La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Amelia volvía del Hotel Brunswick con el velo de nuevo bajado, las piernas todavía flojas y la imagen de Ewan en mangas de camisa impresa en su retina, cuando el mayordomo le abrió la puerta con una expresión que indicaba que, otra vez, había novedades.

En el vestíbulo se encontraba una mujer hablando con uno de los lacayos, como si lo conociera de toda la vida. Tardó en reconocerla, pero…

—¡Trix! —exclamó antes de ver su perfil.

Trix Sinclair se volvió de inmediato y el rostro se le llenó de alegría mientras Amelia se alzaba el velo y corría a sus brazos.

Ambas se fundieron hasta convertirse en una.

Fue un abrazo largo, desordenado, de sombreros torcidos, sin ninguna elegancia.

Amelia consiguió controlar las ganas de llorar, aunque no quiso apartarse hasta que el mayordomo carraspeó.

Aun así, ambas amigas se miraron, ella para asegurarse de que estaba bien y Trix para entender qué magnitud tenía la tragedia.

—Has venido —dijo, como una tonta.

—En ese misterioso telegrama me dijiste que me necesitabas —contestó Trix—. Me pareció motivo suficiente para asaltar un tren de Boston hasta aquí.

Se volvieron a abrazar.

Amelia hundió la cara en el hombro de su amiga, olió a carbón de locomotora y a agua de lavanda, notó que algo que llevaba semanas oprimiéndole el corazón empezaba a ceder, como un corsé mal atado, y tuvo que cerrar los ojos de nuevo para no dar el espectáculo delante de los lacayos.

—Estás delgadísima —se preocupó Trix al oído—. Y ojerosa. Y llevas puesto un velo a media mañana, algo que solo hacen las viudas y quienes tienen algo que ocultar. Luego me explicas por cuál de las dos debo preocuparme.

El comentario la hizo sonreír, pues ese era su cometido.

—Por ninguna de las dos.

—Ya lo veremos.

Ambas se separaron al escuchar una potente voz masculina proveniente de la entrada.

—Amelia Rourke, necesitas un plato de gachas.

Era Samuel Flaherty, conde de Clancare y esposo de Trix, que había estado pagando al cochero que los había traído desde la estación.

Ante ellas se alzaban seis pies de irlandés con un abrigo de viaje empapado de la lluvia de Connecticut, que entró en el vestíbulo agachando la cabeza, aunque la puerta de los Rourke tenía cuatro metros de altura, y se detuvo en seco al ver la escalera de mármol, la lámpara de bronce y el techo pintado al fresco.

—¡Dios de mis padres! —exclamó—. ¿Aquí vive alguien o es una estación de ferrocarril?

Amelia le dio un afectuoso abrazo.

—Bienvenido a la Quinta Avenida —dijo, riéndose por primera vez en varios días.

—Mi mujer me había contado que eres la única de las cuatro que tiene sentido común. No estoy seguro de que sea así al ver esta casa.

Desde el piso de abajo, desde las cocinas, llegó en ese momento un grito agudo, largo y absolutamente impropio de una casa decente, seguido de otro igual de agudo y de algo que sonó sospechosamente a una bandeja de plata rebotando en las baldosas.

Todos miraron hacia la escalera de servicio.

—Therese ha encontrado a Prudence —informó Trix con toda tranquilidad, quitándose los guantes—. Llevan seis meses sin verse. Calculo que en media hora habrán terminado de llorar y una hora más tarde se habrán enfadado por algo. Lo normal.

El segundo acontecimiento de la mañana fue Dorothea.

Bajó la escalera aquejada de un fuerte ataque de jaqueca y un vestido de mañana que se había puesto demasiado deprisa, y al ver a Trix se detuvo en el penúltimo escalón con una mano en el pecho.

—¿Debo llamarte señora condesa o sigues siendo la Beatrix Sinclair que le robaba gelatina a mi cocinera?

—¡Señora Rourke! —Trix no pudo evitar ir hacia ella y darle un abrazo—. Si la escucho llamarme condesa en esta casa, me marcharé y no regresaré.

Dorothea se echó a reír, y luego a llorar, y por fin correspondió al abrazo. Samuel se quedó mirando el techo pintado con el aire de un hombre que ha aprendido que, en ciertos momentos, cuando se reencuentran viejas amigas, lo más inteligente es convertirse en un mueble.

El consejo de guerra se celebró aquella tarde en el saloncito de Amelia, con la puerta cerrada y la lluvia golpeando los cristales.

Amelia se lo contó todo a sus amigos: la fiesta de inauguración y el sobre de un admirador. Lo del Providence . Lo de los otros dos barcos. El incendio y el naipe clavado en la viga. Los seiscientos mil dólares que reclamaba el banco en treinta días.

Y después abrió el joyero y puso los tres naipes sobre la mesita, uno junto al otro, como si fueran la prueba irrefutable de todo lo que acababa de contar.

Trix no dijo nada durante mucho tiempo.

