apasionaba la cartografía.

Elliot, al salir, le guiñó un ojo a Amelia con tanto descaro que ella estuvo a punto de tirarle un cojín.

La puerta se cerró y los dos se quedaron a solas. Ewan junto a la chimenea y Amelia en el sofá, con las manos en el regazo y el corazón a punto de salírsele por la boca.

Durante un rato ninguno habló. Afuera, en la Quinta Avenida, un carro pasaba despacio sobre el empedrado mojado.

—Ayer me pidió que no volviéramos a vernos —dijo Ewan al fin—. Y hoy estoy aquí. Le debo una disculpa.

—Ha venido con Elliot y sé que es difícil decirle que no al señor Pinckerville.

Él bajó la mirada un instante, como si necesitara tomar fuerzas para enfrentarse de nuevo a aquellos ojos.

—Quiero que sepa una cosa, señorita Rourke. Si usted me lo pide, me marcharé de inmediato. Me doy cuenta de que he sido un imprudente.

Amelia contuvo un suspiro y tardó unos segundos en contestar.

—Le agradezco que haya venido, lord Currie —y sus ojos evidenciaban lo que habían dicho sus palabras—. Si lo que Trix sospecha es cierto, toda ayuda nos vendrá bien.

Ewan McGomery no contestó. Se quedó mirándola, con esa quietud escocesa que ella empezaba a reconocer, y después inclinó la cabeza, muy despacio, como quien cierra un trato.

Desde el fondo del pasillo llegó la voz de Elliot preguntando a gritos si alguien sabía por qué Irlanda tenía forma de tetera.

Y Amelia Rourke comprendió, con un vuelco en el estómago, que todo aquello no tenía nada que ver con la maldición, que acababa de darle permiso para quedarse. Y que se alegraba.