Samuel, que se había sentado en una butaca demasiado pequeña para él, se inclinó hacia delante, cogió uno de los naipes con dos dedos, lo miró por ambas caras y lo volvió a dejar en su sitio con un cuidado sorprendente.

—Es una buena imprenta. No todas son capaces de aportar ese nivel de detalle —fue su único comentario.

Al fin su esposa habló:

—Doce años —dijo Trix, tomando la mano de su amiga—. Llevamos doce años sin hablar de aquella tarde.

—Lo sé.

—Ni Violet, ni Clara, ni tú, ni yo hemos querido comentarlo. —Trix se quedó mirando la fila de cartas—. La tienda de pañuelos de colores en la fiesta y la anciana del turbante con aquel ridículo acento francés.

—Y tú sacaste el tres de bastos.

—Esa fue mi carta. —Trix alzó una ceja—. Y durante años estuve convencida de que me iba a casar tres veces —sonrió y miró a Samuel—. Lo tenía todo pensado. El primero sería rico, el segundo sería guapo y el tercero me haría reír.

Su esposo carraspeó desde su butaca.

—¿Y cuál de los tres soy yo?

—Todavía estoy decidiéndolo.

Amelia se rio, y agradeció que al fin hubiera un poco de buen humor a su alrededor.

—Yo nunca me lo creí, ¿sabes? —Trix se sirvió más té, aunque estaba frío—.

Ni por un instante. Aquello era un simple entretenimiento y la pitonisa una señora que cobraba por decirles a los invitados lo que querían oír.

Recuerdo que Clara y Violet estaban encantadas con sus ases cuando salimos de aquella tienda, pero tú permaneciste tan callada que pensé que te habías aburrido.

—Pues no era por eso.

—Ya lo veo. —Trix bajó la taza—. Y nunca me lo dijiste.

—No había nada que decir. —Amelia miraba los naipes—. Era demasiado absurdo como para admitirlo.

Se quedaron calladas. La lluvia arreció contra los cristales.

—¿Te das cuenta de una cosa, Trix? —dijo Amelia al fin, en voz más baja—. Violet sacó el as de copas y se casó con un hombre maravilloso. Clara sacó el as de oros y acaba de tener su primer hijo rodeada de amor. Tú sacaste el tres de bastos y te casaste con…

—Con un irlandés sin modales —completó Samuel, orgulloso.

—Con un hombre que amas y que te corresponde —terminó Amelia—. Las tres cartas se cumplieron. ¿Por qué no la cuarta? Solo tenía que esperar.

—¿Esperar qué?

—Mi turno. —Amelia se encogió de hombros—. Y ha llegado. Ya solo quedo yo. Cuatro meses después de tu boda me llegó el primer naipe. Como si la carta hubiera estado esperando educadamente a que terminaran las celebraciones para empezar su oscuro trabajo.

Trix la miró durante un rato.

Después se inclinó, cogió el tercer naipe, el del telegrama, y le dio la vuelta para leer la línea escrita a mano: «Siempre ha sido la cuarta, señorita Rourke». Pasó el pulgar sobre la tinta. Acercó el naipe a la lámpara y lo miró al trasluz, con los ojos entornados.

Y entonces se puso de pie, se alisó la falda y se arrodilló a su lado, tomándola de los hombros para que la mirara a los ojos.

—Amelia, escúchame bien, porque no voy a repetirlo. Esto no es una cuestión de mala suerte. —Esperó a ver en los ojos de su amiga el asentimiento—. La mala suerte no envía cartas por correo. Eso lo hacen los malhechores.

El saloncito se quedó en silencio.

Amelia se quedó mirando a su amiga y notó algo muy raro, algo que llevaba doce años sin notar: que el suelo, por primera vez, dejaba de moverse bajo sus pies.

—Si lo que dices es verdad, necesitamos saber quién es esa persona —expuso.

—Para ello quizá necesitemos acceder a lugares a los que tú y yo no podemos entrar. —Trix se volvió hacia su marido—. Salones de fumar. Mesas de juego. Clubes. Sitios donde los caballeros hablan de más después de la cuarta copa.

—Conozco a alguien con ese perfil —gruñó Samuel.

—No.

—Es el mejor para eso.

—Jed, he dicho que no.

—Tú no lo has visto jugar al póquer con un banquero.

—Lo he visto en una boda perder los anillos de los novios.

Amelia no entendió nada y no preguntó, porque en ese momento llamaron a la puerta y apareció el mayordomo con la bandeja de plata.

Esta vez era un telegrama para la señora condesa de Clancare.

Trix lo abrió, lo leyó, cerró los ojos y se lo tendió a su marido. Samuel lo ojeó y soltó una carcajada que hizo vibrar las tazas de porcelana. Después se lo pasó a Amelia.

Venía de Boston.

«ACABO DE DESEMBARCAR. NO SOPORTO LA HUMEDAD DE ESTA CIUDAD. STOP. ELLIOT PINCKERVILLE».